martes, 7 de marzo de 2023

Leer es difícil, pero apasionante


De vez en cuando algunos amigos me preguntan si no me resulta difícil escribir todos los días una entrada de 700 palabras. Suelo decirles que no mucho, a menos que se multipliquen las ocupaciones o esté de viaje, lo que sucede a menudo. Para mí, lo difícil no es encontrar tiempo para escribir, sino para leer algunas de las muchas cosas interesantes que hoy se publican, muchas de las cuales son fácilmente accesibles en Internet. Cuando al inicio de mi responsabilidad como director de la editorial Publicaciones Claretianas la revista Ecclesia me preguntó cómo veía el panorama editorial español, les dije algo parecido: “Creo que hoy se escribe y publica mucho, pero se lee poco”. Hay personas que sueñan con escribir un libro que luego… muy pocas personas leen. A veces se debe a su escasa calidad o a un problema de publicidad o de mercadotecnia, pero las más de las veces tiene que ver con nuestra dificultad para sentarnos, tomar un libro en las manos, hacer el esfuerzo del concepto y sumergirnos en la aventura de dialogar con alguien que quiere comunicarnos algo. 

Leer es difícil, a menos que un texto nos agarre por la solapa desde el comienzo y nos vaya guiando como por arte de magia. Pocos lo logran. Por otra parte, nuestro cerebro lleva décadas bombardeado por estímulos visuales y auditivos que nos han acostumbrado a recibir placer sin hacer prácticamente nada. A diferencia de un videoclip o una serie televisiva, la lectura exige esfuerzo. Un libro o un artículo no se completa cuando sale de la imprenta, sino cuando alguien lo lee. Leer supone entrar en la intención del autor y completar su punto de vista con el nuestro.


A menudo veo en el metro de Madrid a personas (más mujeres que hombres) que van leyendo un libro de papel o electrónico. Los admiro. A mí me resulta difícil leer sin crear el ambiente adecuado. Necesito tranquilidad y silencio. Por eso, en mi cuarto tengo un rincón de lectura. Cuando me siento en la butaca, todo mi ser se dispone para escuchar. Entonces, cojo uno de los libros que tengo sobre la mesita redonda y comienzo a leer con calma. Procuro alternar las lecturas. Mezclo los libros de filosofía, teología, pastoral y espiritualidad con otros de diversos géneros: novelas, biografías y ensayos breves. Tengo un poco olvidada la poesía y completamente preterido el teatro. 
Cuando me canso, cierro el libro y durante unos minutos doy vueltas a lo que he leído. A veces tomo alguna nota que me puede servir para escribir un artículo o preparar una homilía. 

No he contado cuántos libros leo al cabo de un año, pero son bastantes. Sin ellos, no podría escribir. La escritura es hija de la lectura. Uno aprende a escribir leyendo mucho, digiriendo lo leído y comunicando el fruto del proceso. Es muy difícil elaborar un pensamiento propio sin haber “dialogado” con muchas otras personas a través de los libros. Por eso, quienes no leen tienen dificultades para ofrecer una opinión personal y ponderada sobre las cosas. Lo más fácil es dejarse llevar por la rutina, los prejuicios, la opinión pública, la moda o la pereza.


Cuando veo a los niños de seis u ocho años con un móvil en las manos, me echo a temblar. Por una parte, sé que se están introduciendo en la sociedad tecnológica que vivimos hoy y que viviremos todavía con más amplitud en los próximos años. En ese mundo se sienten como peces en el agua. Pero, por otra, temo que el uso continuado de estos aparatos modele su cerebro de tal forma que se les haga aburrido, difícil y odioso el ejercicio de la lectura. Por eso, siempre aconsejo a los padres jóvenes que no pierdan la costumbre de leer a sus hijos pequeños cuentos e historias de manera que desde muy pequeños sientan pasión por la lectura. Creo que no se van a arrepentir. 

