viernes, 10 de febrero de 2023

Aprender a comunicar mejor


Hay culturas que hacen de la cortesía un valor supremo. Es muy raro, por ejemplo, que en mitad de una comida un filipino o un asiático en general se dirija a ti diciendo: “Pásame el agua”. Lo más probable es que te diga algo parecido a esto: “Por favor, ¿podrías pasarme el agua?”. Si estás comiendo con españoles y hay mucha confianza, no es extraño que uno se limite a decir: “Agua”. O que señale la jarra o la botella con el dedo sin proferir una sola palabra.

Cuando veo algunas sesiones en el parlamento de mi país o sigo algunas tertulias en televisión, me sorprendo de la falta de cortesía y aun de la agresividad verbal. Las personas se quitan la palabra, utilizan vocablos gruesos, emiten juicios severísimos sobre los demás y crean una atmósfera conflictiva. Este estilo violento de comunicación acaba contagiándose a la vida social y familiar. Pareciera que siempre hablamos enfadados.

Lo he recordado hoy al escuchar la lectura breve de laudes: “Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.” (Ef 4,29-32). San Pablo nos invita a practicar una comunicación constructiva, oportuna y comprensiva. 


Para poner en práctica estas recomendaciones, todos necesitamos aprender el arte de la comunicación compasiva. Este ha sido precisamente uno de los contenidos de nuestro taller de liderazgo. En él hemos aprendido que una comunicación compasiva se basa en cuatro principios:

  • Observación sin juicio. No es lo mismo decirle a una persona “Eres un irresponsable porque siempre llegas tarde al trabajo” que decirle “He observado que los lunes sueles llegar media hora tarde al trabajo”. En el primer caso emitimos un juicio ético. En el segundo, nos limitamos a constatar un hecho observable.
  • Expresar los propios sentimientos evitando hacer juicios condenatorios de los demás. No es lo mismo decir “Tu tardanza habitual me enoja” que decir “Estoy preocupado porque no sé si hay alguna razón para que llegues tarde al trabajo los lunes”.
  • Identificar y expresar los valores que hay en juego. No es lo mismo decir “Estoy enfadado porque eres un irresponsable del que no me puedo fiar” que decir “Es importante que todos los trabajadores lleguemos puntuales para poder realizar bien nuestro trabajo”.
  • Pedir las cosas con claridad, concreción y cortesía. No es lo mismo decir “Quiero que a partir del próximo lunes me obedezcas” que decir “Por favor, ¿podrías hacer un esfuerzo para llegar todos los lunes algún minuto antes de las 8 de la mañana? Los demás te lo agradecemos”.


En las culturas en las que la cortesía es un valor muy apreciado se entiende con facilidad la importancia de la comunicación compasiva o no violenta. Por el contrario, en las culturas en las que se considera que el valor supremo es la verdad (al menos, la concepción subjetiva de la verdad) esta comunicación compasiva se percibe como demasiado débil o directamente como una rendición ante la verdad. A veces incluso se hace bandera de esta actitud: “La verdad por delante, caiga quien caiga”. Uno siente que actúa como guardaespaldas de la verdad. En su nombre, no tiene reparos en recurrir a la violencia. 

Unos y otros deberíamos detenernos un momento para preguntarnos cómo es nuestra comunicación, a qué valores obedece y qué estilos ha asumido como “normales” cuando tal vez no lo son tanto. Este autoanálisis nos ayudaría a caer de la cuenta de nuestra violencia verbal (a veces revestida de sinceridad o de justicia) o de nuestra hipocresía (a veces revestida de buena educación) y a ir descubriendo el valor transformador de la comunicación no violenta o compasiva. Aunque vivamos en una cultura comunicacionalmente agresiva, podemos crecer en un estilo personal pacífico y pacificador.


jueves, 9 de febrero de 2023

Déjame tocar el Bolero

Disfruto con la música, casi con cualquier tipo de música, aunque reconozco que a veces sufro con algunas de las músicas que hoy están de moda. En nuestro taller de liderazgo nos hemos servido hoy del Bolero de Ravel, una melodía que dentro de cinco años cumplirá su primer siglo de vida. Hemos comenzado examinando la partitura para comprender mejor el tema que se repite 18 veces con un ritmo obsesivo y diversa instrumentación. Para acercarnos a esta pieza ya clásica, aunque todavía joven, he escogido el flashmob que hace años organizó la Banda Sinfónica del pueblo valenciano de Algemesí. 

