lunes, 14 de agosto de 2017

La "pingada" del mayo

El verbo pingar existe. Según el diccionario de la RAE, significa "apartar algo de su posición vertical o perpendicular, inclinar". Pues bien, hoy comienzan las fiestas patronales de Vinuesa con la tradicional pingada del mayo. Tecleo estas notas tres horas antes de que se produzca. En torno a mediodía, repicarán las campanas de la torre de la iglesia y, como afluentes que vierten sus aguas en un embalse, las calles que rodean la plaza mayor irán vertiendo gentes variopintas al rectángulo flanqueado por el ayuntamiento en el lado sur y el antiguo seminario de verano en el lado norte. El suelo, enlosado con piedras de granito, que resisten bien los calores del estío (más bien discretos) y los fríos y heladas del invierno (su verdadero ambiente natural), resistirá bien el embate de cientos de personas. Cuadrillas de jóvenes – las llamadas “peñas” –, ataviados con camisetas multicolores en las que exhiben nombres a cual más original o extravagante, se disponen para la faena. El pino silvestre, que ayer fue traído desde el monte hasta la plaza por una yunta de bueyes negros, espera su momento de gloria. Se trata de un ejemplar espléndido, derecho como una vela, de más de veinte metros de longitud, limpio de ramas innecesarias, con una especie de pequeño penacho de acículas coronando la picota, en la que ondean las banderas española y castellano-leonesa.

¿Cómo se consigue izar – es decir, pingar – un pino tan enhiesto sin utilizar medios mecánicos? La técnica viene de lejos. Creo que he visto algo parecido en algunos mosaicos romanos. Hay una colección de aspas formadas por dos cabrios de pino cruzados a modo de una cruz de san Andrés y enlazados por gruesas sogas que los mantienen unidos. En cada uno de los palos se apuestan varios jóvenes que, siguiendo órdenes del mayordomo, empujan el palo hacia dentro para que el aspa se cierre varios grados. Se comienza con un aspa pequeña que levanta un poco la picota del suelo; se sigue con otras aspas mayores que van pingando el pino hasta que forma un arco de algo menos de noventa grados con el suelo, que está en ligera pendiente. El procedimiento es arriesgado. Hay que equilibrar bien las fuerzas, actuar en perfecta coordinación y velar por la seguridad de empujadores y observadores, tanto locales como visitantes. Cuando se produce una ligera inclinación no deseada, se oyen gritos de asombro e incluso de miedo. La operación no se demora mucho. Todo depende de la pericia del mayordomo y de la habilidad de los jóvenes empujadores, que pueden estar más o menos lúcidos según el nivel de ingesta alcohólica que haya precedido a la pingada. Al pie del pino, convenientemente tallado para que encaje en el agujero de unos noventa centímetros horadado en el suelo de la plaza, hay varios hombres con palancas y mazas para acompañar la tarea y, en el momento oportuno, encajar algunas cuñas de madera que fijen bien el pino en su nueva sede. Cuando todo está rematado, se desatan las sogas que han ayudado a dirigir la operación. Se precipitan al suelo con sensación de victoria. La plaza entera estalla en un aplauso cerrado. Un año más, el rito se ha cumplido. ¡Que empiece la fiesta!

Historiadores y antropólogos han multiplicado las interpretaciones de este hecho, presente en otros muchos lugares y culturas. Se habla de ritos de fertilidad, símbolos fálicos, culto a los montes que son fuente de riqueza, etc. Más allá de su origen histórico, hoy la pingada del mayo es un símbolo de fiesta (necesaria en estos tiempos de vertiginoso ritmo laboral) y de unión (imprescindible en tiempos de rampante individualismo). Cuando veo cómo los jóvenes – con independencia de sus gustos, afectos y proveniencias – empujan con fuerza y entusiasmo y la gente aplaude, pienso en otros fenómenos semejantes (por ejemplo, los castellers de algunas zonas de Cataluña) y traslado esta imagen a otras esferas de la vida. ¿Qué pasaría si se produjera esta unión en el ámbito político, económico, social y religioso? Sería posible llevar adelante proyectos más ambiciosos, enriquecer la vida social, vivir la experiencia de pertenecer a una comunidad en la que “la unión hace la fuerza”. Aunque solo fuera por este poder evocador, merece la pena no perder un rito que se aleja mucho de los practicados por la sociedad de la información (aunque los cientos de móviles tomando fotos actúan de nexo), que hunde sus raíces en tradiciones centenarias, pero que, por eso mismo, conecta pasado y presente. Un pueblo sin raíces no sabe cómo iluminar su presente y abrirse al futuro.

