lunes, 17 de julio de 2017

Emociones al rojo vivo

Tenía ganas de disponer de un tiempo tranquilo tras diez días sin pausa. Me viene a la memoria uno de esos dichos africanos que a los naturales de este continente les gusta recordar cuando un europeo se pone un poco nervioso ante su falta de puntualidad: “Vous avez la montre, nous avons le temps” (Vosotros tenéis el reloj, nosotros tenemos el tiempo). Bueno, pues ahora tengo las dos cosas: mi reloj con la hora de Centroeuropa y un tiempo disponible sin más preocupación que teclear estas líneas. Estoy sentado en la sala de espera del aeropuerto internacional de Libreville. Faltan dos horas para la salida de mi vuelo a París. Hasta que no llegue al enjambre de Charles de Gaulle no podré colgar este post. Lo escribo el domingo por la noche, pero no aparecerá hasta el lunes 17. Se me agolpan tantos temas que no sé cuál escoger. Dejaré que el teclado del ordenador siga su inspiración. El aire acondicionado del local ayuda a escribir sin el peso del calor exterior, aunque mucho me temo que cuando llegue a Roma me voy a encontrar con temperaturas que superan con mucho los 25 grados de Libreville. Parece que me he librado de una de esas olas que irrumpen con fuerza cada verano.

Esta mañana he presidido una eucaristía de dos horas y media en la parroquia de Notre Dame des Victoires. No ha faltado de nada: una coral espléndida, un ejército de monaguillos perfectamente organizados, el equipo de fútbol parroquial con la copa recién ganada, casi todos los claretianos que trabajan en Gabón y mucha gente que –como subrayé el domingo pasado a propósito de la celebración en Okondja– ha disfrutado con la misa. Hemos hecho un recuerdo especial del 168 cumpleaños de la congregación claretiana. No deja de resultar llamativo que lo que comenzó con seis personas jóvenes en un rincón de Cataluña haya llegado hasta aquí y otros 65 países en todo el mundo. La comida, preparada por los laicos de la parroquia, y la larga sobremesa amenizada con música y bailes, ha sido un colofón extraordinario. Los africanos son maestros en el arte de la fiesta compartida. A pesar del cansancio acumulado, he aprovechado para saludar a unos y otros y agradecerles su espléndida colaboración.

Y ahí, en medio de la música ruidosa, es donde se ha encendido una pequeña luz roja. ¿Cómo es posible que los mismos que comen, cantan y bailan vivan, en otros ambientes, experiencias de incomunicación, celos, tensiones, zancadillas…? Hay un gran décalage entre la vida pública y la privada. A veces pareciera que se trata de personas distintas. En público, los africanos son hospitalarios, comunicativos, generosos, grandilocuentes, amantes de los discursos melodramáticos, contadores de historias divertidas e instructivas. Pero luego, en la vida cotidiana, se dejan dominar demasiado por los intereses tribales o étnicos, la búsqueda obsesiva del dinero y el poder, la mentira como herramienta amoral y la pasión por la maledicencia y hasta la calumnia. He tenido ocasión de comprobarlo una vez más. He acumulado más problemas de los que uno puede digerir sin perder la confianza en la humanidad. Me cuesta mucho aceptar que la gente, en vez de expresar con franqueza su punto de vista, me diga obsequiosamente Oui, père, halague mis oídos, y luego haga lo contrario. A pesar de mis muchos viajes a África, no logro entender el flujo oscuro que determina muchas actitudes y conductas. Se me escapan los matices y las estrategias; por eso, a veces pierdo la paciencia, a pesar de que un amigo congoleño cada vez que vengo por aquí me recuerda siempre el mismo dicho: “Las grandes virtudes africanas son tres: la primera, la paciencia; la segunda, la paciencia; la tercera, la paciencia”. Sobran comentarios.

