viernes, 7 de enero de 2022

Credo en tono menor

El año pasado, tal día como hoy, escribí sobre 11 palabras que son muy significativas en mi vida. Tomé como base el acróstico GUNDISALVUS (Gonzalo en latín). Fue casi una confesión. Hoy, fiesta de mi 64 cumpleaños, me inclino por escribir un credo en tono menor que recoja algunas de las convicciones que he ido madurando a lo largo de mi vida. Este credo no sustituye al Credo en tono mayor que profeso como cristiano. Es solo un ensayo de biografía moral y emocional. 

De vez en cuando todos necesitamos hacer explícitas las convicciones y creencias que sostienen nuestra vida. Sin ellas, no se entiende bien lo que somos y hacemos. Todos las tenemos, pero no siempre disponemos de motivación, tiempo u oportunidad para compartirlas. Como en todo credo personal, los elementos objetivos y subjetivos se entremezclan. Por eso, estos credos son únicos. Cada uno tenemos el nuestro. Unos no son mejores o peores que otros. Basta con que nos ayuden a dar consistencia a nuestra vida y nos permitan entrelazarla armoniosamente con las de los demás.

Creo que la genética, el entorno y la educación condicionan mucho lo que somos, pero no determinan absolutamente nuestra vida. Hemos sido creados libres para jugar con esos elementos sin sentirnos esclavizados por ellos, por más que a veces tengamos la impresión de que “no podemos ser de otra manera”. Hace más de 30 años que aprendí a no decir “soy así” (como si mi conducta tuviera siempre algo de inevitable), sino “he aprendido a ser así” (y, por lo tanto, puedo reaprender nuevos modos de ser hasta el final de la vida).

Creo que el ser humano es una realidad muy compleja que no se reduce a procesos bioquímicos, conexiones neuronales o determinismos genéticos. Creo, dicho de manera positiva, que posee una dimensión espiritual que, sin negar las anteriores, las trasciende y nos conecta con el Misterio que sostiene el universo.

Creo que en todos los seres humanos (incluso en los que parecen viles y despreciables) hay más verdad, bondad y belleza que las que aparecen a simple vista. Por eso, creo que todo ser humano (con independencia de su raza, edad, sexo, orientación sexual, religión, cultura, ideología o idoneidad moral) es siempre digno de respeto, ayuda y compasión.

Creo, con san Agustín, que los seres humanos hemos sido hechos para la unión con Dios y que, por tanto, nuestro corazón siempre estará inquieto hasta que descanse en él. Por eso, no me extraña lo más mínimo que realidades valiosas como el sexo, el trabajo, el dinero, el poder o la fama no acaben nunca de dejarnos satisfechos. Se trata siempre de realidades penúltimas. 

Creo que muchas de las personas (entre ellas, algunos amigos míos) que dicen que no creen en Dios o que banalizan la dimensión religiosa de los seres humanos por considerarla evanescente, en realidad se oponen a una pobre y deformada idea de Dios que a menudo es el resultado de experiencias negativas vividas en el ámbito familiar o educativo, pero no el fruto de un encuentro personal con Jesucristo.

Creo que a lo largo de la historia ha habido muchas personas (santos, profetas, filósofos, científicos, artistas, etc.) que nos han ayudado a ver más allá de nuestra corta mirada, pero ninguno es comparable a Jesús de Nazaret, en quien Dios ha querido revelar su Misterio escondido. Por eso, no entiendo mi vida sin una referencia a él. No tengo un plan B que lo sustituya en caso de fallido cumplimiento.

Creo que “a Dios nadie lo ha visto nunca” (Jn 1,18), pero doy mi asentimiento al Dios que Jesús reveló con su vida y su palabra. Creo que es origen y meta de toda la realidad, Padre-Madre (Abbá) más que juez, Luz más que oscuridad, Amor más que condena, Libertad más que obligación, Vida más que muerte, Alegría más que tristeza. Por eso, creer en él, desmayar mi vida en su Misterio, no me disminuye ni aliena lo más mínimo, sino que me permite disfrutar de la vida al máximo, sabiendo que él “es un Dios de vivos, no de muertos” (Mt 22,32).

Creo que la Iglesia es una comunidad formada por hombres y mujeres pecadores que a menudo traicionan sus convicciones, desfiguran el Evangelio y escandalizan a muchos con su incoherencia, pero que está sostenida siempre por el Espíritu de Jesús. Por eso, a pesar de todos los vaivenes históricos, nunca dejará de ser memoria viva del Resucitado en la historia, signo e instrumento de un Reino que la desborda y empuja.

Creo que la historia humana es un largo camino marcado por el sufrimiento de muchas personas en una cadena innumerable de injusticias, corrupciones, guerras, abusos y violencia. Dentro de nosotros, de todos nosotros, hay un Caín escondido que, en determinadas circunstancias, alza su mano contra sus semejantes. Es verdad que “el ser humano es un lobo para el ser humano” (Hobbes). Cada vez me convenzo más de esa realidad misteriosa que la dogmática cristiana llama “pecado original”. Pero creo, por encima de todo, que hemos sido creados para ser hermanos unos de otros, cuidadores de la casa común, ciudadanos de un mundo unido y diverso.

