martes, 16 de mayo de 2023

Lo difícil es permanecer


En estos últimos días del tiempo pascual los evangelios nos repiten varias veces la invitación de Jesús a permanecer en su amor. En tiempos volátiles como los nuestros, ¿qué significa “permanecer”? Quizá en otras épocas se valoraba mucho la fidelidad y la permanencia. Hoy nos hemos enamorado del cambio constante. Solemos decir que vivir es cambiar. La canción Todo cambia, compuesta por el chileno Julio Numhauser en 1982, durante su exilio en Suecia, lo expresa con claridad: “Cambia lo superficial, / cambia también lo profundo, / cambia el modo de pensar, / cambia todo en este mundo”. Después de constatar que efectivamente cambia todo en este mundo, terminaba así: “Pero no cambia mi amor / por más lejos que me encuentre, / ni el recuerdo ni el dolor / de mi pueblo y de mi gente”. 

¿Se podría aplicar esto a la experiencia religiosa? Hay épocas de nuestra vida, incluso días concretos, en que Dios nos parece casi evidente. La realidad opaca se vuelve luminosa. Percibimos su presencia como se percibe el aire que respiramos o el sol que nos da en la cara cuando amanece. No necesitamos argumentos. Nos basta la experiencia.


Pero no siempre es así.
A las épocas luminosas pueden sucederles otras en las que todo se torna problemático y oscuro. Nos parece que la fe es una tomadura de pelo. Nos rebelamos contra la idea infantil de un Dios bueno y poderoso. Nos resignamos a la muerte como el final de la aventura humana. En todo creyente se encierra un ateo en estado de latencia. Basta un contratiempo o una noticia escandalosa para que se despierte nuestro ateísmo dormido. O, por lo menos, un agnosticismo pegajoso que no nos permite creer con sosiego. 

¿Por qué se produce una cosa y otra? ¿Por qué un día creemos y al día siguiente dudamos o renegamos? He conocido a jóvenes que, tras los efluvios de una pascua juvenil o después de una experiencia misionera o de una peregrinación a Santiago de Compostela o a Taizé, han mantenido por un tiempo la fe en Jesús, pero pronto se han cansado. El atractivo del mundo ha acabado siendo más fuerte que la fe en Jesús. Les ha costado permanecer en su amor, seguir creyendo en los días grises, no tirar la toalla cuando el camino se hacía cuesta arriba. Como hoy el cambio constante se ha convertido en el valor supremo, no sienten que hayan traicionado nada. Simplemente, han “evolucionado”. No reniegan de su pasado cristiano, pero tampoco han hecho el sacrificio de hacerlo crecer con paciencia y fidelidad.


Desde los primeros discípulos de Jesús, el cansancio y el abandono parecen rasgos comunes en sus seguidores. Pocos permanecen en los momentos de la prueba. Es más fácil decir que “no lo hemos conocido”. La primera carta de Juan es muy clara al respecto: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero—, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn 2,15-17). Cuando estamos en plena euforia de los sentidos, cuesta entender que “el mundo pasa”. Nos sentimos atrapados por la atracción de la carne, de los ojos y del dinero; es decir, por lo que san Juan llama “el mundo”. 

Tardamos en comprender -algunos no lo comprenden nunca- que solo el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre, supera la volatilidad de este mundo efímero. Lo difícil, lo valioso, es permanecer. Por eso, admiro tanto a la gente sencilla que, contra viento y marea, se ha mantenido fiel a Jesús en medio de muchas pruebas. Admiro a los ancianos cristianos que han vivido la secularización como nosotros, han comprobado cómo sus hijos y nietos se apartaban de la fe y de la Iglesia, han sido testigos de la ridiculización de la fe en los medios de comunicación, se han visto sacudidos por los escándalos de algunos eclesiásticos… Y, sin embargo, han permanecido en la fe que recibieron de sus mayores. ¿No es este un ejemplo maravilloso de que es posible seguir creyendo aunque todo cambie? Lo difícil es permanecer, pero no es imposible cuando uno está enamorado de Jesús y deposita su confianza en él.


4 comentarios:

  1. Gracias 🌹 Gracias 🤗 Gracias 🙏🏻

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  2. Todo cambia y demasiado rápido… Los cambios nos sacuden porque no tenemos tiempo de asumir uno que ya viene el otro… Hay cambios en lo más sencillo y cambios en lo más profundo. Se me ocurre que es como una planta que no tiene tiempo de enraizar y se le cambia el sustrato del que se alimenta, con mucha frecuencia.
    Sí, actualmente los cambios se pueden aplicar a la experiencia religiosa. Nos afectan también los distintos estados de ánimo. Nos falta seguridad. Nos llegan experiencias de todo tipo y que, a veces, se contradicen.
    Hablando de los jóvenes, mencionas que les cuesta no tirar la toalla cuando el camino se hace cuesta arriba. Gonzalo, la mayoría de veces no encuentran quien les diga: “tú quieres tirar la toalla y el Señor se la ciñó.” Nos faltan “faros” que vayan iluminando el camino y referentes a quien acudir.
    Gracias Gonzalo, porque a través del blog, eres un “faro” que está iluminando muchos caminos.

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  3. Que razón, Gonzalo…, pero tus palabras aumentan las ganas de permanecer. Muchas gracias

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