La distancia que me otorga este no-lugar que es la sala de espera de un aeropuerto me permite reposar un poco las vivencias para no ser víctima de las emociones de última hora. Mi amigo congoleño tiene razón. Solo la paciencia permite no quedar atrapado por las experiencias cotidianas, tener una mirada larga y no perder la esperanza. Se va haciendo camino, pero se requiere una actitud de mutua aceptación, de búsqueda sincera de la verdad, de humildad para aprender y enseñar, de clarificación de conceptos y vocablos, de exploración conjunta de estrategias, de recomenzar cada vez que los obstáculos bloquean el camino. África es un taller permanente de humanidad. Es como un viaje a las emociones primarias (tanto positivas como negativas) sin la sofisticación con que otras civilizaciones las han enmascarado. Por eso, a pesar del posible desconcierto, África siempre hace bien.


jueves, 13 de julio de 2017

Problemas, problemitas y problemones

Estoy de nuevo en Libreville, la capital de Gabón. Este país africano, con sus enormes selvas tropicales, es uno de los grandes “pulmones verdes” del planeta. Viajando en avión de hélice se contempla la masa interminable de vegetación y los meandros de algunos ríos caudalosos. Los días pasados en Franceville, Akieni y Okondja han estado llenos de encuentros. Pero hay algunos que han dejado una huella especial. El domingo por la tarde visité varios poblados de la zona de Okondja. Vi de cerca cómo vive la gente pobre. Vi sus cabañas de madera cubiertas con planchas de cinc, sus pequeñas plantaciones de mandioca y plátano, sus capillitas elementales. En medio de ese ambiente sencillo, me impresionó una anciana ciega cuyo nombre ignoro. En su situación, es probable que otras personas estuvieran desesperadas. Ella mostraba una serenidad y una alegría inexplicables. No me gusta poner fotos personales en este Rincón. Y menos de personas conocidas. Tampoco prodigo las fotos en Facebook. Me parece una exhibición innecesaria, aunque respeto a quienes les gusta retransmitir su vida por las redes sociales. Hoy, sin embargo, voy a hacer una excepción. Voy a poner la foto que un compañero tomó con mi móvil a petición mía. En ella aparecemos la anciana ciega, algunos niños correteando con expresiones de asombro ante un hombre blanco y yo mismo. Tomé la mano derecha de la anciana. La apreté suavemente. Yo no podía hablar en su lengua. Ella no hablaba ni entendía francés. A través de ese gesto sencillo quise transmitirle toda mi cercanía. Ella acababa de recibir la comunión. Era su gran deseo. No esperaba ni vestidos nuevos ni siquiera comida. Esperaba a Jesús. Y Jesús se quedó con ella.

Agarrado a su mano débil, sin que me diera tiempo a reaccionar, sentí que a menudo estamos viviendo en un mundo falso. Las personas que tienen a su alcance casi todo para ser felices se inventan problemas. Situaciones normales (como engordar un par de kilos, escuchar un comentario crítico, no disponer de internet o recortar algún día las vacaciones) se convierten en grandes problemas. Tanto en las familias como en las comunidades religiosas podemos quedar atrapados por minucias que complican la vida innecesariamente. Los problemitas se convierten en problemones que ponen en marcha dinámicas destructivas y absurdas. De poco sirven los consejos psicológicos. No hay mejor terapia que afrontar problemas de verdad, vivir situaciones en las que uno se juega la vida y la muerte. Cuando uno está cerca de personas que apenas tienen lo imprescindible para la subsistencia y, a pesar de ello, no se desesperan, no engrosan las filas de los ricos depresivos, entonces comprende hasta qué punto la mayor parte de nuestros problemas cotidianos son solo problemitas de gente satisfecha. La vida cómoda nos vuelve débiles y susceptibles.

La mano arrugada de la anciana, la expresión neutra de los ojos provocada por la ceguera, su voz apagada pero firme, su saber estar, me sacaron un poco de mis casillas. Es imposible volver a casa como si no existieran personas como ella, como si uno pudiera vivir ignorando que millones de seres humanos viven en condiciones miserables. La tentación inmediata de muchos misioneros y voluntarios es la de proveerles de lo que está al alcance de su mano: pozos de agua, casitas de cemento, placas solares, etc. Son signos eficaces de solidaridad, pero me parece que lo que más valoran estas personas no es la irrupción de miembros de una ONG con un proyecto bajo el brazo, sino el acompañamiento diario, cercano, de personas que han decidido caminar junto a ellas, que han entregado sus vidas para que ellas puedan ir haciendo su propio camino. Cuando veo a mis hermanos visitando estos poblados de manera regular, entrando en las cabañas de la gente, hablando con ellos en la lengua local, llamando a las personas por su nombre, comprendo que merece la pena. Estas historias no tienen la espectacularidad de un proyecto de traída de agua, no hay placas de ONGs ni logos. Todo se desarrolla en el anonimato. Pero me parece que es así como Jesús saldría al encuentro de la anciana ciega y de todos sus paisanos de poblado. No hay mayor revolución que la de la ternura. Sus efectos son profundos, transformadores y duraderos.