Creo que Jesús ha venido para dar sentido a la vida de todos los seres humanos sin excepción, pero que ha querido expresamente comenzar por los últimos, por aquellos que nosotros dejamos en los márgenes porque nos parecen materia desechable. Creo, por tanto, que la compasión hacia los empobrecidos y excluidos, el camino con ellos y la búsqueda de soluciones eficaces a su marginación es una exigencia ineludible de la fe en él y su Evangelio, un signo de credibilidad.

Creo que la vida humana no sería la misma sin la belleza que proporciona la amistad. Por eso, en un día como hoy, doy gracias a Dios por todos mis amigos esparcidos por el mundo. Cada uno de ellos es un regalo inmerecido, un “ángel” que me ayuda a descubrir la presencia amorosa de Dios en la trama de la vida cotidiana.

Creo que la pandemia de coronavirus que padecemos desde hace casi dos años no va a ser eterna y que, aunque tendemos a ser olvidadizos, aprenderemos algunas lecciones que nos serán útiles para corregir defectos del pasado y abrirnos a un futuro más sostenible, solidario y fraterno.

Creo que el mundo no se cambia a base de revoluciones sangrientas, de ideologías totalitarias, de consumismo exasperado o de discursos buenistas, aunque a corto y medio plazo parezca que estas acciones consiguen algunos resultados. La verdadera y durable transformación solo la produce el amor. Comienza por el propio corazón y va contagiando a todos hasta transformar también las estructuras que nos esclavizan.

Creo, en fin, que el Espíritu de Dios conduce la historia humana suscitando lo mejor que hay en nosotros, abriéndonos a nuevas dimensiones, concediéndonos carismas de progreso, alentándonos en nuestras dificultades, haciéndonos vivir nuestra condición de hijos de Dios, seguidores de Jesús y miembros de la comunidad de la Iglesia. Por eso, no pierdo la esperanza aunque a veces tenga la impresión de que la historia es un garabato insignificante y terrible.



jueves, 6 de enero de 2022

Jesús, patrimonio de la humanidad

Todos los años, cuando llega la solemnidad de la Epifanía, se reabre el debate sobre un acontecimiento que se mueve entre la historia y la fábula. Si ponemos el acento en los personajes de los magos de Oriente, enseguida se dispara la imaginación. Empezamos a hablar de tres sujetos (por su conexión con los tres dones bíblicos de oro, incienso y mirra a los que alude el texto de Mateo), de “reyes” (el texto habla de “magos”), les asignamos tres nombres (Melchor, Gaspar y Baltasar, conocidos a partir del siglo VI) y los vinculamos a tres edades de la vida (Melchor representa la ancianidad, Gaspar la madurez y Baltasar la juventud) y a los tres continentes conocidos en la antigüedad (Europa, Asia y África). Si luego añadimos la tradición tardía de traer regalos a los niños en la noche del 5 al 6 de enero, tenemos el cuadro completo. Es la cara popular de la fiesta, la que todo el mundo conoce y disfruta, la que esperamos cada año desde que somos niños.

Si, por el contrario, nos fijamos en el mensaje teológico que Mateo quiere comunicar a los lectores de su Evangelio, entonces el discurso toma otro cariz. Lo que se pretende transmitir es que Cristo no es un patrimonio del pueblo judío, sino un don de Dios para toda la humanidad. Su “epifanía” (manifestación) lo hace transparente a todos. En él, Dios se manifiesta a quienes lo buscan, aunque siga habiendo Herodes que, haciendo un uso torticero de las Escrituras, pretendan entorpecer el camino y quitar protagonismo al Niño de Belén para asegurar su propio poder de dominación.

Creo que para comprender mejor el mensaje de esta fiesta podemos conectar la pregunta que aparece en el relato de Mateo con la respuesta teológica que Pablo ofrece en su carta a la comunidad de Éfeso. Los magos de Oriente formulan una pregunta que podría ser la nuestra, la de quienes también hoy seguimos buscando a tientas el sentido de la vida: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo” (Mt 2,2). Cada uno de nosotros vemos algunas “estrellas” en el firmamento de nuestra vida, signos luminosos que nos hablan de la presencia de Dios en nuestro mundo. Quisiéramos descifrarlos para, llegado el caso, “adorar a Dios” con todo nuestro corazón. Lo que ocurre es que a veces confundimos las verdaderas estrellas con las de neón, las de algunos ídolos famosos (llamados también estrellas o superestrellas) que nos deslumbran un instante con su fama, pero que no logran iluminarnos de verdad. Se trata de estrellas fugaces.

