lunes, 8 de mayo de 2023

Mi carne tiene ansia de ti


Ayer por la tarde, a eso de las seis, estaba yo tomando un café con un compañero indio en la hermosa plaza de Vic cuando se desató una de esas tormentas que hacía tiempo que no se veían por estos lugares. Comenzó suave, como si no quisiera asustarnos, pero en pocos minutos se cargó de fuerza. No tuvimos más remedio que regresar a casa a toda velocidad para no acabar empapados. El cielo se mantuvo oscuro el resto de la tarde. Yo tuve que sustituir mis planes de paseo por unas horas tranquilas de reclusión doméstica mientras la mayoría de mis compañeros se fueron a Manresa para visitar la famosa cueva de san Ignacio que yo he visitado en varias ocasiones

Desde mi pequeña habitación en la casa de espiritualidad Pare Claret contemplaba con infantil regocijo el agua que se precipitaba sobre los tejados y también sobre los árboles, las aceras y la calzada de la rambla Sant Domènec. No se veía a casi nadie por la calle. En ese estado de quietud, sin nada urgente que hacer, me dio por pensar. ¿Por qué para algunas personas toda la realidad les habla de Dios (incluida una tormenta primaveral) y para otras Dios (en el caso de que exista) es un ser mudo e inútil? ¿Por qué algunos desde niños sienten la presencia del Misterio y otros son completamente insensibles a ella? ¿Hay una predisposición genética hacia la fe o hacia la increencia? ¿Es determinante la educación? ¿Qué significa creer?


Llevo toda mi vida dando vueltas a estas preguntas. A veces, sobre todo cuando era joven, me fascinaba darles un sesgo filosófico. Ahora, el pensamiento especulativo no me seduce, aunque uno nunca renuncia a la gimnasia intelectual. Lo que más me toca el corazón es compartir historias de personas que han experimentado algo, que no creen por simple tradición familiar o por rutina, sino porque en las encrucijadas de la vida se han “encontrado” con Dios. Escribo el verbo encontrar entre comillas porque uno no se “encuentra” con Dios como se encuentra con el quiosco de la esquina o con un amigo en la barra de un bar. 

El encuentro con Dios es de otra naturaleza, aunque produce efectos más contundentes y transformadores que los encuentros a los que estamos acostumbrados. A veces, tiene fuertes repercusiones emocionales, pero, por lo general, se parece más a una brisa suave que refresca nuestra quemazón o a una luz tenue que ilumina los rincones oscuros de nuestra vida. Uno puede tranquilamente no hacer caso, pasar de largo. No se va a morir por eso. No le van a descubrir un cáncer terminal o a diagnosticar una neurosis. Dios es el ser necesario que se hace pasar por inútil.


No dejo de asombrarme de que nuestra civilización occidental, tan audaz y creativa en muchas áreas, se haya vuelto casi insensible al misterio de Dios. Lo que muchos presentan como una conquista de la racionalidad humana a mí se me antoja un triste retroceso a estadios casi prerracionales, una consecuencia del entretenimiento al que estamos permanentemente expuestos. 

No es extraño, por eso, que los espacios que antes ocupaba la religión no queden en barbecho, sino que sean ocupados por antiguas y modernas idolatrías que sirven para canalizar el deseo humano de trascendencia. Uno se puede atar a los ídolos de siempre (el sexo, el poder o el dinero) o a los de ahora (el fútbol, el juego, la tecnología). Todos ellos tienen la capacidad de divertirnos y entretenernos, incluso toda la vida. Lo que no pueden es satisfacer la búsqueda profunda del corazón humano. 

Cada vez me parecen más reales y significativas las palabras del salmo: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua” (Sal 62,2). Es probable que cuando uno tiene entre 20 y 30 años tenga ansia de otras muchas cosas y crea firmemente que le van a proporcionar la felicidad, pero a la altura de los 65 es más difícil, aunque no imposible, engañarse. Podría dudar de que Dios sea capaz de llenarnos, pero de lo que no dudo es de que ninguna realidad humana (por sublime y bella que sea) lo pueda conseguir. Solo al Padre revelado por Jesucristo puedo decirle con verdad: “Oh Dios, tú eres mi Dios”. La confesión se podría completar con otro salmo: Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada(Sal 16,8-9). 



1 comentario:

  1. Hasta poder llegar al titular: “mi carne tiene ansia de ti” es necesario pasar por varias experiencias… Experiencias de fuego que vayan quemando todo lo superficial y se pueda descubrir, en medio de las ascuas, el oro que brilla.
    Me siento identificada con todas las preguntas que te haces y estás proponiendo ya que, si nos lo tomamos en serio, pueden ayudarnos a despertar de nuestro letargo.
    El descubrir a Dios en nuestra vida, no se soluciona solo con la voluntad… Necesitamos que en nuestro entorno encontremos varios “despertadores” y que, en un momento dado, sepamos distinguirlos además de colaborar nosotros al máximo para poderlos escuchar.
    Reconozco que “esta ansia de Dios” está dentro de cada uno, como una semilla que hay que ayudar a que se llene de vida y como semilla necesita ser bien cuidada por todos los elementos que la rodean para que surja la vida. Es algo que no nos podemos provocar, surge en el momento que se ha “madurado” lo suficiente e interviene “la gracia” cuando se dan las condiciones para desvelarla.
    Gracias Gonzalo por ayudarnos a despertar estas “ansias de Dios” y por facilitarnos el descubrir, a través de ti, que en los salmos encontramos respuestas para todo.

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