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domingo, 26 de junio de 2016

Un poco de alma, por favor

Me cuesta entender el Brexit, pero la vida está llena de casos irracionales. Leo en los periódicos digitales de España, Italia y Reino Unido infinidad de reacciones. Hasta parece que se han recogido ya más de dos millones de firmas para pedir la convocatoria de un nuevo referendo, lo cual demuestra hasta qué punto muchos votaron de manera visceral y ahora se arrepienten de las consecuencias. Actuaron en plan hooliganaunque fueran dulces abuelitas del Cambridgeshire con una pamela en la cabeza y una taza de té en la mano. No sé qué curso tomarán los acontecimientos a partir de ahora, pero el daño está hecho. O quizá se han disparado las alarmas. ¡Atención, luz roja! No hay mal que por bien no venga. El Brexit va a exigir repensar la Unión Europea. Puede servirnos para darnos cuenta de que un cuerpo sin alma pronto se corrompe. 

De las elecciones generales en mi país prefieron no decir nada por el momento. Quizá comente algo cuando se conozcan los resultados. Estoy tan fuera de juego que no escribiría con el suficiente conocimiento de causa. Además, hoy es mi 34 aniversario de ordenación sacerdotal. Prefiero que dominen los sentimientos de gratitud sobre los de enojo o frustración. ¡Que no decaiga!

Pero volvamos al asunto de Europa porque pueden cambiar muchas cosas. La Unión Europea es un cuerpo gigantesco: 28 países y 500 millones de personas. Tiene miles de funcionarios y emana miles de directivas comunitarias. Posee una moneda casi común (el euro) y un espacio donde casi circulan libremente las personas y los bienes y servicios. Posee una bandera y un himno. Dispone de un Parlamento y de una Comisión. Es la primera potencia económica mundial, aunque en las listas internacionales cada país figura por separado. Pero –siempre hay un pero– este inmenso organismo parece más un robot que un cuerpo animado. Le falta alma, aunque su inspiración fue muy clara. En su día hubo muchas reticencias a incluir en la Constitución europea una referencia a las raíces cristianas del continente.  Quizá lo de menos es la expresión escrita. Pero, ¿hay alguna forma de entender Europa sin el cristianismo? Es conocido el dicho del literato alemán Johann Wolfgang von Goethe: “Europa se hizo peregrinando a Santiago de Compostela”. Hoy en Europa tenemos muchos caminos de peregrinación. A los tradicionales (Roma, Santiago de Compostela, Czestochowa, Montserrat, Loreto, Walsingham, etc.) se unen otros más recientes como Lourdes, Fátima o Taizé, que congregan a miles de personas y refuerzan nuestra condición de “pueblo en marcha”. 

Para la socióloga francesa Danièle Hervieu-Léger, el paradigma del “peregrino” –a diferencia de los paradigmas del “observante” y del “militante”, típicos de décadas pasadas– es el que mejor caracteriza a los creyentes europeos de hoy, e incluso a muchos hombres y mujeres que buscan un nuevo sentido a su vida en momentos de crisis y transición. Solo cuando salimos de nosotros mismos y nos ponemos a caminar con otros descubrimos quiénes somos y cuál es nuestra misión. Europa necesita centralizar muchos servicios esenciales (en materia fiscal, diplomática, de defensa, etc.) y descentralizar otros que pueden ser cubiertos por instancias más cercanas al ciudadano, según un normal principio de subsidiaridad. Pero necesita, sobre todo, un alma, una mística común que le permita peregrinar con sentido y, desde su matriz cristiana, integrar otros muchos elementos, incluida la cultura laica que se ha ido gestando en los últimos siglos. Necesita creer en los valores (libertad, igualdad, fraternidad) que la han forjado a lo largo de los siglos. Necesita sentirse a gusto con lo que es, infundir esperanza. Necesita acoger e integrar a los que vienen.  Necesita combinar un fuerte sentido de unidad continental con un respeto exquisito a la diversidad. Tiene que abandonar las luchas intestinas, los procedimientos interminables, la burocracia excesiva, etc. Si no reacciona a tiempo, los populismos y extremismos conquistarán el espacio social y la fragmentación acabará con ella. Volveremos a los egoísmos nacionales o regionales, a los deseos de dominio. No son descartables estallidos de diverso género. ¿O es que la historia no sirve para nada?