Crear interés por la lectura y proporcionar algunos libros interesantes es uno de los mejores modos de contribuir a una buena educación. En vez de regalar tantos juguetes y ropa, deberíamos regalar más libros. Regalar un libro es como entregar la llave para entrar en un mundo fascinante que nos ayuda a ir más allá de donde estamos, que dilata nuestra mente y nuestro corazón. Solo las personas con una mente abierta y un corazón sensible están preparadas para relacionarse con otras personas y no quedar confinadas en un mundo estrecho de rutinas y prejuicios. Leer es difícil, pero puede convertirse en un placer de larga duración sin especiales efectos secundarios.


lunes, 6 de marzo de 2023

Voces para un concierto


Ayer por la mañana me dediqué a proyectar el libro-entrevista que estoy preparando con el youtuber mexicano Heriberto García Arias, de quien ya hablé hace menos de dos meses. Él, desde Roma, sigue con sus vídeos cortos (algunos no llegan ni a un minuto) y con miles de visualizaciones. Ha optado por una comunicación sencilla, directa y creo que muy eficaz. 

También sigo de cerca a un joven franciscano estadounidense que tiene 280.000 subscriptores en YouTube. Ha producido ya más de 450 vídeos y ha recibido casi 30 millones de visitas desde 2015. En este caso se trata de vídeos más largos (en torno a diez minutos) y muy bien elaborados. Se llama Casey Cole. Los que sabéis inglés, podéis encontrar y ver sus vídeos en su canal Breaking In The Habit. En él aborda muchos temas de actualidad desde una perspectiva cristiana y franciscana, y yo diría que también muy norteamericana. 

Os traduzco algunos de los últimos títulos: “Los dos caminos para leer la Biblia”, “Cinco películas de Hollywood que son CASI cristianas”, “¿Excomulgados en la Iglesia católica?”, “Dios podría hacerlo mejor. Mi consejo a Dios (cinco recomendaciones de un cura a Dios)”, “La historia de la Iglesia en aproximadamente 15 minutos”, “La policía tiene un problema. La Iglesia católica puede ayudar”. Como podéis ver, los títulos son perfectamente hollywoodianos. No conozco algo semejante en el panorama europeo. Pero eso no significa que se trate de vídeos superficiales. Todos están muy bien elaborados y tienen meollo.


Cada vez son más los sacerdotes, religiosos y religiosas que se lanzan al mar de Internet con desigual fortuna. Algunos consiguen un gran impacto y otros se cansan enseguida por falta de eco. Lo que me sorprende es que muchas personas que no frecuentan nuestras iglesias encuentran en esos canales de Internet un “lugar de encuentro” en el que se sienten a gusto porque pueden compartir sus preguntas y explorar algunas respuestas sin las constricciones a las que a veces sometemos a la gente en nuestras parroquias y comunidades. Yo mismo me sorprendo de que este blog, que nació de una manera casual y muy sencilla, llegue a algunas personas que lo siguen con mucha fidelidad en diversas partes del mundo y que, aunque no escriban ningún comentario, participan de un diálogo cordial. De hecho, cuando cada mañana o cada noche me siento ante el ordenador, pienso en ellas. Es como si estuviéramos conversando con una taza de café o una cerveza en la mano. 

A veces hago un esfuerzo por salir de mis pensamientos e imaginar los suyos. Procuro hacerme eco de ellos, aunque no estoy seguro de interpretarlos correctamente. Mi interlocutor misterioso es siempre un hombre o una mujer que no ha perdido el deseo de buscar, que se reconoce un poco confuso, pero que quiere encontrar luz, que tal vez ha vivido situaciones personales muy difíciles (separaciones, divorcios, abusos, desempleo, agnosticismo, depresión, etc.), pero que no renuncia a encontrarles un sentido profundo. Y, sobre todo, pienso en las personas que, aunque no lo nombren, anhelan experimentar en sus carnes el amor de Dios como bálsamo que cura las heridas y abre un horizonte de esperanza en este mundo complejo.


En Internet abundan los internautas turbios, pero hay mucha gente excepcional que comparte sus conocimientos y habilidades, sus talentos artísticos o simplemente sus deseos de comunicarse con otros. Entre los más jóvenes las redes sociales han ocupado el espacio de las antiguas páginas web. Como he recordado en otras ocasiones, hoy la gente joven prefiere mensajes brevísimos, a poder ser audiovisuales y con mucha creatividad estética a través de plataformas como WhatsApp, Twitter, Facebook, y, sobre todo, YouTube, TikTok e Instagram. Estamos ahora en la cresta de esta ola. Intuyo que no durará mucho. Llegará un momento en el que caeremos en la cuenta de que no todo en la vida se puede reducir a breves y agudos impactos visuales y emocionales. Si así fuera, acabaríamos prisioneros del presentismo y el emotivismo.

