martes, 19 de junio de 2018

Creer por los pies

¡Por fin pude ver una familia de elefantes como Dios manda! Ayer por la tarde nos internamos en uno de los bosques protegidos y ¡zas!, cuando menos lo pensábamos, aparecieron a nuestra derecha siete hermosos elefantes: cinco adultos y dos crías. Estaban tomando tranquilamente su “té de las cuatro” en una zona pantanosa. Bajamos de nuestro jeep Mahindra y, sin ningún temor, tomamos unas cuantas fotos. Luego proseguimos nuestro camino. De vez en cuando aparecían algunos antílopes, pero ni rastros del tigre, terror de los poblados. A eso de las seis de la tarde llegamos a la misión de Vythiri, en la zona norte de Kerala. Caía una lluvia suave que, a ratos, se volvía un poco más intensa. La misión está a unos 700 metros sobre el nivel del mar. Esto nos permite gozar de una temperatura agradable: Very pleasant, father, very pleasant, repiten las personas que encuentro merodeando por la misión. Aquí tenemos un colegio –St. Claret Public School– en el que más del 80% son alumnos musulmanes, y dos parroquias: St. George y St. Thomas. Acabo de celebrar la Eucaristía –Holy Qurbana– en rito siro-malabar. Y, como es costumbre, he permanecido todo el tiempo descalzo.

Llevo ya más de un mes descalzándome cada vez que entro en una iglesia o una capilla. Lo que al principio puede resultar un poco molesto acaba convirtiéndose en algo apetecible. Y no solo por cuestiones climáticas, sino, sobre todo, por su profundo significado religioso. Es inevitable acordarse de las palabras que Dios dirige a Moisés cuando éste pretende acercarse a la zarza ardiente: “Quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado” (Ex 3,5). En Oriente, descalzarse en los espacios sagrados es una práctica común a hindúes, budistas, musulmanes y cristianos. Despojarse del calzado es todo un símbolo de un despojo interior mucho más profundo. Durante estas semanas en Sri Lanka y en la India procuro hacer un ejercicio reflejo cada vez que me desprendo de las sandalias. Es como si dejara a la puerta de la iglesia mis prejuicios, planes, temores, ansiedades y sueños. Dios me quiere en contacto directo con la tierra y abierto a sus inspiraciones. Pisar con los pies desnudos la fría baldosa, la rugosa alfombra de mimbre o la suave moqueta proporciona una sensación de contacto directo con la realidad. Nos convertimos en personas “con los pies en la tierra”; es decir, personas que no huyen de esta vida, sino que la perciben, la tocan, desde el extremo más inferior de nuestro cuerpo. Frente a los idealismos que nacen de la cabeza, nosotros percibimos el mundo por los pies. Nunca hubiera imaginado que este cambio de órgano sensorial tuviera tantas consecuencias prácticas.

Como es natural, pienso en nuestras celebraciones en Europa. No me imagino a la gente dejando sus elegantes zapatos o sus pesadas botas en el atrio de la iglesia. Nuestros pies delicados, protegidos con medias y calcetines, no están preparados para muchos experimentos, y menos cuando llega el crudo invierno. Nos hemos vuelto demasiado sensibles y pudorosos. Tampoco los suelos fríos de nuestras viejas iglesias permiten muchas alegrías. “Quítate eso enseguida. Los catarros comienzan por los pies”, me decía mi madre cuando era niño y llegaba a casa con el calzado mojado. ¿Y si tuviéramos que aprender a descalzarnos para recuperar una experiencia de fe genuina y vigorosa? Descalzarnos materialmente sí, pero, sobre todo, descalzarnos de los muchos prejuicios, apegos y rutinas que hemos ido acumulando a lo largo d nuestra vida. No podemos pretender acercarnos a Dios cargados con “nuestras cosas”, como si no nos atreviéramos a colocarnos desnudos ante su Misterio.

