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domingo, 17 de abril de 2016

En Lesbos el sábado fue domingo

Ayer pasé todo el día en Londres. Fue una jornada típicamente británcia, con ratos de sol, de lluvia fina y de cielo cubierto. El centro de la ciudad estaba invadido por hordas de turistas. Abundaban los españoles e italianos. Al acercarme a la sede central de la BBC, comprobé en las grandes pantallas del hall de entrada que la primera noticia del día era el viaje relámpago del papa Francisco a la isla griega de Lesbos. La BBC tiene tradicionalmente una tendencia un poco anticatólica, pero la noticia era la noticia. Hoy todos los periódicos se hacen eco, aunque sin captar bien el alcance del gesto. No conviene acentuar mucho algo que puede resultar incómodo y exigente para todos, no solo para los políticos europeos. Lo que ayer hizo el Papa (visitar el campo de refugiados de Moria, firmar una declaración conjunta con Su Santidad Bartolomé, patriarca ecuménico de Constantinopla, y Su Beatitud Jerónimo, arzobispo de Atenas, orar con ellos y llevarse a Roma doce refugiados) fue anticipar el domingo al sábado. Ayer, en Lesbos, se vivió un auténtico domingo: el día del Señor. El viaje relámpago del Papa fue su mejor comentario al Evangelio de este cuarto domingo de Pascua, conocido como el Domingo del Buen Pastor. El buen pastor, a diferencia del simple asalariado, conoce a sus ovejas y da su vida por ellas. 

No olvidemos que hoy es también la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Se necesitan pastores con un corazón compasivo, atentos a las verdaderas necesidades de las personas. Este año 2016, el Papa nos ha dirigido un mensaje sobre "La Iglesia, madre las vocaciones".

Creo que hoy las imágenes son más elocuentes que las palabras. Os dejo con una meditación visual que nos ayude a profundizar en el significado de lo que ayer sucedió en la isla de Lesbos.


EN LESBOS EL SÁBADO FUE DOMINGO


No hay distancia de seguridad. El papa Francisco se acerca y acaricia a un niño en brazos de su padre. Una caricia no cambia el mundo, pero hace más humana una situación que puede volverse crónica por culpa de la indiferencia, la burocracia y la comodidad.



Existe un ecumenismo del dolor que es más eficaz que todas las declaraciones escritas. Católicos y ortodoxos estamos juntos en actitud samaritana. Lo que se hace difícil por la vía de la razón se resuelve por la vía de la justicia y la compasión.



Los niños son los más vulnerables. Cientos de ellos han muerto a lo largo de este éxodo que parece eterno. Para ellos no habido oportunidad. Por eso tener en brazos a un recién nacido significa apostar por la esperanza. Juntos podemos. No hay ningún destino maldito que nos impida superar esta situación.



Este joven es más atrevido que todos los cardenales juntos. No me imagino a ninguno de ellos haciéndose un selfie con el Papa. Mientras la mano derecha sostiene y enfoca el teléfono, la izquierda se posa suavemente sobre el hombro del Papa. Tranquilo, Santidad, cuente con nosotros. Algún día les mostaré a mis hijos que usted se acercó a nosotros. No quiero olvidarlo. No es un refugiado de Lesbos, pero está aquí como ejemplo de una actitud de confianza y sano atrevimiento. A decir verdad, el Papa parece más asustado que él.



Los jóvenes buscan un futuro mejor. Buscan libertad. Su pancarta expresa bien sus aspiraciones. En medio de las pruebas, no renuncian a la sonrisa. Si lo hicieran, el mundo habría acabado para ellos. El apretón de manos rubrica una especie de contrato: Yo vengo aquí, vosotros tenéis que seguir viviendo.



El mar Mediterráneo -más Mare Nostrum que nunca- se ha convertido en un inmenso cementerio. Nosotros no olvidamos a todos los emigrantes engullidos por sus aguas. Las flores testimonian nuestro recuerdo y, sobre todo, nuestro compromiso. Señor, concédeles el descanso eterno y a nosotros danos el valor de luchar contra estas muertes injustas.

lunes, 14 de marzo de 2016

¡Que vienen los sirios!

Vivo en Roma. Como sucede en otras grandes ciudades europeas, la presencia de inmigrantes de otros países salta a la vista. La mayor parte de los vendedores callejeros son de Paquistán, Bangladesh y algunos países africanos. El tren que suelo tomar para ir de mi casa a la Piazza del Popolo siempre va lleno de africanos y asiáticos, que aquí son llamados “extracomunitarios” por no pertenecer a la Unión Europea. Roma es una ciudad multiétnica. En general, la convivencia es pacífica, aunque de vez en cuando surgen conflictos en zonas periféricas de la ciudad. No faltan tampoco las manifestaciones y protestas exigiendo el respeto de los derechos de los inmigrantes, incluidos los sin papeles.

