sábado, 31 de julio de 2021

La casi imposible conversión

Hoy toca escribir sobre san Ignacio de Loyola, no solo porque es el día de su fiesta, sino porque en este año 2021 estamos celebrando el quinto centenario de su conversión sobre el que ya escribí hace algo más de dos meses en una entrada titulada Las sorpresas de Dios. Con este mismo motivo el cardenal claretiano Aquilino Bocos ha dirigido una carta abierta a los jesuitas en la revista Vida Nueva

La figura de Ignacio de Loyola es de tal envergadura en la historia de la Iglesia y de la humanidad que no puede pasar desapercibida. Sus Ejercicios Espirituales han sido una escuela de discernimiento y en expresión del jesuita Jesús Zaglul una exploración anticipada de la inteligencia emocional. La gramática de Dios pasa también por descifrar el significado de nuestras emociones, no solo de nuestras ideas y acciones.

De Ignacio se podrían decir muchas cosas. Me fijo solo en una que conecta con el espíritu de nuestro tiempo. Ignacio fue un converso; es decir, alguien que, en un determinado momento de su vida, cambió el rumbo de su existencia orientándola hacia Dios. De soldado al servicio del rey de Castilla pasó a militar bajo la bandera de Cristo. Comprendió como más tarde Francisco Javier que no sirve de nada ganar todo el mundo si uno arruina su vida. Durante los meses de convalecencia que pasó en la casa familiar de Loyola fue comparando el placer (intenso, pero efímero) que le producía el recuerdo de sus gestas y amoríos y la alegría (suave, pero duradera) que nacía cuando leía la vida de Jesús o de algunos santos. Comprendió entonces que solo Dios da la paz y el gozo profundo que ansía el alma humana. Deseando peregrinar a Tierra Santa, decidió embarcase en el puerto de Barcelona. Dado que la ciudad estaba cerrada a causa de la peste, pasó once meses en Manresa madurando su conversión. Era el mismo Ignacio de siempre, pero ya no era lo mismo. En su interior se había producido una gran transformación.

¿Es posible convertirse hoy en día? Personalmente, sí; socialmente, resulta difícil. Por supuesto que sigue habiendo hombres y mujeres que descubren la presencia de Dios en su vida y deciden orientarla de otra manera. Pero lo que en otros tiempos podía ser visto como un camino feliz de la oscuridad a la luz, de la falsedad a la verdad, hoy se mira con lupa y sospecha. Más que creer que “todo pecador tiene un futuro” (y, por tanto, poner el acento en el camino de esperanza que se abre con una conversión) hoy acentuamos que “todo santo tiene un pasado” (y, por tanto, nos empeñamos en hurgar en su expediente para encontrar manchas y sombras). Cada día me sorprendo más de la “caza de brujas” que se está operando en nuestra sociedad digitalizada. 

Superada la imagen de un Dios controlador que archiva en su computadora celestial todos nuestros pecados y hasta las conductas más inocuas, la hemos secularizado mediante nuevas formas inquisitoriales. Hoy se rebusca en Internet cualquier actividad “inadecuada” de los personajes públicos para usarla como arma arrojadiza en su contra. He oído decir que en algunos países los nuncios tienen dificultades para encontrar candidatos al episcopado porque, cuando examinan el historial de algunos de ellos, encuentran páginas que no son inmaculadas. 

¿Quién puede presentarse con un expediente limpio a lo largo de toda su vida? Jesús lo dijo sin ambages: “El que esté limpio de pecado (eclesiástico, político, periodista o quienquiera que sea), que tire la primera piedra” (Jn 8,7). La nueva sociedad inquisitorial no permite que nadie cambie. El pasado se convierte en una losa insuperable. En el fondo, esta visión de la vida parece reflejar la vieja concepción protestante acerca de la justificación. Es verdad que Dios, en su infinita misericordia, no nos imputa nuestros pecados, pero no nos renueva interiormente. Seguimos siendo eternos corrompidos sin posibilidad de una real transformación. 

¡Menos mal que Ignacio de Loyola vivió en el siglo XVI! Si hubiera vivido en el siglo XXI, no se hubiera librado de una inspección a fondo de su pasado militar con objeto de restregarle sus viejos desvaríos y desacreditar la autenticidad de su conversión. Hoy no creemos en la posibilidad de la conversión. Socialmente, estamos encadenados a nuestro pasado sin posibilidad alguna de redención. Delitos y pecados se confunden en un magma que nos absorbe, engulle y paraliza. 