Todo sucedió un frío 23 de febrero de 2013 a mediodía en la Plaza del Mercado. De repente, aparece un músico en el centro de la plaza. Comienza a marcar el ritmo con su tambor. Poco a poco se van añadiendo los demás músicos con sus respectivos instrumentos. Son las flautas las primeras que enuncian el tema. El director hace su presencia con discreción. No es el primero en llegar. Es evidente que los músicos dominan la partitura. A medida que la melodía va cobrando fuerza, se agrupa bastante gente alrededor de la banda formando un anillo protector. Hay niños pequeños que, subyugados por el ritmo, comienzan a aplaudir encaramados en los hombros de sus padres. Otros curiosos toman fotos con sus móviles. Algunos espectadores se entretienen un momento y luego se retiran.


Entre los músicos hay hombres y mujeres, gente de edad y adolescentes y jóvenes. Tanto los instrumentos de viento como los metales y la percusión van ocupando sus lugares. La melodía no se interrumpe durante los más de ocho minutos que dura su ejecución. Cada músico sabe cuándo, dónde y cómo incorporarse al conjunto sin llamar la atención y sin perturbar el desarrollo de la pieza. El director, a diferencia de otros directores superestrella, pasa casi desapercibido. Se nota que se ha dejado la piel en los ensayos. Después del esfuerzo de semanas o meses, ahora todo fluye con aparente facilidad. El crescendo querido por Ravel es evidente. Al final, se logra el clímax. Los timbales y los platillos se encargan de remarcarlo con golpes oportunos.

Todo sucede en una plaza pública, no en una sala de conciertos. A primera vista, no se dan las condiciones acústicas ideales. Un purista se hubiera negado a tocar ahí. La música se mezcla con los ruidos de la calle. La temperatura tampoco es la idónea para un concierto. Hace frío. Los músicos van enfundados en abrigos. Es probable que en algunos casos hasta tengan las manos ateridas y esto dificulte la ejecución de la pieza. Lo más sorprendente es que, en medio de tantas limitaciones, la pieza de Ravel suena con fuerza y brillantez y logra cautivar a muchos viandantes. ¡Es el milagro de la música!


La aplicación al liderazgo es muy fácil.
De hecho, la alta participación de los talleristas a la hora de comentar el vídeo así lo demuestra. Insisten en que todos pueden tocar con armonía porque siguen la misma partitura compuesta por Ravel. No se dedican a inventarse las notas. En nuestro caso, esa partitura común es el Evangelio, tal como nos viene propuesto en nuestras Constituciones. Para que la ejecución de nuestra misión sea eficaz se requiere mucho tiempo de ensayo; es decir, de formación inicial y permanente. No tenemos que esperar a que se den las condiciones óptimas para el anuncio del Evangelio. Hay que lanzarse a la calle cuanto antes, sin temor, confiados en el Espíritu, que es el protagonista de la misión. La palabra de Dios es para todos, no para una élite de privilegiados. 
Es seguro que, si sale a la plaza, muchos se sentirán atraídos por ella y responderán a su modo.

A la tarea del anuncio nos vamos incorporando en momentos distintos. La melodía del Evangelio no se detiene nunca. Todos caben si han aprendido bien la partitura: ancianos y jóvenes, sanos y enfermos, profesionales y aficionados. La tarea del director/líder es discreta. No se impone a los músicos/misioneros, simplemente saca lo mejor de cada uno de ellos y trabaja la coordinación entre todos para que el Evangelio suene con armonía. Hay unidad y diversidad. Unos vienen y otros van. La suerte está echada.



miércoles, 8 de febrero de 2023

La actitud es (casi) todo


Hace años, cuando tenía que hacer continuos viajes a diversos países de África, América y Asia (las tres A), mi umbral de resistencia estaba, más o menos, en un mes. Pasado ese tiempo, empezaba a contar los días que me faltaban para regresar a Roma. Lo que al principio se me hacía fácil, e incluso divertido, poco a poco se tornaba arduo. 