Hoy es el XIII Domingo del Tiempo Ordinario. Nos merecemos una pausa de descanso y celebración. Os dejo, como siempre, con el vídeo de Fernando Armellini.



lunes, 16 de mayo de 2016

Euro-visión, mucho más que un festival

El pasado sábado 14 de mayo se celebró en Estocolmo la 61 edición del famoso festival de Eurovisión. De los 42 países participantes, solo 26 llegaron a la gran final. Ganó Jamala, la representante de Ucrania, que cantó ante los 10.000 espectadores que abarrotaban el Globe Arena de la capital sueca. 

Hace años que no sigo este certamen. Recuerdo los tiempos de Eres tú de Mocedades en 1973 y algunos otros éxitos aislados. Lo que más me interesa es precisamente el nombre. Ya sé que la palabra Eurovisión, antes que al famoso festival, se refiere a la red de distribución de televisión que forma parte de la Unión Europea de Radiodifusión. Pero a mí me interesa emplearla en un nuevo sentido: como la visión de una nueva Europa. Me parece urgente dedicar tiempo y energías a imaginar cómo nos gustaría que fuera el “viejo continente”. La llegada masiva de refugiados, la eclosión de algunos nacionalismos, el crecimiento de movimientos xenófobos, la parálisis institucional, el referéndum británico (el famoso Brexit), el gigantismo burocrático en detrimento de la participación popular, la falta de un claro proyecto de futuro, … están poniendo en crisis el significado de la Unión Europea. Necesitamos una nueva Euro-visión.

El pasado 6 de mayo, en su discurso de aceptación del Premio Carlomagno 2016, el papa Francisco –que no es europeo– nos recordó que “la creatividad, el ingenio, la capacidad de levantarse y salir de los propios límites pertenecen al alma de Europa”. Después de alabar el esfuerzo hecho tras la Segunda Guerra Mundial para construir, por libre decisión, la “casa común europea”, Francisco aludió a la crisis actual: “Aquella atmósfera de novedad, aquel ardiente deseo de construir la unidad, parecen estar cada vez más apagados”. Se atrevió a ir más lejos. El Papa ve hoy “una Europa decaída que parece haber perdido su capacidad generativa y creativa. Una Europa tentada de querer asegurar y dominar espacios más que de generar procesos de inclusión y de transformación”. 

Luego, de forma retórica, nos ayudó a despertarnos del letargo con algunas preguntas incisivas: “¿Qué te ha sucedido Europa humanista, defensora de los derechos humanos, de la democracia y de la libertad? ¿Qué te ha pasado Europa, tierra de poetas, filósofos, artistas, músicos, escritores? ¿Qué te ha ocurrido Europa, madre de pueblos y naciones, madre de grandes hombres y mujeres que fueron capaces de defender y dar la vida por la dignidad de sus hermanos?”.

Pensando en el futuro, el papa Francisco sugiere tres pistas concretas: capacidad de integrar, capacidad de diálogo y capacidad de generar. Terminó su discurso, a la manera de Martin Luther King, compartiendo su “sueño de Europa”. Lo transcribo íntegramente:
“Sueño un nuevo humanismo europeo, «un proceso constante de humanización», para el que hace falta «memoria, valor y una sana y humana utopía».
Sueño una Europa joven, capaz de ser todavía madre: una madre que tenga vida, porque respeta la vida y ofrece esperanza de vida.
Sueño una Europa que se hace cargo del niño, que como un hermano socorre al pobre y a los que vienen en busca de acogida, porque ya no tienen nada y piden refugio.
Sueño una Europa que escucha y valora a los enfermos y a los ancianos, para que no sean reducidos a objetos improductivos de descarte.
Sueño una Europa, donde ser emigrante no sea un delito, sino una invitación a un mayor compromiso con la dignidad de todo ser humano.
Sueño una Europa donde los jóvenes respiren el aire limpio de la honestidad, amen la belleza de la cultura y de una vida sencilla, no contaminada por las infinitas necesidades del consumismo; donde casarse y tener hijos sea una responsabilidad y una gran alegría, y no un problema debido a la falta de un trabajo suficientemente estable.
Sueño una Europa de las familias, con políticas realmente eficaces, centradas en los rostros más que en los números, en el nacimiento de hijos más que en el aumento de los bienes.
Sueño una Europa que promueva y proteja los derechos de cada uno, sin olvidar los deberes para con todos.
Sueño una Europa de la cual no se pueda decir que su compromiso por los derechos humanos ha sido su última utopía”.
Yo soy un europeísta convencido. No olvido las enormes dificultades que tiene el proyecto europeo, soy muy consciente de la crisis actual, comprendo algunas reacciones nacionalistas, pero nada de esto es comparable al proyecto de un continente unido que sepa integrar su rica diversidad en una nueva visión de futuro. 