domingo, 13 de agosto de 2017

Hay un fantasma rondando

¿Cómo es posible que los discípulos de Jesús, que vivían codo a codo con él, lo confundieran con un fantasma? El relato evangélico que nos propone este XIX Domingo del Tiempo Ordinario es, en realidad, un itinerario de fe. Hay un contraste entre dos escenarios: el monte (en el que Jesús pasa la noche orando) y el lago de Genesaret (en el que los discípulos se enfrentan a un viento contrario). Hay también un contraste entre dos actitudes: mientras Jesús alimenta su relación con el Padre desde la confianza filial, los discípulos se atemorizan ante el mar revuelto (símbolo del mal) y desconfían. Sin que los discípulos se lo pidan, Jesús toma la iniciativa: se acerca caminando sobre las aguas; es decir, se hace presente en sus vidas como Señor que vence el mal. Y, de nuevo, un contraste entre dos reacciones: mientras los discípulos creen que ese personaje advenedizo es una fantasma y se ponen a gritar, Jesús se autopresenta con la fórmula enfática Yo soy, que alude a la divinidad, y los invita a no tener miedo, a superar su falta de fe. El relato concluye con Jesús navegando con los suyos a bordo de la barca mientras todos los pasajeros prorrumpen en una rotunda confesión de fe: “Realmente eres Hijo de Dios” (Mt 14,23). Antes de este “final feliz” hay un intermedio pedagógico. Pedro quiere una prueba de que Jesús no es un fantasma: le pide que le mande ir hacia él caminando sobre el agua. Pero, naturalmente, se acobarda ante la fuerza del viento, y comienza a hundirse. No tiene más remedio que impetrar: “Señor, sálvame”. Jesús lo toma de la mano y lo sostiene.

¿Resulta difícil contemplarnos en este espejo? La barca es un claro símbolo de la Iglesia en su conjunto, de cada una de nuestras comunidades y de nosotros mismos. Mientras la navegación es tranquila, no nos importa que Jesús esté ausente, nos bastamos a nosotros mismos para gobernarla. Pero cuando él se nos acerca en medio de las tormentas de la vida, aquí comienzan los problemas. Nos cuesta reconocer la presencia de Jesús junto a nosotros. Nos parece que si él estuviera realmente, todo sería fácil, nos cuesta compaginar su presencia con los vientos que sacuden nuestra barquichuela. ¿Por qué, si Jesús nos ha prometido que estaría con nosotros “hasta el fin de los tiempos” (Mt 28,28), se producen tantas deserciones de bautizados, tantos escándalos en quienes tendrían que ser guías de la comunidad, tantas incoherencias entre lo que decimos y lo que hacemos? ¿Por qué las cosas no nos van bien? ¿Por qué la fe no nos sirve para encontrar trabajo, resolver una crisis afectiva o encontrar una solución al cáncer? Como Pedro, tentamos a Jesús para comprobar si de veras está con nosotros o no. Le pedimos que haga el tipo de milagro que a nosotros nos parece eficaz. Pedro le pidió que le mandara ir hacia él caminando sobre las aguas; nosotros le pedimos… (Cada uno ponga en este paréntesis sus peticiones habituales). El mensaje que el evangelio de Mateo quiere transmitir a los cristianos de todos los tiempos es neto: lo que de verdad importa es reconocer a Jesús como Hijo de Dios, creer firmemente en él, contra viento y marea. Todo lo demás se nos dará por añadidura.

Necesitamos creyentes imaginativos, eficaces, comprometidos, dinámicos. Es verdad. Pero, a mi modo de ver, la verdadera necesidad de la Iglesia es contar con miembros que, en medio de los temporales de la vida, confiesen con los labios y con el corazón que Jesús es el Hijo de Dios; es decir, hombres y mujeres que se arriesguen a vivir la aventura de la fe hasta sus últimas consecuencias. Sin ellos, los fantasmas acabarán amenazando la estabilidad de la barca personal y eclesial.


