lunes, 18 de julio de 2016

Ochenta años y un día

Hoy se cumplen 80 años del comienzo de la guerra civil española (1936-1939). No tengo ninguna víctima entre mis familiares directos –tanto por parte paterna como materna– aunque sí –y muchas– entre los claretianos mártires, pero toda guerra fratricida es siempre un asunto de familia. Tampoco tengo competencia histórica para juzgar un acontecimiento que ha condicionado la evolución posterior de mi país, pero no puedo evitar el dolor, la tristeza y las infinitas preguntas. Ya ha pasado mucho tiempo desde el final bélico, pero quizá no ha llegado del todo el final histórico y afectivo. 80 años equivalen al curso normal de la vida de un ser humano. Tendría que ser un período suficiente para restañar las heridas, superar las ideologías y dejar que hable la historia. Con independencia de las interpretaciones que cada uno pueda hacer, hay un hecho irrefutable: toda guerra –incluso las necesarias y justas– es siempre la prueba de un fracaso. Los seres humanos recurrimos a la confrontación extrema cuando no sabemos, no queremos o no podemos abordar las diferencias y conflictos de manera razonable. Si todo niño que viene al mundo es la prueba de que la vida humana merece la pena, toda guerra es demostración del sinsentido y de la muerte. Tal vez por eso los que participaron en ella, de uno u otro bando, no querían hablar nunca de su experiencia. Así lo confirman los descendientes de generales republicanos (rojos) y nacionales (azules) en un interesante reportaje titulado Los hijos de la reconciliación. Quizá un psicólogo se apresuraría a decir que no hablar de algo significa no asumir las responsabilidades y cargar siempre con su negatividad. Puede ser. Pero hay también silencios terapéuticos que solo buscan que las heridas cicatricen antes de proceder a una operación a fondo.

La historia no se debe olvidar. Yo, que he vivido con testigos directos de la contienda, nunca he tenido mucho interés en saber lo que sucedió (aunque ha habido profusión de publicaciones y documentales) pero sí  en saber por qué sucedió y, sobre todo, cómo se pudo haber evitado. Sin afinar las respuestas, las causas que la produjeron pueden seguir latentes y provocar explosiones incontroladas en cualquier momento. Basta que se produzcan algunos acontecimientos graves o que alguien tenga interés en avivar las llamas. Es necesario estudiar lo que condujo a aquel fatídico trienio 1936-1939 y también la evolución en los 80 años posteriores, conscientes de que toda guerra civil tiene algo de diabólico que escapa a meras interpretaciones humanas. La verdad siempre libera y sana. Pero, sobre todo, es necesario preparar el día después. Ese día añadido significa la esperanza en que un pueblo que ha sufrido, que ha descendido al infierno del horror, si es capaz de comprender y perdonar, puede construir también un futuro prometedor. Las experiencias negativas cuando se asumen en su raíz nos dan una dosis de humanidad que a menudo no se produce cuando todo discurre en la rutina de una vida plana y confortable.

Escribo estas notas rápidas a miles de kilómetros de mi tierra, en un país (Congo) que sufre también el azote de la guerra civil y que no termina de cerrarla. Las escribo en pleno Jubileo de la Misericordia, un año en que la Iglesia nos invita a vivir la experiencia de la reconciliación en todas las esferas de nuestra vida personal y social. Todo me invita a perdonar, aprender y construir, tres verbos necesarios para el día después.

domingo, 17 de julio de 2016

Adivina quién viene esta noche

Las lecturas de este XVI Domingo del Tiempo Ordinario me han hecho recordar la memorable película de Stanley Kramer Guess Who's Coming to Dinner ("Adivina quién viene esta noche") estrenada en 1967. Las interpretaciones de Spencer Tracy, Katharine Hepburn, Sidney Poitier y Katharine Houghton son magistrales. Quizá no todos habéis visto la película. El argumento resultó muy controvertido en la década de los años 60 en los Estados Unidos.  La película cuenta la historia de Joanna Drayton (Katharine Houghton), hija de Christina (Katharine Hepburn) y Matt Drayton (Spencer Tracy), un matrimonio acomodado de San Francisco. Un día llega a casa acompañada por un médico afroamericano llamado John Prentice (Sidney Poitier). La sorpresa de los padres –que no esperaban algo semejante– es mayúscula. Joanna se lo presenta y, sin muchas explicaciones, les comunica que van a contraer matrimonio. Aunque los padres son liberales y no tienen prejuicios raciales, creen que un matrimonio como éste fracasará inexorablemente debido a la presión social.

