viernes, 6 de octubre de 2017

Desde la cima

Por la ventana de mi cuarto se ve el valle de Avezzano, a pocos kilómetros del Gran Sasso. Me encuentro en el santuario de la Madonna de Pietraquaria, a unos 120 kilómetros al este de Roma, en la zona montañosa de los Abruzos. El silencio es completo. No se oye ni una mosca, entre otras razones porque no las hay. Pasaré aquí todo el fin de semana. Han sucedido tantos acontecimientos en el valle en los últimos días, que necesitaba subir a cima para verlos con perspectiva. Pocas cosas hay más curativas que el silencio. Nos permite distinguir el eco de las voces, lo esencial de lo superfluo, lo importante de lo urgente. No he venido solo a esta cima. He venido con mis compañeros del gobierno general de los claretianos. Aquí podemos combinar el silencio y el diálogo, la quietud del santuario y un paseo por la montaña, la oración y el estudio. Si no fuera por momentos como estos, correríamos el riesgo de hacer muchas cosas sin saber bien adónde vamos y por qué las hacemos.

En esta ocasión hemos escogido como tema de estudio el Ideario de una de las ramas de la Familia Claretiana. Se trata del movimiento Seglares Claretianos. Estamos hablando de unas mil personas provenientes de diversas regiones del mundo. El origen de este movimiento se remonta a los grupos de laicos que San Antonio María Claret formaba al final de las misiones populares con objeto de que se ayudasen entre ellos a vivir mejor la vida cristiana y también se dedicasen a evangelizar en sus ambientes familiares, laborales y sociales. Entronca también, pero a otro nivel, con la Academia de San Miguel, una iniciativa de San Antonio María Claret que reunía a políticos, artistas, intelectuales, etc. con objeto de propagar el Evangelio a través de la cultura. El estudio de este movimiento, que tiene poco más de 30 años en su configuración actual, nos ha permitido reflexionar sobre el sentido de la vocación del laico en la Iglesia. Gracias a Dios, a partir del Vaticano II, hemos hecho un interesante camino de maduración. El laico no es un mero colaborador de la jerarquía eclesiástica sino que, en virtud del Bautismo y Confirmación, ha recibido la vocación de ser testigo del Evangelio en el mundo. El tema podría llevarnos muy lejos, pero basta dejarlo aquí insinuado.

Mientras tanto, me entero de que la Campaña Internacional para la abolición de las Armas Nucleares ha recibido el Premio Nobel de la Paz y de que el asunto de Cataluña sigue en ebullición. Yo estoy convencido de que, tras la tormenta de las últimas semanas, llegará la calma en forma de una nueva y compartida propuesta. Pero, naturalmente, puedo equivocarme. Todo es susceptible de empeorar. Los seres humanos estudiamos algo de historia. Se supone que este estudio nos tendría que ayudar a corregir los errores del pasado, pero muy a menudo los repetimos en dosis mayores, como si todo empezara con nosotros, como si de nada sirviera lo vivido. ¡Menos mal que siempre hay gente sabia y buena (¿es posible ser una cosa sin la otra?) que sabe aportar la dosis de serenidad y clarividencia que necesitamos en cada encrucijada! Desde la cima compruebo que se están multiplicando las iniciativas sociales que buscan tender puentes, cicatrizar heridas, abrir caminos, lograr consensos, etc. Esperemos que se abran paso en un momento en el que la política parece haber rubricado su fracaso. Desde la cima, no se aprecian muy bien las diferencias. No se puede leer bien el lugar de nacimiento de cada uno en su carné de identidad. Da la impresión de que -¡oh sorpresa!- todos somos seres humanos.

jueves, 5 de octubre de 2017

La cultura "sin"