No me olvido de que hoy, 13 de agosto, es un día muy especial para los misioneros claretianos: celebramos la memoria de los Beatos Mártires de Barbastro. Para aquellos que no conocéis su historia, os recomiendo ver la película Un Dios prohibido (2014). Es probable que un escalofrío os recorra todo el cuerpo. Ellos sí que supieron confesar a Jesús en medio de las pruebas a que fueron sometidos. Para ellos, Jesús no era un fantasma, sino su verdadero Rey. El canto que los acompañó hasta el martirio testifica esta fe: “Por ti, Rey mío, la sangre dar”.

sábado, 12 de agosto de 2017

Santos de todos los colores

Me había prometido no escribir todos los días, pero el hecho de estar conectado varias horas a un aparatito de magnetoterapia, me permite sentarme ante el ordenador y teclear las entradas del blog. A lo largo de esta semana se han encadenado las memorias y fiestas de varios santos que han marcado la vida de la Iglesia. No quisiera pasarlos por alto. Se trata de dos hombres y dos mujeres. Pertenecen a siglos diversos. Representan diferentes formas de vivir el seguimiento de Jesús. El martes 8 recordamos a santo Domingo de Guzmán; el miércoles 9, a santa Teresa Benedicta de la Cruz; el jueves 10, al diácono san Lorenzo; y el viernes 11, a santa Clara de Asís. ¿Alguien da más? Con este equipo de lujo, uno podría ir al fin del mundo. Cada vez me gusta menos leer libros de pura reflexión y más historias concretas de hombres y mujeres que han vivido a fondo. La reflexión se pierde a menudo en especulaciones vacías. Las vidas auténticas permanecen, iluminan, motivan. Creo que, en buena medida, el desconcierto actual se debe a un déficit de memoria. El mundo no ha comenzado con nosotros. Muchas generaciones anteriores se han enfrentado a los mismos grandes desafíos y han alumbrado respuestas originales. No se trata de repetirlas mecánicamente, pero sí de conocerlas para extraer inspiración. Los santos son siempre los mejores centinelas del Absoluto y los más acendrados expertos en humanidad; por eso, pueden ser nuestros compañeros de camino.

Domingo de Guzmán nació en Caleruega (Burgos), a pocos kilómetros de mi pueblo natal. Pertenecía a mi diócesis de Osma, de cuya catedral llegó a ser canónigo. Fue el fundador de la Orden de Predicadores, conocidos popularmente como frailes dominicos. Junto con Francisco de Asís, representó un nuevo ideal de vida religiosa en el siglo XIII. Él no quería ser monje encerrado en un monasterio sino predicador itinerante de la Palabra de Dios. Hay dos cosas que admiro de él: su pasión por la Escritura (se dice que se sabía el Nuevo Testamento casi de memoria) y su ecuanimidad, nacida de una profunda experiencia de Dios. Creo que hoy podríamos renovar nuestra vida personal si nos alimentáramos más de la Palabra de Dios y menos de la palabrería humana que se difunde por las redes sociales, la radio y la televisión. Por otra parte, en medio de tantos conflictos y tensiones (familiares, políticas religiosas), ¡cuánto bien nos hacen las personas que mantienen un ánimo firme, que no se dejan llevar por reacciones viscerales, que saben proponer sin imponer, que pronuncian síes y noes claros!

Teresa Benedicta de la Cruz es, en sí misma, un epítome del complejo siglo XX. Edith Stein (éste era su nombre civil) nació en Breslavia (la actual Wroclaw) en 1891, en el seno de una familia judía muy numerosa. Se educó en la fe de Abrahán. Su inteligencia despierta le permitió estudiar sin dificultad, hasta llegar a obtener el doctorado en filosofía. Fue la primera mujer que lo consiguió en Alemania. En su juventud atravesó una etapa de ateísmo. Pocos intelectuales del siglo XX se han librado de este desierto. Atraída por la fenomenología de Edmund Husserl, de quien fue discípula, acabó separándose de él porque en su pensamiento no dejaba espacio para Dios. Feminista convencida, luchó por el voto de las mujeres. Militó en formaciones políticas de centroizquierda, estuvo muy presente en los círculos intelectuales, dio clases y conferencias, publicó libros, fue una mujer reconocida. Su vida dio un giro cuando se convirtió al cristianismo y se bautizó en la Iglesia católica a la edad de 31 años. De todos los influjos que la condujeron a esta nueva forma de vida, ella destacó el testimonio de la esposa de un amigo suyo, la manera como esta mujer afrontó la muerte de su joven esposo, su fe luminosa en la resurrección. Diez años más tarde, ingresó en el Carmelo. Las lecturas de santa Teresa de Jesús fueron un fuerte acicate. El triunfo del nazismo y la persecución contra los judíos condujeron a esta mujer fuerte al campo de concentración de Auschwitz, donde murió, mártir de la fe, en la cámara de gas el 9 de agosto de 1942, a la edad de 51 años. Juan Pablo II la canonizó en 1999 y posteriormente la nombro patrona de Europa junto a otras dos mujeres: Brígida de Suecia y Catalina de Siena. No se puede hacer justicia a una vida tan rica en pocas líneas. De Teresa Benedicta de la Cruz he aprendido a valorar, sobre todo, la “ciencia de la cruz”, el verdadero conocimiento que conduce a la sabiduría. Solo quien entrega su vida, la salva.