martes, 11 de julio de 2017

La impotencia del dinero

Un poco antes de viajar de Okondja a Franceville por una pista de tierra roja, reparé en un cartel que estaba puesto en el porche de la misión. Hubiera podido pasar desapercibido en medio de otros muchos carteles, avisos y posters, pero enseguida me llamó la atención por su grafía clara y su contenido provocador. No sé quién ha compuesto el texto ni de dónde procede. Estaba escrito en buen francés. Saqué mi bloc de notas y lo copié a toda prisa. Podría haberlo fotografiado con el móvil, pero pertenezco a una generación a la que le gusta escribir a mano, tomar notas, sentir en los dedos la fuerza de un texto. Mientras hacíamos el trayecto en uno de los coches de la misión, yo iba dando vueltas a esta sabiduría popular. En un poblado subimos a una joven mamá con su niña de once años y a dos jóvenes que sin problemas saltaron a la parte trasera del vehículo y se agazaparon sobre los mazos de bananas, las bolsas de yuca y los palos de caña de azúcar.

Os pongo el texto del cartel en el original francés y traducido al español.


FRANÇAIS


ESPAÑOL
Avec l’argent vous pouvez acheter :

Un lit, mais pas le sommeil.
De la nourriture, mais pais l’appétit.
Des bijoux, mais pas la beauté.
Des calmants, mais pas la paix.
Des remèdes, mas pas la santé.
Des livres, mais pas l’intelligence.
Le plaisir, mais pas la joie.
Le confort, mais pas le bonheur.
Un défenseur, mais pas un sauveur.
Des relations, mais pas un vrai ami.
Une assurance vie, mais pas sur la morte.
Une place au cimetière, mas pas dans le ciel.

Mais ce que vous ne pouvez pas acheter (bonheur, paix, sauveur, vie éternelle…) vous pouvez le recevoir gratuitement par Jésus Christ.


Con dinero puedes comprar:

Una cama, pero no el sueño.
Alimentos, pero no el apetito.
Joyas, pero no la belleza.
Calmantes, pero no la paz.
Medicamentos, pero no la salud.
Libros, pero no la inteligencia.
El placer, pero no la alegría.
La comodidad, pero no la bondad.
Un abogado, pero no salvador.
Relaciones, pero un verdadero amigo.
Un seguro de vida, pero no uno de muerte.
Un lugar en el cementerio, pero no en el cielo.

Pero lo que no puedes comprar (bondad, paz, salvador, vida eterna…) lo puedes recibir gratis por medio de Jesucristo.

El final suena un poco al discurso de las sectas pentecostales (o les sectes de réveil, como las llaman aquí), que, dicho sea de paso, han invadido África. Parece que Jesucristo se convierte en el ungüento amarillo que todo lo cura y resuelve. Si se entendiera así, el mensaje traicionaría al Evangelio, que presenta a un Cristo que no va por la vida con una varita mágica transformando todo cuanto toca. Pero si se entiende como una denuncia de la impotencia del dinero para resolver las cuestiones esenciales de la vida y una presentación de Jesús como la vida verdadera, entonces el mensaje es pertinente. Frente al dinero, Jesús no promete una vida fácil, pero sí una existencia con sentido. El dinero es útil para satisfacer las necesidades expresadas en la primera parte de cada frase (cama, alimentación, medicamentos, libros, placer, etc.,), pero no sirve para satisfacer otras necesidades más acuciantes y duraderas: belleza, paz, salud, inteligencia, amistad, etc. ¿Sirve para esto Jesús? Sí y no. Sí, si la fe en él se vive como una adhesión total a su persona. No, si se la entiende como un recurso fácil para lograr esa armonía personal, a prueba de conflictos, que tanto se oferta hoy en nuestro mundo estresado.