Muchos dicen que la Unión Europea es solo un laberinto burocrático al servicio de Alemania, su tercer intento (¿pacífico?) de dominar el continente. Achacan al euro los males de la economía. Insisten en el abismo Norte-Sur. Echan de menos una política laboral y fiscal común. Son críticas razonables. Pero una crisis coyuntural no debe olvidar que se trata de un proyecto a largo plazo que ha cubierto ya etapas decisivas. No conviene tirar la toalla a mitad de camino.


El “sueño del papa Francisco” señala con claridad algunas líneas de actuación. Hacen falta políticos comprometidos que las gestionen con inteligencia y generosidad y ciudadanos que las apoyemos con nuestras capacidades y propuestas. Si no existiera algo parecido a la Unión Europea, la echaríamos de menos en este mundo global.

domingo, 17 de abril de 2016

En Lesbos el sábado fue domingo

Ayer pasé todo el día en Londres. Fue una jornada típicamente británcia, con ratos de sol, de lluvia fina y de cielo cubierto. El centro de la ciudad estaba invadido por hordas de turistas. Abundaban los españoles e italianos. Al acercarme a la sede central de la BBC, comprobé en las grandes pantallas del hall de entrada que la primera noticia del día era el viaje relámpago del papa Francisco a la isla griega de Lesbos. La BBC tiene tradicionalmente una tendencia un poco anticatólica, pero la noticia era la noticia. Hoy todos los periódicos se hacen eco, aunque sin captar bien el alcance del gesto. No conviene acentuar mucho algo que puede resultar incómodo y exigente para todos, no solo para los políticos europeos. Lo que ayer hizo el Papa (visitar el campo de refugiados de Moria, firmar una declaración conjunta con Su Santidad Bartolomé, patriarca ecuménico de Constantinopla, y Su Beatitud Jerónimo, arzobispo de Atenas, orar con ellos y llevarse a Roma doce refugiados) fue anticipar el domingo al sábado. Ayer, en Lesbos, se vivió un auténtico domingo: el día del Señor. El viaje relámpago del Papa fue su mejor comentario al Evangelio de este cuarto domingo de Pascua, conocido como el Domingo del Buen Pastor. El buen pastor, a diferencia del simple asalariado, conoce a sus ovejas y da su vida por ellas. 

No olvidemos que hoy es también la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Se necesitan pastores con un corazón compasivo, atentos a las verdaderas necesidades de las personas. Este año 2016, el Papa nos ha dirigido un mensaje sobre "La Iglesia, madre las vocaciones".

Creo que hoy las imágenes son más elocuentes que las palabras. Os dejo con una meditación visual que nos ayude a profundizar en el significado de lo que ayer sucedió en la isla de Lesbos.


EN LESBOS EL SÁBADO FUE DOMINGO


No hay distancia de seguridad. El papa Francisco se acerca y acaricia a un niño en brazos de su padre. Una caricia no cambia el mundo, pero hace más humana una situación que puede volverse crónica por culpa de la indiferencia, la burocracia y la comodidad.



Existe un ecumenismo del dolor que es más eficaz que todas las declaraciones escritas. Católicos y ortodoxos estamos juntos en actitud samaritana. Lo que se hace difícil por la vía de la razón se resuelve por la vía de la justicia y la compasión.



Los niños son los más vulnerables. Cientos de ellos han muerto a lo largo de este éxodo que parece eterno. Para ellos no habido oportunidad. Por eso tener en brazos a un recién nacido significa apostar por la esperanza. Juntos podemos. No hay ningún destino maldito que nos impida superar esta situación.



Este joven es más atrevido que todos los cardenales juntos. No me imagino a ninguno de ellos haciéndose un selfie con el Papa. Mientras la mano derecha sostiene y enfoca el teléfono, la izquierda se posa suavemente sobre el hombro del Papa. Tranquilo, Santidad, cuente con nosotros. Algún día les mostaré a mis hijos que usted se acercó a nosotros. No quiero olvidarlo. No es un refugiado de Lesbos, pero está aquí como ejemplo de una actitud de confianza y sano atrevimiento. A decir verdad, el Papa parece más asustado que él.



Los jóvenes buscan un futuro mejor. Buscan libertad. Su pancarta expresa bien sus aspiraciones. En medio de las pruebas, no renuncian a la sonrisa. Si lo hicieran, el mundo habría acabado para ellos. El apretón de manos rubrica una especie de contrato: Yo vengo aquí, vosotros tenéis que seguir viviendo.