Dios es también el huésped  que se presenta en nuestra casa cuando menos lo pensamos y del modo más sorprendente. Esta es la historia que sucede junto a la encina de Mambré y que nos propone la primera lectura de hoy. Me gusta contemplar así a Dios y a Jesús: como peregrinos (en cierto sentido, autoinvitados) que entran en nuestras vidas pidiendo hospitalidad. No son invasores sino huéspedes indefensos que dan más de lo que reciben. Su presencia en nosotros resulta siempre transformadora: vuelve fecundo lo estéril y da un giro completo a la orientación de la existencia. El encuentro de Jesús con Marta y María es también un ejemplo de hospitalidad transformadora. La tradición de la Iglesia ha convertido a ambas hermanas en iconos de dos maneras complementarias de entender la vida. No voy a entrar en esto para no seguir perpetuando el binomio "vida activa-vida contemplativa" que tantos problemas nos causa cuando lo malinterpretamos. Me fijo solo en un detalle que la traducción francesa del relato -escuchada esta mañana en la misa- permite subrayar y que ha constituido para mí una pequeña novedad. Jesús no reprocha a Marta que trabaje (agit) sino que se inquiete demasiado (agite). Este juego de palabras da mucho de sí. El servicio no se opone a la escucha de la Palabra de Dios; más aún, es un modo de ponerla en práctica: “Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”. 

El problema es esa inquietud/agitación que a menudo nos acompaña y que impide tanto escuchar como servir. El invitado Jesús, cuando entra en nuestra vida, nos invita a su vez a no estar inquietos y obsesionados: “No os preocupéis por lo que habéis de comer o beber”. María de Betania ha escogido la mejor parte porque ha aprendido a confiar, a no creer que todo depende de ella. En el mundo hipertenso que nos ha tocado vivir necesitamos una espiritualidad de la confianza. Si no, acabaremos por no reconocer al Invitado que viene a cenar con nosotros, aunque llevemos todo el día preparando la mesa.

Fernando Armellini nos ayuda a desentrañar otros aspectos del Evangelio de este domingo de julio.


Os puede gustar también esta antigua recreación musical del encuentro de Abrahán con los tres misteriosos peregrinos:



sábado, 16 de julio de 2016

Seis más uno

El día está a punto de acabar en Kinshasa, la capital extensa de un enorme país como es la República Democrática del Congo. Estoy cansadísimo. Esta mañana he participado en la ordenación presbiteral y diaconal de algunos jóvenes claretianos de la Delegación del Congo. La ceremonia ha durado solo cinco horas. En el Congo es inconcebible una eucaristía festiva sin danzas y mensajes de todo tipo. Después ha seguido una comida para unas 400 personas, un baile a la africana y un embotellamiento descomunal hasta llegar a la comunidad donde me hospedo. Así que con estos antecedentes no tengo muchas ganas de escribir sino de acostarme cuanto antes después de haber colocado "como Dios manda" mi red antimosquitos. 

Pero, por otra parte, no puedo pasar por alto la fecha de hoy. Los claretianos de todo el mundo nos hemos enviado mensajes de felicitación. La razón es sencilla. Hoy, 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, los misioneros claretianos celebramos el 167 aniversario de la fundación de nuestra congregación religiosa. Todo comenzó en Vic (Barcelona) el 16 de julio de 1849 con un grupo de seis personas: el catalán Antonio María Claret más cinco compañeros. El más joven no había cumplido aún los 27 años. Las condiciones eran precarias (tuvieron que reunirse en la habitación de un seminarista que estaba de vacaciones porque no disponían de casa propia). El futuro era incierto (no sabían cómo podrían desenvolverse en un tiempo en que las órdenes religiosas estaban suprimidas en España). Lo único que tenian claro es que el Señor era su pastor (meditaron el salmo 22/23) y que María era su fundadora (comenzaron a llamarse Hijos del Inmaculado Corazón de María). Es muy probable que Claret les explicara también su "hoja de ruta": la definición del misionero. Hace años compuse una meditación sobre uno de los cuadros que reproduce ese momento fundacional. Lo pintó el pintor italiano Conti. Desde el punto de vista artístico no es gran cosa, pero adquiere para nosotros un fuerte significado simbólico.

