miércoles, 15 de marzo de 2023

La historia del gato


No sé por qué esta mañana, escuchando el evangelio del día, me ha venido a la memoria la famosa historia del gato del gurú que el jesuita indio Tony de Mello contaba en su libro El canto del pájaro. Merece la pena recordarla tal como él la escribe:
“Cuando, cada tarde, se sentaba el gurú para las prácticas del culto, siempre andaba por allí el gato del ashram distrayendo a los fieles. De manera que ordenó el gurú que ataran al gato durante el culto de la tarde. Mucho después de haber muerto el gurú, seguían atando al gato durante el referido culto. Y cuando el gato murió, llevaron otro gato al ashram para poder atarlo durante el culto vespertino. Siglos más tarde, los discípulos del gurú escribieron doctos tratados acerca del importante papel que desempeña el gato en la realización de un culto como es debido”.

¿Cuántos “gatos” se nos han colado en nuestras tradiciones cristianas?
Cosas que hoy nos parecen sacrosantas -y por las cuales discutimos acaloradamente- muchas veces tuvieron un origen puramente funcional. Lo que ocurre es que con el paso del tiempo se han ido revistiendo de una aureola que las convierte en intocables. Por eso, nos hace bien que algunos atrevidos -por lo general, jóvenes- se arriesguen a preguntarse el porqué de muchas de nuestras prácticas. Es la única manera de saber si lo que hacemos huele a evangelio o es solo el residuo histórico de creencias y prácticas que tuvieron sentido en su origen, pero que hoy son completamente obsoletas. 

Podemos encontrar ejemplos en el campo moral y litúrgico y también en ciertos cánones caducos. Cuando alguna persona muy atada a las tradiciones se escandaliza por algún cambio que ella considera como una traición, casi siempre le pregunto con delicadeza si sabe cómo surgió esa tradición en la Iglesia, a qué necesidad o problema pretendía responder. Pocas veces encuentro una respuesta sensata. La mayoría de las veces nos atamos a las tradiciones “porque sí”, porque eso es lo que hemos visto desde niños, sin cuestionarnos lo más mínimo su sentido o plausibilidad.


En el fondo de estas ataduras, que a menudo son casi adictivas, se da una necesidad imperiosa de seguridad. Los seres humanos preferimos que nos digan sin vacilaciones “lo que hay que hacer” antes que emprender la ardua tarea del discernimiento. En vez de preguntarnos qué es lo que Dios nos pide en cada momento, preferimos llevar otro gato al ashram y luego escribir doctos tratados sobre la importancia del gato (más aún, su necesidad) para poder realizar una oración devota.

Esto puede aplicarse a muchas cosas que hoy están siendo cuestionadas: la misión de la mujer en la Iglesia, el celibato obligatorio para los sacerdotes del rito latino, la forma de afrontar la homosexualidad, el concepto territorial de parroquia, el procedimiento para designar a los obispos, el papel de los cardenales, etc. Creo que Jesús nos invita a poner el acento en lo esencial, aunque sin descuidar las pequeñas cosas. Lo que importa es que descubramos por qué las hacemos y les demos sentido. Si no, acabaremos convirtiéndonos en cuidadores de “gatos”. No me parece que sea esta nuestra vocación, por adorables que puedan ser los felinos.

martes, 14 de marzo de 2023

Es cuestión de tiempo


Entre los extranjeros que viven y trabajan en este inmenso continente se suele hablar del “mal de África”. No se trata de una enfermedad como el paludismo o el tifus, ni siquiera de un sentimiento de admiración, nostalgia o rechazo. Es algo más indefinible, la combinación de dos extremos que parecen irreconciliables. El “mal de África” consiste en experimentar una irresistible atracción por esta tierra (sus gentes, sus tradiciones y sus paisajes) a la vez que se sufren sus problemas (climas extremos, enfermedades, miseria, corrupción, etc.). Si no fuera porque se puede interpretar mal, casi podríamos decir que se trata de una variante del masoquismo: encontrar placer en medio de situaciones que resultan duras y dolorosas. 

Pues yo, una vez más (y ya van alrededor de veinte), he experimentado el “mal de África” en estas semanas en Camerún. He padecido el calor, me he defendido de los mosquitos, me he bañado con un simple cubo de agua, he experimentado un poco el caos circulatorio del centro de Yaundé, he visto la miseria de los barrios periféricos, pero me he sentido atrapado por la vitalidad y generosidad de su gente. Esta vez, dado el objetivo de mi viaje, apenas he tenido contacto con la naturaleza exuberante de este lugar o con las comunidades cristianas, salvo una comida compartida con la comunidad parroquial de San Antonio María Claret y una cena con la de la parroquia de San Carlos Lwanga.