Se necesita una nueva audacia para no dejarnos dominar por esta visión inquisitorial de la vida. Me rebelo contra la dictadura de lo políticamente correcto que, en nombre de una pureza inhumana, hace del pasado el único punto de referencia en la vida de los hombres y mujeres. Los seres humanos cambiamos. Por mucho que el pasado nos condicione, tenemos la posibilidad de convertirnos. La gracia de Dios es soberana y abre boquetes en los muros de la revancha y la intolerancia, siembra futuro donde nosotros solo vemos pasado. Dios borra los archivos de nuestros pecados para permitirnos volar con nueva libertad. La sociedad digital almacena todo para tenernos siempre bajo control. El Dios de Jesús no tiene nada que ver con el Big Brother de Orwell. 

Es verdad que “todo santo tiene un pasado” (a menudo, no muy ejemplar), pero es más verdad que “todo pecador tiene un futuro”. La gracia de Dios es más poderosa que nuestras miserias y fragilidades. O, dicho con las palabras de san Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Creo que nos hace bien recordar historias como la de Ignacio de Loyola para no ser víctimas del neopuritanismo que nos atenaza. 

Felicidades a todos mis amigos de la Compañía de Jesús y a cuantos se sienten inspirados por la espiritualidad ignaciana.



viernes, 30 de julio de 2021

La vida no es una competición

Reconozco que no estoy siguiendo los Juegos Olímpicos de Tokio con la pasión con que seguí los de Barcelona en 1992 u otros más recientes, como los de Londres en 2012 o los de Río de Janeiro en 2016. Tengo la mente puesta en otros intereses más acuciantes, como el próximo Capítulo General de los Misioneros Claretianos.  Con todo, la celebración de los Juegos me hace pensar. Competir sin público resta vistosidad y energía. La pandemia impone sus reglas. Más allá de las circunstancias de este año, los juegos son una competición; es decir, un ejercicio de “rivalidad de quienes se disputan una misma cosa o la pretenden”. Rivalidad significa “enemistad producida por emulación o competencia muy vivas”. Es posible que la rivalidad deportiva sirva para encauzar y humanizar otras rivalidades más peligrosas. En cualquier caso, se mantiene la idea de que el otro por mucho fair play que se exhiba es un oponente a quien tengo que vencer. Al final, hay medallas (oro, plata y bronce) y diplomas. Unos ganan y otros pierden. La gente solo recuerda a los ganadores.  Algunos se convierten en estrellas. 

Estamos tan acostumbrados a que las cosas sean así (no solo en el terreno deportivo, sino en el académico, empresarial, laboral, etc.) que nos cuesta imaginar que puedan ser de otro modo. Nos parece que la competición es el modo mejor de potenciar las cualidades de las personas y perseguir ese citius, altius, fortius (más lejos, más alto, más fuerte) que nos hace progresar como individuos y como humanidad. La sociedad de mercado defiende una vida competitiva como la base del progreso. No dudo de que hay una “sana” rivalidad que estimula la creatividad, la producción y el consumo. Pero ¿a qué precio? 

La retirada de la gimnasta estadounidense Simone Biles de la final por equipos en los Juegos de Tokio es una luz roja que nos avisa de que algo no va bien. Reproduzco sus palabras: “Tengo que concentrarme en mi salud mental. Simplemente creo que la salud mental es más importante en los deportes en este momento. Tenemos que proteger nuestras mentes y nuestros cuerpos, y no solo salir y hacer lo que el mundo quiere que hagamos”. Otros muchos deportistas de élite desde Michael Phelps hasta Ricky Rubio− han sufrido ansiedad y depresión por estar sometidos a fuertes presiones para mantenerse en la cima. En ocasiones, las expectativas de sus patrocinadores, entrenadores y seguidores los han obligado a comportarse como máquinas programadas más que como personas libres. Al final, se resquebrajan y hasta se rompen. 

¿Merece la pena tanto esfuerzo para lograr un récord mundial? ¿Dónde está la frontera entre la necesaria disciplina deportiva y la exageración competitiva? ¿Son los deportistas de élite una especie de humanos robotizados que se prestan a extremos casi imposibles con tal de alcanzar la gloria de una medalla, fomentar el orgullo patriótico y aumentar las ganancias de sus patrocinadores? ¿Merece la pena pagar el precio del equilibrio personal por alcanzar estas metas? ¿Cabe imaginar un desarrollo personal y colectivo a todos los niveles que no pase necesariamente por la lógica de la competición y la exhibición?

