jueves, 17 de septiembre de 2020

A las 19,15 tengo una cita

Todos los días desde que empezó la pandemia nuestra comunidad se reúne ante Jesús Eucaristía para un tiempo de adoración antes de las vísperas. No recitamos oraciones ni cantamos salmos. Permanecemos en silencio de principio a fin. Yo procuro interrumpir lo que estoy haciendo y bajo corriendo a la capilla. Necesito ser fiel a esta cita vespertina. Si no sonara un poco hiperbólico, diría que me lo pide el cuerpo. O, por lo menos, el alma. Hay días en los que el tiempo se me pasa volando. Otros me pierdo en mil pensamientos. Yo miro el pan eucarístico y me dejo mirar. Es probable que si me vieran algunas personas pensarían que estoy loco o que pierdo el tiempo miserablemente. ¿De qué sirve malgastar media hora si parece que todo sigue igual o peor que hace unos meses? No lo sé, pero tampoco busco respuestas. Hace mucho tiempo que las respuestas que me doy o que me dan me suenan demasiado huecas. Simplemente me abandono a un amor que me sostiene. La presencia eucarística de Jesús simboliza de manera visible ese amor. Pienso en las personas que a esa misma hora acaban su jornada laboral y regresan a casa. Pienso en las víctimas de esta pandemia interminable. Pienso en tantos cuidadores exhaustos y en los que han perdido el trabajo. Ni siquiera pido por ellos o doy gracias. Solo pienso, evoco, recuerdo. Creo que no hay oración más “pasiva” que la adoración eucarística.

Si no fuera por esta media hora diaria, me parece que hace tiempo que me hubiera desajustado por dentro. La avalancha de malas noticias es tan grande que no hay ser humano que pueda resistirla incólume. Es verdad que uno puede taparse los ojos y los oídos, pero este ejercicio de autoprotección dura poco. Por otra parte, mi formación misionera me impide hacer oídos sordos a lo que pasa. Al contrario, creo que en estos meses he agudizado mi sensibilidad hacia el sufrimiento de las personas. A veces me siento tan impotente que no sé cómo responder. Por eso, coloco toda mi ansiedad a los pies de Jesús. No le digo lo que tiene que hacer, ni siquiera lo que me gustaría que hiciera. Me limito a dejarme tocar por personas y situaciones. Ya sé que a todas ha llegado él antes que yo, pero necesito hacer este ejercicio cotidiano para no volverme insensible. Cuando acaba la media hora, siempre me siento más sereno sin haberlo buscado. Se cumplen al pie de la letra las palabras de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”. No conviene retorcerlas mucho. La cercanía a Jesús es siempre fuente de alivio, por más que la vida siga siendo un combate. En ningún momento él nos ha prometido librarnos de los problemas, pero sí de la angustia y la desesperación.

No sé cómo decirles a algunos de mis amigos, enfangados en mil situaciones difíciles, que procuren encontrar cada día un tiempo de silencio y adoración. Ya sé que en algunos casos es poco menos que imposible, pero en la mayoría se puede lograr con un mínimo esfuerzo. Basta entrar en una iglesia, buscar un lugar recogido, arrodillarse un rato ante el sagrario, respirar hondo, hacer un profundo acto de fe y confianza y dejarse llevar. Nada más. Si a veces salen algunas palabras del corazón, bienvenidas sean. Si no, es suficiente con acompasar los latidos de nuestro corazón con los del corazón de Jesús. Se produce entonces un misterioso trasvase. Nosotros le pasamos nuestros problemas e inquietudes y él nos regala su paz y amor. A la chita callando, nuestra taquicardia física y espiritual se atempera. Cuando pasan los días, seguimos siendo los mismos, pero empezamos a ver las cosas de otra manera. Para empezar, no sentimos ya la necesidad de tener todo bajo control, de encontrar una respuesta urgente para cada pregunta. Nos dejamos llevar por el flujo de la vida, que es como decir que nos ponemos en las manos de Dios. Dejar que Dios sea Dios es el acto más divino que un ser humano puede hacer. Pero ¡cómo cuesta cuando uno está acostumbrado a llevar las riendas de su vida y aspira a llevar las del mundo!



1 comentario:

  1. Muchas gracias Gonzalo, por todas las "pistas" que has ido insinuando que pueden ayudar a ir "dejando de remar".
    Hay un pensamiento que, a lo largo del día me ha ido resonando: "Simplemente me abandono a un amor que me sostiene"

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