Hoy, desde este rincón africano en el que me encuentro, vuelvo a recordar la escena que tantas veces he meditado. Ahora me siento menos poético que hace algunos años. Soy testigo de la expansión de aquel pequeño grupo inicial  (de 6 hemos pasado a unos 3.050), pero también veo nuestros apegos a lo propio y nuestras dificultades para cambiar. Estamos rodeados de gente extraordinaria, pero también la mediocridad nos mina. La verdad es que no me siento con muchas ganas de lanzar las campanas al vuelo. Por naturaleza, soy muy reacio a los elogios excesivos. Lo que más me llama la atención no es que seamos extraordinarios sino que Dios siga haciendo su obra con gente ordinaria y limitada como nosotros. O sea, que somos lo que somos por el impulso misterioso del Espíritu de Dios. Los primeros fueron seis (Claret y sus compañeros) más uno (el Espíritu que los movía a la evangelización). Hoy sigue pasando lo mismo. Animados por él, podemos seguir siendo testigos y mensajeros de la alegría del evangelio, a pesar de nuestras debilidades. Sin él, no somos más que una pequeña multinacional que presta algunos servicios con mejor voluntad que competencia.

Felicidades de todo corazón a mis hermanos claretianos (especialmente a los que celebran sus aniversarios de profesión u ordenación), a los carmelitas (entre quienes tengo algún amigo muy cercano) y también a todas las personas que llevan el nombre de Carmen. Que María del Carmelo nos acompañe a todos en la travesía por esta vida complicada y hermosa.

viernes, 15 de julio de 2016

La colina de la paz

Por primera vez desde que empecé este blog, no me ha sido posible ser fiel a mi cita diaria en el momento justo. Una agenda apretadísima y dificultades para la conexión a internet me lo han impedido. Pero, aunque sea con un poco de retraso, quiero colgar el texto previsto para este día. El pasado jueves 14 de julio cené con madame Marie Madeleine Mborantsuo, presidenta del Tribunal Constitucional de Gabón y de la federación de tribunales constitucionales de África. Los claretianos llevamos la capellanía católica de la institución “Berthe et Jean” que ella ha fundado en memoria de sus padres. En un momento de la cena le pregunté si había asistido a la recepción organizada por la Embajada de Francia con motivo de la fiesta nacional de ese país. Me dijo que se había excusado ante el embajador porque para ella era más importante cenar con nosotros y hablar de algunos asuntos relacionados con la institución. Lo que no podíamos imaginar es que a esa misma hora un fanático, aprovechando una concentración de gente con motivo de la fiesta nacional francesa,  había cometido un salvaje atentado en Niza con el resultado de 84 muertos y numerosos heridos. 

Yo me enteré al día siguiente por la mañana, horas antes de visitar el Monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles de las Hermanas Clarisas, el único monasterio contemplativo de Gabón. Situado en la cima de una colina desde la que se divisa el mar, el monasterio parece un faro que orienta e ilumina a las gentes del valle. La comunidad la forman una veintena de religiosas de varias nacionalidades, incluyendo dos francesas. A la oración se unen a veces algunos vecinos, huéspedes o visitantes ocasionales. Como buenas africanas, las monjas acompañan el canto de los salmos con instrumentos de percusión y, en ocasiones, con danzas.  Mientras cantaba la hora sexta con ellas, me daba vueltas en la cabeza el atentado de Francia y, en general, el problema de la violencia terrorista. Después tuve ocasión de hablar sobre ello con un experto congoleño. Hay un componente de irracionalidad que dificulta cualquier estrategia. Quizá la más efectiva a largo plazo sea multiplicar los lugares, como el monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles, en los que personas de distintas razas, culturas y religiones vivan experiencias en común, demuestren que nuestra condición común de seres humanos está por encima de cualquier diferencia y nos impide la discriminación. Lugares así son laboratorios del tipo de humanidad intercultural que estamos viviendo cada vez con más intensidad.