Por eso, yo me mantengo en la “antigua” costumbre de escribir unas 700 palabras diarias. Corro el riesgo de que los más jóvenes pasen de largo y de que el número de lectores sea discreto, pero me parece que quienes se toman cinco minutos para leer las entradas diarias se disponen mejor para una reflexión sosegada. En la vida necesitamos estímulos fugaces (fotos, clips, eslóganes, etc.), pero también un mínimo de pensamiento tranquilo. La reflexión y la paciencia son caminos que nos conducen a la verdad de las cosas y de nosotros mismos. Sin despreciar la primera vía (es más, admirándola mucho), yo me apunto a la segunda. Quizás es menos intensa, pero creo que más duradera y espero que también más fructífera a medio y largo plazo.




domingo, 5 de marzo de 2023

Que alguien encienda la luz


En África suelen ser normales los cortes de luz. Sin embargo, desde que llegué a Camerún el pasado 28 de febrero, no he sufrido ninguno. La luz funciona con normalidad, incluso en los momentos de fuerte tormenta. La conexión a Internet es más que aceptable. Ambas cosas (luz eléctrica e Internet) se han convertido en algo imprescindible en la vida moderna. En el relato de la transfiguración de Jesús que leemos en este II Domingo de Cuaresma encontramos luz y conexión. Mateo dice que “se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Todo desprende claridad. 

Por si fuera poco, “todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.»”. La nube que simboliza a Dios no es densa y oscura, sino luminosa. La luz es el gran símbolo de este domingo. Es como si, en medio de nuestras tinieblas, se nos regalara la certeza de que donde está Jesús siempre es de día, siempre hay luz. Esto es rigurosamente cierto en nuestro camino espiritual. Por eso, cuando se multiplican los indicadores de noche y pesimismo, es necesario que alguien nos ayude a encender esa luz, a descubrir que no podemos caminar en tinieblas mientras tenemos la Luz con nosotros.


Pero no solo eso. Donde está Jesús hay también conexión. En el relato de la transfiguración, él habla con Moisés y Elías. Nos conecta con la historia del pueblo escogido, con el Antiguo Testamento. Escucha la voz del Padre desde la nube. Nos conecta con Dios. Se dirige a los discípulos invitándoles a no tener miedo. Conecta con cada uno de nosotros. Él, el de rostro radiante, la luz del mundo, nos dice que nos levantemos y no temamos. Es bueno que, bien entrada la Cuaresma, sepamos con claridad en quién podemos poner nuestra confianza. Si todavía nos quedan algunas dudas, si nos cuesta fiarnos de Jesús plenamente, si no sabemos si merece la pena dedicar nuestra vida a Él, Dios mismo nos dice: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”. Es un certificado de garantía. 

Jesús no es un profeta más como Moisés o Elías. Y mucho menos uno de esos charlatanes que han llenado la historia con falsas promesas. Jesús es el Hijo, el amado del Padre. Su comunidad, la Iglesia, ha podido cometer muchas tropelías a lo largo de la historia, pero nunca ha dejado de confesarlo como el Hijo de Dios. Esta fe es la que mantiene viva a su comunidad y la que da sentido a nuestro camino personal. Las palabras del Padre serán replicadas por Pedro cuando Jesús mismo les pregunte a los discípulos sobre quién es el hijo del hombre. Mateo pone en labios de Pedro la confesión de la Iglesia: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt 16,16).


Hoy tenemos un día de descanso en el itinerario de nuestro taller. Algunos saldrán al centro de la ciudad. Yo me quedaré en casa descansando y rematando varios trabajos pendientes. En el desayuno abundaban los comentarios sobre la película que vimos anoche: Whale Rider. Creo que es interesante para cualquier espectador, pero en el contexto africano la película cobra una importancia extraordinaria. Aborda el tema del liderazgo desde una perspectiva singular. Usando una expresión común en los documentos del magisterio de la Iglesia, aboga por una “fidelidad creativa”. El respeto a la tradición no puede convertirse en una losa que impida el desarrollo. La verdadera tradición es siempre algo vivo y, por lo tanto, cambiante. 