Creo que ahora mi umbral de resistencia ha descendido a las tres semanas. Lo estoy notando en este viaje a la India. Sea por el calor persistente, sea por las preocupaciones familiares y comunitarias o por los compromisos que me aguardan, he empezado ya a notar el deseo de regresar a Madrid. 

Lo percibía claramente esta mañana cuando, con los pies descalzos, estaba en oración ante el Santísimo Sacramento expuesto en la capilla del centro donde realizamos nuestro taller. Incluso la compañía aérea me ha mandado ya un correo electrónico invitándome a ir preparando mi viaje de regreso, aunque todavía faltan varios días. En silencio, en la calma de la oración, tomé conciencia de este movimiento interior. Es normal que, tras casi tres semanas en la India, quiera regresar para seguir con mis compromisos habituales en mi ambiente ordinario. Pero, por otra parte, no puedo tirar la toalla antes de tiempo.


Cuando uno llega a una situación semejante, es necesario explorar con calma lo que pasa dentro de nosotros, percibir las sensaciones, poner nombre a las expectativas, temores y bloqueos. Una vez hecha esta exploración interior, lo importante es tomar una actitud positiva. Esa actitud va a determinar nuestra manera de situarnos ante la realidad. Si yo me dejo llevar por los sentimientos de ansiedad y por el deseo de volver a casa cuanto antes, no voy a poner el corazón en lo que ahora estoy haciendo. Los días se me van a hacer interminables. Voy a sentirme en tierra de nadie. No estoy ni donde tengo que estar ni donde deseo estar. 

Por eso, lo más sensato es hacerse un razonamiento parecido a este: “Faltan varios días de programa. Las personas que participan en él se merecen respeto y atención hasta el último momento. No gano nada con dejarme llevar por la ansiedad. Tengo que poner el acento en lo que ahora estoy haciendo y dar lo mejor de mí mismo. Ya llegará el momento de ocuparme de otros asuntos. Cada día tiene su afán”. A partir de ese momento, es posible recuperar la calma y la concentración. No hay nada más importante que hacer bien lo que tengo que hacer hoy. Mañana será otro día.


Creo que muchos de los problemas que encontramos en nuestra vida cotidiana provienen de nuestras actitudes negativas. Es verdad que trabajar, estudiar, cuidar a un enfermo, convivir en familia o en comunidad, soportar a un jefe incompetente, etc. son actividades que a veces pueden hacerse casi insoportables. Si uno las toma como un castigo, el sufrimiento será doble. Si las asume como la manera de afrontar a vida en un momento determinado, entonces pondrá lo mejor de sí mismo para que ese trabajo o esa experiencia resulten satisfactorios. 

Algo parecido sucede en la relación con las personas. Si nuestra actitud ante ellas es, de entrada, negativa, todo nos va a parecer negativo. Sus cualidades pasarán desapercibidas y sus defectos ofuscarán nuestra percepción. Si, por el contrario, adoptamos una actitud positiva, estaremos en condiciones de descubrir todo lo que hay de verdadero, bueno y bello en ellas, incluso en las que no nos caen bien o sobre las que tenemos algunos prejuicios. La actitud determina en buena parte el curso que toma nuestra vida. Es verdad que no lo es todo. Hay otros factores que influyen mucho, pero es sobre el que tenemos un mayor control. Por eso, es bueno tomar conciencia de cuáles son nuestras actitudes y trabajar con ellas. Este ejercicio nos librará de sufrimiento inútiles, hará más serena nuestra vida y facilitará la relación con los demás.

martes, 7 de febrero de 2023

Pasó haciendo el bien


Los terremotos de Turquía y Siria han sacudido la tierra con furia, pero también las conciencias. No es fácil digerir que cerca de 4.500 personas (las cifras van aumentando de hora en hora) mueran por un estertor incontrolable de la naturaleza. Como suele suceder en estos casos, tras la conmoción primera, se ha puesto en marcha enseguida la ayuda internacional. Cuando la naturaleza se rebela y no podemos con ella, solo nos queda paliar sus efectos negativos con una sobredosis de solidaridad. También se está dando una gran respuesta solidaria ante los incendios que asolan Chile. 

