De nuevo en Fiumicino. Hay mucha gente. Parece un día de los
tiempos prepandémicos. Hace un calor húmedo. Se me pega la ropa al cuerpo. Tras
varias jornadas llenas de compromisos, empiezo una nueva etapa más relajada. Necesito
digerir con calma las muchas cosas vividas en los últimos días. Siempre los
viajes en avión me ayudan a desconectar para conectarme de nuevo. Ponerme en “modo
avión” no significa solo activar una función de mi móvil, sino, sobre todo, cambiar
de actitud personal. Algo nuevo va a comenzar. Dios me va a salir al encuentro
en situaciones inesperadas. Debo estar atento. Lo decisivo no es tanto lo que
ocurre fuera cuanto el modo como lo vivimos por dentro. Noto en las personas un
deseo de salir, de abrirse al mundo, de romper el cerco del confinamiento. Me
parece increíble la capacidad que tenemos los humanos de comenzar de nuevo una
y otra vez.
Antes de salir de casa, me he despedido de alguno de
nuestros empleados italianos. Todos me han dicho que mañana debo apoyar a la selección
italiana en su partido contra la española. Es una forma de decirme que 18 años en
Roma pesan lo suficiente como para que mi corazón esté un poco dividido. Yo deseaba
que esa confrontación se hubiera producido en la final, pero la suerte ha
querido que se anticipe a una de las semifinales. Como se suele decir en casos
semejantes, que gane el mejor, pero que, si es posible, el mejor sea la selección
española. Nobleza obliga. Espero ver el partido en buena compañía para poder
ejercer una discreta y leal oposición.
Tengo ganas de ver a muchas personas que hace tiempo que no
veo, pero, por otra parte, no quisiera alterar su ritmo. Y, sobre todo, no
quisiera traspasar los límites de aquellas que todavía no se sienten seguras
como para hacer vida social. Cada uno tenemos nuestra manera de
situarnos. Hay alguno muy lanzados y otros muy retraídos. En el fondo, la
pandemia es un ensayo más, de los muchos que nos presenta la vida, para poner a
prueba nuestras actitudes y destrezas. No es lo mismo vivir a la ofensiva que a
la defensiva, de manera reactiva que proactiva. Mientras tecleo apresuradamente
estas notas en una de las salas del aeropuerto, oro por el papa Francisco. Al
parecer, se
está recuperando bien de la operación de colon a la que fue sometido
ayer. Life goes on.
Hacía bastante
tiempo que no dejaba de escribir mi entrada diaria en el Rincón, pero en los dos últimos
días me ha sido imposible. Se me han acumulado tantos compromisos que no he encontrado
tiempo para sentarme ante el ordenador. Lo hago de nuevo en este XIV
Domingo del Tiempo Ordinario, cuando el mundo se acerca a los cuatro
millones “oficiales” de muertos por Covid y, tras el optimismo de las últimas
semanas, aparece de nuevo la preocupación por el aumento de contagios entre los jóvenes y la difusión de la famosa variante Delta.
El verano no parece tan
tranquilo como se pronosticaba. Yo ultimo mis preparativos para dejar Roma mañana
a primera hora. Estrenaré en el aeropuerto el “certificado
digital” (o green pass) que la UE expide a aquellos que han
recibido la vacuna. Dispongo también del QR que las autoridades españolas
exigen a los que ingresan en el país. Se ha complicado viajar, aunque la tecnología
nos echa una mano para facilitar las cosas y, de paso, tenernos a todos “bajo control”. Esta
tendencia va a más cada día. Google sabe muchas cosas, demasiadas, de nosotros;
los estados no quieren quedarse atrás. Caminamos hacia la sociedad del control total.
Meditando esta
mañana el Evangelio del domingo, me han sorprendido las cinco −nada menos que cinco−
preguntas que se formulan los paisanos de Jesús cuando este llega a su pequeña
aldea de Nazaret. Merece la pena recordarlas: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué
sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es
éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y
Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?”. Les sorprende que
pueda haber algo especial en un hombre que se ha criado con ellos y que no
dispone de credenciales. Es uno más, un carpintero, “hijo de María” (¿había
muerto ya José?), que no había frecuentado ninguna escuela ni había sobresalido
durante los años en que vivió en el pueblo. ¿De dónde, pues, saca esa “sabiduría”
que parece alzarse por encima de la mediocridad general?