Lorenzo, de probable origen oscense, es un santo muy popular, a pesar de que vivió en el lejanísimo siglo III. He visitado varias veces la hermosa basílica de san Lorenzo, en el Campo Verano de Roma, que contiene sus restos. Fue martirizado en tiempos del emperador Valeriano. Abundan las anécdotas y leyendas sobre el modo de su martirio. Es el famoso “santo de la parrilla”. Pero lo que de verdad interesa es que vivió las dos grandes pasiones de todo diácono: el amor por la Palabra de Dios y por los pobres. Cuando le pidieron que entregara las riquezas de la Iglesia, él se despachó con unas palabras que han pasado a la historia: “Los verdaderos tesoros de la Iglesia son los pobres”. Si la frase se malinterpreta, se convierte en una especie de justificación del pauperismo. Si se la entiende en su verdadero significado, nos lleva al corazón del Evangelio. Han pasado casi 18 siglos desde su muerte, pero el pueblo cristiano no lo ha olvidado. Son muchos los pueblos y ciudades que lo tienen como patrono. Ahora me vienen a la memoria dos: Covaleda (que dista 15 kilómetros de mi pueblo) y, el más conocido, San Lorenzo de El Escorial.

Clara de Asís no necesita muchas presentaciones. Es el epígono femenino de Francisco. Ambos son dos luminarias del siglo XIII. No sé cuántas veces he visitado la encantadora ciudad de Asís, en la Umbría italiana. Siempre he procurado acercarme al convento de san Damián y a la basílica de Santa Clara em cuya cripta se custodia el cuerpo incorrupto de la santa. No puedo olvidar el impacto que me causó su figura en la película Hermano Sol, Hermana Luna, que vi en noviembre de 1975 en un cine de Castro Urdiales, en Cantabria. ¡Aunque tal vez lo que entonces me impactó fue la belleza encantadora de la joven actriz, Judi Bowker, que interpretaba a santa Clara! Hay varias cosas que me atraen de esta mujer. Destaco dos: su audacia e intrepidez para abrazar el estilo de vida pobre de Francisco de Asís (con lo que esto supuso de ruptura familiar y social) y su apasionado amor por la Eucaristía. Las Clarisas fundadas por ella siguen manteniendo vivo este espíritu ocho siglos más tarde. Ayer precisamente comenzó un Año Santo en el convento de las Clarisas de Soria, a quienes me siento muy unido por varios motivos.

En fin, que vale la pena estudiar la vida humana en los “libros vivos” de los hombres y mujeres que la han vivido en plenitud. 

viernes, 11 de agosto de 2017

Diálogo con el viejo poeta

Sí, llevo varios días escondido en un rincón de la sierra de Urbión, en el noroeste de la provincia de Soria. Es una tierra amada por los poetas. Supieron cantarla Gerardo Diego, Gustavo Adolfo Bécquer, Vicente García de Diego y otros muchos. El sevillano Antonio Machado se enamoró de ella y de sus gentes, hasta el punto de que llegó a contraer matrimonio con la joven soriana Leonor, muerta prematuramente a la edad de 17 años. Su cuerpo yace en el cementerio de El Espino. Resumiendo su experiencia soriana, el catedrático poeta llegó a escribir: “Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano”. Antonio Machado fue un andaluz enamorado de los paisajes dilatados y de la luz de Castilla. Yo, que soy castellano viejo, me reconozco en sus juicios, no siempre laudatorios. Desconfiaría de alguien que solo sabe decir cosas buenas de una tierra o un país. El mismo que admira la Castilla profunda, de horizontes inmensos y alma grande, denuncia con claridad sus miserias. No hay ni pizca de adulación o autocomplacencia. Su conocido poema La tierra de Alvargonzález está ambientado en estos parajes y es una prueba de ello.