jueves, 14 de julio de 2016

Las ocasiones perdidas

Parece el título de una película antigua. Podría haber usado otro título para expresar lo mismo: “Las oportunidades encontradas”. ¿Por qué estoy ahora en Gabón y no en mi país natal o en cualquier otra parte del mundo? ¿Qué hubiera sido de mi vida si en un momento determinado no hubiera sentido la vocación misionera? En cada encrucijada de la vida elegimos una opción y desechamos otras. Elegir el celibato significa renunciar a formar una familia propia. Casarse con una determinada persona implica dejar fuera otras posibles relaciones. El estudio de la teología me hizo renunciar a alguna de mis pasiones: la arquitectura y la música. Cuando recorremos nuestro itinerario vital caemos en la cuenta de las muchas ocasiones perdidas: personas con las que podríamos haber intimado, trabajos que podríamos haber hecho, decisiones que tendríamos que haber tomado… El recuerdo de lo que podría haber sido puede sumergirnos en un mar de nostalgia e incluso de frustración y tristeza. Nuestra vida hubiera sido diferente si en determinadas encrucijadas hubiéramos escogido una dirección distinta a la que, de hecho, tomamos. Pero, al mismo tiempo, las decisiones tomadas se convierten en oportunidades. Cada opción nos abre un abanico de posibilidades que tenemos que explorar. Somos los que somos por haber seguido con decisión un determinado camino. La indecisión permanente nos paraliza. Las personas que dedican demasiado tiempo a sopesar los pros y contras de una decisión acaban perdiendo todas las oportunidades.

A medida que pasa el tiempo uno descubre que las “ocasiones perdidas” permanecen siempre en estado latente, que no desaparecen del todo. Son potencialidades que muestran hasta qué punto la vida humana es moldeable y elástica. Incluso después de haber tomado una dirección en la vida podemos aprovechar algunos elementos de las direcciones que abandonamos. No se trata de conducir una “doble vida” o de servir a “dos señores” –por usar la expresión de Jesús en el evangelio– sino de aprovechar al máximo los regalos que la vida pone a nuestro alcance. A veces, lo que dejamos de jóvenes reaparece cuando somos adultos de una forma nueva, no incompatible con la dirección fundamental de nuestra vida. Algunas personas cuando se jubilan de su vida profesional encuentran el tiempo y las ganas para cultivar algunas aficiones que dejaron en el momento de estudiar una carrera o emprender un trabajo. Relaciones que habíamos abandonado en nuestra juventud vuelven a cruzarse en nuestro camino al cabo de muchos años. Es como si la vida nos diera una segunda oportunidad, como si nunca perdiéramos del todo las posibilidades que se nos presentan.

miércoles, 13 de julio de 2016

No todo es igual

Vivimos en sociedades cada vez más plurales. Cuando yo era niño era muy raro ver a alguna persona de raza negra en el ambiente en que yo vivía. Hoy cualquier ciudad europea es, en mayor o menor grado, un caleidoscopio de razas, culturas y lenguas. Y lo mismo sucede en las comunidades religiosas. Aquí en Gabón, por ejemplo, hay misioneros claretianos de siete nacionalidades. Viven y trabajan juntos. Como es natural, esta diversidad es a menudo fuente de malentendidos y aun de conflictos. A veces, usando las mismas palabras nos estamos refiriendo a realidades distintas. No es un mero problema lingüístico sino cultural, de mentalidad. Por eso, hemos comenzado nuestra asamblea anual reflexionando juntos sobre cuatro principios de discernimiento que el papa Francisco presenta en la exhortación Evangelii gaudium (nn. 221-237). Son aplicables a diversas situaciones. Creo que, en conjunto, nos ayudan a desentrañar lo más importante en situaciones de diversidad y aun de conflicto. No se trata de lograr un imposible equilibrio entre dos polos opuestos o un compromiso (como se dice ahora en el campo de la política) sino de buscar siempre el bien mejor. Aunque todo puede ser valioso, no todo es igual. Aquí van, de forma telegráfica, los cuatro principios.
  • El tiempo es superior al espacio. La tentación de todos nosotros es acotar nuestro pequeño espacio –lo que controlamos– y vivir solo el presente, el famoso cortoplacismo. Este principio nos empuja, más bien, a trabajar a largo plazo, sin obsesionarnos con los resultados inmediatos. Las grandes obras requieren tiempo. Una planta no crece más rápido porque cada día tiremos de las hojas hacia arriba. Quienes no entienden este principio siempre buscan soluciones inmediatas, atajos, rebajas. Por el contrario, quienes ven la sabiduría que encierra, apuestan por la educación porque educar significa sembrar semillas en el presente para cosechar frutos en el futuro.
  • La unidad prevalece sobre el conflicto. Hoy somos muy sensibles a todo tipo de diversidad: cultural, política, lingüística, sexual, etc. No es fácil convivir con personas muy diferentes a nosotros. Es frecuente que surjan conflictos. El conflicto no se debe disimular, pero tampoco podemos quedar encerrados en él. La realidad nos empuja a la unidad, a buscar una nueva síntesis que, teniendo en cuenta la riqueza que cada uno aporta, se abra a la comunión. El objetivo último no es, pues, respetar la diferencia sino lograr que esa diferencia enriquezca el conjunto, contribuya a una unidad superior. La diferencia sin reconciliación es la excusa para perpetuar el conflicto.
  • La realidad es más importante que la idea. Nos gusta imaginar, soñar, planificar. Se suele decir que sin utopías no se avanza en la vida. Pero el riesgo de quedarnos en las nubes y de no pisar tierra es muy real. Una idea para que sea fecunda necesita encarnarse. A veces nos preguntamos por qué la gente no nos sigue. Una de las respuestas es: porque no pisamos tierra, no abordamos las cuestiones reales que preocupan a las personas, nos perdemos en un mar de palabras y conceptos. Este es uno de los grandes riesgos de las reuniones, congresos, encuentros, etc. Por eso suelen servir para muy poco.
  • El todo es superior a la parte. No se trata de defender una suerte de totalitarismo en el que el individuo quede anulado. Significa que los intereses particulares, por legítimos que sean, no pueden prevalecer sobre los intereses del conjunto. El modelo no es la esfera, en la que cada punto es equidistante del centro, sino el poliedro, que refleja la confluencia de todos los elementos parciales sin diluir su originalidad.