No tengo ninguna duda de que el futuro le pertenece a África. Aquí veo el reverso de todo lo que está sucediendo en Europa. Mientras en el viejo continente vivimos un invierno demográfico, aquí se está produciendo una explosión de nacimientos (sobre todo, en Congo y Nigeria). Mientras en Europa nos quejamos de que no hay trabajos adecuados para los jóvenes bien formados, aquí muchos jóvenes arriesgan su vida cruzando el Mediterráneo en barcazas o pateras miserables para buscar una vida mejor en otro lugar. Mientras nosotros decimos que el aborto es un derecho de toda mujer y legislamos sobre el suicidio asistido y la eutanasia, en África los niños y los ancianos se consideran una bendición de Dios. 

Mientras nosotros cuestionamos todo y nos dejamos dominar por el escepticismo, en África disfrutan cantando y bailando sin necesidad de muchos medios. Mientras nosotros nos declaramos agnósticos o renegamos de la religión, en África descubren la presencia de Dios en todo y la alaban con gratitud, humildad y alegría. Mientras en Europa la mayoría de los católicos no participan en la eucaristía dominical porque tienen otras cosas más interesantes que hacer, en África miles (millones) de personas tienen que caminar varios kilómetros a pie para no perderse ni un solo domingo el encuentro con el Señor y la comunidad. Mientras nosotros miramos a un pasado glorioso (del que, por otra parte, nos hemos desenganchado), en África sueñan con un futuro mejor. 

¿Hay alguna duda acerca de por dónde va la historia? Es cuestión de tiempo. No sucederá en este año, ni en esta década, pero creo que, hacia mediados de este siglo, África será la “reserva de la humanidad” y de la Iglesia. Los depredadores del mundo ya hace tiempo que han puesto sus ojos en este rico continente. Ayer fueron las potencias europeas colonialistas. Hoy son Estados Unidos, Rusia y, sobre todo, China. Pero África es demasiado vieja y sabia como para dejarse engatusar durante mucho tiempo. El futuro siempre es de quienes sueñan y luchan, de quienes lo pasan mal y se esfuerzan por vivir mejor, de quienes apuestan por la vida y no por la muerte, de quienes quieren aprender y estudian, de quienes saben trabajar y bailar, sufrir y gozar. Es cuestión de tiempo. 


Es verdad que con frecuencia criticamos muchas cosas de África desde la perspectiva europea. Hablamos de la corrupción política, del tribalismo, de las dificultades para entender y vivir las exigencias de la vida consagrada, de la violencia, etc. Todo esto es verdad, pero no sabe uno qué es preferible: si estos males rudos, declarados, o los males de guante blanco que produce la hipocresía occidental. 

Al final, no se trata de bendecir a unos y maldecir a otros, ni siquiera de hacer una alabanza de los pueblos africanos como expiación por las explotaciones a las que han sido sometidos a lo largo de la historia. Se trata de abrir los ojos, reconocer nuestras riquezas respectivas y ponerlas en juego al servicio de ideales compartidos, tanto en la sociedad como en la Iglesia. 

Creo que los misioneros de las últimas décadas han hecho una extraordinaria tarea de mediación entre dos mundos. Han traído a África muchos medios que han ayudado a su desarrollo. Han llevado a Europa y a América una nueva sensibilidad en la que el respeto a Dios, a la vida en general y al ser humano en particular está por encima del desarrollo tecnológico sin alma. Toda la siembra producirá su fruto. Es cuestión de tiempo.



lunes, 13 de marzo de 2023

Un joven líder anciano


Hoy se cumplen diez años de la elección del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio como 266 sucesor de Pedro, el apóstol. Recuerdo muy bien aquella tarde lluviosa del 13 de marzo de 2013. Yo me encontraba en la plaza de San Pedro. Cuando el cardenal Tauran pronunció el nombre del cardenal Bergoglio como nuevo papa, una joven pareja italiana que estaba a mi lado reaccionó con extrañeza: “¿Quién es este hombre?”. Temiendo que se sintieran desilusionados por el hecho de que el elegido no era italiano, les dije: “El cardenal Bergoglio es el cardenal de Buenos Aires, pero sus padres eran italianos”. Para mi sorpresa, me respondieron: “Gracias, nosotros no queremos más papas de aquí”. 