Aprovechando la relativa quietud de las vacaciones estivales, me detengo a charlar un rato con el poeta de la vida cotidiana. Tiene la rara virtud de ser admirado por tirios y troyanos, lo que no es fácil en un país tan extremista como el mío. Nos sentamos en una terraza junto a la Audiencia de Soria, cuya campana siempre “da la una” para que funcione la rima: “Soria, tan bella bajo la luna”. Lleva puesto su sombrero y, a un lado de la silla, descansa su bastón de caminante, un símbolo más elocuente de lo que a primera vista parece.

Buenos días, don Antonio, ¿cómo se encuentra?

Un insatisfecho como yo nunca se encuentra; más bien, se busca. Ando buscándome desde hace tiempo, a ver si doy con mi misterio. ¿No ha visto usted esos cartelones que ponen en las películas americanas con la palabra Wanted? Pues pareciera que yo llevo uno colgado del pecho. Reconozco que soy un tipo un poco atolondrado, de pobre aliño indumentario, pero con corazón de niño.

Filosófico lo encuentro, don Antonio.

Ya sabe que, aunque sea catedrático de francés en este viejo instituto soriano que ahora lleva mi nombre, siempre me ha interesado mucho la filosofía. Si no sabemos de dónde venimos, quiénes somos y adónde vamos, ¿qué pintamos aquí? Pertenezco a una generación que no se contenta con respuestas enlatadas. En mí hay una verdadera pasión por la verdad, no la tuya o la mía, sino la verdad que todos buscamos.

Pues siento decirle que hoy estamos viviendo en el tiempo de la posverdad.

No entiendo qué quiere decirme. Esa palabra no está en mi vocabulario, pero mucho me temo que es un eufemismo para evitar hablar de falsedad y aun de mentira. No están los tiempos para aguantar el peso de la verdad. Me parece que las gentes prefieren refugiarse en las rutinas, los tópicos o –como decís ahora– en lo “políticamente correcto”. Está un poco descuidado el oficio de pensar.

Quizá porque no sabemos cuál es el camino por el que debemos transitar.

Siempre queremos que nos digan lo que tenemos que hacer, que nos marquen las pautas. El ser humano tiene algo de borrego. Hace años escribí aquello que mi admirado Joan Manuel Serrat ha hecho tan popular: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Creo que es la frase más conocida de cuantas he escrito a lo largo de mi vida. Me dicen que muchos la repiten como un mantra. Hasta han hecho posters y camisetas con ella. Sí, creo que el día que escribí ese poema tuve una especial visita de las musas. Sentía que el ser humano es, por esencia, viator, caminante, peregrino, que la vida no es una repetición de lo mismo sino una aventura que debemos arrostrar. Por eso, me desaniman tanto las personas conformistas, que siempre quieren hacer las mismas cosas, que no admiten el más mínimo cambio, que no pueden soportar una duda, que son como una noria que da infinitas vueltas sin moverse nunca de su sitio.

Quizá por eso siempre ha sido usted tan crítico con la España que dormita.

Sí, no se puede tener moral de hidalgos, de nobles venidos a menos que viven de recuerdos gloriosos y no saben ganarse el pan con el trabajo cotidiano. Admiro a las personas que piensan, sueñan, inventan, abren caminos, se aventuran, encajan los fracasos, vuelven a comenzar… Me parece que sin este espíritu emprendedor, la vida carece de sentido. Si yo soy aprendiz de poeta es porque quiero ir siempre un poco más allá, perforar las cosas rutinarias, estirar el significado de las palabras, ensayar nuevas sonoridades, adentrarme en el bosque espeso de nuestra identidad.

¿Le gusta ser conocido como el poeta de las cosas pequeñas?

Sí, y eso lo he aprendido en Castilla, donde la luz da a cada cosa su verdadera dimensión. No se necesita ser grandioso para ser grande. Tampoco es necesario deslumbrar para iluminar. Si algo admiro del castellano es su capacidad de llamar al pan, pan y al vino, vino, aunque a veces también se enroca en su terquedad. El arte consiste en desvelar delicadamente el secreto que esconde cada cosa, desde una simple margarita o un álamo del Duero hasta el corazón humano. Pero no hay que pretender domesticar las cosas, sino dejar que fluyan con suavidad y contemplarlas con admiración. Sí, soy un hombre que no hay perdido la capacidad de admirar el milagro de la vida. Quizá por eso tengo un espíritu infantil, a pesar de que hace mucho tiempo que peino canas.

¿Usted cree en Dios, don Antonio?