Los seres humanos sabemos reaccionar con altura de miras cuando llegan las grandes catástrofes, pero, por desgracia, nos acostumbramos a convivir con las catástrofes cotidianas. Nos impresiona un terremoto, pero aceptamos que el hambre siga matando a miles de personas a pesar de que tenemos recursos suficientes para erradicarla. Reaccionamos ante los incendios, pero nos parece normal que el aborto se convierta en una práctica tolerada. Crecemos en conciencia ecológica, pero seguimos favoreciendo la industria armamentística. 

En una palabra: somos capaces de acciones miserables y de grandes gestas, de guerras egoístas y de campañas de solidaridad, de favorecer la muerte y de promover la vida. No tendría que extrañarnos demasiado esta contradicción porque la llevamos ínsita en nuestros genes. La fe cristiana ha puesto nombre a esta tensión. Somos seres creados a imagen y semejanza de Dios, pero desarticulados por el pecado que nos corrompe. En más de una ocasión me he referido a la opinión de un psiquiatra ateo para el que la única doctrina de la dogmática católica que le parecía empíricamente verificable era la del pecado original. En su consulta había percibido muy de cerca las huellas del mal.


No resulta fácil compaginar la experiencia personal y social de tanto mal con la imagen de un Dios bueno que se preocupa por los seres humanos. De hecho, esta brecha es la que conduce a muchos al agnosticismo e incluso al ateísmo. La pregunta es clásica: ¿Cómo un Dios bueno puede tolerar el mal, sobre todo cuando afecta a los inocentes? Se hace más insistente en tiempos de tragedias colectivas como una guerra, un terremoto, un tsunami o una hambruna. Los seres humanos intentamos buscar a toda costa vías de conciliación porque nos escandaliza que un Dios bueno no elimine el mal de un plumazo. Los creyentes no nos rompemos demasiado la cabeza porque somos conscientes de que esta contradicción solo se ilumina desde la cruz de Jesús. Él, que pasó por la vida haciendo el bien, fue víctima del mal. 

Pero -esta es la grandeza paradójica de la revelación cristiana- Dios vence el mal “desde dentro”. En la experiencia del sufrimiento, de la derrota y de la muerte se abre paso la vida. La última palabra nunca es el mal, sino el amor, que es el bien supremo. Por eso, quienes plantean su vida desde el amor son siempre vencedores. Anticipan la victoria final en las múltiples batallas de la historia. Amar es la única respuesta al mal. No es extraño, pues, que en situaciones como las que ahora se están viviendo en Turquía, Siria o Chile sea la solidaridad la respuesta más eficaz. El mal solo se vence con sobreabundancia de bien.


A veces, en una especie de juego, se nos pregunta qué epitafio nos gustaría que pusieran sobre nuestra tumba. Los hay ingeniosos, atrevidos, banales, inspirados, poéticos, sublimes y hasta groseros. Es famoso uno adjudicado a Groucho Marx, aunque parece que finalmente no lo grabó: “Disculpen que no me levante”. O el que figura en la tumba de Enrique Jardiel Poncela: “Si buscáis los máximos elogios, moríos”. También tiene su miga el de Billy Wilder: “Soy escritor, pero nadie es perfecto”. Me gusta el del dramaturgo francés Molière: “Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien”. O el atribuido a Johann Sebastian Bach: “Desde aquí no se me ocurre ninguna fuga”. El escritor Miguel Delibes optó por una especie de desafío cristiano: “Espero que Cristo cumpla su palabra”. Cantinflas lo dijo de otra manera: “Parece que se ha ido, pero no se ha ido”. También Miguel de Unamuno aludió a la fe. Se dice que pensó escribir esto: “Solo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo”. Pero, en realidad, lo que figura en su lápida es: 
“Méteme, Padre Eterno, en tu pecho / misterioso hogar. Dormiré allí, pues vengo deshecho / del duro bregar”. Frank Sinatra usó un epitafio que yo suelo repetir a menudo: “Lo mejor está por llegar”. 