Los africanos están muy apegados a su tradición. Podríamos decir que son potencialmente veterotestamentarios. Se sentirían muy felices siguiendo a pie juntillas a Moisés y a Elías. Pero saben muy bien que el vino nuevo viene de Jesús. Por eso, como sucede en la película, buscan derramar este vino nuevo en los odres nuevos de una fidelidad creativa. Tenemos claves más que suficientes para continuar nuestro trabajo la semana próxima. Feliz domingo a todos. 

sábado, 4 de marzo de 2023

El camino de la cruz


Anoche, segundo viernes de Cuaresma, tuvimos un Viacrucis en francés e inglés alrededor de la Casa Claret donde estamos desarrollando nuestro taller. Me gustó mucho por tres razones: el ambiente de silencio y contemplación, la belleza y oportunidad de los cantos y la concisión de los textos y oraciones. Hay Viacrucis que se convierten en un pequeño suplicio porque los comentarios a cada estación son larguísimos, sin tiempo apenas para la contemplación. Creo que ayuda más una brevísima consideración, acompañada a veces por una o dos preguntas que nos ayuden a entrar en el misterio. Tengo la impresión de que hay muchos cristianos que no se sienten muy atraídos por esta práctica. Quizás estamos necesitando una revisión. Lo que hace del Viacrucis una práctica siempre actual es que une nuestros dolores -¡tantos!- a los del Cristo que sigue sufriendo hoy. 

Una crítica recurrente es que la Iglesia lleva siglos practicando el Viacrucis (el camino de la cruz) y muy poco tiempo proponiendo el Vialucis (el camino de la luz). Quizá la razón última no es que la Iglesia haya olvidado el poder transformador de la resurrección de Jesús, sino que lo ve escondido en su pasión y muerte. Para el evangelista Juan, la cruz es al mismo tiempo cadalso y trono, fracaso y triunfo, muerte y vida. Por eso, todo Viacrucis es siempre un Vialucis. Acompañamos a Jesús en su camino al Calvario sabiendo que la muerte no es la última palabra, que, tras el suplicio del Viernes Santo y la sepultura del Sábado Santo, siempre emerge la luz nueva del Domingo de Resurrección.


En medio de los sufrimientos personales y de los graves problemas que padecemos hoy, la práctica del Viacrucis nos ayuda a darles sentido desde Jesús. Unidos a él, podemos recorrer también las estaciones dolorosas de nuestra vida sin sentirnos agobiados por su peso insoportable. No hay ningún cáncer, ninguna guerra, ningún accidente de tráfico, ninguna traición, ningún desamor que puedan robarnos la esperanza. Con Cristo sabemos que Dios Padre ve y escucha nuestro sufrimiento y que no dejará ninguna lágrima sin enjugar. 

El Viacrucis no es una práctica masoquista, sino un camino de consolación. El hecho de practicarlo regularmente en el tiempo de Cuaresma nos ayuda a prepararnos mejor para el Triduo Pascual y, por tanto, a renovar nuestra fe en el Cristo que muere, es sepultado y resucita glorioso. Si algo necesitamos hoy es no pasar como gato sobre ascuas sobre nuestras experiencias personales y sociales de sufrimiento, sino detenernos, mirarlas de cerca y traspasarlas con la luz redentora que nos viene de la cruz de Cristo.


En el Viacrucis de Jesús, como en el nuestro, hay una galería de personajes que representan las múltiples actitudes ante Él: desde el desprecio, la traición y la condena hasta la compasión, el cuidado y la fe. Cada uno de nosotros representamos esos personajes. A veces somos Simón el Cirineo que ayuda a llevar la cruz, o la Verónica que enjuga el rostro de Jesús, o los soldados que lo insultan, desnudan y se reparten su túnica, o los discípulos que huyen, o las mujeres que están al pie de la cruz… El Viacrucis es un espejo que nos ayuda a conocernos mejor y a purificar nuestra vocación cristiana. No tengamos miedo de recorrerlo acompañando a Jesús. Acabaremos siendo mejores discípulos.