Las preguntas de los paisanos
de Jesús son también nuestras preguntas, solo que con los matices que impone el
contexto actual. Me atrevo a reformularlas: ¿Por qué creer en Jesús si no
sabemos casi nada de él? ¿Es posible que Dios, en el caso de que exista, haya
querido manifestarse en un pueblerino judío? ¿Quién me asegura que creer en
él es una apuesta segura? ¿Cambiaría en algo mi vida si dejara de creer en
Jesús? ¿No hemos acumulado ya suficientes
argumentos para considerar que Cristo y su obra (la Iglesia no es más que un montaje humano que sobrevive en los meandros de la
historia? Cada uno de nosotros podemos añadir otras preguntas que reflejen mejor
nuestra situación personal.
Es muy probable
que, ante esta batería de preguntas, Jesús reaccionara hoy como reaccionó ante
sus paisanos: “extrañándose”. Marcos solo utiliza el verbo griego correspondiente
en este pasaje. Jesús se “extraña” de que nosotros, que hemos sido tan
bendecidos por su gracia, sigamos sin fiarnos de él. A veces, quienes vivimos
la fe desde niños hemos perdido la capacidad de asombro. Nos hemos familiarizado
tanto con ella que no percibimos su maravilla, el milagro que supone. A nuestras
preguntas Jesús responde con un proverbio que no ha perdido vigencia: “No
desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”.
Israel era un pueblo experto en despreciar y matar a sus profetas; es
decir, a aquellas personas suscitadas por Dios que le reprochaban sus desvaríos
y le mostraban el camino correcto.
Más
de una vez me ha llamado la atención cómo personas que no son de Iglesia se
sienten más identificadas con el Evangelio que quienes nos decimos creyentes de
toda la vida. Y algo parecido podría decirse en otros niveles. Mientras muchos
europeos “pasan” de Jesús y de la fe cristiana porque les parece una página ya
leída del libro de la historia, millones de africanos y asiáticos abrazan la fe en
él como una buena noticia que da un sentido nuevo a sus vidas.
Creo que este es
un domingo muy oportuno para preguntarnos con toda sinceridad si creemos de
veras en Jesús, si no nos resulta escandaloso que Dios haya querido hacerse uno
de nosotros en la sencillez de un aldeano, si estamos preparados para dejarnos
sorprender por él. Y, de paso, si somos capaces de seguir reconociendo las huellas
de Dios en las realidades más sencillas de nuestra vida, entre nuestros familiares
y amigos, en los sacerdotes que tal vez no son modélicos, en las parroquias que
dejan bastante que desear, en la Iglesia que acumula escándalos. ¿Es posible creer en el
Dios infinito en la trama de nuestra pobre vida humana? This is the
question.
Con la llegada del verano parece que todo se mueve con más rapidez. A nuestra
comunidad llegan los estudiantes que comenzarán el año académico en octubre y
que necesitan hacer antes un curso de italiano. Otros salen de vacaciones o ministerios hacia diversos destinos. Hay un trasiego mayor que en los meses pasados. Como muchos de mis compañeros de comunidad no son europeos, no tienen un permiso válido de conducir, así que recae sobre los
europeos la tarea de ir a buscar o llevar al aeropuerto a quienes llegan o se
van. Estos días me estoy convirtiendo en taxista ocasional. No lo hago por obligación,
sino por devoción. En estos tiempos de pandemia no resulta fácil ni conveniente
moverse en medios públicos.
Me gusta recoger o llevar a alguien a primerísima
hora de la mañana, entre las 4 y las 7. Supone darse un buen madrugón, pero, a
cambio, la temperatura es más fresca y apenas hay tráfico. Hoy he salido hacia
el aeropuerto de Fiumicino a las 7. A las 8,30 ya estaba de vuelta en casa. La ida
ha sido rápida. A la vuelta me he visto atrapado en algunos atascos, pero de corta duración. Los primeros los he afrontado son serenidad. Reconozco que, poco a poco, me he ido encendiendo porque temía llegar
con retraso a una reunión. Si hay algo que no me gusta de las ciudades es el
tráfico pesado. Consume energías, tiempo, salud, dinero y humor.
