lunes, 1 de agosto de 2016

La flor de la canela

Comienzo el mes de agosto en Lima, aunque quizá sería mejor poner la palabra en plural porque hay muchas Limas agrupadas en esa inmensa metrópoli peruana. Un día como hoy, un tipo serio como yo tendría que escribir sobre la metafísica de las vacaciones. O sobre el impacto de la hormiga roja en nuestro estado de ánimo. O sobre la homilía que ayer pronunció el papa Francisco en Cracovia. O sobre la amenaza que Donald Trump supone para la inteligencia humana habida cuenta de los desmanes que ha causado en la suya. Pero no, voy a escribir de un hermoso rincón de Lima. 

Hacía años que andaba intrigado por conocer “el viejo puente, el río y la alameda” a los que alude Chabuca Granda en su famosísimo vals La flor de la canela. Ayer, en mi largo paseo por Lima, pude disfrutar de ese rincón que resultó ser, poco más o menos, como lo había imaginado. Supongo que a los puristas les encanta la manera como Chabuca Granda interpreta su vals. No tengo nada en contra, pero yo he aprendido a saborearlo en la versión contenida y elegante de María Dolores Pradera. Os dejo con ella. Alguno preferiría un poco de reggaeton o de hip-hop, pero no están los tiempos para estos excesos.


De Lima podría contar muchísimas otras cosas, lo que pasa es que este blog no es la web de una agencia de viajes. Pasear por la Plaza Mayor (la antigua Plaza de Armas) a las siete de la tarde, alumbrado por farolas altas y discretas, con una temperatura en torno a los 20 grados, es uno de esos placeres que los dioses reservan a ciertos privilegiados. Del convento de los Franciscos es mejor no hablar. Su desmesura arquitectónica y artística exigiría parecida desmesura verbal. Y agosto –ya se sabe– es un mes rico en sensaciones pero parco en palabras. A domani.


domingo, 31 de julio de 2016

La "felicidad del sofá" no es cosa de jóvenes

Después de casi doce horas de vuelo de Madrid a Lima, uno no está para muchas bromas. Las siete horas de diferencia horaria tampoco ayudan a mantenerse muy despierto. Pero hoy no quiero escribir sobre mi viaje al Perú sino sobre la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) que este domingo se clausura en Cracovia. No he participado en ninguna JMJ, aunque pasé por Madrid cuando se celebraba en esa ciudad la edición de 2011. No tengo, pues, una experiencia directa. No soy joven ni trabajo directamente con los jóvenes. Sin embargo, siempre he mostrado simpatía por este acontecimiento. Me parece que responde al paradigma del “peregrino”, que es con el que más se identifican muchos jóvenes de todo el mundo. Se trata de ponerse en camino, juntarse, experimentar y regresar casa. 


Conozco las críticas que suelen hacerse, pero me parece que, en conjunto, son más las ventajas que los inconvenientes. Podría contar algunas historias de personas que han cambiado su vida después de la experiencia de la JMJ. Recuerdo una confidencia en enero de 2010. Viajando de Roma a Hong Kong, compartí vuelo con un ingeniero siciliano que vivía en Brisbane, una ciudad australiana. Estuvimos conversando casi todo el tiempo del vuelo. Entre otras cosas me contó el impacto que había supuesto para él haber participado en la JMJ del año 2000 celebrada en Roma.