Eso es lo que comprendí mejor anoche mientras, acariciados por una suave brisa que atemperaba los calores de la jornada,  recordábamos el camino de Jesús hacia el Calvario con la cruz a cuestas. 

viernes, 3 de marzo de 2023

Seamos un poco autocríticos


Os recomiendo leer el artículo titulado
Las cuatro razones por las que los cristianos se avergüenzan y abandonan la Iglesia. Nos ayuda a entender un poco mejor lo que, desde hace décadas (¿siglos?), está pasando en Occidente. Leídas desde Camerún, adquieren otra dimensión. Aquí los cristianos celebran su pertenencia a la Iglesia, se sienten orgullosos de ella, contribuyen a su crecimiento y consolidación, disfrutan con sus fiestas, asumen sus compromisos. Por lo general, donde la comunidad cristiana es una minoría sociológica conserva su vitalidad. Donde, por el contrario, sigue siendo mayoría (o mantiene por inercia algunos tics de los tiempos en que fue mayoría) se produce un fenómeno de desenganche y abandono, lo que algunos llaman “apostasía silenciosa”. 

De poco sirve apuntalar un edificio que amenaza ruina. Creo que lo más sensato y eficaz es demolerlo cuanto antes y empezar a edificar de nuevo colocando sólidos cimientos. ¿Qué futuro puede tener una comunidad en la que muchos de sus miembros no lo son por conversión, sino por mera inercia? ¿Cabe imaginar una nueva creatividad pastoral cuando se nos cae la Biblia de las manos (porque no la leemos y no sabemos interpretarla) y las parroquias han dejado de ser comunidades vivas para convertirse en expendedurías de servicios religiosos a la carta? Sé que estas preguntas no hacen justicia a la realidad en toda su complejidad, pero a veces necesitamos hacernos algunas preguntas descarnadas para caer en la cuenta del grave momento que vivimos.


No salgo de mi asombro cada vez que escucho a algunos personajes famosos despotricar contra la Iglesia. Una que lo hace con mucha frecuencia es Nieves Concostrina en su programa “Acontece que no es poco”. No desperdicia ocasión para exhibir su ateísmo, reírse de las religiones y atacar sin piedad a la Iglesia católica. En una antigua entrevista con Andreu Buenafuente, confesaba que la Biblia le hacía reír porque contaba historias increíbles, pero muy divertidas. Y, como todo intelectual de izquierdas que se precie, ironizaba sobre lo que cuenta el Génesis acerca de la creación del mundo o sobre el origen del ser humano. 

¿Es posible que una persona como ella, habituada a desempolvar la historia con humor, no haya leído nunca un libro de introducción a la Biblia? ¡Hasta la gente más sencilla en muchos lugares de Asia o Latinoamérica sabe qué son los géneros literarios y qué enseñanza quieren transmitirnos esos mitos bíblicos! Pareciera que la educación religiosa que imparten muchos colegios privados y públicos en España no logra formar a las nuevas generaciones en una visión crítica y bien fundamentada del cristianismo. Los viejos tópicos siguen tan vigentes como hace cien años. ¿Qué nos está pasando?


Me pregunto si en la catequesis infantil y en la pastoral juvenil de las últimas décadas no hemos puesto demasiado el acento en la transmisión de valores, olvidándonos de formar a los niños, adolescentes y jóvenes en los fundamentos de la fe para que puedan vivirla en contextos hipercríticos. No me extraña, pues, que cuando llegan a la universidad se les venga abajo su idea del cristianismo como si fuera un castillo de naipes. No es suficiente con insistir en la importancia de la solidaridad, en la preocupación por la justicia y la paz, en el desafío ecológico y cosas semejantes. Todo eso es valioso, urgente si se quiere, pero lo esencial es asegurar la familiaridad con la Palabra de Dios, que siempre será la fuente de su experiencia de fe y, por lo tanto, de su compromiso social.