Descalzarse es una señal de respeto y adoración, pero es antes una actitud de vaciamiento. Significa dejar fuera nuestras innumerables especulaciones mentales y percibir la realidad como la perciben los niños, a quienes les encanta caminar descalzos. Por los pies percibimos de otra manera la belleza y la dureza de la vida. Por los pies sentimos que somos todo y no somos nada, que el Misterio nos sobrecoge y nos abraza, que somos hijos pero no dominadores, que estamos hechos del mismo material de la tierra y que la superamos infinitamente. Descalzos ante Dios y ante los demás, nos mostramos como somos, sin los muchos aditamentos que opacan nuestro ser y nos impiden gozar de nuestra condición de personas libres. Creer por los pies puede ser un nuevo modo de evangelización en nuestra protegida Europa. Por algo se empieza.  De abajo arriba. De la tierra al cielo. Lanzo la idea. No se pierde nada por probar. Descálzate. Verás que tu fe comienza a encenderse un poco.

Por cierto, no me he olvidado de la familia de elefantes. Mirad qué elegantes y disciplinados desfilan.



lunes, 18 de junio de 2018

La solidaridad escondida

¡Por fin conseguí ver un elefante en los bosques de Kerala! Quise bajarme del vehículo para fotografiarlo con mi teléfono móvil, pero el conductor me lo desaconsejó. Los elefantes en manada no suelen ser peligrosos; uno solo, si se siente agredido, puede atacar. No era cuestión de ponerlo a prueba, así que me quedé con las ganas. De todas formas, disfruté del verde intenso de las plantaciones de té y del aire fresco de la montaña. Las cuatro horas que duró el viaje desde la misión de Mannarkad a la de Cheeral me permitieron reflexionar sobre un fin de semana muy intenso. El sábado escribí sobre “un joven obispo de 80 años”. Ha sido la entrada más leída de todo el mes de junio. Se aproxima ya a las 1.000 visitas. Eso significa que el P. Aquilino Bocos Merino es muy querido en varias partes del mundo. Su ordenación episcopal fue motivo de alegría y gratitud. Pero, casi a esa misma hora, me llegaban noticias muy preocupantes que me obligaron a solicitar a algunas personas cercanas una oración intensa. Cada vez creo más en el poder misterioso de la oración. Son las dos caras de la vida.

Hoy lunes arranca otra semana de viajes continuos. Cada día o cada dos días tendré que preparar mi pequeña maleta y mi mochila para trasladarme a una nueva misión. El próximo fin de semana dejaré el estado de Kerala. Viajaré a Bangalore (la capital del estado de Karnataka), una ciudad que he visitado en varias ocasiones. En cada lugar se repiten los mismos ritos: carteles de bienvenida (“Hearty welcome dear Fr Gonzalo”), ramo de flores, pequeño discurso de agradecimiento y el inevitable té con leche antes de empezar la faena. Cuando estoy en Roma, echo de menos este estilo de vida itinerante, pero cuando llevo más de un mes fuera, comienza a hacérseme un poco cuesta arriba. Sin embargo, basta una conversación de una hora con un misionero para que todo adquiera sentido y proporción. ¿Qué les impulsa a dos jóvenes misioneros menores de 40 años a vivir en medio del bosque, en un centro –Claret Care Home– que se ocupa de afectados por el VHS? Me sorprende muy positivamente la ola de solidaridad que se ha despertado en España con los inmigrantes del barco Aquarius, pero algo por dentro me dice que una solidaridad tan organizada y mediática corre el riesgo de convertirse en una herramienta política de consecuencias imprevisibles. No me gusta que la mano izquierda se entere de lo que hace la derecha, aunque tal vez es inevitable un cierto grado de difusión en el tipo de sociedad en la que vivimos. Comprendo que ayuda a tomar conciencia de un grave problema y a suscitar una respuesta coral por parte de la sociedad. No obstante, soy más partidario de la solidaridad escondida de quienes, sin ningún despliegue publicitario, consagran su vida (no un día, o una semana, o un mes) a ocuparse de los últimos. A este lugar del bosque malabar no llegan los servicios públicos de salud ni tampoco los medios de comunicación. Los portadores del VHS son los nuevos leprosos, personas marginadas incluso por sus familias. Alguien tiene que ocuparse de ellos.