El problema es que no siempre sabemos dónde está ese discreto “rey de los judíos”. Por eso, lo buscamos con el mismo interés que los magos de Oriente. Los pastores se dejaron guiar por los ángeles del cielo que los llevaron hasta el portal. Los “magos” (astrólogos, científicos, sabios) se dejaron guiar por la luz de una estrella. El mensaje es nítido: si queremos encontrar al “niño con su madre y José” (Lucas) o al “rey de los judíos” (Mateo) tenemos que dejarnos guiar por los “ángeles” y “estrellas” que Dios pone en el camino de nuestra vida. No podemos fiarnos solo de nuestra intuición o de nuestra inteligencia. No podemos caminar solos. Es más, nosotros mismos podemos convertirnos, a veces sin saberlo, en “ángeles” y “estrellas” para otros. La fiesta de la Epifanía tiene un evidente significado misionero. Somos un pálido reflejo de la Estrella que es Cristo mismo. Puede que en ocasiones tengamos la impresión de que desaparece y nos deja en la oscuridad, pero siempre vuelve para llenarnos de alegría y esperanza.

A la pregunta de dónde está el “rey de los judíos”, el Hijo de Dios hecho carne, Pablo ofrece una respuesta que nos llega limpia hasta hoy: “Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 3,5-6). Todos los seres humanos, judíos o gentiles, somos miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa de Jesucristo. 

En palabras de hoy, Jesucristo es “patrimonio de la humanidad”. Él ha venido a revelar el Misterio de Dios a quienes lo buscábamos a tientas a través de la ciencia, el arte o la solidaridad. En él, todo ser humano (independientemente de su raza, religión o cultura) puede encontrarse con el Dios vivo y verdadero. Jesús no es uno más de los líderes religiosos que han acompañado a la humanidad en su búsqueda. No es un Confucio, un Buda, un Sócrates o un Mahoma. Es la “revelación plena” del Dios que da sentido a todas las búsquedas de la humanidad. Esta es una afirmación muy provocativa en el contexto pluralista actual en el que tendemos a nivelar todo. Por eso, la fiesta de la Epifanía es, al mismo tiempo, una denuncia de nuestros fáciles sincretismos, y un anuncio de que en Jesús la luz de Dios se ha manifestado a todos los seres humanos sin distinción.

Si luego queremos asociar a esta gran fiesta de la Iglesia la tradición popular de organizar cabalgatas y entregarnos regalos unos a otros, no hay problema, pero no es bueno que la tradición opaque la revelación.

Feliz fiesta de la Epifanía a todos los lectores del Rincón de Gundisalvus, especialmente a los más pequeños.


miércoles, 5 de enero de 2022

Mi carta a los Reyes Magos

Quisiera revivir siquiera por un día la emoción que sentía de niño cuando llegaba la noche del 5 de enero. En mi tiempo infantil no era demasiado importante el contenido de lo que los Reyes Magos nos dejaban durante la noche, sino el hecho mismo de que vinieran, de que pensaran en nosotros; en definitiva, el hecho desnudo de su existencia. Veo que hoy los niños escriben cartas a Sus Majestades con una precisión asombrosa. Indican los regalos que quieren y sugieren detalles técnicos como marcas, diseños, etc. Se ve que la publicidad consigue su objetivo. ¿Por qué durante una etapa de la vida se nos concede soñar y hasta se incentivan los sueños? Creo que la razón más profunda es porque los adultos seguimos creyendo que “otro mundo es posible” y, al menos por una noche, nos empeñamos en hacerlo realidad. No habría regalos sin sueños y no habría sueños sin regalos.

Esta práctica maravillosa, que resiste el paso del tiempo y que no ha sucumbido al acoso comercial de Papá Noel, es más reveladora y educativa de lo que a simple vista parece. Activa en nosotros el dinamismo de la esperanza. Sin él, no podríamos vivir. Sucumbiríamos bajo el peso de la realidad brutal. El hecho de que una noche al año recibamos misteriosamente algo que escapa a nuestro control, aunque nos hayamos portado mal, significa que la gratuidad (en definitiva, la gracia) es más radical, más transformadora que el esfuerzo, por más que ambos vayan de la mano. Los regalos de Reyes no son un un premio al mérito adquirido, sino una expresión de magnanimidad. 

Un himno litúrgico que me gusta mucho lo expresa con singular belleza: “¡Qué sudoroso y sencillo / te pones a mediodía, / Dios de esta dura porfía / de estar sin pausa creando, / y verte necesitando / del hombre más cada día!”. Dios sigue creando cada día. Es el “creativo” por excelencia, el dador de toda gracia. Al mismo tiempo, sigue impulsando nuestra creatividad, sigue “necesitando del hombre más cada día”. Si los Reyes Magos aciertan con sus regalos (cosa que no siempre sucede porque también ellos sucumben a veces a la tentación consumista), pueden poner las bases de niños que quieran ser científicos, artistas, mecánicos, escritores, médicos, cocineros o incluso futbolistas. La gracia siempre produce extraordinarios frutos de libertad y creatividad. 

A pesar de que ya es un poco tarde y, aunque este año la variante ómicron del coronavirus haya podido afectar seriamente a Sus Majestades de Oriente, no quisiera que pasase este año 2022 sin escribir una breve


Carta a los Reyes Magos


Madrid, 5 de enero de 2022

Queridos Reyes Magos:

Me hago cargo de vuestra especial situación sanitaria este año, así que seré breve en mis peticiones. Ante todo, deseo que os recuperéis cuanto antes del malestar causado por el coronavirus que, por otra parte, parece un virus muy a propósito para quienes exhiben unas hermosas testas “coronadas”. Espero que ni el tráfico de Madrid ni la previsible lluvia os impidan acercaros esta noche a mi domicilio.