Ayer aproveché un rato para ver a través de mi portátil parte de la vigilia que el papa Francisco tuvo con los jóvenes en el Campus Misericordiae de Cracovia. De su mensaje rescato este pasaje, que traduzco a la carrera:
“En la vida existe otro tipo de parálisis todavía más peligrosa y a menudo más difícil de descubrir y reconocer. Me gusta llamarla la parálisis que nace cuando se confunde la Felicidad con un sofá. Sí, creer que para ser felices necesitamos un buen sofá. Un sofá que nos ayude a estar cómodos, tranquilos, seguros. Un sofá como como los de hoy: modernos, con masajes que te ayudan a dormir, que te garantizan horas de tranquilidad para que te puedas sumergir en el mundo de los videojuegos y pasar horas ante el ordenador. Un sofá contra todo tipo de dolor y temor. Un sofá que nos encierra en casa sin esforzrnos y sin preocuparnos. La “sofá-felicidad” es probablemente la parálisis silenciosa que más nos puede echar a perder, que puede destruir más a la juventud”.
Reconozco que el papa Francisco es un experto en la creación de neologismos. Nunca había oído hablar de “sofá-felicidad” (divanofelicità, en italiano). Pero me parece que este concepto expresa bien una idea pasiva de la vida, ese dejarse hacer que caracteriza a tantas personas que consideran que el mundo es demasiado complejo, que nada se puede cambiar. Cuando uno tira la toalla del esfuerzo, solo aspira a un poco de tranquilidad para matar marcianitos o intercambiar mensajes a través de WhatsApp. El mundo se ha vuelto tan ingrato que todos sentimos la tentación de construirnos un pequeño refugio en el que estar a salvo de la violencia, la competitividad y la soledad. El sofá representa un mundo sin preocupaciones, una especie de coraza protectora frente al dolor de tantas personas que arrastran su existencia. 

Que el Papa se atreva a decir estas cosas cuando lo que uno se espera es un poco de rock para templar el alma mientras se agarra de la mano con los compañeros que tiene al lado, representa ya un choque. No, la JMJ no es un festival cristiano para tranquilizar conciencias. No es un refugio sino una rampa de lanzamiento. El Papa les dice a los jóvenes venid para, a renglón seguido, decirles id. Todo se juega en torno a estos dos verbos: venir (para que juntos sepáis mejor quiénes sois) e ir (para que el anuncio de Jesús no quede reducido a un pequeño círculo de iniciados).

No me olvido de que hoy es domingo y de que algunos esperáis el comentario de Fernando Armellini para comprender mejor el evangellio de este XVIII Domingo del Tiempo ordinario. El vídeo no tiene nada que ver con el evangelio de hoy, pero sí con la JMJ. ¿No os apetece bailar un poco?

sábado, 30 de julio de 2016

Humanidad sobrante

Viendo a tanta gente “vestida de turista” (es decir, de manera horrible) en el aeropuerto de Fiumicino tendría que escribir sobre el encanto/desencanto de las vacaciones, pero hay otro tema que pide paso. La entrada de hoy la escribo rodeado de gentes que van y vienen. Aguardo mi vuelo a Madrid y luego la conexión para Lima. He acabado acostumbrándome a la soledad de los aeropuertos. A veces, el ruido de la gente me inspira más que el silencio de mi cuarto. Hoy quiero abordar una cuestión que nos afecta a todos. O que nos afectará en su momento. Creo que me va a salir un artículo a borbotones, sin mucha lógica, pero desde el corazón. No voy a usar estadísticas ni estudios sesudos. Voy a dejarme llevar por lo que siento después de haber compartido con otras personas experiencias y reflexiones.

Algunos encuentros de los últimos días me han hecho pensar sobre el problema (¡ojo a la palabra!) de cuidar a los niños y a los ancianos en nuestra sociedad. Son los dos grupos de población más vulnerables. Como en esta sociedad basada en el consumo hemos decidido que “no tenemos tiempo” para ellos, hemos creado las guarderías (para los más pequeños) y las residencias (para los más ancianos). Ahí los dejamos (a veces los aparcamos) para que otros se ocupen de ellos. En general, se trata de buenas soluciones. Personal competente se encarga de hacer lo que nosotros no podemos… o no queremos hacer. Muchas veces es la única solución, sobre todo cuando se trata de ancianos que requieren cuidados especiales. Hoy pocas personas cuestionan estas instituciones. Se consideran imprescindibles. Sin ellas sería imposible nuestro estilo de vida actual.