La sociedad europea, en general, responde con gran generosidad cuando se produce una catástrofe natural o hay que apoyar una causa humanitaria. Se pueden aducir muchos ejemplos en los últimos años. La solidaridad se ha hecho cultura. Es un signo de altura moral, pero revela también una mala conciencia, como si la solidaridad actual fuera el modo inconsciente de compensar la explotación pasada. Tenemos que combatir los síntomas, y, al mismo tiempo, erradicar las causas que conducen a millones de personas a la pobreza y a la vulneración de sus derechos. Mientras tanto, toda la ayuda será poca. Aquí en la India llama mucho la atención que los musulmanes pobres de África se dirijan a Europa y no a los riquísimos países del Golfo Pérsico. Pareciera que la fraternidad islámica cuenta menos que las ansias de libertad y respeto de los derechos humanos. Otra paradoja de esas que nos dejan desconcertados. ¿Para qué sirve el dinero del petróleo? ¿Sólo para crear lujosísimos paraísos en el desierto y financiar mezquitas que ayuden a la difusión del Islam en el mundo?

Os dejo con un vídeo de José Mujica, el expresidente de Uruguay, que, más allá de las simpatías o antipatías que despierte el personaje, hace pensar.




domingo, 17 de junio de 2018

No todo depende de nosotros

Quizá sea por las preocupaciones que se me acumulan en las últimas semanas, pero las lecturas de este XI Domingo del Tiempo Ordinario suponen un alivio para mí. Jesús, hombre de campo, habla de semillas que crecen solas y de granitos que mostaza que se convierten en grandes arbustos. Detrás de cada una de estas mini-parábolas hay una crisis discipular. Jesús no ofrece remedios mágicos sino pistas para trabajar. Las crisis de los primeros discípulos coinciden con las nuestras. Una de ellas es la crisis de responsabilidad. Nos han dicho –nos hemos dicho– tantas veces que debemos ser coherentes en nuestra vida personal para que el Evangelio resulte creíble que, al final, nos sentimos agobiados. A los sacerdotes se nos pide orar con regularidad, estudiar, acompañar de cerca al pueblo, dar testimonio, ser compasivos con los necesitados, desgastarnos por las personas y, además, no perder nunca la serenidad ni el buen humor. A los laicos se les recuerda sus deberes matrimoniales y familiares, la obligación de ser competentes y honrados en el trabajo, la urgencia de no dejarse llevar por una vida de consumo, la sensibilidad hacia los pobres… ¿Quién no se siente un poco agobiado con tantas recomendaciones? 

Jesús conoce nuestras cuitas. Sabe lo serios que nos ponemos cuando nos entra la responsabilidad en relación con la eficacia de la Palabra. Nos creemos poco menos que los salvadores. Sentimos que todo va a depender de nuestro esfuerzo, nuestra atención y nuestro control. Jesús se ríe por lo bajinis. Nos sugiere fijarnos en lo que pasa con las semillas de cualquier planta. Una vez que están enterradas y regadas, no es necesario que el labrador se pase las veinticuatro horas del día y de la noche pendiente de su evolución, removiendo la tierra y añadiendo gotitas de agua. La semilla tiene su propia fuerza germinadora. Crece sola. La Palabra de Dios es esa semilla. Su eficacia no depende de nuestras estrategias, sino de su propia energía interna. Hay que proclamarla con claridad y dejar que germine. Un evangelizador demasiado celoso acaba asfixiando a las personas. Esto se puede aplicar a todos los niveles de la vida. No se crece por presión sino por libre desarrollo. Quizás la lejanía de la naturaleza no nos ayuda a aprender bien esta lección tan sencilla.