No sé por qué, pero intuyo que eran muy conscientes de que hoy la Iglesia es más universal que nunca y de que, por tanto, había llegado la hora de que los papas representasen esa novedad más allá de Italia y de Europa (de hecho, Juan Pablo II y Benedicto XVI no eran italianos, pero sí europeos). En su primera alocución, Francisco remarcó su procedencia lejana: “Como sabéis, el deber de un cónclave es dar un obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo...pero estamos aquí”. Ese “fin del mundo” era Argentina, la tierra de promisión a la que llegaron sus padres. Francisco era, como se ha repetido infinidad de veces, el primer papa americano de la historia y también el primer papa jesuita.


Francisco ha aparecido numerosas veces en este Rincón. A partir de 2016 he procurado hacerme eco de lo que él decía y de lo que otros decían de él. Hoy, con motivo de los diez años de su pontificado, se multiplican los balances. No es fácil encontrar un análisis sereno y objetivo. Abundan las alabanzas por parte de aquellos que ven en el papa Francisco el adalid de la renovación eclesial y crecen las críticas de quienes lo consideran responsable de la confusión que, a juicio de algunos, parece reinar hoy en la Iglesia católica. Yo no me apunto ni a un extremo ni al otro. Y no por una imposible y cómoda equidistancia, sino porque solo el paso del tiempo nos dará la perspectiva justa para comprender lo que está sucediendo hoy. 

Creo que el papa Francisco ha sacado a la Iglesia de su “siesta europea”, la ha sacudido, la ha invitado a ver las cosas desde otra perspectiva. Quienes siempre han estado en los márgenes se sienten contentos porque ven que sus necesidades y sus preguntas se toman en serio. Quienes, por el contrario, siempre han estado en el centro se sienten desplazados, como fuera de juego, tienen que aprender una nueva forma de relacionarse con los demás. Veremos en qué acaba el Sínodo de 2023-2024, pero cualesquiera que sean sus resoluciones, se ha creado ya un fuerte sentido de urgencia. Este es el primer paso de todo proceso de cambio y transformación. Francisco lo sabe. No tiene prisa en recoger frutos, sino en iniciar procesos. Todo tiene su tiempo.


Si algo me sorprende de los extremistas de uno y otro signo es la “excesiva” importancia que otorgan a la figura del Papa. ¿No habíamos avanzado en el camino de una Iglesia comunión que valora todos los ministerios y carismas? ¿No existe, en el fondo, una especie de “papalismo” de izquierdas y de derechas, que no es más que otra variante del clericalismo? Creo que la mejor manera de valorar el ministerio de Pedro es no ponerlo siempre en el centro para luego practicar con él un continuo pim-pam-pum, sino, más bien, sintonizar con sus orientaciones y tratar de aplicarlas en cada contexto. Los liderazgos excesivos, aunque parezcan muy auténticos, no casan bien con una Iglesia madura que se esfuerza por poner el acento en la persona de Jesús, en la construcción de comunidades vivas y en la promoción de todos los ministerios y carismas. La excesiva exposición mediática acaba quemando todo. 

Me parece que la mejor forma de celebrar este décimo aniversario del pontificado de Francisco es rezar por él (como, por otra parte, él pide siempre), dejarse interpelar por su estilo de vida sencilla, leer algunos de sus últimos documentos y procurar sintonizar con el espíritu de la Iglesia de nuestro tiempo (“sentire cum ecclesia”), sin inútiles nostalgias y sin abandonarnos al señuelo de la teología ficción. Me cuesta entender por qué muchos extremistas sienten una especie de placer morboso en convertir en complicados problemas las necesarias polaridades de la vida eclesial. Pero también esto forma parte de la vida real. Hay que aprender a lidiar con ello sin perder los papeles y sin pagar con la misma moneda.



domingo, 12 de marzo de 2023

De sedientos a evangelizadores


He meditado muchas veces sobre el diálogo entre Jesús y la samaritana que nos propone el evangelio de este
III Domingo de Cuaresma. Nunca salgo de mi asombro. ¿Cómo es posible concentrar tantos mensajes de vida en menos de 40 versículos? Aunque nos puede suceder algo parecido con las buenas obras de literatura (o sea, que encontremos nuevos y más profundos significados cada vez que las releemos), el caso de la Biblia es único. No se trata solo de encontrar tesoros escondidos, interpretaciones sorprendentes, sino de experimentar que Dios mismo nos habla con acentos nuevos cada vez que nos acercamos con corazón humilde a su Palabra. 