A mí siempre me han gustado las palabras que el apóstol Pedro usa para resumir la vida de Jesús: “Pasó haciendo el bien” (Hch 10,34). Ante el mal del mundo, Jesús no se dedicó a elaborar teorías, a ofrecer respuestas elaboradas, sino a combatir el mal a fuerza de bien. Por eso, curó a los enfermos, consoló a los tristes, alimentó a los hambrientos, acompañó a los pobres, resucitó algunos muertos. ¿Hay alguna manera mejor de decir cuál es la actitud de Dios ante el mal físico y moral? Mientras muchos pierden el tiempo en hacerse preguntas que no tienen respuesta, otros se dedican a hacer el bien, a curar con el bálsamo del amor los desaguisados del mal. En otras palabras, amando anticipan la victoria final.

lunes, 6 de febrero de 2023

Manos a la obra


Al principio me gustó pasar del frío de Madrid a la temperatura primaveral de Bangalore, pero a medida que he descendido hacia el sur, la cosa se ha complicado. Los 35 grados por el día y los 22 por la noche en Karukutty empiezan a pasarme factura. El excesivo calor me quita fuerza. Es verdad que en la sala de trabajo disponemos de aire acondicionado, pero hay otras zonas de la casa expuestas a la temperatura ambiental. Empiezo a echar de menos el invierno europeo. Pero, con calor o sin él, la vida sigue su curso. Hay que hacerse siempre al lugar donde uno está, no solo con respecto al clima, sino también a las comidas, la lengua, etc. Ahora estamos en la India. Toca hacerse un poco indio (que no es lo mismo que hacer el indio).

Aquí usamos el inglés para todo porque es la lengua en la que podemos entendernos indios (la mayoría), indonesios, coreanos, filipinos, esrilanqueses y el único español del grupo, que soy yo. La comida es la típica de la India, pero con menos picante del habitual. A la capilla entramos descalzos, como se estila en Oriente. El baño lo hacemos con el típico cubo y su correspondiente jarrita de plástico. Con estas temperaturas tropicales no apetece mucho el agua caliente, pero disponemos de ella en cada habitación. Las placas solares del tejado se encargan de subirla a más de 40 grados.


Después de seis días en la República Democrática del Congo y en Sudán del Sur, el papa Francisco ha regresado ya a Roma. Sin la urgencia de la actualidad, es el momento de leer algunos de sus discursos y homilías para poner nuestro reloj en hora africana. A los cristianos europeos y americanos nos hace bien saber que el futuro de la Iglesia pasa por África. Todavía allí la fe es fuente de alegría, de comunidad y de lucha solidaria. Es verdad que hay muchos y graves problemas, pero la fuerza de la vida es imparable. 

Muchos de estos problemas están ligados a la idiosincrasia africana y a la corrupción que se ha ido gestando durante décadas, pero otros -los más graves- son herencia del colonialismo pasado y presente, de la explotación inmisericorde de sus recursos naturales y de los intereses geoestratégicos de los grandes. El Papa lo ha dicho sin pelos en la lengua, aunque hubiera sonado con más fuerza si hubiera pronunciado sus palabras en francés (Congo) o en inglés (Sudán del Sur) y no a través de traducciones consecutivas.


Empezamos una nueva semana bajo el patrocinio de san Pablo Miki y compañeros mártires, cuya memoria celebramos hoy. Es una oportunidad para dirigir nuestros ojos a Japón y orar por la pequeña comunidad cristiana que vive en el país del Sol naciente. Se trata de una minoría que actúa como fermento en la masa de un país que combina un fuerte arraigo en la tradición con una gran innovación tecnológica. En Occidente nos cuesta comprender un poco algo que en Oriente es normal: el aprecio de las raíces culturales y la apertura a la modernidad. 

Yo me preparo para la segunda semana de nuestro taller sobre liderazgo tras el día de descanso de ayer. El ambiente es óptimo. Todavía no ha hecho mella el cansancio o el nerviosismo en personas que están acostumbradas a una actividad intensa y que durante dos semanas se detienen para regresar a la escuela. En realidad, todos enseñamos y todos aprendemos. Eso es lo propio de un taller en el que no podemos permanecer pasivos. Learning by doing.

domingo, 5 de febrero de 2023

Saleros y candelabros


Las lecturas de este Quinto Domingo del Tiempo Ordinario vienen revestidas de luz. Jesús, que es la luz del mundo, nos dice que también nosotros somos la luz del mundo porque somos un reflejo de la suya, pequeños espejos donde reluce el sol que es él. El salmo 111 canta que “el justo brilla en las tinieblas como una luz”. Siguiendo al profeta Isaías (primera lectura), seremos luz cuando partamos el pan con el hambriento, hospedemos a los pobres sin techo, cubramos a quien veamos desnudo y no nos desentendamos de los nuestros. Esta clave nos permite afrontar con esperanza las situaciones oscuras. 