Me extrañaba que no me hiciera esta pregunta. Usted sabe que algunos me han tildado de masón y descreído. Otros han visto atisbos de fe en muchos de mis poemas. Si le soy sincero, no soy tan obtuso como para pensar que este mundo nuestro es solo producto del azar. No olvide que un poeta es siempre un explorador del infinito. Pero, por otra parte, me repugna una fe entendida como dogmatismo. Si antes le dije que soy un aprendiz de poeta, ahora tendría que responderle diciendo que soy un aprendiz de creyente, un eterno buscador. No crea que con estas palabras me salgo por la tangente. Es la forma como yo vivo mi personal relación con Dios. 

jueves, 10 de agosto de 2017

Injerencia humanitaria

Pasé el mes de junio de 2014 en Venezuela. Pude visitar Caracas, Maracaibo, Mérida, Los Teques y algunas zonas misionales en la zona del Delta Amacuro. Hablé con los misioneros claretianos que viven en el país y con otras muchas personas, incluidos los arzobispos de Caracas y de Mérida. La situación del país era ya muy tensa. La escasez de productos básicos era palpable. El precio de la gasolina resultaba irrisorio, mientras que el de productos básicos como el agua o la leche era altísimo. Desde entonces, la situación no ha hecho más que empeorar. Se trata de una guerra civil “a trozos”, expresión que el papa Francisco suele utilizar cuando habla de la tercera guerra mundial en curso. Millones de personas están sufriendo penurias económicas, acoso, vulneración de sus derechos, etc. Cada vez que alguien de fuera del país hace alguna advertencia crítica sobre la deriva autoritaria del régimen chavista, el presidente (in)Maduro enarbola el micrófono y habla de nefastas injerencias extranjeras. Ha aprendido a usar –aunque con menos estilo que su mentor Hugo Chávez– ese tipo de retórica ampulosa e insustancial al que nos tienen acostumbrados los dictadores de todas las latitudes. Creo que nadie como Charles Chaplin supo satirizarlos tan bien como él lo hizo en su conocida película El gran dictador. Lo que, desde fuera, suena ridículo e inhumano, desde las filas chavistas es aplaudido como si se tratara de una nueva genialidad del “líder máximo”. Nadie sabe cómo va a terminar la situación que ahora se está viviendo en el país, pero la tensión es evidente. La Unión Europea, Mercosur y otros países no han reconocido los resultados de las recientes elecciones. Otra luz roja se enciende.

No me gusta pontificar sobre problemas complejos. Quizás algunos de mis amigos venezolanos puedan sentirse un poco molestos de que alguien, desde fuera del país, se atreva a emitir algún juicio sobre la situación, pero las cosas han llegado a tal extremo que es peor el silencio que una voz un poco desafinada. Quienes conocen bien la historia de Venezuela suelen reconocer que, en tiempos de prosperidad económica, la corrupción y la desigualdad social eran rampantes. Por eso, muchos saludaron el golpe de Hugo Chávez con simpatía y esperanza. Se insertaba en la ola de movimientos revolucionarios que ha recorrido buena parte de América y que muchas personas (entre ellas, numerosos religiosos) saludaron con ingenua confianza. 

Aunque pronto advirtieron su estilo caudillista, les parecía preferible a la injusta situación anterior. Como todo dictador que se precie, supo granjearse el apoyo popular con medidas asistencialistas (en muchos casos, paternalistas) para los más pobres y continuas arengas contra el imperialismo yanqui y el demonio del neoliberalismo. Hugo Chávez se consideraba una especie de Simón Bolívar redivivo, hasta el punto de que todo lo que él representaba llevaba el marchamo de bolivariano, comenzando por el nombre oficial del país. Dominaba el arte de la oratoria populista. ¡Hasta tenía el famoso programa televisivo Aló, Presidente, que en su momento me pareció el colmo de la desfachatez y el populismo! Los años dorados del petróleo le permitían ser una especie de rey Midas mientras el tejido productivo del país se iba deteriorando sin remedio. Es difícil comprender cómo en pleno siglo XXI un pueblo puede dejarse engatusar por estos mesianismos, pero la realidad es tozuda y desmiente casi siempre las previsiones razonables. La culta Alemania también cayó en las garras del nazismo en los años 30 del siglo pasado, la España católica se enzarzó en una guerra civil y muchos norteamericanos acaban de apoyar a Donald Trump con la esperanza de que los va a conducir a “hacer grande otra vez a América”. Los ejemplos podrían multiplicarse. Los seres humanos tenemos una propensión innata a dejarnos llevar por las emociones primarias sin sopesar sus consecuencias a medio y largo plazo.