Como los discípulos se aficionaron a las crisis, se apuntaron luego a la de los “cuatro gatos”. Se dieron cuenta de que si Jesús seguía hablando del Reino de Dios como lo estaba haciendo, el personal –que se había mostrado muy entusiasta al principio–se iría retirando. Al final, quedarían “cuatro gatos”: los discípulos de primera hora y pocos más. Es exactamente la impresión que tenemos hoy en algunos lugares del mundo. Si la Iglesia se empeña en ir contra corriente, al final los templos se quedarán vacíos. Da la impresión de que las personas más sagaces y jóvenes se retiran y quedan solo los que cuentan poco. Jesús sigue sonriendo al comprobar que no hemos entendido nada. El Reino de Dios no es una realidad imponente que arrastra a todo el mundo como si fuera el Mundial de fútbol. Es, más bien, como un insignificante granito de mostaza que uno pisa sin darse cuenta. Pero, en su pequeñez, contiene una energía semejante a una bomba atómica. Cuando Dios la despliega, todo cambia. En definitiva, que no somos tan importantes como para andar siempre angustiados con lo que pasa o deja de pasar o con lo que hacemos o dejamos de hacer. De vez en cuando, conviene dejar que Dios sea Dios sin empeñarnos en sustituirlo. Las cosas nos irían mucho mejor. Feliz domingo desde la misión de Kombazha.

sábado, 16 de junio de 2018

Un joven obispo de 80 años

La verdad es que me hubiera gustado mucho estar hoy en Madrid. A las 12,00 (hora de Europa central) será ordenado obispo el claretiano Aquilino Bocos Merino, con quien he tenido la suerte de colaborar muchas veces en los últimos 30 años. Me contentaré con seguir la transmisión en directo si consigo disponer de conexión a Internet en la próxima misión de Kombazha a la que viajo dentro de un par de horas. Se trata, en realidad, de una noticia de familia. Si aparece en este blog es por su repercusión en la vida de la Iglesia. No es nada frecuente que el Papa nombre a un obispo que acaba de cumplir 80 años. A los obispos residenciales se les pide que presenten su renuncia al cumplir 75 años. Sin embargo, en este caso, el arzobispo titular de la diócesis de Urusi (que es el título recibido por monseñor Bocos) sobrepasa la edad que, según la Biblia, es el límite de “los más robustos” (Sal 90,10). No deja de ser sorprendente tratándose de una persona que, desde joven, ha tenido una salud delicada. Una vez más, la vida nos sorprende echando por tierra nuestros cálculos y previsiones. Por otra parte, soy testigo de que monseñor Aquilino Bocos nunca se ha abandonado a los achaques de la edad o al pesimismo de los profetas de calamidades. Siempre ha mantenido un tono jovial, una curiosidad insaciable y una actitud esperanzada. Por eso, puede ser un joven obispo de 80 años. 

No creo que sea éste el lugar para hacer un elogio de la talla humana y espiritual del nuevo obispo. Estas cosas pertenecen al ámbito de la intimidad y no cuadran bien con el carácter castellano de ambos. Creo, no obstante, que, a diferencia de los obispos jóvenes (que pueden contribuir al bien de la Iglesia con su dinamismo y creatividad), monseñor Bocos puede aportar una dilatada experiencia de gobierno (alrededor de unos 40 años), un juicio sensato sobre los acontecimientos, una gran pasión misionera y una sensibilidad especial hacia la vida consagrada. Estas notas se agradecen en estos momentos de la Iglesia. Puede además imprimir a su episcopado una nota que le es muy característica: la proximidad. Uno de sus últimos libros se titula precisamente Liderazgo y proximidad. No necesitamos pastores burócratas, sino obispos cercanos, a pie de calle, que sepan escuchar mucho y, llegado el momento, puedan decir una palabra oportuna. Estoy seguro de que su voz será escuchada en la Conferencia Episcopal Española y en otros foros de participación. A veces, las personas que, a los ojos de la sociedad están ya fuera del circuito, son las que más pueden iluminar los procesos de discernimiento, precisamente por eso: porque están “fuera del circuito”. Es decir, no entran ya en los juegos de equilibrios, maniobras, presiones, etc. que con frecuencia caracterizan el ejercicio de la autoridad y entorpecen el discernimiento sereno.