Llevamos ya años en los que se multiplican los productos “sin”. Se trata de alimentos a los que se les ha quitado algún ingrediente que se considera nocivo para la salud. Se habla de pan sin gluten; de leche sin lactosa; de cerveza sin alcohol; de zumos sin azúcar; de aceitunas sin sal; de carnes sin grasa; de conservas sin conservantes; de refrescos sin cafeína, etc. Parece que lo “sin” está de moda. Es como un signo de modernidad. El problema es que se ha extendido tanto la cultura “sin” que ha invadido otros campos. Comemos tomates y melocotones sin sabor. Suenan músicas ruidosas sin inspiración, vemos programas televisivos sin originalidad y sin pudor… y hasta votamos a políticos sin vergüenza. Creo que también en el campo de la Iglesia hay muchos cristianos sin convicción, sin alegría y sin compromiso. Da la impresión de que cuanto más light sea una realidad, mejor es. Puede que sea cierto en el campo alimenticio, pero en otros campos de la vida tanta ligereza nos está volviendo débiles, asustadizos ante las pruebas de la existencia. ¡Ya está bien de descafeinar todo y de hablar a base de eufemismos!

A pesar de que reivindico una cultura “con”, en el contexto en el que estamos viviendo, me parece conveniente cultivar tres SIN que pueden ayudarnos a vivir mejor.

SIN MIEDO. Comprendo que hay muchas realidades que nos producen miedo en la sociedad actual. A las tradicionales (la falta de trabajo, el futuro que aguarda a los hijos, la enfermedad, la muerte de seres queridos…) se unen otras más ligadas al contexto actual. Hay personas muy preocupadas por la situación sociopolítica (sobre todo, en algunas regiones del mundo), por la violencia, por el terrorismo, por la sostenibilidad del planeta, por el futuro de la fe… Jesús repite muchas veces en el Evangelio un aviso que recorre la historia: “No tengáis miedo” (Mt 10, 26.28.31). Podemos ser perseguidos, pero no eliminados porque nuestra vida no se basa en los triunfos humanos sino en el amor de Dios, y éste es indestructible. Jesús no nos invita a ser temerarios o irresponsables, sino a confiar en Dios. Hay una expresión en italiano que resume muy bien esta actitud: Ci penso io. Es decir, no te preocupes, yo me ocupo de eso. Si alguien tiene interés en que no se desbarate la obra de sus manos, ése es Dios. ¿Quién podrá separarnos de su amor?

SIN ODIO. Cuando nos toca vivir situaciones conflictivas, cuando creemos que hemos sido agredidos por los demás en nuestra dignidad, convicciones, sentimientos, etc. se dispara la respuesta automática del resentimiento y, en ocasiones, del odio. Se trata de una reacción automática que, bajo apariencia de justicia, va tejiendo en torno a nosotros una coraza que acaba convirtiéndose en nuestra tumba. La primera víctima del odio es la persona que lo padece. Y luego todos aquellos que se convierten en objetivo de nuestra amargura: los amigos, los familiares, los políticos, los empresarios, la gente de Iglesia, etc. Jesús es muy claro al respecto: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian… Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,27-28. 36). Si hay alguna señal que nos distingue a los cristianos de otros seres humanos es precisamente el perdón, el amor a aquellos que parecen estar en las antípodas de nuestras convicciones y actitudes. Amar a los amigos nos sale de dentro. Amar a los enemigos es una gracia que debemos implorar. Pero esa gracia se convierte en un testimonio de la acción de Dios en nuestras vidas. 

SIN TRISTEZA. Hay demasiada gente triste. Las razones son muchas. Algunas tienen que ver con un deficiente funcionamiento del organismo. Otras apuntan a nuestros fracasos en la vida o a la falta de horizonte. No suele darse una correlación directa entre pobreza y tristeza. A veces, las personas que más tienen son las que van por la vida sin encontrar satisfacción en nada de lo que tienen o hacen. No se las ve felices. Es como si todo lo que tienen se quedara en la superficie y no llegara a tocar el corazón. Jesús, que conocía muy bien al ser humano, nos hizo una promesa: “Yo os aseguro que vosotros lloraréis y gemiréis. Mientras que el mundo se sentirá satisfecho; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16,20). Jesús quiere que sus discípulos vivan sin tristeza, que disfruten de la experiencia de sentirse queridos por Dios, aun en medio de las pruebas de la vida, que nunca van a faltar. El fundamento de esa alegría no es que las cosas vayan bien, sino que Dios es nuestro tesoro, la perla preciosa. El papa Francisco, en la exhortación Evangelii gaudium, afirma que “nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor” (265). ¡Pues eso!