La fe viene “ex auditu” (por el oído); es decir, como respuesta libre y personal a un anuncio. Es necesario mostrar que ese anuncio no es una sarta de tonterías sin ningún fundamento, sino la transmisión de los acontecimientos que han marcado la relación de Dios con la humanidad y que han encontrado su culmen en el evento Jesucristo, del que la Iglesia es signo e instrumento. Si esto no está claro, todo lo demás (por importante que sea) se sostiene con alfileres. Fácilmente puede venirse abajo cuando uno tiene que abrirse a una interpretación científica del mundo y de la historia. Creo que tenemos que elevar mucho más el nivel intelectual de nuestras catequesis y pastorales. Con la mejor intención, hemos perdido demasiado el tiempo en cosas secundarias. Luego, pasa lo que pasa.


jueves, 2 de marzo de 2023

Formarnos más para liderar mejor


No sé lo que hubieran pensado algunos de mis conocidos si me hubieran visto bailar ayer una danza africana en la ceremonia de bienvenida. Reconozco que no soy muy dado a este tipo de actuaciones, pero hay que situarse en el contexto. Para los africanos, la danza es el mejor modo de crear comunidad, de fortalecer los vínculos que unen a las personas, de acoger al forastero y de crear un clima de alegría y esperanza. Tras la danza inicial, entramos en la “Casa Claret” portando procesionalmente la Biblia. A partir de ese momento, con la Palabra de Dios entronizada en un atril de madera, comenzamos el desarrollo de nuestro taller sobre Liderazgo Claretiano Discerniente. 

La experiencia que tuvimos el mes pasado en la India nos está ayudando a proceder con más fluidez y confianza. Pero África no es Asia. Cada continente tiene sus propias características. No se puede ofrecer un producto empaquetado, sino contextualizado. Ese está siendo nuestro reto desde que puse pie en el aeropuerto de Yaundé el pasado martes a las 9 de la noche, después de una escala de una hora en Duala, a la que hay que añadir la media hora que estuvimos sobrevolando la zona porque, debido a las malas condiciones meteorológicas, el piloto no recibió la autorización para aterrizar.


Dejé España con temperaturas polares. Aquí me he encontrado con temperaturas tropicales: una máxima de 34 grados a primera hora de la tarde y una mínima de 22 al amanecer. Es exactamente lo que necesito para sentirme bajo mínimos. El calor (húmedo) es una de las pocas cosas que me roba energía, pero no hay más remedio que aceptar lo que no se puede cambiar y tratar de minimizar sus consecuencias negativas. Espero que antes de terminar esta semana me encuentre más cómodo. Al clima adverso se añade la dificultad de las lenguas. El taller está siendo en inglés, pero hay un pequeño grupo que no entiende la lengua, así que hay que echar mano del francés. Gracias a un servicio artesanal de traducción simultánea vamos defendiéndonos, pero reconozco que eso complica las cosas, sobre todo a la hora de organizar los grupos de diálogo y otras dinámicas participativas. 

La ventaja es que todos aprendemos a ir a lo esencial, a no divagar y a tratar de ser claros y concisos. Los claretianos de África están acostumbrados a organizar encuentros internacionales en los que se manejan al menos cuatro lenguas: inglés, francés, portugués y español. Quizá por eso son muy abiertos y comprensivos. Los contextos monolingüísticos y monoculturales tienden a ser un poco rígidos y asfixiantes.


Durante la comida de hoy bromeábamos sobre el sueño de organizar un taller de liderazgo en el que estuvieran presentes Xi Jinping, Ursula von der Leyen, Vladimir Putin, Joe Biden, el papa Francisco, el Dalai Lama, Bill Gates, Warren Buffet y otros conocidos líderes mundiales. ¿Cómo podrían aprender juntos a ejercer un liderazgo inteligente y compasivo estudiando el ejemplo de Mahatma Gandhi, Nelson Mandela y, sobre todo, de Jesús? ¿Cómo podrían beneficiarse de todo lo que las ciencias humanas han estudiado acerca del liderazgo para no ser nunca líderes tóxicos, sino éticos? Muchos de los problemas que hoy tenemos en nuestro mundo se deben a la manera torpe y tóxica en la que muchos líderes ejercen sus responsabilidades y guían a su gente. 