Más allá de la anécdota, me gusta combinar mi trabajo ordinario con
servicios que parece que no tienen nada que ver como mi responsabilidad, pero
que forman parte del entramado comunitario. Acoger en el aeropuerto a alguien
que ha hecho un viaje de 15 de horas desde Indonesia, por ejemplo, y llevarlo a
casa, es un signo de que esa persona nos importa. Podríamos de jar que se “buscase la vida”
por su cuenta, pero quienes hemos viajado a otros países sabemos lo que
significa llegar solo a un sitio desconocido sin hablar la lengua del lugar y
sin apenas referencias.
La acogida es un valor que estamos perdiendo en nuestra
eficiente sociedad europea, pero que es sagrada en otros continentes, como África y Asia. Aquí queremos
tenerlo todo previsto: saber a qué hora llega la persona, quién viene, cuánto tiempo
se va a quedar, etc. Solemos decir que son informaciones necesarias para tener
todo a punto, pero a veces esconden también nuestra incapacidad para la
sorpresa y la hospitalidad. Quien tiene el don de la acogida no se obsesiona con los
preparativos, sino que cultiva ante todo una actitud del corazón. Acoger
significa que la otra persona se sienta en su casa sin necesidad de repetir
cada dos por tres esa muletilla: “Siéntete como en tu casa”. Cuando
vamos a nuestra casa, nadie nos dice: “Siéntete en casa”.Todo nos
invita a hacerlo sin necesidad de declaraciones. Notamos enseguida cuándo somos acogidos de buen grado y
cuándo todo se reduce a un ejercicio, más o menos, sincero de cortesía o diplomacia.
Me parece que los servicios que más ayudan a las personas no son los que
nosotros ofrecemos, sino los que ellas requieren. A menudo, no se trata de
grandes cosas, sino de pequeños favores que hacen más fácil la vida de los
demás. Si los entendemos como una interrupción de nuestras obligaciones,
siempre los haremos de mala gana. Si los interpretamos como oportunidades para ayudar
a las personas, entonces los agradeceremos, aunque, de entrada, nos incomoden
un poco. Dejar lo que estamos haciendo, madrugar o trasnochar, compartir la
comida preparada o ceder nuestra habitación, pueden ser acciones más o menos desagradables,
pero si las vemos como formas concretas de ayudar a los demás, entonces cobran
todo su sentido.
Hacer de taxista “devocional” en estos primeros compases del verano
me está ayudando a valorar mucho más lo que otros compañeros míos hacen a lo
largo de todo el año, servicios invisibles que contribuyen a hacer la vida
comunitaria ágil y fraterna. Y algo parecido sucede en el seno de las familias.
Las cosas funcionan bien cuando parece que nadie las hace, pero, en realidad, siempre hay alguien que se está sacrificando por los demás. Si ese “alguien” no
se reduce a la figura de la madre o al ecónomo de una comunidad, sino que se
amplía a todos cuantos viven bajo el mismo techo, entonces se distribuyen las
cargas de manera equitativa y todos nos sentimos corresponsables.
En fin, no sé si es una entrada muy refrescante para empezar el mes de julio,
pero es la que me ha venido a la mente mientras sorteaba el tráfico de la vía Aurelia
a mi regreso del aeropuerto. Feliz mes de julio a todos, incluyendo a quienes
viven en el hemisferio sur y tal vez están experimentando los rigores del invierno.
Escribo la entrada
de hoy cuando faltan menos de dos horas para que termine el último día de junio.
No he podido hacerlo antes porque se han acumulado los trabajos y compromisos. Tengo
la ventana de mi despacho abierta de par en par. No hace tanto calor como ayer.
El termómetro exterior marca 24 grados. Antes de que se eche encima la medianoche
y entremos en el mes de julio, voy a resumir lo que tenía pensado escribir hoy.
Parto de una imagen. Cuando uno contempla una partitura musical, enseguida cae
en la cuenta de que en los pentagramas hay notas que indican sonidos y otros signos
que indican silencios. Puede haber silencios largos de redonda o blanca u otros
más cortos: de negra, corchea, semicorchea, etc. Administrar bien los sonidos y
los silencios es el arte de un verdadero músico. El embrujo de una melodía
reside en la acertada combinación de ambos.