Es verdad que me siento reflejado en la mujer samaritana, pero hay algo más. En ella veo personificada nuestra cultura actual. También a nosotros, hombres y mujeres de una Europa secularizada, generación casada con cinco maridos (que es como decir con cinco ídolos), Jesús nos dice: “Dame de beber”. A pesar de que nos hayamos vuelto muy escépticos, de que nos cueste mirar al futuro con esperanza, Jesús nos pide que saciemos su sed. Sigue contando con nosotros. No da la batalla por perdida. Ante el escepticismo de la mujer samaritana (o sea, el nuestro), Jesús pronuncia una frase que esta vez me resulta muy reveladora: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”.


¿Qué pasaría si “conocieran el don de Dios” quienes dicen que no necesitan a Dios para llevar una vida honrada y feliz? ¿Qué pasaría si “conocieran el don de Dios” los adolescentes y jóvenes que están pensando en suicidarse porque creen que todas las puertas del futuro están cerradas? ¿Qué pasaría si “conocieran el don de Dios” quienes se han cansado hace tiempo de una religión rutinaria y alejada de las preocupaciones de la gente corriente? Jesús mismo nos da la respuesta. Si “conociéramos el don de Dios”, entonces seríamos nosotros los que le pediríamos a él que saciara nuestra sed, que diera un sentido a nuestras vidas, que nos ayudara a vivir este tiempo con menos zozobra y más serenidad, que revelara en nosotros el rostro escondido de Dios. 

Probablemente durante un tiempo seguiríamos siento adictos a nuestros cinco famosos maridos/ídolos (tal vez el ego, el sexo, el dinero, el poder y la envidia), pero estaríamos más atentos a la advertencia de Jesús: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. Los ídolos producen una felicidad efímera. Nos dejan siempre más sedientos. Exigen continuos peajes y sacrificios. Crean ataduras. Por el contrario, quien acepta el agua de Jesús “nunca más tendrá sed”. Más aún, descubrirá que dentro de él hay “un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.


El relato de Juan termina haciendo de la mujer samaritana, no solo una mujer enamorada de Jesús y reconocedora de su identidad (profeta mesías, salvador), sino una evangelizadora de sus propios paisanos. Lo mismo puede suceder con nosotros. No hay mejor evangelizador que quien ha experimentado en carne propia que Jesús es el único que puede saciar la sed del corazón humano. Estoy convencido de que el futuro de la fe en Europa dependerá de las personas que “han experimentado algo”, que se han encontrado con Jesús en el camino de la vida y se han dejado seducir por él. No importa si tienen o han tenido “cinco maridos” (es decir, si han vivido una buena parte de su vida atados a los ídolos contemporáneos). Lo que cuenta es que se fíen de Jesús, que crean en él y que no tengan miedo de compartir su experiencia con sus familiares, amigos y conocidos.

Desde el pasado 28 de febrero estoy en Camerún. A pesar de las temperaturas tropicales y de un plan de trabajo extenuante, disfruto con mis hermanos africanos. Sus diálogos son chispeantes y agudos y, sobre todo, su forma de celebrar la liturgia me parece energizante. Ayer, por ejemplo, cantaron el Psaume de la création con tal fuerza que me sentí como transportado. Mi Cuaresma de este año está siendo muy enriquecedora. Espero que la vuestra también.



viernes, 10 de marzo de 2023

Mors et vita duello


En el arco de apenas ocho horas he recibido dos noticias que tienen que ver con la muerte y la vida.
En Roma ha fallecido el padre de un amigo mío. En Vitoria ha nacido la hija de unos amigos míos. Mi amigo romano combina dos pasiones. Fue medalla de bronce de remo (cuatro sin timonel) en los Juegos Olímpicos de Atenas en 2004. Actualmente se dedica a su verdadera pasión, la música. Es organista, pianista, compositor y director de orquesta. La última vez que me encontré con él en Roma hace un par de meses me habló de la situación terminal de su padre mientras tomábamos un café espresso. En cuanto me llegó la noticia, le envié un mensaje de pésame. 