Me vienen a la mente las palabras de Pablo en la primera carta a los Corintios: “¿No sabéis que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio? Pues corred así: para ganar. Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita. Por eso corro yo, pero no al azar; lucho, pero no contra el aire; sino que golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, quede yo descalificado” (1 Cor 9,24-27). Pablo echa también mano de esta imagen atlética en su carta a los Filipenses: “Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús” (Flp 3,13-14). Es verdad que Pablo nos invita a correr para ganar, pero ganar “una corona que no se marchita”. 

La experiencia de los atletas le sirve para acentuar dos aspectos del camino cristiano: la atracción de la meta (sin la cual el camino se hace duro) y la disciplina que nos permite correr con diligencia. El acento no recae sobre la derrota de los otros competidores o sobre la obtención de premios terrenos. No estaría mal imaginar unos Juegos Olímpicos desde esta lógica. Si no es posible en el plano deportivo −porque seguramente resultarían menos atractivos y rentables− habría que intentarlo al menos en esos “juegos olímpicos” que son la vida misma. No se trata de correr hacia la meta dando codazos a los demás y celebrando sus derrotas, sino animándonos unos a otros a correr con energía en la misma dirección para alcanzar juntos a la meta a la que hemos sido destinados. 

jueves, 29 de julio de 2021

Los amigos de Betania

Por primera vez celebramos hoy la memoria de los santos Marta, María y Lázaro. Hasta ahora, el 29 de julio se recordaba solo a santa Marta. A partir del decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, emanado el 26 de enero de este año, el 29 de julio se celebrará conjuntamente la memoria de los tres hermanos de Betania “considerando el importante testimonio evangélico que dieron al hospedar al Señor Jesús en su casa, al escucharlo atentamente, al creer que él es la resurrección y la vida”. 

Cada uno de los tres hermanos es caracterizado con un rasgo que lo identifica. Marta hospeda a Jesús en su casa y lo sirve; María lo escucha atentamente y Lázaro lo confiesa como la resurrección y la vida porque ha experimentado en carne propia su poder vivificante. Los tres viven en Betania (“casa de frutos”) y son amigos del que, dirigiéndose a todos los discípulos, les dijo: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre” (Jn 15,15). Desde niños aprendimos a ser “amigos” de Jesús. Es probable que esa palabra haya ido perdiendo fuerza con el paso del tiempo. Puede que incluso hoy nos suene demasiado infantil o juvenil. 

La memoria conjunta de los hermanos de Betania nos ayuda a agradecer el don de la amistad y a profundizar en nuestra relación con el “amigo” Jesús. Me gustaría iluminar algo de lo que hoy vivimos a partir de estos tres amigos de Jesús (dos mujeres y un varón) que hacen de su casa de Betania un lugar de acogida, escucha, servicio y anuncio. 

En su evangelio, Lucas dice que Marta “lo recibió en su casa” (Lc 10,38) y también que “estaba atareada con los muchos quehaceres del servicio” (Lc 10,40). Por eso, Jesús le advierte: “Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad una sola es necesaria” (Lc 10,41). El evangelio de Juan, por su parte, va más allá de esta imagen de una Marta servicial. Pone en sus labios una confesión de fe: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir a este mundo” (Jn 11,27). Y también una invitación a su hermana María que, en realidad, está dirigida a todos nosotros: “El Maestro está aquí y te llama” (Jn 11,28). 

De Marta hemos hecho una caricatura que no parece corresponderse con la realidad. Es verdad que era afanosa, pero también creyente. Hablando a la Curia Romana en 2014, el papa Francisco dijo que una de las enfermedades que hoy padecemos es el “martalismo”; o sea, el mal “de la excesiva laboriosidad, el de aquellos enfrascados en el trabajo, dejando de lado, inevitablemente, «la mejor parte»: el estar sentados a los pies de Jesús (cf. Lc 10,38-42). Por eso, Jesús llamó a sus discípulos a «descansar un poco» (Mc 6,31), porque descuidar el necesario descanso conduce al estrés y la agitación”. Es probable que algunos vivamos la fe con estrés y agitación, que confundamos el activismo con el servicio y que pensemos que creer en Jesús significa “hacer muchas cosas”. La invitación del Maestro a no perdernos en la superficialidad del hacer y a buscar “la única cosa necesaria” nos mantiene alerta.