Quizá no hay que hacer un drama de esto. La historia va evolucionando. Cambian las formas de ocuparnos de quienes lo necesitan. Pero no deja de representar un desafío. ¿Qué tipo de sociedad hemos creado que casi nos imposibilita ocuparnos de los más débiles? ¿Qué valores ocupan la cumbre de la pirámide? ¿A qué damos más importancia? No deja de ser llamativo que cuando éramos más pobres (al menos en renta per cápita), las familias encontraban soluciones para hacerse cargo de los niños y los ancianos sin tener que recurrir a ayudas externas. Unos y otros se sentían en casa, junto a los suyos. Ahora que hemos incrementado nuestro nivel de renta (incluso durante la crisis) nos consideramos incapaces de hacer frente a nuestras obligaciones. Aducimos todo tipo de argumentos: las viviendas son pequeñas, los dos cónyuges tienen que trabajar fuera de casa para hacer frente a los numerosos gastos, no podemos estar esclavizados todo el día cuidando de los niños o los abuelos, tenemos derecho a nuestra autonomía, éste es un asunto del estado, etc. Muchas familias atraviesan momentos de gran tensión cuando tienen que afrontar estas situaciones. No saben qué hacer. Se sienten culpables. Carecen de criterios claros.

Una sociedad que no sabe qué hacer con sus miembros más débiles es una sociedad que ha perdido el rumbo. Si algo caracteriza al cristianismo en relación con otras religiones y estilos de vida es su preocupación por los que no cuentan, por los excluidos, por los que están al margen. Para Jesús no hay “humanidad sobrante”. Él se dedicó de manera especial a aquellos que “sobraban” en su tiempo, incluidos los niños. Era una manera concreta de decir que para Dios nadie sobra. Más aún: que los preferidos de Dios son aquellos que no se valen por sí mismos, que necesitan el concurso de los demás para sobrevivir. Dedicarles nuestro tiempo y nuestro amor no es una pérdida sino una ganancia. No robamos nada a otras ocupaciones porque no hay ocupación más noble que prestarle a Dios nuestro tiempo, nuestro corazón y nuestras manos para hacernos cargo de quienes nos necesitan. Quizá la cuestión no es "guardería sí-guardería no", "residencia sí-residencia no" sino el amor que ponemos en las decisiones que tomamos, las formas que encontramos para hacer sentir a los nuestros que los queremos (tanto si están en casa como si están fuera), que contamos con ellos, que no sobran.

Es evidente que los niños y los ancianos, por diversas razones, nos necesitan. Ellos no tendrían que engrosar nunca la categoría de "humanidad sobrante" a la que se refiere el papa Francisco con mucha claridad: “Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».”. Ya sé que el verano exigiría otros temas más ligeros, pero hay algunos asuntos que llaman a la puerta con insistencia. No se los puede dejar fuera.

viernes, 29 de julio de 2016

Busco semillas, no árboles

En la cultura del todo rápido no hay tiempo ni paciencia para los procesos lentos. Hace años, si uno quería crear un jardín buscaba las semillas más adecuadas, las plantaba, las regaba y seguía con calma y atención el proceso de crecimiento. Lograr un buen jardín era el fruto de toda una vida. Hoy los viveros venden las plantas y árboles ya formados. Basta trasplantarlos con profesionalidad. De la noche a la mañana un erial se puede convertir en un vergel. Es un modo rápido y eficaz de cumplir la profecía bíblica: “El desierto se convertirá en vergel y el vergel parecerá un bosque” (Is 32,15). Pero un jardín así creado parece más un decorado teatral que un conjunto vivo. Lo artificial no sustituye a lo natural aunque lo imite y, en ocasiones, parezca mejorarlo.