Algo
semejante sucede en la partitura de la vida. Tan importante es lo que decimos
como lo que callamos. Si solo sabemos proferir palabras, acabamos víctimas de la
verborrea. Necesitamos el descanso del silencio. Pero si no emitiéramos palabra alguna, acabaríamos víctimas del mutismo. Creo que las personas más atractivas
son aquellas que saben hablar y callar en los momentos oportunos, que encuentran
la palabra justa y el silencio prudente. No es fácil hallarlas. A veces, un
silencio es más elocuente que muchas palabras. En otras ocasiones, una palabra
puede ser portadora de vida y de consuelo. Podríamos parafrasear un conocido refrán
diciendo: “Dime lo que hablas y te diré quién eres”. Pero acaso sea más
revelador su opuesto: “Dime lo que callas y te diré quién eres”. Dicen
que a veces los amigos son más amigos por lo que callan que por lo que dicen.
Cuando examino
las 1.783 entradas acumuladas en este blog, caigo en la cuenta de que he
hablado de muchas cosas. Con el buscador interno, puedo encontrar referencias a
multitud de temas: desde la oración hasta la amistad, pasando por la soledad,
la política (cada vez menos), el arte o el miedo. Me he preguntado, por simple
curiosidad intelectual, cuáles son mis silencios, de qué cosas no he hablado a propósito.
No me resulta fácil este segundo
ejercicio, pero también he encontrado algunos temas que todavía no he abordado.
No es necesario decirlo todo. Con frecuencia, el arte de la comunicación
(incluida la escrita) consiste en sugerir más que en explicar. Recuerdo de
memoria un verso de Pedro Casaldáliga que decía: “No te expliques demasiado
/ no te deshojes”. Creo que uno de los defectos de la predicación
contemporánea es que resulta demasiado didáctica. Quiere “explicar” el misterio de la fe con pelos y señales, cuando sería suficiente con “sugerir” por dónde se va a él. Las palabras
están bien, pero cada vez echo más de menos los silencios en la partitura de la
vida y en la liturgia.
Aunque uno era de
Betsaida (Pedro) y otro de Tarso (Pablo), ambos vivieron y murieron en Roma.
Por eso, hoy 29 de junio, la Ciudad Eterna los celebra como sus patronos. La solemnidad
de san Pedro y san Pablo nos ayuda a agradecer y comprender mejor los
orígenes de nuestra fe.
Ayer por la tarde, paseando por la plaza de san Pedro,
me hice una pregunta que varias veces ha estado en mi cabeza: ¿Cómo es posible
que un pescador del siglo I, oriundo de un pueblo que ya no existe, haya llegado
a Roma – la “caput mundi” (cabeza del mundo) – y se haya convertido en una referencia fundamental para millones de
cristianos a lo largo de los siglos? ¿Por qué san Ambrosio pudo decir aquello
de “ubi Petrus, ibi Ecclesia” (donde está Pedro, está la Iglesia)? Quizá
la respuesta se encuentra resumida en las palabras escritas con letras de dos metros de
altura en el mosaico que rodea la base de la cúpula de la basílica: “Tu es
Petrus et super hanc petram aedificabo ecclesiam meam” (Tú eres Pedro y sobre
esta piedra edificaré mi Iglesia).
Las palabras están tomadas del diálogo que
mantienen Jesús y Pedro (cf. Mt 16,13-19). Después de que Pedro confiesa a Jesús
como el Mesías, el Hijo del Dios vivo, el Maestro le confía una misión dándole
un nombre que es señal de identidad: “Tú eres Pedro”. Desenganchados de Pedro, no somos la comunidad de Jesús, sino satélites que orbitamos alrededor de nuestros propios intereses. Ya sé que este pensamiento es contracultural. Choca frontalmente con el cristianismo subjetivo al que hoy estamos acostumbrados, pero la historia de la Iglesia es demasiado larga como para no aprender de ella. Cada vez que que algunos cristianos puros se han querido separar de la impura comunidad de la Iglesia (con Pedro a la cabeza), el resultado ha sido una ruptura de la unidad querida por Jesús y un debilitamiento de la misión.
Pablo siguió otro itinerario.