Es probable que muchos amigos de este Rincón se pregunten para qué sirve un obispo. Ver a un varón vestido con una sotana negra y una faja y un solideo violetas parece una estampa sacada de otros tiempos. En algunos sectores sociales y eclesiales hay un rechazo visceral a todos estos símbolos por considerarlos anacrónicos, elitistas y hasta ridículos. En otros, por el contrario, se da un gran aprecio a todo lo que representa una ruptura con el estilo ordinario de vida y recuerda otras dimensiones. No voy a entrar en este debate. Estando en la India, es evidente hacia qué platillo se inclina la balanza. Aquí no se concibe que un sacerdote o un obispo no vistan la sotana blanca (sobre todo, cuando están ejerciendo funciones públicas, no solo litúrgicas). Yo mismo, acostumbrado al pragmatismo europeo, me sorprendo usándola con total espontaneidad. Pero, más allá de estos símbolos externos, lo que importa es reflexionar sobre el ministerio del obispo en la Iglesia. Monseñor Bocos ha escogido como lema unas palabras de Jesús que figuran en su escudo arzobispal: Ut vitam habeant (Para que tengan vida). Están tomadas del capítulo 10 del Evangelio de Juan. Anunciar el Evangelio (munus praedicandi), celebrar los sacramentos (munus sanctificandi) y gobernar la comunidad (munus regendi) son funciones que están al servicio de esta vida en abundancia que es Jesús mismo. Esta misión no pasa de moda porque se concentra en la máxima aspiración de los seres humanos: vivir en plenitud. Si algo está hoy en crisis es precisamente el sentido de la vida y la dignidad de muchos seres humanos sometidos a una vida disminuida y vejada. Con la elección de este lema, monseñor Bocos quiere convertirse en testigo valiente del Jesús que es camino, verdad y vida para el mundo.  

¡Muchas felicidades de corazón al nuevo Obispo de la Iglesia!

viernes, 15 de junio de 2018

¿Se puede enseñar a Dios?

Ayer pasé cuatro horas visitando el colegio St. Xavier Public School, en Peecchanockadu, un barrio de Angamaly. Saludé a los casi mil alumnos en un acto breve en el patio, me reuní con el claustro de profesores y conversé con los tres claretianos encargados de la dirección. Viendo a los muchachos uniformados, con sus camisas azules y sus elegantes corbatas, no pude menos de recordar mis viejos tiempos de estudiante en un colegio claretiano. Han pasado los años. Han cambiado muchas cosas en la manera de concebir la educación y, sobre todo, en los métodos empleados. Las preguntas de fondo siguen siendo las mismas: ¿Por qué una congregación misionera abre colegios? ¿Qué objetivos pretende? ¿Hasta qué punto los consigue? Muchos de mis viejos compañeros de colegio son excelentes cristianos. En el colegio aprendieron algunos valores esenciales sobre los que han cimentado su vida y, sobre todo, se abrieron al mundo de la fe. Han podido surcar las aguas procelosas de las últimas décadas sin perder el norte. Han experimentado, como todos, los embates de la secularización, la crisis de la Iglesia posconciliar, las propuestas de diverso género, pero nada de esto los ha apartado de su fe en Jesucristo y de su compromiso con la comunidad. Sin embargo, reconozco que otros –no sé si la mayoría– se desengacharon apenas pisaron la universidad o comenzaron su experiencia laboral. A bastantes les he oído una frase que resume bien su postura: “Demasiadas misas he tenido que aguantar cuando era colegial. Ya tengo de sobra para el resto de mi vida” .