lunes, 10 de julio de 2017

Pensamientos dominicales

Acabo de presidir la misa dominical en francés en la parroquia Christ-Roi de Okondja, una pequeña población en el sur de Gabón. Aquí no hay conexión a internet, así que no podré colgar este post hasta mañana cuando regrese a Franceville. Hoy domingo ni siquiera tenemos corriente eléctrica. La misa ha durado 90 minutos, un tiempo breve tratándose de una misa dominical africana. La homilía, pronunciada en obamba –la lengua local– por uno de mis compañeros gaboneses, ha sido inusualmente corta. No ha llegado a la media hora. En Europa hubiera sido un escándalo; aquí, es casi una falta de cortesía hacer homilías tan cortas. Los cristianos disfrutan de la misa. Es éste un verbo –disfrutar– que nunca se aplica a la liturgia, pero no encuentro otro más apropiado para describir el sentido de misterio, fraternidad y fiesta que se respira. Es increíble ver cantar y bailar a un niño de diez años, a los jóvenes del coro y a unas ancianas de edad incierta, que no han perdido el sentido del ritmo y todavía tienen ganas de alabar al Señor con todo su cuerpo. Los salmos cobran aquí un realismo liberador. No se puede decir: “¡Alabemos al Señor con tambores y cítaras!” y permanecer hierático y serio, como quien asiste a un funeral o a una conferencia sobre los agujeros negros. En África es inconcebible. Si los salmos invitan a danzar, la gente danza; si invitan a aplaudir, la gente aplaude; si invitan a cantar, la gente canta con ganas y buena afinación. No hacen sino ser fieles a la palabra de Dios. Nosotros preferimos ser más fieles a nuestras costumbres domesticadas.

Anoche me fui a la cama derrotado por la contemplación de la luna llena. Era una luna oronda, anaranjada, que añadía más misterio al que ya se respira en medio de la selva. Mientras la miraba un poco aturdido, pensaba en lo que a esa misma hora estarían haciendo mis amigos y conocidos de Europa y América un sábado por la noche. Muchos estarían cenando, tomando algo en los bares, o dando un paseo para disfrutar del frescor de la noche. O tal vez viendo la televisión o navegando por internet. Aquí, en este pueblo de Okondja, no es preciso añadir nada al espectáculo que la misma naturaleza ofrece gratis. Uno se sumerge en un mundo primordial en el que todo parece de primera mano. La luna entre palmeras parecía casi un poster turístico más que una experiencia real. Pero, como nada es perfecto, mis brazos desnudos fueron descortésmente visitados por algunos mosquitos insidiosos. ¡Y eso que los había rociado de un repelente que me vendieron en la farmacia como muy eficaz! Es el asunto que peor llevo cada vez que viajo a un país tropical: el asedio de los insectos. Esto me hace comprender mejor las condiciones en las que nuestros misioneros tienen que vivir todo el año. Aunque –dicho sea de paso– los mosquitos suelen ser más crueles con los extranjeros que con los nativos. Hace años le oí decir a un amigo mío que los mosquitos eran los únicos seres sobrantes en esta hermosa creación, que no comprendía por qué Dios les había dado carta de naturaleza. A mí me sirven para crecer en paciencia. Los detesto como profesores, pero reconozco que ponen a prueba mi capacidad de aguante mejor que cualquier otro método ascético.

Veo a la gente de Gabón frustrada. Parece claro que las elecciones del pasado año fueron ganadas por la oposición. Sin embargo, el Tribunal Constitucional dio como ganador, una vez más, al presidente Ali Bongo. La presión de su clan fue enorme. Aquí no importan tanto los resultados cuanto el futuro de los colaboradores: “¿Qué va a ser de nosotros, la gente de tu clan, que hemos medrado a tu sombra y hemos vivido del cuento?”. Quien sube al poder, coloca a todos los suyos –sean competentes o no– en puestos bien remunerados. El presidente se convierte así en una especie de “dador de trabajo” para su tropa. Y, claro, perder las elecciones significa dejar en la calle a un buen número de enchufados. Este es un lujo que uno no se puede permitir. Sin llegar a estos extremos, ¿no sucede algo parecido con los partidos políticos europeos? Comprendo la necesidad de contar con algunos cargos de confianza, pero la mayoría de los trabajadores públicos tendrían que ser personas preparadas para ello, no peones colocados a dedo. La dedocracia tiene que ser sustituida por la meritocracia. No pueden depender siempre del gobernante de turno.