¿Qué hacer cuando nos sentimos como dentro de un túnel y no vemos ninguna luz en el horizonte, ninguna salida? ¿Quién de nosotros no ha atravesado alguna vez por situaciones de tiniebla y oscuridad? Lo que antes nos parecía claro y luminoso de repente se torna opaco. Nada nos dice nada. Las personas próximas nos parecen extrañas. Lo compartido con ellas se torna insignificante. Perdemos las ganas de trabajar porque no vemos sentido a lo que hacemos. Las palabras propias y ajenas nos suenan vacías. Nos faltan fuerzas para seguir caminando. Tenemos la tentación de quedarnos todo el día en la cama como quien busca refugio en el vientre materno para no enfrentarse a la dura realidad de cada día. Las cosas mejores (la vida, la fe, la vocación, la amistad) nos parecen cuentos de hadas que no tienen nada que ver con nosotros. Tenemos la sensación de que nadie, ni siquiera las personas más cercanas, se hacen cargo de lo que nos pasa. Nos sentimos solos y desamparados.


En circunstancias semejantes cobran fuerza sanadora las palabras del profeta Isaías: “Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía”. Resulta paradójico que se nos invite a ofrecer a los demás de lo nuestro cuando nosotros nos sentimos indigentes, pero es en esa salida de nosotros mismos hacia los demás en donde nuestra oscuridad se vuelve mediodía. En el éxodo del yo indigente al tú necesitado pasamos de las tinieblas a la luz. 

¿Cómo es posible semejante transformación? Pablo lo explica con claridad porque él mismo vivió en carne propia algo semejante. Por eso, dirigiéndose a los Corintios (segunda lectura), escribe: “También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”. Cuando somos débiles, entonces somos fuertes. De este modo se ve que nuestra fortaleza no se basa en nuestras cualidades o en nuestro bienestar personal, sino en la fuerza de Dios. Somos “luz del mundo” y “sal de la tierra” cuando nos convertimos en reflejo humilde del único que puede iluminar y dar sabor a este mundo oscuro e insípido. No iluminamos más cuanto más brillantes somos, sino cuanto nos convertimos en reflejo de la luz de Jesús desde una actitud humilde.


El ambiente en el que vivimos hoy ha inoculado tanto en nosotros el virus del triunfo, la brillantez y la felicidad a toda costa, que nos venimos abajo cuando tomamos conciencia de nuestros límites, cuando no brillamos como nos gustaría. Nos cuesta convivir con nuestra fragilidad y explorar nuestras sombras. No cuesta aceptar que no siempre las cosas vayan bien, que es humano atravesar periodos oscuros sin que por eso se hunda el mundo. Me parece que hoy la Palabra de Dios nos ayuda a entender que es precisamente en esos momentos de debilidad cuando podemos convertirnos en mediación de Dios. 

Si somos capaces de salir de nosotros mismos, Dios iluminará nuestras tinieblas y nos convertirá en linternas vivientes para otros que atraviesan situaciones semejantes. ¿Cuántas veces hemos experimentado que no siempre ayudamos mejor a los demás cuando estamos pletóricos, sino cuando nosotros mismos mendigamos un poco de comprensión y de cariño? La vida cristiana es siempre paradójica. Cuando nos sentimos fuertes nunca logramos nada. Cuando nos vemos débiles y sin rumbo, Dios es capaz de transformar nuestra debilidad en fortaleza.


Escribo esto al final de una semana en la que no he parado desde primera hora de la mañana hasta la noche. El taller sobre “Liderazgo Claretiano Discerniente” me absorbe casi por completo. A duras penas encuentro tiempo para responder los correos urgentes o escribir las entradas del blog. Pero me reconforta el hecho de ver a 30 claretianos de Asia meterse de lleno en una aventura que puede repercutir muy positivamente en la animación de nuestra vida misionera en este inmenso continente. 

