
Creo que no había vuelto desde el Multifestival David de 1987. Han pasado casi 40 años. Ayer estuve todo el día en Alcalá de Henares, Ciudad Patrimonio Mundial desde 1998. Dista apenas 40 kilómetros de Madrid. Fui en tren. Disfruté recorriendo varias veces en ambas direcciones su impresionante Calle Mayor, visitando la Catedral-Magistral de los Santos Niños Justo y Pastor (incluyendo la subida a la torre campanario), el Palacio Arzobispal, el convento de las Bernardas, la llamada Casa de Cervantes, el Museo Arqueológico y Paleontológico de la Comunidad de Madrid (antiguo Colegio Convento de la Madre de Dios)… y, por supuesto, su celebérrima Universidad. Me quedé con ganas de visitar el Corral de Comedias, pero ayer estaba cerrado. Quedaron muchas cosas pendientes. Así hay excusa para una próxima visita. Espero que no tengan que pasar otros 40 años.
El mes de agosto de este año ha estado cargado de visitas culturales. Es como si la historia hubiera ganado por goleada a la montaña o a la playa. Cuando vivimos una crisis colectiva de identidad, la historia nos ayuda a saber de dónde venimos y, por lo tanto, nos brinda herramientas imprescindibles para saber quiénes somos, pero no nos libra de la ardua tarea de buscar. Me hacía estas reflexiones mientras consumía una cerveza fría en un delicioso bar llamado El Gato Verde, un poco antes de repasar los nombres de todos los escritores que han recibido el Premio Cervantes a lo largo de los últimos 50 años y que figuran escritos a la entrada del Paraninfo de la Universidad.

Castilla está llena de ciudades henchidas de historia… y de prehistoria. Creo que estamos viviendo una etapa de aprecio y renovación. Se han restaurado muchos monumentos, se han multiplicado los acontecimientos culturales (exposiciones, conciertos, congresos, etc.) y se han incorporado estas ciudades y pueblos a los circuitos turísticos. Es probable que la mayoría de los turistas ingleses o alemanes prefieran todavía tostarse al sol en Benidorm o Alicante y naufragar en un barril de cerveza, pero cada vez se ven más turistas nacionales y extranjeros interesados en conocer la historia de España y visitar los lugares más significativos.
Ofrecer historia es ofrecer sentido. Una iglesia románica perdida en un pueblo de Castilla dice más de nosotros que un documental de la BBC. La península ibérica está en el extremo occidental de Europa. Hasta aquí han llegado a lo largo de los siglos pueblos provenientes de regiones más orientales. Lo que somos hoy es el fruto de una mezcla milenaria en la que ha habido enfrentamientos, colaboraciones, conquistas, intercambios, hechos conjuntos y muchas ganas de vivir. No es extraño que, siguiendo ese impulso que va de Oriente a Occidente, en un momento dado Castilla se lanzara al océano Atlántico como para proseguir esta emigración histórica por vías ignotas hasta demostrar que el fines terrae no era un cabo de Galicia, sino que la tierra se prolongaba mucho más allá de la mar océana.

Conocer estas dinámicas, respirarlas junto a lugares marcados por la historia, nos cura del presentismo que hoy padecemos. Somos un pueblo antiguo. Hemos almacenado suficientes dosis de sabiduría (en el mejor de los casos) y de cinismo (en el peor) como para no dejarnos secuestrar por el presente. Sabemos (o deberíamos saber) qué sirve para construir y qué sirve para destruir. En esta época de eclosión digital, nos enfrentamos a un dilema que el papa León XIV presenta varias veces de manera simbólica en su encíclica Magnifica Humanitas, a la que he dedicado tiempo de lectura durante este mes: o nos dejamos seducir por la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11,1-9) o nos dejamos iluminar por la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cf. Ne 2-6).
Los números 7 y 8 de la encíclica explican bien estos dos símbolos y los aplican al momento presente. Si queremos abrirnos a un futuro esperanzador, debemos superar el síndrome de Babel y concentrarnos en la reconstrucción de nuestra civilización. El número 9 lo dice así: “La primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna”. El conocimiento sapiencial de la historia nos alienta a escoger la segunda opción.
Me he dejado llevar por el escrito y por todas las citas a las que hay enlace... Sí, ayuda a cambiar la manera de ver lo que somos y como se han ido incorporando diversas culturas a la nuestra.
ResponderEliminarA veces nos sentimos como si fuéramos únicos y somos la suma de muchos...
Muchísimas gracias, Gonzalo, por tu reflexión profunda, llena de historia y que nos va bien incorporar en nuestras vidas.