El Evangelio del domingo nos invita a acercarnos a Jesús cuando nos sintamos “cansados y agobiados”. El amigo Fernando Armellini explica bien el sentido de estas palabras de Jesús. Yo me limito a poner el acento en el alivio que Jesús promete: “Yo os aliviaré”. Todavía hay mucha gente que vive –mejor sería decir padece– su experiencia religiosa como si fuera un fardo, como una costumbre que no aporta nada liberador a su manera de vivir. Jesús nunca habla en estos términos. Presenta el encuentro con él como un alivio, una experiencia que hace la vida soportable, ligera, satisfactoria. El amor es siempre exigente, pero no agobiante. La fe exige constancia, pero no cansa. La esperanza es para personas fuertes, pero no para superhombres.

Antes de emprender este viaje a Gabón, celebré el sacramento de la reconciliación. El confesor, un anciano simpático y sabio, me repitió varias veces que lo que importa en la vida no es lo que nosotros hacemos sino lo que Jesús hace a través de nosotros. Lo decía como quien destila una lección aprendida a fuerza de años. Sí, yo también creo que lo más importante no es hacer muchas cosas, ni siquiera buenas cosas, sino dejar que él las haga. Esta convicción de que él lleva las riendas de nuestra vida es la verdadera razón del alivio que nos produce el encuentro con Jesús. Estamos agobiados cuando creemos que todo reposa sobre nuestros débiles hombros, que tenemos que sacar las castañas del fuego nosotros solos. Sentimos alivio cuando nos convencemos de que la historia –la nuestra personal y la del mundo, ambas complejas y desconcertantes– es guiada por el Espíritu de Jesús. No por eso nos volvemos perezosos y pusilánimes: solo personas aliviadas que, con su saber estar confiado, alivian a los demás. A esto aspiro con permiso de los mosquitos insidiosos. Por cierto, la cocinera acaba de colocar sobre la mesa una piña troceada que con su aroma dulzón parece decir: Cómeme. No conviene retrasar mucho este festín. ¡Buena semana a todos desde un rincón sureño de la selva gabonesa!

jueves, 6 de julio de 2017

Pensamientos saharianos

Los dos últimos días no he tenido tiempo de asomarme a este Rincón. Me han faltado horas para atender los muchos frentes abiertos. He tenido que aguardar la quietud del avión para volver a escribir. Son las 15:30 de la tarde. Sobrevuelo el inmenso desierto del Sahara a bordo de un Boeing de Air France. Hemos salido de París con una hora de retraso por culpa de la formidable tormenta que caía sobre la ciudad. La cúpula acristalada de la zona K del aeropuerto chorreaba ríos de agua. Llegaremos a Libreville más tarde de lo previsto. No importa. Vuelvo a la capital e Gabón un año después de mi anterior visita. Espero no repetir la desagradable experiencia que tuve el año pasado en el aeropuerto. No me gusta lidiar con la policía porque, en principio, siempre llevo las de perder. Antes de comer he visto la película-documental The Beatles. Me apetecía volver a recordar, una vez más, la trayectoria del cuarteto de Liverpool. John Lennon explica el sentido de su controvertida frase sobre Jesucristo. No era una comparación axiológica sino solo una constatación sociológica: para muchos jóvenes, ellos, los melenudos de Liverpool, eran más conocidos que el melenudo de Nazaret. Suenan las canciones de siempre. Esta vez me han sorprendido dos: A Hard Day’s Night y Help. La segunda es pura autobiografía: un grito de socorro en medio de la avalancha mediática. Después de comer, venciendo la somnolencia, he visto Moonlight. Y ahora tecleo estas notas. El ambiente está tranquilo. Muchos pasajeros siguen durmiendo. La tripulación es amable. Han desaparecido las turbulencias. Quedan más de dos horas para llegar al destino.