Pero cuando, día tras día, sigo las noticias de miles de inmigrantes –muchos de ellos refugiados– que llegan a Europa a través de Lampedusa o de Grecia, me estremezco. ¿Cómo es posible que se esté dando este fenómeno en el siglo XXI? La imagen del pequeño Aylan, ahogado en una playa de Turquía el 2 de septiembre de 1015, dio la vuelta al mundo.  Se convirtió en el símbolo de un éxodo inhumano y de una acogida insuficiente. La Unión Europa no sabe bien cómo manejar esta situación, a pesar de la política de cuotas y de otras medidas extraordinarias. Mucha gente está asustada. En algunos países aumentan los movimientos xenófobos. De hecho, ayer mismo el partido de Angela Merkel (la CDU) perdió muchos apoyos en las elecciones regionales alemanas.  El malestar social ante la llegada masiva de refugiados ha impulsado el avance de los populistas de derechas de Alternativa para Alemania (AfD). Conviene recordar que Alemania ha recibido a más de un millón de refugiados desde que comenzó la crisis.

Reconozco esto, pero, al mismo tiempo, me doy cuenta de que no es una realidad que esté tocando con mis manos. Es algo distante, que no acaba de cambiar mi ritmo de vida. Lo confieso con un poco de vergüenza, pero no quiero dejarme engañar por sentimientos vacíos y poco realistas o ser víctima de la palabrería. Cuesta poco colgar una foto en Facebook, pero mucho ser solidario de verdad. En la década de los años 80 del siglo pasado, cuando estudiaba en Roma, acogimos durante varios años en nuestra casa del Claretianum a numerosos refugiados etíopes que, tras un tiempo de estancia en Roma, conseguían visado para Canadá. Yo me sentía muy cercano a ellos y trabajaba en varias actividades de ayuda, en colaboración con la Cruz Roja y algunos voluntarios laicos. 

Ahora –debo reconocerlo–  todo me queda bastante lejos. Quizá si viviera en Sicilia, Grecia, Macedonia o Alemania, afrontaría las cosas de otra manera. Respondería con la misma prontitud y generosidad con que lo han hecho muchas familias y personas de esos países. O tendría la osadía de viajar hasta esas fronteras del sufrimiento como han hecho los Pallasos en rebeldía (sic) y tantos otros grupos y organizaciones para ofrecer su ayuda solidaria. Es verdad que el pasado 6 de septiembre de 2015, el papa Francisco pidió a obispos, parroquias y monasterios de toda Europa acoger a refugiados. Sin embargo, yo no acabo de ver una respuesta masiva y bien organizada. Reconozco que los problemas legales, logísticos y económicos son enormes, pero percibo también falta de claridad en los objetivos y métodos y escasa voluntad a la hora de buscar soluciones. Quizá por eso brillan más las respuestas valientes, incluyendo las de los claretianos. Pienso, por ejemplo, en el Casal Claret de Vic (España) o La Casa sul Pozzo de Lecco (Italia), entre otras iniciativas de trabajo con inmigrantes y refugiados.


Para las personas de mi entorno –como supongo que para la mayoría de los que leéis este blog– no resulta fácil entender la crisis migratoria que vive Europa y menos todavía el largo y violento conflicto sirio. Cuando leo lo que de vez en cuando cuelgan en sus muros mis amigos de Facebook en relación con este asunto, percibo mucha rabia y sincero deseo de ayuda, pero tengo la impresión de que casi ninguno está viviendo esta situación en carne propia. No conozco a un solo amigo que haya acogido en su casa a una familia de refugiados, aunque sí conozco voluntarios que echan una mano de diversos modos, comunidades religiosas que se han puesto en camino y organizaciones que están sobre el terreno. Pasar de la rabia y la preocupación a la acción es un viaje demasiado comprometido. No siempre tenemos la necesaria preparación espiritual, moral y económica. También nosotros necesitamos ayuda para poder ayudar.

El tema de los refugiados es demasiado complejo para despacharlo con los cuatro brochazos de un breve post. Los expertos aventuran diversas soluciones. Se suele concordar en que el problema hay que abordarlo “en el origen”. Es lógico. Pero, mientras tanto, estamos llamados a practicar con todos los medios a nuestro alcance la cuarta obra de misericordia corporal: acoger al forastero. Nunca sabemos lo que nos va a deparar el futuro a cada uno de nosotros. Para los creyentes, el forastero que viene es Cristo mismo, hecho inmigrante o refugiado. Lo único que nunca pasa de moda es la misericordia. Los pequeños gestos multiplicados crean conciencia y acaban provocando cambios en la raíz. Nunca es tarde. Este año el papa Francisco lavará los pies de doce refugiados en la tarde de Jueves Santo. Es otro gesto que nos ayuda a despertar.

Os dejo con la versión en español del himno de la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará este año en Cracovia. Es, precisamente, un vibrante canto a la misericordia. Conviene empezar la semana con ánimo.