De las instituciones educativas regentadas por religiosos o religiosas han salido alumnos competentes en su profesión, coherentes con sus principios morales, críticos con el modelo social imperante, y comprometidos con su fe. Muchos están contribuyendo positivamente a la sociedad. Pero también –reconozcámoslo con humildad– personas “rebotadas”, hartas de las prácticas religiosas impuestas y muy críticas con la Iglesia. Incluso algunos de los líderes más combativos contra la religión se han sentado en las aulas de colegios religiosos. Cuentan historias de adoctrinamiento, abusos físicos y psicológicos (en algunos casos, sexuales) y falta de espíritu crítico. La literatura y el cine de las últimas décadas se han recreado a menudo en estos ambientes cerrados y asfixiantes. Si uno presta atención solo a esta perspectiva, acaba con una idea demoledora y descorazonadora de los colegios católicos, lo cual no responde a la verdad. Admitamos que ha habido un poco de todo, pero no en igual proporción. A mi juicio, es muchísimo más lo positivo que lo negativo. Es verdad que las cosas no han sido  –ni son– tan inmaculadas como a veces las quieren presentar algunos líderes religiosos, pero tampoco tan sórdidas y oscurantistas como denuncian los más críticos.

¿Para qué sirve, pues, un colegio religioso? ¿Se puede “enseñar” a creer en Dios en las aulas o esto supone una manipulación de las conciencias e incluso una empresa imposible? Me formulo estas peguntas en la India, el país natal de Tony de Mello, un jesuita que en los años 80 del siglo pasado nos enseñó a ser críticos con nosotros mismos y a no dar gato por liebre. Recuerdo que en algunos de sus libros contaba una historia que reproduzco libremente con mis palabras. Dirigiéndose a sus compatriotas indios, les decía de manera provocativa: “Si queréis una buena educación para vuestros hijos, no lo dudéis, enviadlos a un colegio católico. Si lo que buscáis es una sanidad de calidad, dirigíos a un hospital católico. Recibiréis un trato excelente. Pero si estáis buscando a Dios, acudid, por favor, a un monasterio budista o a un templo hindú”. No es necesario explicar por qué estas palabras levantaban ampollas.

Kerala, el estado indio en el que me encuentro, está repleto de instituciones católicas (escuelas, colegios, universidades, dispensarios, hospitales, centros de acogida para personas con problemas, etc.). Es casi como en España o Italia. La mayoría son instituciones de prestigio, hasta el punto de que algunos hindúes o musulmanes, cuando quieren abrir un colegio, le ponen un nombre que suene a católico para conseguir más alumnos (por ejemplo, St. George’s o St. Mary’s). Hay también -¡faltaría más!– multitud de hermosas iglesias, pero mucha gente no nos percibe como hombres y mujeres “expertos en Dios”, sino, sobre todo, como buenos social workers (“trabajadores sociales”). Esta perspectiva hace justicia a la dimensión profética del cristianismo. Jesús, en efecto, pasó por este mundo “haciendo el bien”. Nosotros seguimos sus huellas. Creemos que la fe es auténtica cuando se hace compromiso de amor hacia los más necesitados. Por eso, multiplicamos las obras sociales. Obras son amores y no buenas razones.

Pero tal vez dejamos demasiado en penumbra la dimensión mística, sobre todo en un continente como el europeo que se ha vuelto muy insensible. Los seres humanos necesitamos comida, trabajo, vivienda, sanidad, educación… y también un sentido profundo para nuestras vidas. Necesitamos a Dios. Quizá no somos capaces de ayudar a las personas –y, más concretamente, a los alumnos de nuestros colegios– a explorar esta dimensión espiritual y a hacer un camino de búsqueda, descubrimiento y profundización. La experiencia religiosa no se enseña como si fuera una disciplina académica, pero se prepara y se expande. Este sigue siendo uno de los grandes desafíos de las instituciones educativas católicas: propiciar un honrado, profundo y sistemático diálogo entre la fe y la cultura. En algunas partes se están dando pasos muy significativos, pero en otros lugares se busca solo la excelencia académica y el beneficio económico. ¡Para este viaje no hacen falta alforjas! Hay otras muchas instituciones educativas que ofrecen y buscan lo mismo.