Vuelvo a África un mes después de haber estado en Guinea Ecuatorial. Si Dios quiere, volveré otra vez en noviembre. Será el turno de Nairobi. Este año el continente negro tiene prioridad. Dejo atrás la calurosa Roma y me sumerjo en otro calor, más humano que físico. Por el camino recuerdo algo de lo vivido en los últimos días. Me ha sorprendido el número de visitas que ha recibido la página web sobre los mártires que lanzamos el martes. Las historias en las que la vida y la muerte entran en juego nunca nos dejan indiferentes. Me ha sorprendido también una carta que llevaba esperando casi dos años. ¡Por fin llegó! Todos tenemos derecho a tener crisis y a batallar con ellas. Y me ha sorprendido ver a las 4:30 de la mañana –mientras viajaba al aeropuerto para tomar el primer vuelo hacia París– una marea de jóvenes haciendo una fiesta al aire libre entre el estadio Olímpico y el palacio de la Farnesina. Lo primero que me ha venido a la mente ha sido el contraste entre mi ritmo y el suyo. Mientras yo comenzaba la jornada tempranísimo, ellos se dirigían a sus pequeños Smart o a sus motos, tras horas de música y alcohol (me temo que también otras drogas), para regresar a casa y dormir como marmotas durante toda la mañana. Estos vigías de la noche parecían felices. Se despedían entre ellos con besos y abrazos efusivos. En algunos chicos eran evidentes los síntomas de una suave borrachera.

Desde el avión solo veo una mancha inmensa de arena. Me viene a la mente la figura de Charles de Foucauld (1858-1916), que pasó varios años en Tamamrasset y murió allí. Pablo d’Ors, a quien en varias ocasiones he citado en este Rincón, escribió hace años una novela –El olvido de sí– que describe magistralmente la trayectoria espiritual de este converso francés. Me pregunto quiénes y cómo son los conversos de hoy, qué les lleva a cambiar de vida, por qué Jesús sigue alterando las vidas de algunas personas. Mientras disminuye el número de bautismos infantiles, cada año crece el número de bautismos de adultos en la laica Francia. ¿Qué nos tiene que pasar en la vida para que abramos los ojos y caigamos en la cuenta de dónde está el Norte? Ayer leí que la CUP catalana quiere que la catedral de Barcelona se convierta en una escuela de música. Suena a propuesta atrevida, rompedora. Más allá del ruido mediático y del oportunismo político, ¿qué indican propuestas como éstas? ¿Estamos regresando al clima rupturista de los años 30? ¿Hemos aprendido algo de la historia o cada generación está condenada a repetir siempre los mismos errores?

Se ve que el desierto del Sahara, aunque sea a 10 kilómetros de altura, produce efectos alucinógenos. Me cuesta enhebrar un discurso seguido. El ordenador no está muy acostumbrado a trabajar a esta altura, rodeado de gente que dormita o conversa y con el ruido continuo de los motores del avión. Mañana será otro día. 

martes, 4 de julio de 2017

Faltan 109 días

Ayer me acosté tarde porque estuvimos cerrando la puesta a punto de una nueva página web que se ha abierto hoy. Los jerarcas de la información han acuñado un nuevo dogma, más exigente que los viejos de la dogmática católica. El nuevo dogma reza así: “Si no estás en Internet, no existes”. ¡Menos mal que la experiencia lo contradice! Algunas de las personas que más quiero ni están en Internet ni se las espera. Pero es cierto que Internet es hoy la plaza pública en la que, tarde o temprano, todos nos encontramos. Por esa razón, hemos abierto una página web que ayude a preparar la beatificación de 109 misioneros claretianos el próximo 21 de octubre en Barcelona. Todos ellos fueron martirizados entre 1936 y 1937. Hemos querido jugar con el simbolismo del número. Por eso, el lanzamiento de la página se ha producido 109 días antes de esa fecha. A partir de hoy, comienza la cuenta atrás. Cada día iremos presentando la figura de uno de ellos, con un texto bíblico que ayude a interpretar su entrega desde la palabra de Dios. Necesitamos conocer historias de carne y hueso, comprobar que personas como nosotros han sido capaces de entregar su vida superando el temor a la muerte. Los maestros iluminan pero solo los testigos convencen. 