Es evidente que sin petróleo las cosas no hubieran llegado hasta el extremo al que han llegado. Es frecuente que en los países productores de petróleo (Rusia, Arabia Saudita, Estados Unidos, China, Canadá, Irán, Irak, Venezuela, Nigeria, Angola, Guinea Ecuatorial, etc.) se hable a menudo de si el oro negro es una bendición o una maldición, teniendo en cuenta lo que ha sucedido en muchos de ellos. Los intereses internacionales en la zona son evidentes. Desde hace décadas ya hay en Venezuela una “injerencia económica” sin pudor. Me pregunto si en la situación actual cabe imaginar una “injerencia humanitaria” que ayude al país a salir del atolladero en el que se encuentra y promueva la reconciliación nacional. 
El Vaticano lo ha intentado, pero, por el momento, no se perciben sus frutos. Fue Juan Pablo II quien aplicó a numerosas situaciones este controvertido concepto de “injerencia humanitaria”. Comprendo que es muy peligroso, pero nace de una comprensión del mundo como familia global y no solo como un mosaico de estados completamente soberanos. ¿Puede permanecer el resto del mundo con los brazos cruzados cuando en un país se vulneran gravemente los derechos humanos en virtud del sacrosanto principio del respeto a la soberanía nacional? El debate sigue abierto. Es verdad que las grandes potencias no tienen reparo en intervenir cuando hay intereses de por medio, casi siempre el petróleo o posiciones geoestratégicas. Por el contrario, cuando no hay nada que ganar, toleran las masacres mirando hacia otro lado. En el caso de Venezuela, los intereses son evidentes. A veces, tras un lenguaje políticamente correcto, se oculta un afán depredador. Sin cerrar los ojos a esta realidad de la que no se habla abiertamente, la OEA y la ONU tendrían que intervenir con más contundencia para asegurar que el país no entre en una espiral de violencia que lo suma en la guerra abierta y la pobreza. Personalmente, sí creo en la conveniencia –y aun en la necesidad– de este tipo de “injerencias” democráticas, con tal de que no haya intereses espurios ocultos (como a menudo sucede) o no se cobren peajes por ellas.



miércoles, 9 de agosto de 2017

Maestros de humildad y paciencia

Si uno se cree que es alguien por la formación recibida, el puesto que ocupa o las experiencias vividas, no hay nada como una “sesión de trabajo” con un grupo de niños para descender al nivel del suelo, del humus, que es la raíz de la palabra humildad. Uno está acostumbrado a que en muchos contextos le llamen de usted, le traten con deferencia y hasta le aplaudan si llega el caso. Entonces, llega una sobrina de siete años o un sobrino de tres y, en el ejercicio de su libertad irrefrenable, te espetan un “Eres tonto” que derriba en un segundo el castillo de naipes de la vanagloria. Para un niño pequeño, el título máximo al que puedes aspirar es el de “compañero de juegos”. Todos los demás son perfectamente inútiles y prescindibles. Si en los juegos demuestras tu incompetencia, puedes ser objeto de escarnio. Los niños no se cortan: “No tienes ni idea”, “Eres tonto”, “Mira cómo te gano”, etc. Si se te ocurre dejarte llevar, siquiera un poco, del deseo de ganar y, de hecho, ganas, entonces te llueven otro tipo de improperios: “Has hecho trampas”, “Eres un abusón”, “Así no vale”, etc. O sea, que en ambos casos llevas siempre las de perder. 

Los niños, en su insolencia, nos toman enseguida la medida. Nos obligan a despojarnos de cualquier ropaje con el que solemos disfrazar nuestra mediocridad y nos empujan a tumbarnos en el suelo y, a ese nivel, aprender a jugar; es decir, aprender a vivir. Naturalmente, ellos no son conscientes del magisterio implacable que ejercen con su osadía, pero, de hecho, consiguen rebajarnos como ningún otro ser humano puede hacerlo. Es como si hubieran leído la recomendación de Pablo en la carta a los Romanos: “Poneos al nivel de la gente humilde” (Rm 12,5). Una persona que nunca se deja educar por los niños corre el riesgo de no conocer sus puntos débiles (los niños los intuyen con precisión pasmosa) y de no desarrollar sus capacidades lúdicas. Corre un riesgo todavía mayor: el de no ser paciente. La paciencia no es una virtud muy valorada en la época de las comunicaciones ultrarrápidas, pero es esencial en los procesos de crecimiento personal. La impaciencia malogra la madurez. Parece que los niños, que son impacientes por naturaleza, están puestos para educar a los adultos en la paciencia de la que ellos carecen. En fin, paradojas de la vida.