No fue discípulo de primera hora. Ni siquiera conoció a Jesús físicamente. No
recibió la misión de ser “piedra” (fundamento), sino de abrir la Iglesia a los
gentiles, de ser un explorador de fronteras y periferias. Mientras Pedro representa la fuerza centrípeta (que siempre nos devuelve al
origen), Pablo simboliza la fuerza centrífuga (que nos invita a ir más
allá). Pedro y Pablo no fueron compañeros de viaje, pero se encontraron en
algunas ocasiones. Tuvieron ocasión de confrontar sus puntos de vista e incluso
de discutir estrategias. Al final, se impuso lo esencial: ambos eran apóstoles
al servicio del mismo Señor, pero con distintas sensibilidades y responsabilidades.
Pedro y Pablo nos enseñan cómo afrontar hoy las diferencias que sacuden a la Iglesia y,
en particular, al papa Francisco. Pongamos un ejemplo. Entre el episcopado
alemán − que pide la bendición de las parejas homosexuales, la
admisión de los divorciados y los protestantes a la comunión (al menos en
ciertas situaciones) – y el episcopado estadounidense – que se ha planteado negar
la comunión al presidente Biden por su postura proaborto – es evidente que hay
notables diferencias. Ambos episcopados desearían que el papa Francisco (sucesor de Pedro) aprobara sus orientaciones porque las consideran evangélicas.
Estas tensiones son solo un botón de muestra de las muchas diferencias
que existen en el seno de la Iglesia. También hoy actúan con mucha intensidad
las fuerzas centrípetas y centrífugas. No hay por qué asustarse. Forman parte de una Iglesia dinámica que camina en el tiempo. Lo que importa es sentarse a la misma
mesa, invocar al mismo Espíritu, discernir sus mociones y tomar juntos las
resoluciones que nos ayuden a seguir siendo la Iglesia de Jesús en el siglo
XXI. Para ello, se necesitan personas como Pedro y Pablo: apasionadas y humildes. En palabras vulgares, podríamos decir que necesitamos reaprender el Evangelio “de pe (Pedro) a pa (Pablo)”.
Me preparé para la fiesta de hoy participando en la oración vespertina de la comunidad de sant’Egidio en la maravillosa basílica de santa María in Trastevere. Por razones sanitarias, habían retirado los bancos. En su lugar, había sillas bastante distanciadas. A las ocho de la tarde comenzó el canto de los salmos. Después subió al ambón Andrea Riccardi, fundador de la comunidad en 1968. Es un laico de 71 años que llegó a ser ministro para la cooperación internacional en el gobierno de Mario Monti (2011-2013). Leyó el evangelio de las tentaciones de Jesús según Marcos. Después, con voz bien timbrada, hizo un comentario muy jugoso sobre lo que hoy significa vivir el “desierto” de la pandemia como una prueba de la que podemos salir “convirtiéndonos y creyendo en el Evangelio”.
A la salida de la basílica caía la tarde sobre el barrio del Trastévere. Las terrazas de los bares y trattorie estaban llenas, pero sin agobio de gente. Soplaba una brisa suave. Muchos ya no llevaban la mascarilla. Ayer fue el primer día en que fue posible hacerlo en Italia. Junto con otro claretiano amigo, degustamos una pizza, saboreamos una cerveza fría y rematamos la velada con un helado mientras contemplábamos la exhibición de un acróbata africano sentados en las escalinatas que dan al Lungotevere. A mitad de la cena, miro el móvil. Nos enteramos de que la selección española de fútbol ha derrotado a la croata por 5 a 3 en un partido agónico. Pasa a cuartos de la Eurocopa. Es una alegría añadida. Hay veces que el tiempo se detiene. Todo resulta más luminoso. Son momentos que dan vida. Se agradecen más tras los largos meses de encierro.
Cuando era estudiante en la Universidad Gregoriana de Roma tuve la suerte de hacer un curso con el profesor Antonio Orbe, uno de los grandes expertos mundiales en los padres de la Iglesia y, más en particular, en san Ireneo de Lyon, cuya memoria celebramos hoy. Ireneo no es un santo popular. Puede que incluso sea desconocido para muchos de los lectores del Rincón. Creo, sin embargo, que su pensamiento puede iluminar algunas de las coyunturas que vivimos hoy. La frase más citada de sus obras apologéticas es esta: “Gloria Dei vivens homo” (O sea: “La gloria de Dios es el hombre viviente”). Se la utiliza para justificar una espiritualidad en la que dar gloria a Dios significa trabajar para que los seres humanos vivamos con plenitud, tengamos vida abundante. En este sentido la frase de san Ireneo es un eco de un dicho de Jesús: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).