Desde este hermoso y tranquilo rincón de Karukutty, en Kerala, os deseo a todos un feliz domingo. Jesús no dice que “tenemos que” ser luz del mundo y sal de la tierra, sino que, en la medida en que somos discípulos suyos, ya lo estamos siendo. Hay muchos saleros y muchos candelabros dispersos por el mundo. Por eso, podemos ver el camino y saborear la vida en medio de tantas contradicciones y dificultades.

sábado, 4 de febrero de 2023

Diamantes con sangre


Los medios internacionales están hablando poco de la visita pastoral del papa Francisco a la República Democrática del Congo y a Sudán del Sur. Quizá es una forma de silenciar las fuertes críticas que el Papa está haciendo a las potencias que siguen esquilmando a estos países y que los mantienen en un estado de guerra casi permanente. Creo que es necesario que se oiga con fuerza la voz que denuncia el saqueo de uno de los países más ricos del mundo en recursos naturales (Congo) y el olvido de lo que sucede en el país más joven del mundo (Sudán del Sur). 

El primado de la Iglesia anglicana Justin Welby, que acompaña al Papa en este viaje, junto con Iain Greenshields (representante de la Iglesia Presbiteriana Escocesa), lo ha dicho con claridad: “¡Qué fácil es para el mundo olvidar lo que está sucediendo en Sudán del Sur!”. Para quienes vivimos en Europa o en América, tanto el Congo como Sudán del Sur quedan física -y sobre todo psicológicamente- muy lejos. De vez en cuando llegan noticias, pero enseguida son solapadas por otras. Por eso, la visita del Papa es necesaria. Por más que algunos medios internacionales pretendan silenciarla, la Iglesia de Congo y de Sudán de Sur la están viviendo con entusiasmo porque sienten que el Papa, además de escucharlos y consolarlos, está haciendo de altavoz de sus necesidades más urgentes.


Nunca he estado en Sudán del Sur, aunque los claretianos colaboramos desde el principio en el
proyecto intercongregacional que se lleva a cabo en ese joven país desde 2008. Sí he estado varias veces en la República Democrática del Congo, tanto en Kinsasa, la enorme capital, como en las misiones que hay en la zona de Kikwit. Recuerdo que la primera vez que viajé a ese enorme país en 2008 aterricé en un aeropuerto muy pobre en el que para recoger mi maleta tuve que abrirme paso a codazos entre un bosque humano que me impedía el acceso. La última vez, sin embargo, había un nuevo aeropuerto construido por empresas chinas en el que todo funcionaba razonablemente bien. 

El país progresa poco a poco, pero lo más significativo para mí es el peso positivo que ha adquirido la Iglesia católica. Se puede hablar ya de una Iglesia madura, que ha elaborado su propia teología, tiene su propio rito litúrgico, es rica en vocaciones diversas y acompaña de cerca la marcha de su pueblo. La Iglesia del Congo no es ya una Iglesia que recibe misioneros extranjeros (aunque sigue habiendo un número significativo), sino una Iglesia que comparte sus recursos personales con la Iglesia universal. En España, sin ir más lejos, hay varios sacerdotes congoleños que colaboran en la pastoral.


En un país tan rico de recursos materiales y humanos (su crecimiento demográfico es asombroso), las injusticias claman al cielo. Se puede decir, sin hipérbole alguna, que en este inmenso país los diamantes cuestan sangre. Los ciudadanos de otros lugares del mundo nos beneficiamos, a menudo inconscientemente, del expolio que las grandes compañías multinacionales realizan en el país, sobre todo en torno a la zona de los Grandes Lagos. Por algo es una zona tan conflictiva. Pareciera que entre sus inmensas riquezas no hay lugar para la paz, el diamante más precioso. No hay oro o coltán que se puedan comparar con la paz. Ese es, en el fondo, el núcleo del mensaje del Papa. 

¿Servirá su visita para acelerar la llegada de este don precioso? Lo deseo mucho, pero lo dudo más. Es difícil luchar contras los intereses de quienes han hecho del Congo un almacén casi inagotable de recursos sin importarles demasiado el precio humano que hay que pagar. Lo peor de todo es que muchos de nosotros nos beneficiamos de esas injusticias y a menudo volvemos la mirada hacia otro lado porque no soportaríamos por mucho tiempo consumir productos que se han extraído o fabricado a precio de sangre.