jueves, 14 de junio de 2018

Nunca es tarde para perdonar

Ya sé que hoy comienza en Rusia el Mundial de fútbol (con cambio repentino de entrenador en la selección española) y que hay un ministro de España que pasará a la historia como Màxim el breve (ha durado una semana en el cargo), pero yo ando metido en otras historias. He pasado un par de días en la comunidad claretiana de Ernakulam que, entre otras, se ocupa de la pastoral penitenciaria. Varios misioneros visitan las cárceles de hombres, mujeres y adolescentes. También acogen en casa a algunos de los que salen de la prisión para ayudarles en su proceso de reinserción social. Pude entrevistarme con tres. Uno ha encontrado trabajo como guarda de seguridad; otro es albañil; el tercero es pintor. Pasan el día fuera y, al atardecer, regresan a nuestra comunidad, en donde llevan una vida sosegada mientras se preparan para el regreso a su ambiente familiar. Estaba prevista una visita a una de las cárceles de hombres, pero, al final, no fue posible.

Entre las muchas experiencias vividas por nuestros misioneros en esta frontera de la criminalidad y la exclusión, hay una que me llamó la atención. Me la contó ayer mismo uno de ellos, casi con lágrimas en los ojos. Hace poco celebró una eucaristía en la cárcel de varones. A ella suelen asistir los presos católicos, pero también algunos hindús y musulmanes guiados por la curiosidad. No faltan, de vez en cuando, funcionarios y policías para garantizar el orden. Mi compañero claretiano comentó una de las parábolas de Jesús sobre el perdón. Puso el alma en ello. Fuera, en el pasillo, estaba un policía hindú escuchando. Mi compañero no lo sabía. A los pocos días, este policía hindú se le acercó y le dijo, poco más o menos, lo siguiente: “Padre, el otro día estuve escuchando desde el pasillo lo que usted dijo en el servicio religioso que tuvo con los presos. Me conmovió tanto que, cuando regresé a mi casa, llamé a mi hermano para pedirle perdón por algo que nos había alejado desde hacía bastantes años. No sabe cómo se lo agradezco. Me he quitado un gran peso de encima”. Mi compañero se hacía cruces (nunca mejor dicho) del efecto que puede tener la Palabra de Dios en personas que nunca hubiéramos imaginado. Dios sabe cómo y cuándo llegar al corazón de los seres humanos.

La historia vivida por mi compañero claretiano me hace ver que nunca es tarde para perdonar. Conozco a algunas personas cercanas que están como atenazadas por un odio y remordimiento que no les permite vivir con serenidad y alegría. Ven la vida por el estrecho agujero de su herida abierta. Se han sentido traicionadas y por nada del mundo están dispuestas a perdonar. Acumulan argumentos contra sus enemigos. Se retroalimentan día y noche. Les parece una cuestión de honor y dignidad cuando, en realidad, es solo una cuestión de orgullo herido. Creen que, manteniéndose inflexibles, vencen a la otra parte y vengan su honor, pero las perdedoras son ellas mismas No hay peor derrota que la producida por el odio anidado en nuestros corazones. Es como un virus que acaba corroyendo todo y que transforma nuestra vida en un infierno.

Jesús comprendió muy bien este drama humano. Por eso, nunca dividió el mundo entre puros e impuros, buenos y malos. Todos estamos necesitados de perdón, incluso los que se presentan como dechados de honradez y pureza: “Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8,7). Las hermosas parábolas del capítulo 15 de Lucas son un bálsamo para curar la herida del odio. Solo cuando nosotros mismos experimentamos que hemos sido perdonados por Dios en medio de nuestra miseria, sacamos fuerzas de debilidad para perdonar a quienes nos han ofendido. Tal vez hoy sea un buen día para repetir conscientemente la petición del Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Nunca es tarde para recibir el perdón y para ofrecerlo. La liberación no se puede expresar con palabras. 