Mis amigos de Vitoria son jóvenes. Estuve con ellos hace apenas diez días. Estaban esperando con serenidad la llegada de su quinto hijo. La pequeña María ha nacido esta misma mañana en la capital alavesa. Recibida la noticia, les he enviado un mensaje de enhorabuena. Es hermoso ver las fotos de madre e hija. Son como una hermosa pietà contemporánea. La madre sostiene a la hija viva. La Virgen María sostiene a su hijo muerto, pero triunfante. Como canta el himno de Pascua, “mors et vita duello”, la muerte y la vida están en permanente batalla.


En estos momentos de dolor y de alegría me siento muy cerca de mi amigo romano y de mis amigos madrileños
(aunque ahora viven en Vitoria). Es imposible no recordar las palabras de Pablo en su carta a los romanos: “Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran” (Rm 12,15). Me alegro mucho por el nacimiento de María. Me uno a la acción de gracias de sus padres, de sus cuatro hermanos, de sus abuelos, tíos y primos. He sido testigo discreto de la espera serena con que sus padres se han preparado para este momento. 

Inevitablemente me acude a la mente la conocida frase de Rabindranath Tagore: “Cada niño viene con el mensaje de que Dios aún no se ha desanimado del hombre” (Every child comes with the message that God is not yet discouraged of man). Esta frase ha sido reescrita y reinterpretada muchas veces. Su contenido esencial es un canto a la esperanza. Donde nacen niños, seguimos creyendo en el Dios de la vida, mantenemos viva la esperanza de un futuro mejor. En África es evidente esta cultura. Donde ya no nos atrevemos a tener niños, la fe se marchita y la esperanza declina. Uno de los grandes problemas de Europa (sobre todo, de países como España e Italia) es precisamente el invierno demográfico. No hay que ser un gran experto para vislumbrar las consecuencias de todo tipo a medio y largo plazo, a menos que haya una valiente reacción. No podemos ir contra la vida sin pagar las consecuencias. Somos administradores de un don, no sus propietarios. 


El escueto mensaje que mi amigo Lorenzo colgó en Facebook para comunicar la muerte de su padre dice así: “Ciao Papà, mi piace ricordarti così! Tanto ci rivedremo” (Hola papá, ¡me gusta recordarte así! Nos volveremos a ver). Ese “nos volveremos a ver” expresa la esperanza cristiana en la vida eterna. La muerte, por dolorosa que sea, es siempre una experiencia de tránsito, no de pérdida absoluta. Tras el desconcierto inicial, se abre paso una suave alegría que es el mejor signo de que algo nuevo ha comenzado, de que entre nosotros y las personas que desaparecen físicamente se establece una profunda e indestructible comunión. 

Cuando logramos vivir esto iluminados por la fe, la muerte ya no es vista como una derrota, sino como el paso a la victoria definitiva. Por desgracia, muchos de nuestros contemporáneos han perdido esta esperanza. Suele ser frecuente que algunos personajes famosos confiesen su creencia en la muerte como final absoluto, de modo que para muchos jóvenes esto se ha convertido en un nuevo dogma cultural. ¿Es posible ser feliz y mirar el futuro con esperanza cuando uno no promueve la vida y considera que la muerte es la última palabra?

jueves, 9 de marzo de 2023

10 disgustos y 10 gustos


Cuando uno comienza a contar los días que restan para que termine algo quiere decir que empieza a encontrarse cansado. No es exactamente mi caso en Camerún. No estoy muy cansado, pero sí he empezado a contar los días que faltan para mi regreso a Madrid. Mientras tanto, alterno el trabajo con algunas gotas de humor. Hay una sección del conocido programa televisivo El Hormiguero que me resulta especialmente simpática. No suelo verla en televisión, sino en los videoclips que cuelgan en YouTube. Me refiero a la sección del
polémico Juan del Val. Suele durar en torno a un par de minutos. La anima, con evidente desparpajo, el escritor madrileño Juan del Val. Juega a hacerse el polémico, pero lo único que pretende es distraer un poco al personal riéndose de muchas de nuestras costumbres y prácticas. Si uno se lo toma al pie de la letra, puede resultar provocativo y hasta odioso, pero si entra en su estilo iconoclasta, se lo pasa muy bien. Descubre hasta qué punto solemos ser ridículos y previsibles. 

