miércoles, 24 de enero de 2018

Nos queda la poesía

Stefan Zweig, el escritor austríaco, se suicidó, junto con su segunda esposa, el 22 de febrero de 1942 en Petrópolis, Brasil. Su curiosidad intelectual, su solvencia económica y sus ansias de libertad hicieron de él un viajero impenitente por tierras de Europa, Asia y América. Enamorado de la rica y compleja cultura europea, fue también uno de los primeros que intuyó su ocaso. Me he topado, una vez más, con él por pura casualidad, hojeando un libro reciente de poesía, cuyo título es, en sí mismo, un retrato nuestro tiempo consumista: Poemas para ser leídos en un centro comercial. Está escrito por Joaquín Pérez Azaústre, un joven escritor andaluz que ha publicado novelas, libros de poemas y ensayos. El primer poema se titula precisamente Petrópolis. Está encabezado por una cita de Stefan Zweig, tomada de su autobiografía El mundo de ayer: “La tolerancia no era vista, como hoy, con malos ojos, como una debilidad y una flaqueza, sino que era ponderada como una virtud ética”. Recrea poéticamente el instante que precede al suicidio del escritor austriaco. ¿Cómo se puede detener el tiempo y expresar con palabras lo que uno siente ante su muerte próxima o quizás ya producida en el corazón antes de que el cerebro se pare? Solo la poesía nos permite este tipo de excursiones emocionales. Los últimos tres versos son lapidarios: “No tengo identidad. No tengo rostro / ni nadie que me diga que soy Stefan Zweig / y que una vez amé la ceniza de Europa”. Constituyen el colofón a su testamento existencial y literario.

Tomo prestados estos versos de Pérez Azaústre para expresar la experiencia de muchos hombres y mujeres que vagan por la vida sin saber quiénes son. Se levantan cada mañana, colocan sus cuerpos bajo el agua tibia de la ducha, ingieren un zumo de naranja y unas tostadas untadas con mantequilla y mermelada, se precipitan sobre el metro con una cartera en la mano o una mochila a la espalda, se calan los auriculares para escuchar la misma música de siempre, dicen hola a sus compañeros de trabajo, se acomodan frente a su mesa atiborrada de papeles, encienden el ordenador, intercambian bromas inocuas, matan el tiempo como pueden, dicen algunas palabrotas para exorcizar el tedio, ejecutan acciones sin  saber bien por qué ni para qué, calculan su rédito monetario, hacen una pausa para tomar un café solo, comentan la última jornada de la Liga, regresan de nuevo a casa abriéndose paso en un océano humano de transeúntes con caras desgastadas, se desploman sobre un sofá que, tras muchas horas de sedentarismo buscado, ha adquirido ya la forma de sus cuerpos, engullen una ensalada o una tortilla de patatas frente al televisor mientras escuchan las últimas noticias sobre Donald Trump y las riegan con agua o con vino y  cerveza, y luego, rendidos por la rutina cotidiana, regresan a la placenta materna del lecho y se abandonan sumisos a un olvido programado. Y así un día y otro, con algunos momentos de exaltación (un poco de sexo, un poco de alcohol, un poco de fútbol, un poco de cariño, un poco de todo) y frecuentes simas depresivas. No están solos. Se cruzan con mucha gente cada día, a veces demasiada, pero no hay nadie que traspase la puerta de su intimidad, que pronuncie en voz alta su nombre y les devuelva el perímetro de su nada. 

Quizás todos llevemos dentro un Stefan Zweig sin saberlo. Solo la poesía se atreve a poner palabras a esta experiencia de sinsentido, a ese momento en el que, mirándonos en el espejo, ya no vemos un rostro, sino solo un mapa lleno de preguntas, heridas y lamentaciones, un mapa turbio que no sabe conducirnos de vuelta a casa. 

Os dejo con el descarnado poema de Pérez Azaústre. No sé si Stefan Zweig lo haría suyo, pero pone música a la muerte anticipada de muchos zombies que recorren nuestras calles con un teléfono pegado a la oreja y una insuperable tristeza en el alma.

En esta habitación de hotel no soy un hombre,
ni soy un hombre más, ni un único hombre,
ni mucho más que un hombre a punto de morir.

El espejo del baño me muestra un hombre muerto,
que ya sabe que ha muerto,
que planeó la liturgia de las horas contadas
y las pocas palabras que aún podrá escribir.

No serán más que éstas:
Yo transcribí del sol
al lenguaje más vivo de todos los idiomas
y crucé el continente en la calima
del fuego incandescente, su griterío en domingo,
la música de orquesta resonando
al volver de la tarde por el campo de Viena.

Yo acaricié en silencio la voz de Cicerón
y salvé su cabeza de los pies del senado,
y vi resucitar a Händel en Irlanda
con robustez titánica al Mesías,
y pude leer a tientas, en esa oscuridad
mecida para un canto benévolo y tardío
la Elegía de Marienbad de Goethe.

Era el mundo de ayer, ése era el mundo
que pudo ver nacer La Marsellesa
tras tres horas geniales de una vida invisible,
en la estela fulgente del viejo Dostoievski
vivo como un león tras vencer al cadalso,
suave como el viento en la tumba de Tolstói.

La flor del balneario, las noches espectrales
de una mansión nodriza con todos mis amigos,
pabellón de reposo del palacio de invierno.

Ahora estoy aquí solo, en esta habitación
y no tengo ni rumbo, ni unas señas,
ni tampoco una carta de alguien que me espere.

Los campos de exterminio no son ningún secreto,
ni la estrella amarilla cosida a la chaqueta
ni el expolio terrible de la casa de todos.

Ya no me queda tierra, ni barrio, ni ciudad.

No soy un hombre joven, y en esta habitación
morir al menos es un acto de conciencia.

He desaparecido. Ya no tengo ni nombre
y mis libros se queman, son el carbón del cielo.

No tengo identidad. No tengo rostro
ni nadie que me diga que soy Stefan Zweig
y que una vez amé la ceniza de Europa.


Escrita la entrada de hoy, me entero de la muerte del anti-poeta chileno, Nicanor ParraPremio Cervantes en 2011, a la más que poética edad de 103 años. Vale la pena acercarse a los versos juguetones y provocativos de este ateo genial.

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