No es fácil explicar a las generaciones actuales el significado del martirio. Y más cuando se trata de un martirio producido hace poco más de 80 años. Millones de personas sufrieron las consecuencias de la guerra civil española. Muchas nunca han podido saber el paradero de sus seres queridos. Una capa de silencio cubre historias de seres humanos que fueron asesinados. ¿Tiene algún sentido beatificar a unos pocos cuando a otros muchos no los recuerda nadie? ¿No supone una beatificación reabrir viejas heridas que creíamos cicatrizadas? Son preguntas pertinentes que nos empujan a precisar un par de cosas. La beatificación de unos pocos no supone ninguna afrenta a los demás. Todos los muertos, con independencia de su credo religioso o político, tienen derecho a ser recordados y enterrados con dignidad. De esto no me cabe duda. Cualquier esfuerzo en esta dirección ayudará a una verdadera reconciliación. Pero una beatificación no es, sin más, un deber de piedad, un recordatorio amistoso o un homenaje social. Una beatificación, en sentido cristiano, significa atestiguar que una persona (o varias como en el caso presente) han sido asesinadas por confesar a Jesucristo, por odium fidei (por usar la expresión técnica). No se trata solo de ser fieles a unos ideales del tipo que sean (políticos, sociales, etc.) sino de confesar a Jesucristo. Y, además, se requiere que el mártir (es decir, el testigo) muera sin odio, perdonando a sus verdugos. Los mal llamados mártires yihadistas de nuestros días también mueren por sus ideales, pero no lo hacen por amor y perdonando, sino todo lo contrario: mueren víctimas de su propio odio y matando a muchos inocentes. La diferencia salta a la vista, aunque todos invoquen el nombre de Dios. 

Estos dos elementos (confesión de Jesucristo y perdón de los verdugos) se dan heroicamente en el caso de los 109 misioneros claretianos que serán beatificados en octubre. En la página web que hoy se abre (www.109cmf.org) se pueden conocer con detalle sus historias, la autenticidad de su testimonio probado. Es verdad que a veces uno se queda sin palabras ante la crueldad con que fueron tratados, pero llama mucho más la atención su respuesta valiente y entusiasta. Los misioneros eran conscientes del riesgo que corrían. Con prudencia, buscaron ponerse a salvo, pero, cuando fueron cazados (no encuentro una expresión mejor), en ningún caso renunciaron de su fe, a pesar de que en muchas ocasiones les prometieron la libertad si lo hacían. ¿No es admirable una entereza como ésta? Tras un largo proceso de investigación, la Iglesia ha reconocido la autenticidad de su testimonio martirial. Celebrarlo no supone ir contra nadie, ni siquiera contra aquellos que los asesinaron. Una beatificación es siempre una celebración de la fe y del perdón. Por eso, tiene siempre sentido. No es un ajuste de cuentas con el pasado sino una apuesta de futuro. Solo podemos vivir juntos cuando aprendemos a respetarnos y perdonarnos.

Es verdad que el historiador no se contenta con levantar acta de los hechos. La pregunta que siempre flota es: ¿Por qué se llegó a un extremo tan inhumano en pleno siglo XX? A un amigo mío indio, que lleva viviendo en Europa más de 15 años, le costó mucho entender que en un país católico –como se suponía que era España en el siglo XX– se hubiera producido una matanza fratricida. En toda guerra hay mucho de diabólico, de inexplicable. Pero hay también causas que, bien analizadas, nos ofrecen claves para no cometer los mismos errores. ¿Por qué los cristianos suscitaban tanto odio en algunos grupos sociales? ¿Era solo por el rechazo que siempre produce el Evangelio en quienes viven en contra de sus valores o hubo también actitudes y comportamientos por parte de los creyentes que incitaron al odio? Sin un profundo examen de conciencia, es imposible avanzar en la dirección justa. En cualquier caso, el testimonio de estos 109 misioneros es inequívoco. No se trata de militantes de un bando político sino de personas (en su mayoría, bastante jóvenes) que no dudaron en confesar su fe aun a costa de su vida. En tiempos líquidos como los nuestros, estas actitudes sólidas nos desarman.