miércoles, 13 de junio de 2018

Santos de ayer, ídolos de hoy

Hoy celebramos la memoria del que probablemente es el santo más popular de la Iglesia: san Antonio de Padua (o de Lisboa, como les gusta a los portugueses que sea conocido). En la costa oeste de Sri Lanka y en el sur de Tamil Nadu, en la India, su estatua está por todas partes. Hoy se celebrará con gran solemnidad su fiesta en el famoso Santuario de Kaloor. San Antonio de Padua y san Francisco Javier son, sin duda, los santos más conocidos entre los cristianos de rito latino. Se nota la tarea evangelizadora llevada a cabo en el siglo XVI por los misioneros portugueses. Entre los cristianos de rito siro-malabar, los santos más populares son santo Tomás, san José, san Jorge, san Sebastián y últimamente san Judas Tadeo. Son numerosas las iglesias dedicadas a ellos. Y son también numerosos los varones que llevan estos nombres. Si uno visita Kerala y no sabe cómo dirigirse a un varón cristiano, basta con que use estos cinco nombres básicos (Joseph, Thomas, George, Mathew y Sebastian). Tiene más del 80% de posibilidades de acertar. Entre los latinos son más comunes los nombres de Anthony (o Antony) y Francis Xavier. Los nombres de santas no son tan populares, si exceptuamos el de Santa Alfonsa de la Inmaculada Concepción (1910-1946), una monja franciscana, canonizada por Benedicto XVI en 2008 y cuyo santuario pude visitar hace tres días. Los santos de ayer están incrustados en las vidas de los cristianos de hoy. Su recuerdo constituye un estímulo para vivir la vida cristiana con entrega. Su intercesión es requerida cada vez que se experimentan problemas y se buscan favores.

Este ambiente tradicional se ha visto alterado por la irrupción de otros “santos” modernos que compiten con los tradicionales en el mercado de adeptos. Por ahora no tienen santuarios ni iglesias. Se conforman con aparecer en grandes pancartas que adornan algunas de las calles de pueblos y ciudades, como Ernakulam, en donde me encuentro desde ayer por la tarde. Se trata, en realidad, de “ídolos”, más que de santos. La gente los aclama con fervor. Son las estrellas del mundo del fútbol. Me llama la atención que en un país en el que el deporte nacional es el aburridísimo criquet (cricket en inglés), el fútbol esté ganando adeptos, sobre todo entre los musulmanes. El Campeonato del Mundo contribuye a ello. Las pancartas más reproducidas son las de las selecciones de Argentina y Brasil. He visto también alguna de España, Inglaterra y Portugal, pero son pocas. Pareciera que no interesan las demás selecciones. Los grandes ídolos son –por este orden– King Messi (como se lo conoce aquí), Neymar y Cristiano Ronaldo. Forman la trinidad de los grandes. Me dicen que en los últimos días se ha disparado la venta de televisores de plasma para seguir los partidos. Por ahora, no se ha llegado a la euforia de América o de África, pero todo se andará. La nueva “religión del fútbol” parece encontrar espacio en un país marcado por las religiones tradicionales (sobre todo, el hinduismo). En este panteón hay sitio para unos cuantos dioses más.

Hay personas que combinan sin problemas su devoción a los santos tradicionales y su entusiasmo por los ídolos modernos. Para los hindús no hay mayor problema. Su politeísmo los hace proclives a la aceptación de cuantos dioses puedan serles favorables. Para mí la pregunta de fondo es ésta: ¿Celebramos la virtud o la habilidad? ¿Es lo mismo llevar una vida sencilla entregada a los pobres que llevar una vida de lujo desenfrenado porque uno gana más de 50 millones de euros al año? ¿Se puede poner al mismo nivel a quien es famoso porque practica bien un deporte y a quien ha dedicado la vida a buscar la perfección? En fin, no son ganas de aguar el Mundial que empieza mañana, sino solo de provocar un poco y aclarar las prioridades. El escaso tiempo de que dispongo no me permite ir mucho más lejor. Por cierto, sigue lloviendo, pero no tanto ni tan fuerte como en la zona montañosa donde pasé el fin de semana.