Voy al grano. En el año 2021 no me he portado ni mejor ni peor que en años anteriores, aunque reconozco que no siempre he sido lo que tenía que ser. ¡Pelillos a la mar! A estas alturas de la vida, Vuestras Majestades ya no miran los certificados de conducta, sino la sencillez del corazón. El mío sigue siendo un poco orgulloso, pero la vida misma me va educando. Espero seguir sus impulsos más profundos.

No necesito nada en especial. Por otra parte, uno de vuestros pajes se adelantó ayer a regalarme un par de zapatillas deportivas que constituyen toda una declaración de intenciones para el nuevo año. Lo que os pido es un poco de sosiego para esta sociedad nuestra, demasiado alterada, polarizada, dividida. ¿Será posible que en el 2022 nos pongamos de acuerdo sobre algunos objetivos comunes sin estar siempre pendientes del color de la camiseta (roja o azul, verde, naranja o morada) de quien los propone? Me temo que este regalo no se encuentra ni en El Corte Inglés ni se puede pedir por Amazon. Vosotros veréis cómo os las apañáis para darnos una pequeña dosis a cada españolito aprovechando la campaña de vacunación contra el Covid. Quizá podríais introducir subrepticiamente un poco de sosiego en cada jeringuilla.

Por lo demás, os agradezco que sigáis haciéndonos soñar cada año, que despertéis en nosotros el niño que llevamos dentro y que nos ayudéis a ser un poco mejores. Lo de “seguir la estrella” junto a vosotros es otro cantar. Mañana me detendré en él porque necesitamos vuestra compañía para no perdernos en el camino. Si no nos hemos fiado mucho de los pastores ignorantes y periféricos, tal vez podamos fiarnos un poco más de vosotros, hombres de ciencia y sabiduría, de multiculturalidad y búsqueda. ¡Ya sabéis que vivimos en una sociedad que adora el conocimiento!

A la espera de vuestros inmerecidos dones, os mando un caluroso abrazo.

Gundisalvus.

martes, 4 de enero de 2022

Todos pecadores, todos amados

Si aplicáramos a rajatabla lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica o el Código de Derecho Canónico, no quedaría títere con cabeza. Lo voy a decir con algunos ejemplos que saltan a la vista. Hay muchos cristianos que no van a misa los domingos ni las fiestas de guardar, que no se confiesan ni siquiera una vez al año, que se divorcian y contraen matrimonio civil, que conviven en pareja sin ningún tipo de vínculo matrimonial, que utilizan métodos anticonceptivos artificiales, que en ocasiones recurren al aborto. Hay cristianos que viven maritalmente con personas de su mismo sexo, que consumen droga y pornografía, que engañan y maltratan a sus cónyuges o compañeros y compañeras. 

Hay otros muchos cristianos que sí van a misa con cierta regularidad, pero que trampean en su trabajo, no hacen ascos a algunas operaciones corruptas y tranquilizan su conciencia con donativos sustanciosos a la Iglesia. Hay eclesiásticos que cumplen con sus deberes públicos, truenan desde el ambón o desde las redes sociales contra las depravaciones de “esta sociedad secularizada y corrompida” y luego llevan una doble vida en otros ámbitos más íntimos. Hay cristianos muy piadosos que son casi insensibles a la realidad de los más pobres o que los miran con distancia desde su vida cómoda. Y hay cristianos muy comprometidos en el campo social que descuidan sus responsabilidades familiares y comunitarias. O sea, que todos somos, en un grado u otro, débiles y pecadores.

San Pablo afirma rotundamente en su carta a los Romanos que “no hay distinción, ya que todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús” (3,22-24). Jesús lo había dicho antes de manera muy plástica en el contexto de la acusación a la mujer sorprendida en adulterio: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra” (Jn 8,7). Nadie puede presumir de ser un cristiano perfecto y de tener siempre los papeles en regla. Todos cojeamos por algún sitio. Más aún, los más avanzados en el camino espiritual (los verdaderos pobres de espíritu, los santos) suelen ser los más conscientes de su fragilidad y de lo mucho que les queda hasta parecerse a Jesús. Por eso son, al mismo tiempo, sabios, humildes y compasivos.

Todos estos pensamientos me vinieron a la mente ayer por la tarde mientras hacía un rato de oración en la capilla del Santísimo de la catedral de Madrid. Se ve que los mosaicos dorados de Marco Ivan Rupnik me pusieron en ebullición mental y cordial. En ese momento de intimidad con Jesús, mientras por el entorno de la catedral paseaban cientos de turistas y curiosos, caí en la cuenta de que tal vez la oración de la misa que podemos decir con más verdad es la que precede al momento de la comunión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Me gusta que la liturgia eucarística haya incorporado estas palabras del centurión romano dirigidas a Jesús (cf. Mt 8,8) porque expresan nuestra verdadera condición: somos pecadores, no somos dignos de la gracia, vivimos de pura misericordia.