Estos principios pueden sonar a música celestial, pero cuando se los toma en serio ayudan mucho a lidiar con la diversidad, a distinguir entre lo importante y lo secundario, a dar más importancia a los procesos de largo alcance que a las acciones inmediatas, a aterrizar las propuestas para no ser víctimas de un nominalismo hueco, a no dejarse llevar por los intereses mezquinos, a buscar siempre la unidad: “Que todos sea uno, como tú y yo, Padre, somos uno”. 
Creemos en un Dios que es uno y diverso. Creados a su imagen, estamos llamados a vivir la unidad en la diverisdad o la diversidad en la unidad.

martes, 12 de julio de 2016

Orar y cenar, dos verbos eclesiogenéticos

Anoche entendí un poco mejor cómo se hace la Iglesia. Recordé los varios textos de san Pablo en los que él habla de las primitivas comunidades cristianas que se reunían en casa de algunos personajes. Nosotros, los misioneros de Gabón, nos reunimos anoche en casa de monsieur Michel y madame Irène, dos profesores universitarios jubilados que se han convertido en catequistas de los que quieren convertirse al cristianismo. En el pequeño jardín de su casa han construido una gruta con la imagen de la Virgen. En torno a ella nos reunimos para cantar las vísperas. Era hermoso contemplar a una veintena de misioneros claretianos y un número parecido de laicos rezando juntos al aire libre, al amparo de la templada noche tropical. Los africanos saben cantar. Los salmos resbalaban cadenciosamente. Sin prisas, con un sentimiento de gratitud y alabanza. Al acabar la oración, la señora de la casa nos dirigió unas palabras de acogida. En atención al superior general, las tradujo también al inglés. Después nos sentamos en torno a varias mesas redondas para compartir la cena. Cada uno se fue sirviendo con libertad. Hubo tiempo para recordar los orígenes de la misión claretiana en este país y muchas anécdotas de nuestros misioneros, tanto en la zona de Franceville como en la capital. Llevamos aquí más de 40 años.

El título de esta entrada es deliberadamente rebuscado. Nadie en su sano juicio utiliza la palabra “eclesiogenético”. Sin embargo, creo que expresa bien lo que experimentamos anoche. La iglesia se hace en torno a la oración en común (con la eucaristía como cumbre), en torno a la mesa compartida (como signo de comunión), en formación constante y lanzada al testimonio y al servicio (como expresiones de la misión evangelizadora). En África, muchos matrimonios cristianos y sus “casas” son los verdaderos evangelizadores de las jóvenes generaciones. Reproducen lo que sucedía en la iglesia primitiva. Me pregunto si en la vieja Europa no habrá llegado la hora de recuperar esta evangelización "casa por casa", de poner en práctica el modelo de la parroquia entendida como comunidad de comunidades, dando fuerza a esa pequeña célula que es la familia entendida como iglesia doméstica.