Para exorcizar un poco el cansancio que voy acumulando en estos días de intenso trabajo en condiciones tropicales, también yo me voy a permitir hoy practicar su juego. En clave de humor, hablaré de lo que no me gusta para terminar dejando buen sabor de boca con lo que me gusta. Espero que nadie se tome esta entrada demasiado en serio. No es más que un juego inspirado por el “políticamente incorrecto” Juan del Val.

No me gusta:
  1. Que en las conversaciones haya alguien que repita constantemente la muletilla: “¿Me entiendes?”, como si todos fuéramos tontos.
  2. La actitud descarada de algunas personas mayores que, abusando de su edad, siempre quieren sentarse en los asientos reservados de los autobuses y del metro y colarse en todas las filas posibles.
  3. La gente que destroza los monumentos y el mobiliario urbano con pintadas asquerosas y luego dicen que son rebeldes con causa, como James Dean.
  4. Que algunos de mis amigos empiecen una conversación de WhatsApp y la corten abruptamente sin despedirse, con lo cual no sé si tengo que seguir esperando o ya ha terminado.
  5. Que cuando voy a una boda siempre haya un grupito de invitados etílicamente subidos que, después del banquete, griten: “Que baile el cura, que baile el cura”.
  6. Que alguien sazone una conversación con palabras en otros idiomas (casi siempre en inglés), a menos que sea absolutamente necesario.
  7. La gente que, cuando le preguntas algo muy concreto, se va por las ramas y comienza a contarte la historia completa de su familia por entregas.
  8. Que los curas hagan homilías interminables en las que hablan un poco de todo, sin que el oyente saque nada en limpio y no haga más que mirar al reloj o distraerse con una mosca. 
  9. Que cuando he comprado algo, el listillo de turno me diga que él (o ella) conoce un sitio buenísimo donde se puede encontrar el mismo artículo a mitad de precio.
  10. Que alguien me presente a su esposa y diga: “Aquí, mi parienta”.

A medida que iba escribiendo, se me iban ocurriendo mil cosas más, a cual más extravagante, pero me he prometido a mí mismo no pasar de las 10 anunciadas. 
Vamos ahora con las 10 cosas que me gustan.

Me gusta:
  1. Recibir el saludo de las personas conocidas o que alguien me diga “Buenos días” o “Buenas tardes” cuando me encuentra en la calle.
  2. Que cuando alguien me llama por teléfono me pregunte si estoy ocupado y no dé por supuesto que dispongo de todo el tiempo del mundo cuando tal vez estoy con otra persona en ese momento.
  3. Que alguien cocine con gusto y no esté todo el tiempo preguntándome qué me parece la comida o diciéndome eso de que “seguro que la cocinera de tu comunidad no te pone esto”.
  4. Levantarme a primera hora, abrir la ventana y ver el sol naciente, lo que no ocurre en mi cuarto actual porque da a un pequeño jardín interior.
  5. Escuchar atentamente a las personas, sin interrumpirlas con aclaraciones y comentarios, dejando que se explayen con libertad.
  6. Que alguien me ponga la mano encima del hombro cuando me nota un poco bajo de ánimo sin necesidad de decirme: “¡Ánimo, hombre, que todo va a ir bien!”.
  7. Hablar con los niños a su nivel, incluso jugar con ellos, pero sin tratarlos como si fueran idiotas porque ellos se dan cuenta enseguida y entonces el idiota soy yo.
  8. Que me pregunten por mis viajes y se interesen por conocer otras experiencias que se parecen poco a las habituales.
  9. Escuchar buena música, sin que un enteradillo me diga que “no se puede comparar esta versión de Gardiner con la de Von Karajan”.
  10. Sentarme durante algunos minutos sin hacer nada y que nadie me pregunte qué estoy haciendo porque supone que no es digno no hacer nada.
Basta por hoy. Os aseguro que os vais a reír mucho más si veis algunos vídeos del polémico Juan del Val. Os dejo con uno escogido al azar.



miércoles, 8 de marzo de 2023

El amor es siempre exagerado


No es posible escribir la entrada de hoy sin hacer referencia al
Día Internacional de la Mujer. Recuerdo que hace tres años las manifestaciones callejeras en Madrid y otros lugares de España sirvieron para difundir el coronavirus. Esperemos que este año sirvan para difundir el deseo de paz y reconciliación en un tiempo en el que la guerra ha vuelto a Europa. En mi país hay un gran debate abierto sobre el verdadero significado del feminismo. Hay mujeres que entienden sus reivindicaciones como una liquidación del imperio del varón y como un sentimiento que cada persona administra con total libertad, haciendo del género (y aun del sexo) una opción subjetiva. Otras afirman su feminidad sin necesidad de mimetizarse con el varón, poniendo el acento en la igualdad de derechos y oportunidades, en las responsabilidades compartidas (sobre todo, en el ámbito familiar) y, en definitiva, en la reciprocidad a distintos niveles.