Acostumbrados a las acciones rápidas, casi instantáneas con ayuda de la informática, se nos hace cuesta arriba pensar en procesos de larga duración. Queremos obtener resultados rápidos y precisos. El tiempo de la artesanía ha pasado. Vivimos en la era de las creaciones digitales. Con una impresora 3D puedes convertir un diseño digital (desde un hueso humano hasta una casa) en un producto material. Las ventajas son enormes cuando se trata de fabricar objetos, pero ¿qué pasa cuando buscamos formar sujetos? El crecimiento humano no es instantáneo. No basta pensar en acciones concretas. Necesitamos imaginar procesos, itinerarios largos. Tenemos que entrenarnos en las virtudes que nos ayudan a recorrerlos: constancia, paciencia, cuidado, vigilancia, confianza, etc.

En las procesos de crecimiento humano y espiritual no tienen cabida los productos prefabricados. No hay farmacias que expendan una caja de virtudes o unas pastillas de oración. Lo que importa es que alguien nos ayude a plantar semillas de buena calidad. Ellas, por sí solas –como nos recuerda Jesús (cf. Mc 4,26-29)–,  irán creciendo. No tenemos que obsesionarnos instalando cámaras de vigilancia las 24 horas del día y de la noche. Basta que apliquemos la necesaria dosis de sol y agua. Las semillas contienen dentro la energía para su propio desarrollo. Al cabo del tiempo se convertirán en arbustos o en árboles, según su especie.

La misión de los padres y educadores consiste en seleccionar las semillas mejores y plantarlas, no en trasplantar árboles para decorar una tierra yerta. Quizá no alcancemos a ver los frutos, pero en el momento oportuno se producirán: “Uno es el que siembra y otro el que siega” (Jn 4,37).

jueves, 28 de julio de 2016

Meditación breve de una noche de verano

Escribo con la ventana abierta. Son casi las 11 de la noche. Me entra una brisa suave que atempera un poco el bochorno del día. Acabo de ver al papa Francisco por televisión. Se despedía de los jóvenes desde la ventana del Arzobispado de Cracovia. Les ha hablado del diseñador de los materiales de la JMJ, muerto de cáncer el pasado 2 de julio a la edad de 22 años. Se me ha puesto la carne de gallina. Recuerdo algunas de las palabras de Francisco: “Porque la vida es así: hoy estamos aquí, mañana estaremos allá. El problema es escoger el camino justo, como él lo escogió”. Nuestro futuro es siempre incierto. Contamos con la fuerza de la esperanza. Pero la noche sigue siendo noche.

La entrada de ayer, dedicada al sacerdote asesinado en Francia, ha sido una de las más leídas de las últimas semanas. Se ve que el problema del terrorismo nos toca de cerca. No solo por sus consecuencias trágicas sino porque levanta acta de un fracaso colectivo: la incapacidad de construir sociedades abiertas en las que podamos vivir juntos personas de distintas religiones, culturas, lenguas, razas, etc. Vuelve el temor a la conquista musulmana de Europa y, en definitiva, a la islamización forzosa del mundo. El papa Francisco intenta con todas sus fuerzas separar la violencia de la religión islámica, pero algunos hechos son tozudos. El tiempo –que es superior al espacio– nos hará ver la dirección que toman los acontecimientos. La actitud amorosa no se opone a la vigilancia y la astucia.

Desde mi cuarto oigo el ruido de algunos coches que siguen circulando a esta hora. Roma se va acallando poco a poco. A pesar del cansancio acumulado en los últimos días, no tengo sueño. Aprovecho estas horas nocturnas para remansar los recuerdos. Cuando las aguas están muy agitadas no se puede ver el fondo. Y yo necesito ver. La ceguera nos vuelve esclavos. Recuerdo el Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, leído hace un par de décadas. Yo necesito ver. El ruido de la vida no deja ver. A simple vista, parece que no hay correlación entre un efecto acústico y otro visual, pero así lo percibo. Sin silencio no veo. Quizá por eso me gusta la quietud de la noche: porque veo sin luz. Y lo que veo es lo que he escuchado en el evangelio de esta mañana: que “el Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo; el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo” (Mt 13,45-46). El tesoro de la vida está escondido, no se percibe a simple vista. Quien lo encuentra se llena de alegría. Viendo los rostros mustios de muchas personas uno tiene la impresión de que son pocos los que lo han encontrado. Son también pocos los que venden todo lo que tienen. Son muchos los que quieren comprar para tener más. Algo no funciona.