De María de Betania tenemos también algunos datos. Lucas dice que “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (Lc 10,39) y que −citando palabras de Jesús “ha escogido la mejor parte y nadie se la quitará” (Lc 10,42). Juan, por su parte, señala que, cuando su hermana Marta la llamó, María “se levantó rápidamente y salió al encuentro de Jesús” (Jn 11,29). También ella, como antes Marta, repite la misma queja: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Jn 11,32). El llanto de María, unido al de otros judíos, hizo que Jesús se emocionara profundamente. 

Perder el tiempo con Jesús, escucharlo sin prisas, llorar ante él… son algunas de las actitudes que María de Betania nos enseña. Aunque ambos son imprescindibles, el encuentro personal tiene siempre prioridad sobre el trabajo. Es verdad que la fe cristiana implica una praxis de vida, pero es, ante todo, el encuentro de amistad con la persona de Jesús que transforma nuestra existencia. Esta es siempre “la mejor parte” que nadie nos puede arrebatar. Si estamos centrados en Jesús, todo lo que hagamos en la vida tendrá un sentido. Sin él, las muchas acciones conducirán solo a la dispersión y la fatiga. En vez de vivir como iluminados, acarabemos muriendo como quemados. 

Los evangelios no reportan ninguna palabra de Lázaro, el hermano varón de Marta y María. Cuando el evangelio de Juan lo menciona por primera vez es para decir que “hacía ya cuatro días que Lázaro había sido sepultado” (Jn 11,17). Y ya se sabe que los muertos no hablan. Después de orar por su amigo, Jesús lo llama: “Lázaro, sal fuera” (Jn 11,43). El evangelio añade que “el muerto salió del sepulcro” (Jn 11,44), pero tampoco en esta ocasión habla, ni siquiera para dirigir una palabra de gratitud a su salvador. Lázaro vuelve a aparecer con su nombre en el capítulo 12 de Juan. Es uno de los comensales que participa en la cena que le han organizado a Jesús en Betania, pero tampoco en esta ocasión dice nada. Pareciera que su verdadera palabra es la vida recobrada. 

Lázaro es un testimonio viviente de la fuerza salvadora de Jesús. No necesita decir nada. Le basta con vivir.  Es un “signo” andante. También de Lázaro podemos aprender algo. La evangelización actual no necesita de muchas palabras sino de “signos”. Vivir con alegría y entrega es quizás la mejor forma de mostrar que Jesús nos ha salvado del abismo del sinsentido, al que la pandemia nos está acercando un poco más cada día.

Marta, María y Lázaro, amigos de Jesús, rogad por nosotros.

Gracias, Señor, por todos los amigos y amigas que has puesto en mi vida, algunos de los cuales son también lectores asiduos de este Rincón, que hoy alcanza las 1.800 entradas. 



martes, 27 de julio de 2021

Sin asombro, todo es sombra


La entrada de hoy no es original. Reproduzco un texto que me envió ayer un amigo mío. Me he permitido solo algunos mínimos retoques. Sintonizo con su contenido y, sobre todo, con la expresividad del título: “Sin asombro, todo es sombra”. No es solo un juego de palabras. Salimos de las sombras en las que a menudo vivimos cuando nos abrimos con asombro al misterio de la vida. He aquí las palabras de mi amigo:

“Una de las peores cosas que pueden ocurrir en la vida es sufrir una enfermedad, y no sólo de carácter físico, sino ─a las que menos referencia hacemos─ de carácter mental. En España casi el 20% de la población sufre algún tipo de trastorno mental. Cierto es que en la gran mayoría de las ocasiones no se sabe cómo evitar dichos trastornos que pueden venir derivados de la propia historia personal o de condicionantes educativos y morales cuya complejidad es como la vida misma. Pero existen otras ocasiones, en las que sí que podemos contribuir a higienizar esa salud mental desde una vida sencilla, sin grandes pretensiones, buscando ser la mejor imagen de nosotros mismos.