Como todos los cambios sociales a lo largo de la historia, hay exageraciones que a veces son necesarias para llamar la atención sobre los desajustes o injusticias que nos parecen normales porque forman parte de la tradición. Luego, la misma dinámica social va equilibrando las cosas hasta lograr una síntesis más o menos aceptada por la mayoría. Creo que esto mismo sucederá con la identidad de los hombres y mujeres y su mutua relación. Ahora mismo estamos en un momento de gran ebullición. Las leyes “trans” no han hecho más que añadir leña al fuego. Pero creo que lo que no se consigue hoy mediante un discernimiento tranquilo, se logrará mañana cuando nos demos cuenta de las nefastas consecuencias a las que conducen algunas posturas extremistas.


Ayer compartí la comida de mediodía con un grupo de claretianos y de laicos de la parroquia San Antonio María Claret, situada en la periferia de Yaundé. La parroquia está a media hora de la sede de nuestro taller, pero, en realidad, cruzar el centro de la ciudad nos supuso más de una hora. Yaundé es, como Roma, la ciudad de las siete colinas. Para ir de nuestra colina (Nkolbisson) a la colina donde está situada la parroquia (Nkolemombo), no hay más remedio que atravesar el centro. A nuestra llegada, nos recibieron con cantos y danzas, como es tradicional en casi todos los lugares de África. Luego hubo discursos por parte del presidente del consejo parroquial y del párroco claretiano. Bajo un sol de justicia, guarecidos por unas carpas blancas, degustamos nuestra comida mientras el grupo de jóvenes interpretaba diversas canciones. Tanto el que tocaba el teclado como uno de los cantantes eran ciegos. 

La actitud hospitalaria y los muchos detalles de acogida llaman mucho la atención a un europeo como yo. Yo intentaba imaginarme lo que hubiera sucedido en cualquiera de nuestras parroquias europeas. Seguramente hubiéramos sido acogidos también con apertura y cercanía, pero no es probable que se hubiera producido el derroche de detalles que experimentamos ayer. Enseguida saltarían al primer plano los problemas logísticos, la necesaria financiación, el tiempo disponible, la posterior limpieza de los locales, etc. Por paradójico que resulte en muchos casos, cuanto más dinero manejamos, menos generosos somos. No hay nadie como la gente pobre para “derrochar” generosidad con los huéspedes sin complicarse demasiado la vida.


Haciendo un salto (o quizá siguiendo en esta misma línea), recuerdo que hoy celebramos también la memoria de san Juan de Dios (1495-1550), un santo polémico y exagerado. Su vida es una novela de aventuras. Después de muchas peripecias, que lo llevaron incluso a Viena y al norte de África, se convirtió tras escuchar una predicación de san Juan de Ávila en Granada el 20 de enero de 1539. Entonces se lanza desnudo a la calle, vende todos sus libros, la gente lo toma por loco y las autoridades lo encierran en el Hospital Real. Tras conocer de cerca la realidad de los enfermos y apaciguar espíritu, peregrina al santuario de la Virgen de Guadalupe en Extremadura. Allí maduró su propósito de entregar su vida al cuidado de los pobres y los enfermos. Por su extrema caridad, el obispo de Granada comienza a llamarle Juan de Dios. Murió, tal día como hoy, a los 55 años, a consecuencia de una pulmonía contraída por haberse lanzado al rio Genil para salvar a un joven que se estaba ahogando. 

Biografías como la de san Juan de Dios sacuden nuestra conciencia. Todos los santos son “exagerados” de una manera u otra. Su objetivo no es llevar una vida tranquila, sin problemas, sino amar al máximo. Esto los lleva a “exageraciones” que las personas y mujeres “normales” no somos capaces de realizar. Pero si no fuera por estas personas “exageradas” (comenzando por Jesús mismo) no entenderíamos que el amor de Dios es siempre exagerado. Nos moriríamos víctimas de nuestra actitud calculadora.