Se produce así una humanización de la fe cristiana que es, al fin y al cabo, el quicio de nuestra experiencia creyente. Nosotros creemos en un Dios que no nos salva “desde fuera”, sino que ha querido hacerse uno de nosotros. La condición humana se convierte así en el gran sacramento del encuentro con Dios. Todo ser humano es un santuario donde habita Dios. Esta es la fuente de nuestra dignidad radical y el fundamento de los derechos humanos. Debemos respetar a todas las personas porque son reflejo de la divinidad. O, dicho en términos bíblicos: son “imagen y semejanza de Dios”. Hasta aquí hay un gran consenso eclesial e incluso social.
Lo que casi nunca
se dice es que san Ireneo completó su pensamiento con una frase que está pegada
a la anterior: “et vita hominis visio Dei” (o sea: “Y la vida del hombre
es la visión de Dios”). ¿En qué consiste vivir? Desde hace años se habla mucho
de “calidad de vida”.Con esta expresión se alude a una forma de vivir que a menudo se mide por el Índice de Desarrollo Humano
(IDH) cuyas variables principales son: esperanza de vida, educación y renta per
cápita. Siguiendo estos criterios, los países con un mayor IDH son Noruega,
Nueva Zelanda, Australia, Suecia, Canadá y Japón. Hacia ellos se orientan
muchos emigrantes que buscan una vida mejor.
Entre los indicadores de calidad de vida no figura el señalado por san Ireneo. Para
él, la vida del hombre, su fin último, consiste en la “visión de Dios”. No se
trata de un fenómeno oftálmico (como quien “ve” un ovni), sino de entrar en
comunión profunda con él. Así como Dios se ha hecho hombre (humanización),
los seres humanos estamos llamados a vivir en Dios (divinización). Las Naciones Unidas no hablan en estos términos.
Se limitan a decir que “vivir bien” consiste en vivir muchos años con buena
salud, alcanzar un alto nivel de educación y disponer de una economía saneada.
Muchos
cristianos hemos caído también en este espejismo. Nos parece que lo fundamental es vivir lo mejor posible en esta tierra y ayudar a que el mayor número de personas suba algunos grados en el IDH.
El objetivo es loable y responde plenamente a la esencia de nuestra fe. Todo lo
que hagamos por humanizar la vida de las personas, por disfrutar de este gran don de Dios, significa darle gloria.
Pero ¿es suficiente con esto? El problema no es lo que acentuamos sino lo que
silenciamos.
Aquí es donde san
Ireneo, un santo teólogo del siglo II, viene en ayuda de los cristianos del
siglo XXI. Parece casi increíble, pero así es. A veces, no hay nada más
revolucionario y progresista que el recuerdo del pasado. San Ireneo nos recuerda
que no podemos separar lo que Dios ha unido. En otras palabras: que debemos
esforzarnos por traducir la gloria de Dios en preocupación por la vida de los
seres humanos… y que nunca debemos olvidar que la vida auténtica consiste en la
comunión con Dios, origen y meta de todo. De lo contrario, se reduce a un
fenómeno biológico o social. Hay personas que viven con gran armonía los dos movimientos
como partes esenciales de una espiritualidad integral. Y hay personas “heréticas”;
es decir, que toman solo una parte y la absolutizan. Por eso hablamos de
personas “secularistas” (las que reducen la vida a los indicadores de IDH) y
personas “espiritualistas” (las que desconectan la comunión con Dios de la mejora
de las condiciones humanas de vida).
Hoy, 28 de junio, es también el Día
Internacional del Orgullo LGBTI (y alguna otra mayúscula adicional). Más allá de exageraciones, ideologizaciones
y manipulaciones, es una oportunidad para recordar a nuestros hermanos y
hermanas con orientaciones sexuales diversas, superar nuestros prejuicios,
respetar la sacralidad de toda persona (con independencia de su condición
sexual), garantizar los derechos esenciales de todos e integrarlos plenamente
en la comunidad eclesial. Hay muchos aspectos discutibles desde el punto de
vista filosófico, ético y legal, pero eso nunca debería ser óbice para una actitud de
respeto, acogida e integración.