¿Dónde está, a mi juicio, la raíz del alejamiento de la Iglesia de muchos cristianos “irregulares” según las normas del Catecismo y del Código? Creo que todo nace de una reducción del Evangelio cristiano (que es una buena noticia que nos habla del amor de Dios a todos los seres humanos) a su dimensión ética, hasta el punto de considerar que solo quien es éticamente irreprochable es digno de ser amado, cuando la gran novedad de Jesús es que todos somos amados para que podamos vivir en una vida nueva. Parece un mero juego de palabras, pero en esta distinción estriba el carácter insólito y liberador de la fe cristiana. Dios no nos ama porque seamos buenos, sino que, amándonos, nos ayuda a ser mejores. 

Pablo lo expresa así: “En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,6-8). El papa Francisco repite con frecuencia que la Eucaristía no es un premio para los buenos o los perfectos, sino el viático y la fuerza de quienes experimentamos debilidad en el camino de la vida.

La objeción de quienes entienden la fe desde el cumplimiento de la ley es siempre la misma: ¿Cómo puede permitir Dios que nos comportemos en contra de sus preceptos? ¿Es que da lo mismo actuar de una manera que de otra? ¿No estamos cayendo en una gran laxitud moral cuando hablamos solo de la gracia y no ponemos al mismo nivel los deberes y la responsabilidad que implica le fe? El debate recorre la milenaria historia de la Iglesia con matices diversos según las épocas. Quizá nunca acabamos de entender la fuerza rompedora de las palabras que Jesús dirige al fariseo que lo invitó a comer a su casa. También él -como muchos de nosotros hoy- se escandalizó de que Jesús se dejara besar y ungir por una pecadora pública. Jesús no pudo ser más claro: “Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco” (Lc 7,47). 

¡Cuántas cosas cambiarían en nuestra Iglesia y en nuestro mundo si pudiéramos vivir un Evangelio liberador basado en el amor y no reducido a cumplimiento moral! Solo una Iglesia que perdone sin condiciones puede ayudar a las personas a amar más y mejor, también a aquellas que no siguen las orientaciones del Catecismo o incumplen las normas del Código. Seguimos teniendo miedo a la libertad que nace del amor. Nos parece que la ley sostiene mejor la natural debilidad humana. Hay mucho camino por recorrer. 


lunes, 3 de enero de 2022

Estampas visontinas

De regreso a Madrid, rememoro algunas estampas de mi pueblo natal.  No voy a contar la historia de cada rincón. Me limito a ofrecer algunas pinceladas deliberadamente rápidas, como quien tiene prisa por decir mucho en poco espacio. Los sitios cobran vida más por lo que significan que por lo que son. Un mismo lugar puede hablarle a alguien, mientras que a otra persona la deja indiferente. Yo hago una crónica sentimental de algunos rincones que me hablan. No son todos, ni quizás siempre los más importantes, sino los que se pusieron al alcance de mi teléfono móvil en una templada mañana de invierno mientras hacía el camino de regreso de la iglesia a mi casa. 

La plaza mayor está cubierta con losas de granito. Los hielos invernales ponen a prueba su resistencia. En el centro se yergue un sencillo árbol de Navidad, apenas adornado con globos de luz que se encienden de noche. En el mismo lugar se pinga el mayo de las fiestas patronales en el mes de agosto. A esta hora de la mañana está casi desierta. El coronavirus insidioso retrae a muchos de echarse a la calle. No es una plaza particularmente amable. Expuesta a los vientos por los cuatro costados, es más un lugar de paso que un punto de encuentro vecinal, exceptuados algunos eventos estivales. Como toda plaza española que se precie, alberga la casa consistorial y la iglesia parroquial. Ambas podrían ser calificadas como casas del pueblo. Todos los vecinos las reconocen como suyas. La primera es una construcción de mediados del siglo XX. La segunda se inició a finales del siglo XVI y se terminó entrado el XVII. La piedra de las construcciones da al conjunto un aire recio que acaba transmitiéndose a los viandantes. 


En el momento de tomar la foto se interpuso una cortina de sol que le da a la puerta de santa Ana (la puerta principal de la iglesia, orientada al oeste) un aire un tanto misterioso. El acceso no es sencillo. La doble puerta a distintos niveles dificulta la entrada a quienes tienen problemas de movilidad. Solo en ocasiones especiales se abren las dos enormes hojas del portón de madera un poco desgastado por el paso del tiempo. Por él se accede a un templo de estilo gótico renacentista. La planta de cruz latina consta de tres amplias naves, aunque normalmente solo se usa la central. Por esa puerta entran pocas parejas para contraer matrimonio (en el año 2021 solo dos), pocos niños para ser bautizados y bastantes ataúdes de un buen número de hombres y mujeres que reciben en ella su último adiós. Es obvio que nos encontramos ante un pueblo muy envejecido, que no ha hecho más que perder población desde la década de los 70 del siglo pasado. Yo mismo pertenezco al grupo grande de los nacidos en el pueblo que ya no viven en él. 