martes, 8 de agosto de 2017

Los temas calientes

Estos días de descanso me están permitiendo encontrarme con amigos a quienes no veía desde hacía tiempo. Como no estamos apurados, podemos hablar con calma de muchas cosas, incluso de algunos posts publicados en este Rincón. Es inevitable que, en un momento u otro de la conversación, salgan a relucir algunos temas calientes. No tienen por qué ser rabiosamente actuales. Algunos son de naturaleza ética: la regulación de los nacimientos, la maternidad subrogada, la convivencia prematrimonial, la inseminación artificial, la investigación con células madre, la homosexualidad y, en general, la actitud cristiana ante los LGTB, la situación de los divorciados vueltos a casar civilmente, la eutanasia, el suicidio asistido, etc. Otros tienen que ver con la pastoral: las dificultades para la educación cristiana de los hijos, la lejanía de los jóvenes de la Iglesia y viceversa, el papel de la mujer en la Iglesia, los nuevos ministerios, etc. Sobre cada uno de estos temas suele haber una postura clara del magisterio de la Iglesia. Sin embargo, no siempre la postura oficial se percibe como una verdadera respuesta pastoral. Para muchos creyentes, se trata, más bien, de imposiciones que no se hacen cargo de la complejidad de cada situación y que no toman en serio los avances científicos que se han producido en las últimas décadas en relación con muchas de las cuestiones debatidas.

En torno a una cerveza o a un tinto de verano no siempre es fácil abordar con la profundidad requerida estos temas complejos. Pero, por otra parte, no se pueden esquivar porque forman parte de la trama de la vida. Si la fe no está en condiciones de iluminarlos, ¿para qué sirve? Es posible que en el otoño me anime a ir abordando, con más o menos regularidad, algunos de los temas apuntados. Eso me obligará a estudiarlos a fondo y ponerme al día. No en todos me siento competente. Necesito escuchar mucho antes de poder compartir mi opinión. Pero hay un par de criterios que un creyente debe tener en cuenta y que siempre me han acompañado en mi vida personal y pastoral. El primero es conocer bien lo que el magisterio de la Iglesia nos propone. Una decisión u orientación magisterial es casi siempre el resultado de un largo proceso de consulta, reflexión, oración y diálogo. En condiciones normales, no es imaginable que cualquiera de nosotros, a título individual, tenga un grado de información superior al que posee el magisterio de la Iglesia. Por otra parte, es un ministerio que Jesús ha querido en su Iglesia para acompañar a toda la comunidad en el conocimiento de la verdad. El magisterio tiene una especial asistencia del Espíritu Santo, que no puede ser ignorada o menospreciada de forma un tanto infantil y autosuficiente. Reconozco que esta actitud la he encontrado incluso en teólogos profesionales.

El segundo criterio es adiestrarnos en el arte del discernimiento espiritual. En general, los creyentes tradicionales han sido educados en la virtud de la obediencia. Según ellos, el buen creyente es el que obedece lo que el magisterio de la Iglesia propone, aunque no lo comprenda y aunque no lo comparta. Los creyentes liberales (por denominarlos con un término muy usado en los Estados Unidos) han crecido en ambientes en los que la libertad y la conciencia individuales parecen ser el valor supremo. Uno tiene que hacer lo que subjetivamente considere mejor, coincida o no con las orientaciones de la Iglesia. Creo que ni unos ni otros afinan el verdadero sentido del discernimiento cristiano. La cuestión es averiguar, cribar (eso es lo que significa discernir) lo que viene del Espíritu de Dios y lo que procede de otros “espíritus”: la moda, la tiranía de los medios de comunicación social, las presiones de los grupos de poder, el propio subjetivismo, etc. No es imaginable que el mismo Espíritu de Jesús ilumine al magisterio de la Iglesia en una dirección y a mí en la opuesta. Si así fuera, algo ha fallado en el discernimiento. Otra cosa diferente es que el Espíritu me impulse a aplicar las orientaciones del Evangelio y de la Iglesia a la situación particular que yo vivo y que, en consecuencia, el mismo valor pueda expresarse de maneras diferentes. Para los tradicionales, esto supone una traición. Para los liberales, es demasiado poco. Sin embargo, es la expresión de una fe madura a la que el Señor nos llama. Tendremos ocasión de volver sobre este tema más adelante.