Cuando Jesús nos dice que quien no se haga como un niño no entrará en el Reino de los Cielos, me parece que está haciendo referencia a la capacidad de asombro, de sorpresa, de dejarse empapar, de estar abierto a aprender, de sentirse pequeño y necesitado de los demás. Por el contrario, no es que un adulto por sistema tenga una capacidad nula de asombro, no le ilusionen las sorpresas de la vida, deje de aprender cada día, o sea un soberbio y autónomo absoluto. No es eso.


Creo que nos habla de esa capacidad de ver la grandeza en las cosas pequeñas: en un amanecer, una puesta de sol, el olor del café recién hecho, la sonrisa de un amigo, un campo de lavanda, el verdor de la montaña, el sonido de la lluvia. Todo aquello con lo que podemos vivir cotidianamente, y sin darnos cuenta, puede ser irrelevante en nuestra vorágine de trabajo y lucha por conquistar los bienes necesarios para vivir.

Si perdemos esa capacidad de asombro, todo se oscurece, y dejamos de ser niños para convertirnos en autómatas de la conciencia; los acontecimientos se suceden sin que tomemos parte en ellos, nos dejamos invadir poco a poco por un desánimo existencial que nos impide disfrutar de lo que hacemos, porque nos vemos abocados a ese avanzar contra el que no podemos luchar.

Es ahí cuando podemos luchar contra muchas de las enfermedades mentales que nos afligen, tomar conciencia de nuestra pequeñez, querer ser niños, desear que el mundo no nos absorba en su dinámica de modas, donde lo bello tiene una fecha de caducidad, al contrario que lo perenne de lo natural. Es en el valor de querer ser diferentes y únicos donde nos jugamos la capacidad del asombro.


¿Nos hemos parado a pensar cuántas veces leyendo un versículo de la Biblia, recitando un salmo, pasando por un lugar concreto, hablando con un amigo, sentimos que vemos algo nuevo, algo distinto, que es capaz de transformarlo todo? ¡Eso es el asombro!

Para asombrarse hay que hacerse pequeño, creer que no todo está visto, que siempre hay algo nuevo, un matiz distinto. La vida no es blanca ni negra, es gris, todo depende del matiz, como dice Mägo de Oz, en Molinos de viento. Sencillamente, a cada momento le basta su afán, simplemente, empapémonos de la vida, de los regalos que Dios nos brinda cada día”.

Cuando las sombras lleguen, que no oscurezcan tu ilusión.
Sal de ti y contempla, la grandeza de la creación.
Si niño ya no eres, achicarte puedes,
pues un elefante puede entrar por el ojo de una aguja
Sin asombro todo es sombra, y sin sombra todo es Luz.



lunes, 26 de julio de 2021

Un poco de calma, por favor

Llegué a Roma ayer por la tarde después de un vuelo un poco turbulento desde Madrid. Me acogió el calor húmedo de una ciudad que procuro evitar durante los meses de julio y agosto. Este año, sin embargo, no me será posible ausentarme todo el tiempo porque estamos a las puertas del XXVI Capítulo General de los Misioneros Claretianos que, Dios mediante, comenzará el próximo 15 de agosto. 

Atrás quedan tres intensas semanas vividas en diversos lugares de España. He tenido la oportunidad de encontrarme con viejos y nuevos amigos y practicar con calma el arte de la conversación. Siempre me sorprendo del poder transformador que tiene el encuentro entre personas que quieren compartir algo de su intimidad. En el desierto del individualismo posmoderno y del distanciamiento social impuesto por la pandemia, una buena conversación es siempre un oasis refrescante. Reconozco que me gusta escuchar y hablar. Disfruto por igual con el silencio y la palabra.

No quiero ser muy reiterativo, pero casi todas las conversaciones han comenzado o terminado con una alusión a los efectos psicológicos de la pandemia que padecemos. Son especialmente graves las consecuencias entre los jóvenes. Desaparecidos los besos y los abrazos, no sabemos bien cómo saludarnos. Hacemos algunas muecas insignificantes. Desconfiamos de las personas que no son de nuestro entorno. Salimos a la calle provistos de mascarillas, aunque no sean obligatorias en los espacios abiertos. Lo que más me sorprende es ver a personas que siguen llevándola incluso cuando pasean solas por el bosque. Hasta tal punto nos sentimos protegidos con ese adminículo buco-nasal, que lo hemos incorporado a nuestras prendas habituales, quizás más como un talismán que como una solución eficaz. 