A diferencia de lo que sucede en otros muchos lugares, la puerta de la iglesia permanece abierta de sol a sol, de modo que todo el que quiera (paisano o foráneo) puede entrar con total libertad. ¿En cuántos lugares públicos puede entrar uno como Pedro por su casa? ¡Ojalá no se pierda nunca esta práctica de puertas abiertas! No hay mejor protección contra posibles ladrones que la que todos los habitantes del pueblo brindan en favor de su propia casa. Eso sí, para evitar que se convierta en un mero lugar de paso o en museo al uso de turistas ocasionales y charlatanes, el nuevo párroco ha puesto a la entrada un cartel que dice algo parecido a esto: O callar o hablar con Dios. Muchas cosas se aclaran y se iluminan cuando uno se introduce a cualquier hora del día en la serenidad de sus naves, enciende una vela, se arrodilla ante el Santísimo, se sienta en un banco, contempla el sagrario o el camarín de la Virgen del Pino y se deja curar por el silencio que todo lo envuelve y por la presencia misteriosa de un Dios que quiere hablarnos al corazón. La iglesia está siempre abierta como si fuera un servicio de urgencias espirituales, una especie de 112 para las enfermedades de nuestra alma.


La Casa Consistorial -o el Ayuntamiento, como se la denomina popularmente- es un edificio macizo que, por diversas razones, rompe el estilo de las construcciones de la villa, pero sin ofender a los ojos. Ahora no interesa su historia o su finalidad. Me fijo solo en las cuatro banderas que ondean en el balcón de la fachada. De izquierda a derecha, representan a la villa de Vinuesa, a la comunidad autónoma de Castilla y León, al Reino de España y a la Unión Europea. No recuerdo que nunca haya habido guerra de banderas como en otros lugares. La afirmación de la propia identidad no está reñida con la apertura a unidades mayores (Castilla y León, España, Europa) que permiten entender lo propio en un haz de relaciones múltiples. 

Me gusta que en un rincón de la sierra soriana se recuerde que somos visontinos, castellanos, españoles y europeos. ¡No estaría mal añadir una bandera mundial en el caso de que existiera! Detesto todo localismo cateto como desconfío de todo globalismo sin raíces. Solo en la apertura a los demás sabemos quiénes somos. Es posible que necesitemos crecer un poco más en capacidad de acogida y amabilidad. La actitud es clara. Las cuatro banderas la simbolizan. Nunca es demasiado tarde. 


Esta vieja casa de piedra se remonta a los albores del siglo XIX. Pertenece a una familia amiga mía que ostenta una tahona de solera. Con su arco de medio punto en la puerta principal, sus gruesas paredes de piedra y su techumbre de teja, se asemeja a otras antiguas casas pinariegas. Lo que capta mi atención es ese pequeño lienzo rojo burdeos que pende del balcón y que he visto también en otras casas de la villa y de otros muchos lugares de España, incluida la gran urbe de Madrid. Creo que fue una iniciativa de la Conferencia Episcopal o de algún movimiento hace algunas décadas. Junto a una imagen del Niño Jesús se lee: Dios ha nacido. Feliz Navidad. 

Es una forma pública de recordar el verdadero sentido de la Navidad frente a su progresiva paganización. Puede que en algún caso esa colgadura tenga un carácter reivindicativo. Yo la veo como un testimonio visible de nuestra fe en el nacimiento del Hijo de Dios. Me parece una hermosa tradición que merece la pena conservar y promover. ¡Lástima que este año, por las restricciones impuestas por la pandemia, se haya suprimido otra actividad (todavía no puede hablarse de tradición) como el Belén viviente! Es una forma hermosa y muy popular de recordar el Misterio que celebramos estos días. Entonces, la Plaza Mayor deja de ser un mero lugar de paso para convertirse en un verdadero meeting point de toda la comunidad. Paseando por entre casetas que evocan los diversos lugares de Belén, se llega hasta el portal encaramado en las gradas de la puerta principal de la Iglesia. Niños y mayores se encuentran en una preciosa experiencia de fraternidad. Esperemos que, libres de la pesadilla de la pandemia, sea posible en las próximas Navidades. 


Este pasadizo es conocido como el Portalejo. La calle que se encarama desde las Cuatro Calles hasta la Plaza Mayor atraviesa una casa privada como cortándola en su vientre de piedra y ladrillo. Cuando nieva y hiela, este pasadizo se torna peligroso, pero en los días del estío supone un remanso de frescura. Yo lo atravieso varias veces cada día (al menos, dos) porque es el camino más corto desde mi casa hasta la iglesia. Desde niño me llamó la atención este agujero oscuro. A ningún arquitecto o urbanista contemporáneo se le ocurriría hacer algo semejante. Y, sin embargo, es uno de esos rincones que confieren sabor al pueblo. 

Lo público y lo privado se entremezclan en singular simbiosis en un pueblo en el que el individualismo es una seña de identidad, aunque tal vez muchos dirían que se trata solo de un rasgo del carácter serrano. La diferencia entre un pueblo añejo y una de esas urbanizaciones modernas hechas a base de lápiz y cartabón es que en los pueblos añejos hay espacio para las sorpresas, las salidas de tono, los quiebres inesperados, los rincones misteriosos, los pasadizos imposibles... la magia, en definitiva. El Portalejo me recuerda también esas palabras de Jesús que hablan de entrar por la puerta estrecha para vivir en plenitud la vida. Cuando uno llega un poco exhausto a la Plaza después de la ascensión a través de una calle empedrada respira con más profundidad. El esfuerzo ha merecido la pena. El Portalejo es nuestro particular Tourmalet en el tour de la vida cotidiana.