miércoles, 4 de octubre de 2017

Artesanos de paz

En medio de las tensiones de los últimos días, nos llega hoy, como un regalo benéfico, la fiesta de san Francisco de Asís, el más santo de los italianos y el más italiano de los santos, un seguidor de Jesús que suscita general admiración. Él también vivió conflictos personales, sociales y eclesiales. Quizás sería más exacto decir que los padeció. Unido a Jesús, se convirtió en artesano de reconciliación. ¡Hasta se entrevistó con el sultán de Egipto Melek el Kamel durante la quinta cruzada! Necesitamos personas que se atrevan a saltar al campo enemigo para ver que, detrás de las posiciones más distantes, hay siempre seres humanos. Mirar a los ojos de una persona significa reconocer su misterio personal. La mirada, cara a cara, tiene un poder redentor. Ninguna causa es tan grave (unidad nacional, independencia, etc.) que merezca sacrificar el valor supremo de la paz y de la armonía. Para abordar las situaciones de conflicto con serenidad e imaginación, el papa Francisco nos ofreció hace cuatro años algunos criterios para el discernimiento que se pueden aplicar a la situación presente. Me atrevo a sugerirlos porque he comprobado que ya se han encendido algunas luces rojas que nos advierten de que el debate ha traspasado el nivel ideológico y se ha internado en el campo personal. Las redes sociales arden con descalificaciones, insultos, adoctrinamientos, chistes ofensivos, argumentos ad hominem (¡y tú más!)… Hay amigos que se están separando a causa de los enfrentamientos políticos, familias que no se hablan, comunidades que han convertido en tabú un asunto sobre el que tendría que haber una gran libertad de expresión.  ¡Este es siempre el triunfo del diablo! Se trata, por desgracia, de una situación dia-bólica, en el sentido etimológico del término: de una realidad que divide y enfrenta. No puede venir del buen espíritu, por emplear la terminología ignaciana, algo que produce tanta división y rencor.

Como creyente, no pienso que los conflictos se puedan resolver a base de pedradas y ni siquiera sentados en torno a una mesa de negociaciones, como si se tratara de un mero asunto comercial. Donde se ha introducido el virus dia-bólico (separador), hay que impetrar el ángel sim-bólico (unificador). Los ángeles de la reconciliación no se crean en las mesas de diálogo: se acogen como un don. Tenemos que orar con humildad. Es quizás la mejor contribución que podemos ofrecer en estos momentos. Por eso, a los lectores de este Rincón que sois creyentes, os sugiero que, durante los próximos días, repitáis esta plegaria atribuida a san Francisco de Asís. Puede ayudarnos a purificar el corazón, a no acumular rencor, a superar prejuicios y a mirar a las personas con ojos nuevos. Le pedimos a Dios que, más allá de nuestras simpatías personales, nuestras posiciones políticas, nuestros puntos de vista, nos convierta en verdaderos artesanos de paz. Cuando pase el tiempo y veamos las cosas con perspectiva, nunca nos arrepentiremos de haber sido hombres y mujeres de paz. Es posible que sí nos arrepintamos de haber prodigado juicios sumarísimos, palabras insultantes y de haber tenido visiones de las cosas demasiado idolátricas, de haber convertido las realidades penúltimas (la patria, la política, la economía, etc.) en realidades últimas, casi en objetos de adoración. 

Aquí está la oración que os propongo:

¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.

¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.

Porque dando es como se recibe;
olvidando, como se encuentra;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.

Os dejo con dos preciosas versiones musicales:




martes, 3 de octubre de 2017

Cambiar para avanzar

Es un tópico decir que lo primero que muere en una guerra es la verdad. La jornada del 1-O en Cataluña no fue una guerra en sentido estricto, aunque hubo algunas batallas, pero constituyó un perfecto ejemplo de manipulación. Nadie gana hoy – ¿lo hizo alguien alguna vez? – sin manipular la realidad en ventaja propia. Al día siguiente, o sea ayer, se hablaba de desolación, vergüenza, juego peligroso, culpa, mentiras, exageraciones… Es como si todos viviéramos el “síndrome del día después” y, tras un tiempo de silencio, necesitáramos decir algo sobre lo ocurrido, una especie de logoterapia personal y colectiva. Los diagnósticos y las soluciones son casi lo de menos. Sería demasiado racional. Lo que importa es el desahogo y, en algunos casos, el ajuste de cuentas. Estamos en tiempos de pensamiento débil y de predominio de las emociones. A todos nos cuesta ser críticos con aquello que amamos y, todavía más, ser autocríticos. Pero hay que intentarlo para que se pueda producir el milagro del encuentro.

A mí el domingo y el lunes me pillaron muy ocupado, así que apenas pude seguir los medios de comunicación y, mucho menos, escribir mi entrada diaria en este Rincón. Hoy, que dispongo de un poco más de holgura y que he podido contrastar informaciones, quiero compartir algunos pensamientos deshilachados sobre todo lo que está sucediendo en mi querida Cataluña. La verdad es que no sé por dónde empezar a escribir, porque, de entrada, todo me resulta confuso y descorazonador. Algunos periodistas de la propia casa han criticado la política informativa que siguió RTVE. Al parecer, intentó minimizar lo del domingo, como si se hubiera tratado de algo de poca monta, cuando, en realidad, movilizó a cientos de miles de personas (¿cuántas?) por toda Cataluña. De TV3 no cabía esperar más que lo que lleva haciendo desde hace años: un apoyo descarado a la causa independentista bajo la etiqueta de actualidad informativa. Otras cadenas de televisión me parecieron más plurales, pero siempre hay intereses de por medio. Por otra parte, ¿quién puede ser objetivo en un asunto que ha despertado tantas pasiones?

Todo me pareció hiperbólico, teatral, sobreactuado, como se dice ahora. Para algunos, se trató de la fiesta de la democracia, abortada por la represión de las fuerzas ocupantes, que ni siquiera tuvieron compasión de los niños y ancianos. Para otros, se vivió un delito colectivo con ribetes de esperpento y una clara provocación que buscaba fotos martiriales en favor de la causa independentista. Todo depende del color del cristal con el que se mire. Pero en un asunto de esta magnitud no es posible ser equidistante. Conviene llamar a las cosas por su nombre, evitando al máximo los eufemismos. Muchos ciudadanos (independentistas o no) cumplieron la ley y otros muchos se la saltaron olímpicamente con todo tipo de justificaciones sentimentales y democráticas (la patria first). Muchos policías cumplieron con profesionalidad el mandato de los jueces y algunos se extralimitaron sin justificación. En ningún campo pueden pagar justos por pecadores. A veces, para no tener que hacer un análisis objetivo de los hechos, lo más fácil es dejarse llevar por la pasión y redondear por arriba. Se percibe con claridad en ese “género literario” del millón de manifestantes, que se repite cada vez que hay una concentración masiva. No importa que se trate de una Diada en Barcelona, de un acto de apoyo a las víctimas de ETA, de una manifestación del Orgullo Gay o de una visita del Papa. El millón – medio millón arriba, medio millón abajo, poco importa – siempre sale a relucir, hasta el punto de que, con el paso del tiempo, hablar de un millón querrá decir simplemente hablar de que había mucha peña, como cuando la Biblia habla de 40 años o 5.000 hombres. El millón ya no es una unidad de medida matemática, sino puramente política; o, si se quiere, sentimental. A las exageraciones, hay que añadir los muchos bulos que se han hecho virales estos días en la redes. Total, que no es fácil orientarse en este proceloso mar de la intoxicación desinformativa.