Me da vueltas en la cabeza la expresión de Jesús: tesoro escondido. ¿Es mi fe un tesoro? ¿Me llena de alegría? Me hago estas preguntas porque mi alegría no es diáfana. Quizá estoy un poco ciego. Busco pero no encuentro. El problema es “escoger el camino justo”. Lo acaba de decir el papa Francisco en la noche de Cracovia. Tesoro escondido… camino justo… Me voy a la cama rumiando estas palabras. Mañana será otro día. 

miércoles, 27 de julio de 2016

Donde haya odio, ponga yo amor

Ayer,  minutos después de que mi avión de regreso a Roma despegara del aeropuerto Charles de Gaulle de París, en Saint Etienne du Rouvray, a pocos kilómetros de la capital francesa, dos terroristas, autoproclamados miembros del ISIS, degollaron al anciano sacerdote Jacques Hamel mientras celebraba la misa con unas pocas personas. Que Dios acoja a este buen hombre y a todas las víctimas del terrorismo de las últimas semanas en Francia, Alemania y varios países de Oriente Medio. El martirio del sacerdote francés recuerda al sufrido por otros muchos cristianos desde hace años en Siria, Iraq, Nigeria, Pakistán, Bangladesh y varios países africanos y asiáticos. En algunos casos, se trata de mártires olvidados, casi como de segunda categoría, pero su vida y su testimonio son inapreciables. En Europa ha llamado mucho la atención el asesinato de Jacques Hamel porque es la primera vez que se produce un asesinato de un sacerdote en una iglesia a manos de un terrorista islámico. Yo me he acordado enseguida del asesinato del beato Oscar Romero en 1980 cuando estaba también celebrando la misa en una pequeña capilla de San Salvador.

¿Qué nos está pasando? ¿Por qué el extremismo islámico está golpeando a muchos musulmanes y a bastantes cristianos? ¿Se trata de lobos solitarios con graves problemas psíquicos –como afirman algunos expertos– o, más bien, estos casos inhumanos y absurdos –aparentemente aislados– forman parte de una estrategia de venganza, intimidación y terror, de una "racionalidad invertida"? Es difícil saberlo. Ayer por la noche, en un informativo de la RAI italiana, escuché a un imán pedir perdón por estos crímenes que él calificó de “crímenes contra la humanidad”, más allá de la religión de los asesinos o las víctimas. Por parte cristiana, me gustaron las declaraciones del obispo católico Vincenzo Paglia, que animaba a responder a estos ataques llenando las iglesias, mezquitas y sinagogas, para hacer ver que la religión, cuando se vive con autenticidad, es siempre fuente de paz y reconciliación, nunca de intolerancia o de muerte.

Yo he hablado con algunos amigos que se inclinan por una respuesta contundente por parte de las autoridades europeas: restricciones de entrada en la Unión Europea a los sospechosos de colaboración con el ISIS, mayores controles policiales, bombardeos de las posiciones del Estado Islámico, etc. Creo que algunas medidas represivas son imprescindibles cuando la sinrazón se abre camino. Pero de ninguna manera hay que dejarse llevar por la venganza y el odio. Una respuesta de este tipo, además de no ser cristiana, no haría sino incrementar la violencia en una imparable cadena acción-reacción de consecuencias imprevisibles. 