La “quinta ola” viene acompañada por nuevas manifestaciones de indignación. ¿Hasta cuándo vamos a seguir así? ¿Tendremos que convivir durante mucho tiempo con esta pesadilla? De nuevo se disparan los bulos sobre supuestas conspiraciones mundiales para acabar con la raza humana o, por lo menos, para tenerla subyugada. Hay voces críticas contra las industrias farmacéuticas que se están haciendo de oro con las vacunas y que ya hablan de la necesidad de inyectar una tercera, cuarta o quinta dosis. ¿Quién está en condiciones de distinguir las voces de los ecos?

Por si fuera poco, pululan cada vez más grupúsculos religiosos que hablan de un inminente fin del mundo y que acusan al papa Francisco de ser un falso Papa que ha traicionado la Tradición de la Iglesia y se ha vendido al comunismo internacional. A lo largo de la multisecular historia de al Iglesia nunca han faltado herejes y cismáticos de todo pelaje. Lo que ocurre es que ahora disponen de púlpitos digitales para difundir sus mensajes. Hace poco me ha llegado el vídeo de un joven gallego que parece hecho en la factoría del infierno. Establece una línea entre algunas supuestas apariciones de la Virgen, el coronavirus, la infidelidad del Papa de Roma y las vacunas. En tiempos convulsos como los que estamos viviendo no es difícil que personas con buena voluntad, pero mente desequilibrada, se embalen por pendientes apocalípticas. Abundan más de lo que hubiera imaginado. 

Mantener la calma, no dejarse llevar por el catastrofismo, hacer un esfuerzo por ser objetivos... se me antoja una empresa difícil, pero necesaria. Junto al arte de la conversación está el arte del discernimiento, la capacidad de cribar las cosas para distinguir el trigo de la paja, lo que viene del Espíritu de Dios de lo que son solo proyecciones o ansiedades humanas. Las “serpientes de verano” siempre han sido un clásico en estas fechas. A la hora de teclear estas líneas, el termómetro ha escalado ya los 28 grados. No es fácil mantener la mente fresca en estas condiciones. Al final, el calentamiento global (de las mentes) va a ser el responsable de tantos desvaríos. 

Dejemos que la música de Siloé nos refresque un poco. 


domingo, 25 de julio de 2021

El camino de Santiago

Hoy celebramos la solemnidad de Santiago, apóstol, patrono de España. Por caer este año en domingo, es un Año Santo Jacobeo. A pesar de la pandemia, están siendo muchos los peregrinos que se han puesto en marcha para realizar por diversas rutas y con diversos medios “el camino de Santiago”. Yo todavía no lo he hecho. Uno de mis sueños es hacerlo a pie desde Roncesvalles hasta Santiago de Compostela. Llegará el momento oportuno. 

Sobre este camino (que es físico, pero, sobre todo, espiritual) se han escrito infinidad de libros, se han hecho películas y se han multiplicado los testimonios de personas famosas (desde Paulo Coelho a Martin Sheen, pasando por Shirley McLean) que confiesan haber cambiado sus vidas tras peregrinar a la tumba del apóstol. Como muchas de ellas subrayan, lo más importante no es la meta, sino el camino. Al fin y al cabo, el camino es un símbolo de la vida misma. Caminar implica vivir en profundidad.

Cuando comparo este “camino jacobeo” (tan publicitado hoy, sobre todo por razones turísticas y económicas) con el camino que hizo el auténtico Santiago, caigo en la cuenta de que no es necesario recorrer 800 kilómetros a pie para vivir una auténtica transformación interior. Santiago, el hermano de Juan y discípulo de Jesús, tuvo que pasar de un carácter brusco a otro humilde, de un deseo de grandeza humana al aprendizaje del servicio, del buscar una vida segura a entregarla como mártir. ¿No es este el verdadero “camino de Santiago”, accesible a todos nosotros, con independencia del lugar en el que vivamos o de la edad que tengamos? El camino físico está reservado a un porcentaje muy pequeño de personas que pueden permitirse dedicar una o dos semanas semana o un mes a caminar con una mochila a las espaldas. El camino espiritual está abierto a todos.