Y ahora, ¿qué? Algunos medios catalanes pronostican que, tras el referéndum ilegal y bastante chapucero, el Parlamento de Cataluña, siguiendo lo previsto en la famosa Ley de Transitoriedad, proclamará antes del fin de semana la DUI (Declaración Unilateral de Independencia), que se parece mucho a la sigla de los dispositivos intrauterinos. Por su parte, el Congreso de los Diputados no tratará el asunto de Cataluña hasta el 10 de octubre, lo que se me antoja una eternidad, vista la velocidad con la que se están atropellando los acontecimientos. ¡Quién sabe lo que sucederá, al final, en este interminable juego de escaramuzas, que más parece una persecución de policías y ladrones que una verdadera cuestión política! Personalmente, cada vez me inclino más a pensar que quienes han estado en el meollo del problema (Puigdemont y Rajoy en la última fase, pero no solo ellos), difícilmente pueden formar parte de la solución. 

Cada uno de ellos va a repetir ad nauseam sus argumentos, no se va a mover un ápice de sus conocidas posiciones: el primero, independencia sí o sí; el segundo, mantenimiento del orden constitucional a fuerza de resoluciones judiciales y nada de planteamientos políticos. Uno se comporta como un periodista exaltado. Quiere pasar a la historia como el Moisés catalán, que conduce a su pueblo hasta la tierra prometida y luego se queda contemplando la victoria desde el Monte Nebo de su dimisión, para dejar paso a un Josué organizador de la nueva república. El otro actúa como un frío registrador de la propiedad. Confía todo a la verdad de los papeles y al desgaste del adversario. El primero se alegra de las dificultades del camino (incluyendo las cargas policiales), porque así aparece con más heroísmo su gesta liberadora. El segundo minimiza los porrazos de la policía porque de lo que se trata es de hacer cumplir la ley, a pesar de la inhibición de los Mossos. Cada uno de ellos se debe a su hinchada, que no espera sino que lleven hasta el extremo sus respectivas posiciones. Cuanto peor, mejor. Cualquier concesión se ve como una imperdonable traición. Solo queda huir hacia adelante hasta ver quien resiste más (Rajoy), o a quien se le ocurre la escaramuza más ingeniosa (Puigdemont). El domingo ya llovió a cántaros, pero parece que no es suficiente. El personal tiene ganas de más follón. Hoy está convocado un paro de país. Ya no necesitamos parlamentos. La calle se ha convertido en el verdadero foro de actuación. Cualquiera (estudiantes, profesionales, etc.) puede representar su papel y alcanzar su minuto de gloria con una estelada a las espaldas y un clavel en la mano.

Ironizo por no llorar. Las imágenes del 1-O me producen, como a otros muchos ciudadanos, una mezcla de tristeza, rabia y vergüenza. Lo que más me escandaliza, aun siendo muy deplorable, no es la contundencia de algunas actuaciones policiales (estoy acostumbrado, por desgracia, a ver cosas parecidas cuando la policía italiana carga contra algunos manifestantes), sino la constatación de un fracaso colectivo, y la voluntad ciega de persistir en las causas que lo han generado, a pesar de la enorme fractura que está produciendo en la sociedad catalana (incluyendo algunas comunidades religiosas) y de la desafección entre catalanes y españoles, aunque ambas vienen de atrás. Mientras el tiempo se nos va en estas luchas fratricidas, los verdaderos problemas sociales (desempleo y precariedad laboral de los jóvenes, pensiones de los jubilados, asistencia sanitaria universal, lucha contra la pobreza, etc.) quedan como aparcados, a la espera de que la soñada independencia actúe como varita mágica que permita resolverlos de la noche a la mañana. ¿No podríamos concentrar toda nuestra energía creativa en abordarlos solidariamente más que desengrarnos en cuestiones identitarias?