El mensaje de
este XIII Domingo del Tiempo Ordinariorezumavida por los cuatro costados. Necesitamos acogerlo
para no hundirnos en la fosa del escepticismo. A diferencia de otros pueblos, Israel tardó mucho
tiempo en creer que hay vida después de la muerte. Esta lentitud de Israel en
llegar a la afirmación explícita de una vida eterna resulta iluminadora para nosotros,
creyentes de hoy. Nos ayuda a comprender que, antes de creer en la resurrección
y en un mundo futuro, es necesario valorar y amar apasionadamente la vida en
este mundo, tal como la aprecia y ama Dios. Este es el mensaje de la primera
lectura tomada del libro de la Sabiduría: “Dios no hizo la muerte ni
goza destruyendo los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las
criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el
abismo impera en la tierra”.
Cada vez que viajo a América Latina, un continente
que ha sufrido desgarros de todo tipo, me sorprende positivamente que muchos
cristianos se dirijan a Dios como “Dios de la vida”. Cuando la muerte nos pisa
los talones en forma de guerra, narcotráfico, opresión… entonces se valora más
el don de la vida. Jesús lo dijo de manera inequívoca: “Dios no es Dios de
muertos, sino de vivos” (Mt 22,32).
En el Evangelio
de hoy se entrecruzan dos historias: la de la hija de Jairo y la de la mujer
que padecía flujo de sangre. Cada una tiene sus rasgos propios. Hay, sin
embargo, un hilo que las une: la experiencia de pasar de la enfermedad-muerte a
la curación-vida. En ambas historias se juega con el número 12: la niña tiene
12 años y la mujer lleva 12 años padeciendo la enfermedad. En ambas adquiere
una gran importancia el tacto. La mujer “acercándose por detrás, entre la
gente, le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, curaría.
Inmediatamente”. Es ella quien toca a Jesús porque siente que de él emana
la salud y la vida.
En el caso de la niña muerta es Jesús quien la toca para trasmitirle
un nuevo aliento:“Entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le
dijo: «Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate).»”. Ambas mujeres (la adulta y la niña), que habían sido excluidas de la comunidad,
son reintegradas en ella. Cuando Jesús salva, no solo cura las enfermedades físicas
y espirituales, sino que derriba las barreras de la exclusión. Jesús es un
reintegrador, alguien que devuelve la vida plena: física, psíquica, espiritual
y social.
¿Cómo podemos
acoger este mensaje en el contexto de pandemia que todavía seguimos viviendo? ¿Por
qué no experimentamos hoy con fuerza que Jesús sigue siendo fuente de vida para
nosotros y para el mundo? Encuentro una explicación sencilla: porque no nos
acercamos a él para tocarlo (como hizo la mujer hemorroísa) y porque no nos
dejamos tocar por él (como sucedió con la niña muerta). Es verdad que muchos de
nosotros celebramos los sacramentos, leemos la Biblia y hasta hacemos alguna
obra de caridad, pero ¿significa eso que “tocamos” a Jesús o nos quedamos, más
bien, en sus alrededores? No es lo mismo ser admiradores que amigos.
Tocar a Jesús implica un gran atrevimiento. De la
mujer se dice que “oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la
gente, le tocó el manto”. También nosotros hemos oído hablar de Jesús desde
nuestra infancia, pero no siempre nos atrevemos a cruzar la barrera del gentío
para acercarnos a Jesús y tocarlo. Somos víctimas de muchos prejuicios, nos da
vergüenza ir contracorriente, nos dejamos llevar por lo que piensa la mayoría.
En definitiva, no nos acercamos lo suficiente a Jesús como para experimentar su
poder sanador.
Pero también puede suceder que estemos prácticamente muertos,
como la hija de Jairo, y que nosotros y quienes nos rodean hayamos ya tirado la
toalla pensando que es imposible volver a creer y vivir. Como los familiares de
la niña, podemos decir: “¿Para qué molestar más al maestro?”. Es él
entonces el que toma la iniciativa:“Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y
le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.»”. Es lo
único que Jesús nos pide para sacarnos de la fosa de la tristeza, la depresión
y el sinsentido: un poco de fe. Ni siquiera nos pide que tengamos la valentía
de tocarlo. Es suficiente con que nos dejemos tocar por él.