Desde hace años colecciono fotografías de cuadros y esculturas que representan a Santiago. Al fin y al cabo, pertenezco a la Provincia claretiana de Santiago. Desde niño me atraía la figura de un apóstol a lomos de un caballo blanco. Quizá no prestaba atención a que, bajo los cascos del caballo, había a veces algunas cabezas de moros masacrados. Uno de los apelativos de este Santiago batallador es precisamente el de “matamoros”. Ciertamente, no ayuda al diálogo interreligioso al que hoy nos sentimos urgidos. 

Aunque me guste mucho la figura del Santiago caballero, me quedo con el perfil que aparece dibujado en los evangelios. Y, puestos a jugar con los gustos, también me gusta la leyenda de su presencia en España al principio de la evangelización y la de sus restos custodiados en la catedral de Santiago. Pero si algo me emociona de este apóstol es su camino de transformación interior. De rudo pescador galileo paso a ser un servidor que dio su vida por Jesús. Tardó tiempo en comprender quien era el Maestro y cuáles eran sus pretensiones. Antes de que pudiera tener la suficiente claridad intelectual sobre ambos asuntos, tuvo la oportunidad de rubricar con su sangre su amor a Jesús. ¿No es la fe, al fin y al cabo, una entrega incondicional? Pues eso. A este “camino de Santiago” me apunto también yo.

Un cordial saludo a todos los lectores del Rincón desde el aeropuerto de Barajas en donde estoy tecleando la entrada de hoy en medio de pasajeros que van y vienen y consultan las pantallas informativas. ¡Feliz fiesta de Santiago, sobre todo a aquellos que llevan su nombre en sus numerosas variantes: Santiago, Tiago, Jacobo, Jacob, Jaime, etc.!

sábado, 24 de julio de 2021

Analfabetismo emocional


¿Qué nos pasa a los varones que, en general, nos cuesta expresar nuestros sentimientos? Hablando con algunas chicas en estos días, he escuchado una queja común que no sé hasta qué punto es fiel reflejo de la realidad. Según ellas, los chicos de hoy están muy obsesionados con su futuro profesional. Se concentran en sus estudios, sueñan con obtener un buen empleo y dan mucha importancia al dinero. En general, son competentes en su profesión, pero en otros ámbitos se comportan como perfectos adolescentes, aunque tengan 30 o 35 años. No saben qué quieren hacer con su vida (más allá de ganar dinero), les cuesta manejar sus emociones, tienen pavor a los compromisos estables (por ejemplo, al matrimonio) y no les atrae mucho la idea de tener hijos porque reproduzco literalmente una frase escuchada no quieren traer niños “a este mundo de mierda”. No sé si esta es una tendencia general o minoritaria, pero creo que hay que prestarle mucha atención. Por contra, muchas chicas están demostrando una enorme responsabilidad a la hora de afrontar sus estudios, su autonomía laboral y económica y su vida afectiva. ¿Qué nos está pasando?

Hoy conocemos mejor que nunca los distintos tipos de inteligencia. Hemos buceado en el mundo de las emociones. Hablamos de educación integral. Sin embargo, algo está fallando. Es como si dispusiéramos de muchos medios, pero careciéramos de fines. En consecuencia, no sabemos bien para qué nos sirve lo que estudiamos, cuál es el valor de las relaciones y qué significan nociones como proyecto, compromiso o fidelidad. Es probable que estos fenómenos se enmarquen en la “sociedad líquida”. Todo es fluido. Nada permanece. Pero, ¿por qué los varones acusan más esta inseguridad mientras las mujeres parecen moverse como peces en el agua? ¿Será que se están redefiniendo los roles? ¿O es que el verdadero “sexo fuerte” es el femenino? ¿Se debe a que muchos varones permanecen en el hogar familiar hasta más allá de los 30 años, con las espaldas cubiertas, y sin asumir responsabilidades? 

No quiero entrar en un debate en el que los tópicos abundan más que los datos comprobados. Lo que parece cierto es que en muchos varones jóvenes se da una especie de “analfabetismo emocional” que es consecuencia de su incapacidad para saber qué quieren hacer con su vida, a quién quieren entregarse por entero y cómo afrontar los problemas normales de la existencia (incluyendo el sufrimiento y la muerte). Esta falta de centro y de dirección impide afrontar con firmeza casi todas las esferas de la vida, excepto la profesional. Quizás es el momento de preguntarse a fondo cómo afrontar esta crisis, convencidos de que toda crisis es una oportunidad para crecer.