En situaciones así, la gran tentación es soñar con la aparición estelar de un líder carismático que reconduzca la situación por cauces racionales. Pero esto, además de ser extremadamente peligroso, supone fiar todo a la fortuna y eximirnos de nuestra cuota de responsabilidad. Quizás lo más eficaz sea que los actuales líderes políticos reconozcan su fracaso y dejen paso a otros. Estos deberían convocar elecciones generales y autonómicas en las que, siguiendo los cauces legales, los ciudadanos pudieran expresarse con libertad. Y luego, con el panorama más despejado, se podría practicar el cacareado y hasta ahora imposible diálogo. O sea, cambiar para avanzar. Las heridas del pasado y del presente cicatrizan pronto cuando se vislumbra un futuro alentador. Cuando éste solo prolonga las aporías del presente, entonces las heridas no hacen sino supurar. No hay nada peor que ver la realidad a través de una herida, porque entonces el mundo ya no es un lugar habitado por seres humanos sino un campo poblado de víctimas y verdugos. O sea, la antesala del infierno. No estamos para estos desvaríos. Ya hemos consumido demasiado tiempo.


domingo, 1 de octubre de 2017

El tercer hijo

Amanece con una temperatura suave en la sierra de Madrid. Se anuncia un delicioso día de otoño. Es verdad que, a casi 700 kilómetros de distancia, están sucediendo acontecimientos históricos, pero ya habrá tiempo de volver sobre ellos con más serenidad. Hoy me acerco al mensaje que nos presenta la Palabra de Dios en este XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Tiene mucha relación con el del domingo pasado. Jesús sigue hablando de viñas y de jornaleros. Era una imagen muy familiar para su gente. La viña no era solo un lugar de producción, sino de relación; por eso, simboliza también a todo el pueblo de Israel. La historia que nos propone el Evangelio de hoy es muy conocida. Un padre pide a sus dos hijos que vayan a trabajar la viña: el primero dice no, pero luego va (no-sí): el segundo dice sí, pero luego no va (sí-no). Parece que, en el contexto de la iglesia primitiva, el primer hijo representa a los paganos que, tras vivir alejados de la fe, se adhieren al Evangelio. El segundo hijo representaría al pueblo de Israel que, aunque inicialmente parece escuchar la voz de Dios, luego da la espalda a su enviado Jesús.

Creo que en cada uno de nosotros conviven estos dos personajes. Hay veces que, en relación con Dios y el amor, nos mostramos inicialmente perezosos y renuentes, pero luego damos un paso adelante. Hay personas que con la cabeza y los labios dicen no creer en Dios pero, a la hora de la verdad, puedes contar con ellas para cualquier cosa. Con el lenguaje del amor están diciendo un sí que parecen negar con sus palabras. En otras ocasiones, parecemos muy dispuestos, nos comemos los santos –como se dice vulgarmente– pero luego eso no se traduce en una entrega generosa. Es una fe “de boquilla”. Está claro que Jesús prefiere el primer tipo al segundo. Al fin y al cabo, la medida última del juicio es el amor. Si amamos, hemos conocido a Dios, porque “Dios es amor” (1 Jn 1,4). Si no amamos, aunque seamos más papistas que el Papa, estamos lejos del corazón del Evangelio. Por eso, cuando miramos a nuestro alrededor, tenemos que reconocer con humildad que “ni son todos los que están, ni están todos los que son”.