Las bóvedas de crucería de la nave central, la balaustrada del coro y el órgano del siglo XVIII constituyen mi horizonte visual cuando presido la misa en la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Pino. Confieso que en muchas ocasiones me he sentido como subyugado por su armonía, sobre todo cuando entra la luz del mediodía y dora la piedra con su toque delicado. Hoy no estaríamos en condiciones de hacer algo semejante. Nos faltan los recursos espirituales y materiales para ello.

Somos herederos de una noble tradición. Nos aupamos sobre los hombros de personas de fe. Vivimos, en cierto sentido, de sus rentas. Creo que la gratitud no debe reducirse al orgullo colectivo de tener una bonita iglesia. Debe expresarse en un compromiso semejante al que le dio origen. Lo demás puede quedar reducido a un discurso hueco. Esas bóvedas hablan de una historia que todavía tiene mucho que enseñarnos si estamos en condiciones de aprender

El órgano es otro cantar. El paso inmisericorde del tiempo, el hecho de que apenas se use y una cierta negligencia colectiva lo han ido condenando a un estado de deterioro y abandono. He tenido el privilegio de tocarlo en varias ocasiones. Sueño con que llegue un día no muy lejano en que recupere su pasado esplendor, pero eso exige dinero para su restauración y, sobre todo, personas competentes que sepan sacarle su vibrante sonido al servicio de una liturgia cada vez más participativa y hermosa. 


Un último detalle. Al lado derecho del presbiterio está un sencillo pesebre que se monta cada año en tiempos de Navidad. Un amigo mío lo califica humorísticamente de un pesebre abertzale [para los lectores no españoles aclaro que el término abertzale significa patriota en euskera, aunque su significado varía mucho según el contexto en el que se utilice], en el sentido de que da un gran protagonismo al producto local por excelencia, la madera de pino. 

Me gusta esa combinación de madera y paja y la presencia reducida de la mula y el buey, como si se hubieran encogido voluntariamente para no restar protagonismo a María, a José y al niño. Me identifico con estos dos animales pequeños y contemplativos. Me recuerdan el sobrecogimiento que produce el Misterio y el sosiego que hoy necesitamos para no echar en saco rato tanta gracia recibida.

domingo, 2 de enero de 2022

El poder de ser hijos

Hoy es el Segundo Domingo después de Navidad. En la liturgia eucarística volvemos a leer el prólogo del Evangelio de Juan, tal como se hizo el pasado día de la Natividad del Señor. Cada palabra de este magnífico texto está preñada de significado. Hoy me detengo en un versículo: “A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”. Recibir la Palabra, acogerla en nuestro corazón, nos permite gozar de nuestra condición de hijos de Dios. Es difícil intuir la profundidad de esta expresión. ¿Qué significa ser “hijos de Dios”? En Navidad celebramos que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. El Dios invisible (en el mismo prólogo leemos que “a Dios nadie lo ha visto jamás”) ha querido hacerse visible en la fragilidad de la condición humana. O, dicho con una metáfora muy querida por los pueblos nómadas, ha querido poner su tienda en nuestro suelo, ser uno más del pueblo. 

Nosotros no somos capaces de reconocer y acoger a este nuevo peregrino. Hay una frase del prólogo que condensa el drama de una humanidad cerrada: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron”. El mundo es la casa de Dios. Tiene su origen en su poder creador. Nosotros, los inquilinos de esta casa común, rechazamos a su legítimo propietario. ¿Hay alguna forma más breve y enérgica de expresar lo que hoy estamos viviendo en muchas partes del mundo? Rechazamos a Dios como si fuera un ser extraño cuando, en realidad, es el origen de lo que somos y tenemos.

Frente al rechazo de muchos, hay algunos que lo han recibido con alegría. Estos experimentan lo que significa ser hijos de Dios, vivir libres bajo la gracia, no esclavos bajo la ley. En el cántico de la carta a los efesios que leemos hoy en la segunda lectura, Pablo escribe: “Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado”. Si comprendiéramos lo que significa esta identidad de hijos de Dios saltaríamos de gozo, daríamos a nuestra vida un sentido nuevo. 

Tengo la impresión de que quienes rechazan la fe o consideran que todo lo referente a Dios es una pura creación humana, no han tenido nunca la experiencia de saberse queridos por un Amor que nos dignifica y que nos saca de nuestra postración. Uno de los grandes déficits de la evangelización de la Iglesia es no haber sabido mostrar a las claras esta verdad central de la fe. El hecho de haber puesto tanto el acento en la vida moral ha impedido descubrir la “buena noticia” de la presencia de Dios entre nosotros.