lunes, 3 de julio de 2017

Desde la terraza

Anoche me subí a la enorme terraza de mi casa a eso de las 10 de la noche. Ayer fue un día sobrecargado de actividades. Necesitaba un tiempo tranquilo antes de dormir. Soplaba una brisa fresca que venía del cercano Mediterráneo. Apenas se oía el ruido de los coches que circulaban por la calle Mariscal Pilsudsky. Los romanos, a esta hora del domingo, están ya recogidos. La luna estaba visible en un 60%. Ya se veían algunas estrellas. Para mí, tanto el amanecer como el atardecer son los mejores momentos del día. Es como si me conectaran con los dos instantes esenciales de la vida humana: el nacimiento y la muerte. Lo que sucede entre ambos tiene otro color. Hay más luz, pero menos verdad. Los momentos crepusculares conectan el cielo y la tierra, el pasado, el presente y el futuro. Los seres humanos que nunca viven amaneceres y atardeceres, que reducen su jornada a las horas del día, se pierden la dosis de misterio que necesitamos para saber quiénes somos.

Así, sin más compañía que mis pensamientos, saqué mi rosario del bolsillo y, con calma, fui desgranado los cinco misterios gloriosos. Dejé que las avemarías me fueran serenando mientras imaginaba las historias que se estaban escribiendo en las casas del barrio. Parioli es una zona habitada por muchos ancianos. Por la mañana había celebrado la misa en una residencia en la que el 80% de las ancianas sobrepasa los 90 años. Hay ancianos que viven solos. Los que pueden permitírselo tienen contratada una badante (empleada doméstica) filipina. En general, disponen de medios económicos, pero viven en una gran soledad. Cuando hablo con algunos de ellos, el discurso parece seguir el mismo guion. Tienen dos o tres hijos que, a menudo viven fuera de Italia y que raramente vienen a visitarlos. Con frecuencia, uno o todos están divorciados. Han comenzado nuevas vidas. Los ancianos abuelos no entienden estos movimientos afectivos, aunque también varios han tenido sus problemas relacionales. Pasan la mayor parte del tiempo sentados en un sofá, prisioneros en sus lujosos pero un poco arcaicos apartamentos de más de 400 metros cuadrados.

Desde la terraza no consigo ver la escalinata que está delante de la basílica del Corazón de María, pero oigo algunas voces. A esta hora, decenas de adolescentes y jóvenes se dan cita allí. La escalinata se convierte en una especie de meeting point antes de emprender aventuras nocturnas en otros lugares de Roma o junto al mar: Ostia, Fregene, etc. Muchos empuñan una lata de cerveza; las chicas se decantan por refrescos sin azúcar. Están sentados en los escalones o recostados en las enormes columnas del atrio. Todos consultan con frecuencia sus teléfonos móviles en una multiconexión que combina cercanía y distancia. No sé si hoy habrá salido a visitarlos uno de mis compañeros africanos que ha decidido ponerse a tiro. El primer día recibió algún insulto. Varios le espetaron la típica frase disuasoria: “Somos ateos”. Mi compañero tiene horas de vuelo como para no amedrentarse. El viernes uno le preguntó que por qué su madre había muerto a los 49 años. Mi compañero se limitó a escuchar la congoja de un joven enfadado con Dios. Detrás del móvil y la lata de cerveza hay historias que nadie escucha. Tras las carcajadas y las palabrotas se esconden dramas sin ventilar, sueños abortados.

Mi rosario avanza lento. Necesito dejarme curar por una mezcla saludable: la contemplación de los misterios gloriosos de Jesús y la contemplación de los misterios dolorosos de las muchas personas que pueblan el barrio: los ancianos de los apartamentos de lujo y los jóvenes acampados en la escalinata de la basílica. En palabras del papa Francisco, ambos grupos (los ancianos y los jóvenes) constituyen materia de descarte. Importan a pocos. Crean problemas. No producen. “Dios te salve María”. A veces, sin saber por qué, me detengo un poco más: “Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Imagino a María haciéndose cargo de estas situaciones humanas. Me la imagino diciéndole a Jesús: “No tienen vino”. Es decir, les falta compañía, escucha, sentido, esperanza. Y me la imagino también pronunciando las palabras más marianas que conozco: “Haced lo que él os diga”. Quien tiene a Jesús tiene un tesoro increíble. Me siento muy afortunado mientras remato el último misterio -la Coronación de María como Reina y Señora de todo lo creado- y miro en lontananza la blancuzca silueta de la Farnesina. Buenas noches, Madre. Mañana será otro día.