Pero, aunque estos dos personajes describen muy bien la dinámica de nuestra vida, en realidad estamos llamados a representar un tercer personaje que no aparece explícitamente en la parábola de Jesús: el del viñador que dice sí y luego va a la viña (sí-sí). Es el personaje de María, la mujer que, tras algunas vacilaciones, dijo sí y cumplió de verdad la Palabra de Dios. Estamos rodeados de personas que han hecho de su vida un sí permanente al amor. Ayer por la tarde presidí el matrimonio de unos jóvenes amigos. Fue una ceremonia hermosa. Luego, durante la cena, tuve oportunidad de hablar con muchos viejos conocidos. Me emocioné al comprobar cómo un anciano de 91 años está dedicado en cuerpo y alma a cuidar a su esposa de 87, que padece Alzheimer. Él dice que Dios le está dando salud para poder practicar lo que prometió el día de su matrimonio, hace más de 60 años: “en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad”. Me quedé sin palabras. No lloré porque no era el momento, pero, en la persona de este anciano, al que conocí por primera vez hace muchos años, vi el rostro de los millones de personas que, en las circunstancias más adversas, están entregando sus vidas para que otros puedan vivir mejor. Ellos y ellas representan de verdad al “tercer hijo”, a ese personaje al que todos estamos llamados. 

viernes, 29 de septiembre de 2017

Rumor de ángeles

Hace unos 40 años que leí el libro de Peter Berger que lleva el sugestivo título de Rumor de ángeles. La sociedad moderna y el descubrimiento de lo sobrenatural. Se han hecho incluso tesis doctorales sobre el pensamiento de este autor, que habla del cambio de paradigma que estamos viviendo en relación con el hecho religioso: de la secularización (ideal moderno) a la desecularización (meta pos-moderna). Es verdad que en estos años ha habido muchos cambios, pero las intuiciones de Berger siguen siendo estimulantes. De todos modos, no creo que este Rincón sea el lugar más adecuado para un debate académico sobre un asunto de esta envergadura. si así fuera, me temo que muchos lectores se echarían para atrás, pero hay algunas cosas que quisiera compartir. Lo hago precisamente hoy que celebramos la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. No es fácil hoy hacer una teología de los ángeles, a pesar de que en ciertos ambientes seculares se habla mucho de ellos. La pregunta es muy sencilla: ¿Cuáles son los signos que, en medio de esta sociedad secularizada, nos remiten a una dimensión que va más allá del mundo material o que se transparenta en el más acá de nuestra vida?

Peter Berger habla de varias realidades humanas que, vividas en profundidad, nos remiten siempre más allá de ellas mismas, como si fueran ventanas que se abren a una dimensión trascendente. La más significativa de las señaladas por Berger es, sin duda, la experiencia del amor, en sus múltiples formas. No es extraño que así sea porque, en el Nuevo Testamento, se llega a afirmar que “Dios es amor” (1 Jn 1,4). Esto significa que, cada vez que un ser humano tiene una genuina experiencia de amor, aunque no lo sepa, aunque no quiera denominarlo así, está experimentando a Dios. Pero, junto a esta gran ventana, Berger señala otras que forman parte de nuestra vida: el arte y el éxtasis, las matemáticas y la música, el juego y el ritual, y, por supuesto, la fe y la esperanza. Berger acentúa mucho el humor, como una forma excelente de tomar conciencia de nuestros propios límites y, aunque sea de forma paradójica, aludir a la existencia de otro mundo. Todo humorista es, en el fondo, un místico porque ha penetrado en el fondo de la naturaleza humana, ha descubierto sus límites y, sin embargo, no pierde la sonrisa: está abierto a la esperanza.