Por eso, en la Iglesia de hoy está creciendo la necesidad de formar mejor a nuestros líderes. Muchas veces hablamos mal de nuestros obispos o párrocos, pero ¿quién se encarga de acompañarlos para que ejerzan sus cargos con competencia e integridad? La experiencia nos enseña que no es suficiente la preparación genérica que han recibido para ser sacerdotes. Se requiere una preparación específica que tenga en cuenta las necesidades de cada contexto. Los claretianos nos lo hemos tomado en serio. En eso estamos.

miércoles, 1 de marzo de 2023

Sobrevolando el desierto


Pronto serán las 5 de la tarde. Estamos sobrevolando el desierto del Sahara a la altura de Agadez. En este momento el avión de Brussels Airlines vuela a 11.849 metros de altitud y a una velocidad de 846 kilómetros por hora. Llevamos ya unas cinco horas de vuelo desde Bruselas. Nos faltan 1.414 kilómetros hasta Duala, donde haremos una breve escala antes de llegar a Yaundé. Empiezo a estar cansado. Por suerte, no tengo a nadie ni a derecha ni a izquierda, así que puedo escribir con libertad. He decidido adelantar a esta tarde la entrada del 1 de marzo. Es probable que mañana no disponga de tiempo suficiente para escribirla porque empezaremos nuestro taller hacia las 9. 

Como no viajo junto a las ventanas no puedo ver la inmensidad del desierto, pero me la imagino a través del mapa ilustrado de la pantalla de mi asiento, el 51F. Por el número de fila, los acostumbrados a viajar en avión pueden intuir que no viajo precisamente en clase business, aunque reconozco que no están mal las butacas de la clase económica. Hace años, desde que comenzó la pandemia, que nunca me han subido de clase.


El comienzo del mes de marzo me recuerda que nos faltan 40 días para la Pascua
, que este año caerá el 9 de abril. No estoy viviendo la Cuaresma con mucha intensidad. El hecho de haber viajado tanto en los últimos días ha complicado encontrar un tiempo sereno de oración, como suelo hacer regularmente cuando estoy en mi comunidad. Casi me he limitado a orar en autobuses, aeropuertos y aviones. Hoy, por ejemplo, no podré celebrar la Eucaristía, aunque he meditado las lecturas a través del teléfono móvil. Tanto en la primera de Isaías como en el Evangelio de Lucas encuentro mucha inspiración. 

Isaías compara a la Palabra de Dios con la lluvia y la nieve que caen del cielo. Tengo la estampa muy reciente porque el pasado lunes caía una suave y persistente nieve sobre Vitoria. Es hermoso imaginar que así es la Palabra de Dios. Siempre acaba empapando nuestra tierra, produciendo algún cambio, aunque a menudo no seamos conscientes. Del evangelio rescato la joya del Padrenuestro. Me pregunto cuántos miles de veces lo habré rezado a lo largo de mi vida. Algunas, muchas, de manera autómata, sin caer en la cuenta de lo que decía, pero muchas otras sumergiéndome en las palabras, procurando encontrar en ellas un abismo de sentido.


Me gusta decir que no hay ninguna situación vital en la que no podamos recitar el Padrenuestro.
Es como si Jesús lo hubiera previsto, de manera que no tengamos nunca excusa para no abandonarnos en las manos de Padre. Da igual que estemos alegres o tristes, que nos sintamos pecadores o justos, que confiemos en el futuro o vivamos desesperados. Siempre podemos orar con la oración de Jesús y encontrar en alguna de sus siete peticiones la expresión de nuestros sentimientos personales o de la situación de nuestra familia o comunidad. Al fin y al cabo, la oración está en plural. No la rezamos pensando solo en nosotros. Somos un sujeto colectivo. Oramos dentro de la comunión de los santos, unidos a Jesús, que es nuestra cabeza. Desbordamos el propio yo para reconocernos en un nosotros que nos da identidad y pertenencia. 

Quien reza el Padrenuestro nunca está solo porque se sabe miembro de esta comunidad universal de los hijos e hijas de Dios. ¿No es maravilloso que sea así? Ahora, cuando llego al “santificado sea tu nombre”, me imagino a las poblaciones que viven en el desierto, a las comunidades que encontraré en Yaundé, a mis familiares y amigos que he dejado en España, a los claretianos que trabajan en diversas partes del mundo… Llegará un día -este es el sueño de Jesús- en el que todos los seres humanos llamaremos al unísono “padre” a Dios. Entonces habrá llegado plenamente a nosotros su reino y todos haremos su voluntad. Alentados por este sueño, seguimos caminando en la dirección que Jesús nos señala.