Acabamos de empezar el año 2022. Por todas partes se multiplican los casos de infección con el virus del Covid. No hemos empezado el año con el entusiasmo y la esperanza de otras ocasiones, sino con la sensación de que no acabamos de salir del hoyo. En circunstancias como estas, necesitamos más que nunca saber quiénes somos, en quién podemos poner la esperanza, qué debemos hacer. El misterio de la Navidad nos ofrece la clave que necesitamos para descifrar el enigma humano. Nuestra pobre condición, amenazada por tantas realidades, ha sido asumida, habitada por el mismo Dios. Por eso, es digna de amor y de respeto. No podemos menospreciar nuestra condición humana porque Dios mismo la ha hecho suya. 

No hay, por tanto, ningún ser humano que sea despreciable, ni siquiera aquellos que rechazan la existencia de Dios. Todos estamos llamados a ser hijos del único Padre que nos ama y sostiene. Las discriminaciones que nosotros hacemos en la vida social no tienen ninguna justificación. Es indignante que a veces algunos cristianos, en nombre de no sé qué extraña comprensión de la fe, sean quienes más discriminan a los que consideran fuera de la ley. La Navidad es más revolucionaria de lo que la decoración bucólica de estos días podría hacernos suponer.

sábado, 1 de enero de 2022

Con María se puede vivir en paz

Estamos ya en 2022. Comenzamos el nuevo año con la solemnidad de Santa María Madre de Dios. Lo primero que recibimos es una bendición: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz” (Num 6,23-26). No es lo mismo empezar el año con una bendición que con una maldición. Dios siempre “dice bien” de sus hijos. Luego, san Pablo, en la carta a los gálatas, nos recuerda que “cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial” (Gal 4,4). Es el texto más antiguo del Nuevo Testamento en el que, de una manera velada (“nacido de mujer”) se habla de la madre de Jesús. Por fin, el Evangelio de Lucas nos habla de los pastores. De ellos se dice que fueron corriendo a Belén, encontraron a María, a José y al niño, contaron lo que se decía del pequeño y se volvieron dando gloria y alabanza a Dios. Lucas ha descrito un perfecto itinerario de fe que bien podría aplicarse a cada uno de nosotros.

  • Ir corriendo indica deseo, prontitud, ganas de comprobar lo que los ángeles les han anunciado. Tal vez el nuevo año puede ser una ocasión para despertarnos de nuestra somnolencia e “ir corriendo” al encuentro de Jesús empujados por la fuerza de la Palabra.
  • Encontrar es el corazón de la fe. Significa entrar en relación de intimidad con alguien. Nuestra fe puede pasar de una aceptación un tanto impersonal de algunas verdades a una experiencia de encuentro con Jesús. Todo cambia.
  • Contar lo que los ángeles les habían dicho del pequeño es un modo de compartir la Palabra de Dios. ¿No estamos llamados en 2022 a compartir más lo que vivimos con aquellos que están buscando?
  • Volver dando gloria a Dios implica convertirse en evangelizadores. Todos los cristianos somos anunciadores de “lo que hemos visto y oído”. Necesitamos en 2022 una Iglesia más misionera.

Es verdad que en el relato de Lucas los pastores ocupan un puesto significativo, pero la liturgia de hoy pone el foco en María, la madre de Jesús, la madre de Dios. Aparece una expresión muy querida por Lucas: “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. La madre atesora y medita. No es tiempo de preguntas o exhortaciones. Las mejores experiencias maduran en la bodega del corazón. Se requiere tiempo para comprender su significado y degustar su riqueza. Es probable que, a nosotros, hombres y mujeres marcados por la prisa, nos resulte ardua esta actitud contemplativa. Queremos que todo suceda al instante. María nos enseña a mirar con sosiego, a dejarnos transformar por la realidad minúscula de Dios simbolizada en un niño.

Como todos los años, también este primer día de 2022 el papa Francisco nos regala un mensaje con motivo de la Jornada Mundial de Oración por la Paz. El de esta 55ª Jornada lleva por título: Diálogo entre generaciones, educación y trabajo: instrumentos para construir una paz duradera. Consciente de que la paz sigue siendo un bien alejado de la vida de muchas personas, propone tres caminos para lograrla: “Aquí me gustaría proponer tres caminos para construir una paz duradera. En primer lugar, el diálogo entre las generaciones, como base para la realización de proyectos compartidos. En segundo lugar, la educación, como factor de libertad, responsabilidad y desarrollo. Y, por último, el trabajo para una plena realización de la dignidad humana. Estos tres elementos son esenciales para «la gestación de un pacto social», sin el cual todo proyecto de paz es insustancial”. El resto del mensaje lo dedica a desarrollar estos tres caminos. 

Termina con estas palabras: “A los gobernantes y a cuantos tienen responsabilidades políticas y sociales, a los pastores y a los animadores de las comunidades eclesiales, como también a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, hago un llamamiento para que sigamos avanzando juntos con valentía y creatividad por estos tres caminos: el diálogo entre las generaciones, la educación y el trabajo. Que sean cada vez más numerosos quienes, sin hacer ruido, con humildad y perseverancia, se conviertan cada día en artesanos de paz. Y que siempre los preceda y acompañe la bendición del Dios de la paz”.

Feliz Año Nuevo 2022 

a todos los lectores y amigos 

del Rincón de Gundisalvus