Por otra parte, tampoco podemos dejarnos intimidar. La gran victoria del terrorismo consiste precisamente en hacer que una sociedad viva con miedo, que renuncie a moverse con libertad, a expresar sus ideas, a practicar sus cultos, a divertirse, etc. Inocular el miedo y la venganza en el alma de un pueblo significa robarle la identidad y el futuro. Nunca tendríamos que caer en esta trampa. En situaciones como ésta, siempre recuerdo unas palabras de la oración atribuida a san Francisco de Asís: “Que donde haya odio, ponga yo amor”. La fuerza del amor es más poderosa que cualquier reacción policial o militar. Nos ayuda a mirar a las personas a los ojos, a desarmar sus mecanismos de agresividad, a interrogarnos sobre lo que hemos hecho mal, a buscar las verdaderas causas de estos fenómenos, a purificar las religiones de sus contenidos violentos, a pedirnos perdón, a buscar juntos nuevos caminos de integración sociocultural, a mejorar las condiciones de las sociedades pluralistas, a controlar y tratar a los psicópatas, a practicar el diálogo interreligioso y la colaboración... Si éste no es el camino, ¿cuál?

martes, 26 de julio de 2016

Viajar nos ayuda a conocernos

Son las 7 de la mañana. Estoy en la sala F54 del aeropuerto Charles de Gaulle de París. Acabo de llegar de Kinshasa, después de un viaje tranquilo de más de siete horas. Mi vuelo para Roma está previsto para las 9,45. Dispongo de tiempo para escribir la entrada de hoy. El aeropuerto es un hormiguero de gente. Estamos a finales de julio, tiempo de vacaciones en Europa, así que muchas personas aprovechan para viajar. Si algo he aprendido en los muchísimos viajes que he hecho a lo largo de mi vida es que cuando uno afronta situaciones nuevas conoce aspectos de sí mismo que a menudo ignora. Cuando nos movemos siempre en los mismos espacios, con los mismos horarios y con la misma gente, tendemos a repetir patrones de conducta. Nos sentimos cómodos porque, más o menos, sabemos cómo vamos a reaccionar. En la vida cotidiana suele haber pocas sorpresas. Todo es demasiado previsible. La gente que vive a nuestro lado ya sabe qué palabra vamos a pronunciar cuando se habla de algunos temas, qué rutinas vamos a poner en marcha, etc. Todo esto nos proporciona una confortable placidez, pero no nos ayuda mucho a crecer. 

Cuando viajamos nos sentimos un poco descolocados. Salimos de nuestra “zona de confort” y ensanchamos nuestra “zona de aprendizaje”, pero eso implica casi siempre atravesar la “zona de pánico”. Si nunca hemos tenido problemas con la autoridad no sabemos cómo vamos a reaccionar cuando un policía nos detiene en el aeropuerto y pone a prueba nuestra paciencia. No nos sentimos igual hablando siempre la propia lengua que cuando tenemos que expresarnos en otra. Uno tiene que asumir sus limitaciones expresivas. Dormir siempre en la misma cama no es lo mismo que cambiar de cama cada dos o tres días, descubrir dónde demonios está el interruptor de la luz (casi siempre en lugares inverosímiles), cómo funciona la ducha (en el caso de que funcione) o averiguar qué reacciones va a producir al estómago una ingesta de mañoca o de pescado refrito. Las nuevas situaciones nos ayudan a explorar nuestra agresividad latente, nuestros miedos e inseguridades, nuestras manías, nuestras actitudes racistas o xenófobas, nuestros prejuicios culturales, etc. Muchas veces nos consideramos abiertos y maduros, pero en realidad no lo sabemos porque no hemos puesto a prueba en circunstancias adversas nuestras verdaderas convicciones y actitudes.

Las nuevas situaciones constituyen también una oportunidad para sacar de nuestra bodega los mejores vinos. Aprendemos a relacionarnos con las personas de tú a tú, comprobamos nuestra resistencia ante las situaciones adversas, encontramos soluciones creativas a problemas inesperados, nos abrimos a la colaboración con otros, ensanchamos nuestro sentido del humor y, en general, nos hacemos más tolerantes y abiertos. Algo de todo esto he podido practicar en las semanas transcurridas en Gabón y Congo. Veremos si cuando llegue a casa me ha servido de algo.