El mar Mediterráneo -más Mare Nostrum que nunca- se ha convertido en un inmenso cementerio. Nosotros no olvidamos a todos los emigrantes engullidos por sus aguas. Las flores testimonian nuestro recuerdo y, sobre todo, nuestro compromiso. Señor, concédeles el descanso eterno y a nosotros danos el valor de luchar contra estas muertes injustas.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Europa se hace desde abajo

Erasmo de Rotterdam
Los atentados de ayer en Bruselas copan la información. Hay una cascada de imágenes y opiniones. Esto hace que aquí en Italia haya pasado a segundo plano una noticia que conmovió al país el pasado domingo: la muerte de siete muchachas italianas en el fatídico accidente de autocar que tuvo lugar en Tarragona, España. Todo el país se volcó con las familias. El primer ministro, Matteo Renzi, voló al lugar de la tragedia para expresarles el pésame. Accidentes de este tipo reabren el debate sobre la seguridad de los transportes públicos, la atención a las víctimas, etc. 

En este caso, hay un dato curioso: todos los pasajeros eran jóvenes de diversos países europeos que participaban en el programa Erasmus. Es probable que muchos de los lectores de este blog que no son europeos no sepan de qué se trata. En síntesis, es un programa patrocinado por la Unión Europea que apoya y facilita la movilidad académica de los estudiantes y profesores universitarios dentro de los Estados miembros. Esto permite que miles de jóvenes aprendan una nueva lengua, prosigan sus estudios en otros centros académicos, establezcan nuevas relaciones con jóvenes de diferentes países y conozcan la gran diversidad del continente. Recibe el nombre del famoso humanista del Renacimiento Erasmo de Rotterdam

El periodista italiano Beppe Severgnini ha escrito que este programa ha hecho por la integración europea más que todas las instituciones de la Unión juntas. Porque el programa no se limita a promover una política europea, o un currículo académico europeo, etc. El programa hace europeos; es decir, ayuda a los jóvenes a tomar conciencia de su identidad continental viviendo en primera persona sus inmensas posibilidades. El programa aplica al pie de la letra el principio pedagógico learning by doing, se aprende haciendo. No se trata, pues, de estudiar lo que significa Europa o de conocer con detalle las instituciones de la Unión Europea. Se trata de vivir Europa, de crear una nueva generación que sienta que Europa es su casa y que, por tanto, no se vea sometida a la tentación de luchar contra sus vecinos. La historia de desencuentros solo se puede superar con una historia de encuentros. El accidente de Tarragona puede disuadir a algunos padres de enviar a sus hijos a otros países, pero sería un error. Un accidente no puede alterar un programa que, a pesar de sus limitaciones, está facilitando la construcción de Europa "desde abajo" y que sirve de contrapeso a los excesos burocráticos que vienen "desde arriba" y que tanto desaniman a los ciudadanos.

Uno de los pilares del programa Erasmus –que algunos maliciosamente han calificado de programa Orgasmus por su fama de promotor de fiestas– es el aprendizaje de lenguas, factor clave para la integración europea. Lo ideal sería que todos fuéramos, al menos, trilingües. Aparte de ampliar nuestro círculo de relaciones, ensancharía nuestro horizonte mental y nos ayudaría a valorar la enorme diversidad de un continente que, tras siglos de dominio en todo el mundo, se pregunta cuál es su lugar en el siglo XXI. 

Para algunos, Europa ocupará un puesto marginal. Será un mero apéndice del imperio chino o un espacio islamizado. Pagará las culpas de sus muchos "pecados históricos". Su arrogancia la condenará al olvido. Pero, para otros, como el joven pensador británico Mark Leonard, Europa liderará el siglo XXI. Así lo expuso en un famoso libro escrito en 2005. 

Sea como fuere, necesitamos jóvenes que tengan una idea clara de sus raíces, se sientan habitantes de un espacio común y el entrenamiento en diversos países les ayude a abrir Europa al mundo entero, a superar la idea de una Europa-fortaleza para sustituirla por la idea de una Europa en red con otros pueblos de los cinco continentes. 

Para no hacer muy indigerible este post os dejo con un vídeo que recoge todas las canciones ganadoras del famoso festival de Eurovisión. No es necesario que expreséis vuestras protestas.


Yo me quedo –quizá por eso de la nostalgia– con el tema "Eres tú" de Mocedades. No ganó, pero logró el segundo puesto en 1973 y, desde luego, una enorme popularidad en todo el mundo.