Sería interesante preguntarnos cuáles son las ventanas a través de las cuáles vislumbramos el misterio de Dios desde nuestra propia casa humana. Hay personas de sensibilidad artística que se estremecen con cualquier manifestación de arte. La via pulchritudinis (el camino de la belleza) constituye para ellas una vía privilegiada de acceso al Misterio. Hay personas de mentalidad más racional que quedan prendadas de las matemáticas (y de esa matemática sonora que es la música) y que encuentran en la racionalidad de todo cuanto existe una especie de eco de la racionalidad absoluta que es Dios. Es la via veritatis, el camino de la verdad. La mayoría de las personas perciben la huella del Infinito en las experiencias humanas que tienen que ver con el dolor, la injusticia, la compasión, la misericordia, el trabajo por la justicia y la paz, la solidaridad con los más pobres. Se sienten atraídas por la vía de la bondad. Es la via amoris. A menudo, estas vías no son caminos visibles, anchos, despejados. Se trata, más bien, de intuiciones, destellos, anhelos. O, por decirlo con la metáfora acústica usada por Berger, de rumores de ángeles, de sonidos que nos despiertan de nuestro letargo y nos hablan de una dimensión de la realidad más profunda de la que nosotros percibimos con nuestros sentidos corporales. Ya decía El Principito que “lo esencial es invisible a los ojos”. Creo que siempre será así. Hay realidades que producen ruido y, por eso, tienden a imponerse a corto plazo. Son las realidades que tienen que ver con el poder, el dinero y el placer. Parecen las más contundentes y reales, pero, en el fondo, son efímeras. Hay otras, por el contrario, que apenas se perciben. Son solo suaves murmullos. Son realidades discretas que pueden pasar desapercibidas para aquellos que están aturdidos por los ruidos, pero son, en realidad, las más duraderas porque nos remiten al Misterio que nunca pasa, que es fundamento de todo cuanto existe: “En él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28).

Es probable que todos nosotros necesitemos una revisión de los “oídos del corazón” para comprobar si hemos perdido la capacidad de escucha debido a los potentes ruidos ambientales o, por el contrario, todavía tenemos la agudeza necesaria para percibir el rumor de ángeles que se escucha en nuestro mundo. 

jueves, 28 de septiembre de 2017

¿Qué tal estás?

Hay preguntas marcadas por la cortesía que es mejor que no tengan una respuesta precisa. Si alguien pregunta en inglés: How are you?, casi todo el mundo se limita a salir del paso respondiendo: “Fine, thank you”. Algo parecido sucede en casi todas las lenguas. En español disponemos de varias preguntas, que varían según los países o personas. Una bastante frecuente es: “¿Qué tal estás?”. O, de manera abreviada: “¿Qué tal?”. La respuesta más típica y tópica es: “Bien, gracias”. A veces, se completa con la coletilla: “¿Y tú?”. Por lo general, sobre todo cuando se trata de saludos rápidos, nadie espera una respuesta larga. Se conforma con el lacónico: “Bien, gracias”. Pero, ¿qué pasaría si una persona se tomara en serio la pregunta y comenzara a contarnos cómo está en realidad? ¿Estamos preparados para escucharnos a ese nivel, o preferimos quedarnos en el nivel rápido y poco exigente de la cortesía? En el lenguaje juvenil, hace años que la tópica respuesta fue transformada en una pregunta con retranca: “Bien, ¿o te lo cuento?”. Es una forma de decir que es preferible que uno se quede con la impresión de que todo va bien, porque, si hubiera que responder de verdad, las cosas serían más complejas y probablemente no tan buenas.

El viejo análisis transaccional hablaba de cuatro posiciones existenciales básicas: Yo bien-tú bien; yo bien-tú mal; yo mal-tú bien y yo mal-tú mal. El método decía que cada uno de nosotros solemos seguir un guion tipo desde la infancia. No voy a revelar el mío, pero me sorprendo de que en las últimas semanas son varias las personas que, a la pregunta, ¿Cómo estás?, no se han limitado a responder con el típico “Bien, gracias”, sino que me han confesado abiertamente: “Estoy mal”. Y no a causa de una enfermedad o de un fracaso, sino como expresión de un tono vital bajo, rayano en la depresión. Es como si, ante la avalancha de malas noticias, uno ya no tuviera capacidad de digestión, y menos de reacción. Entonces, se enciende una luz roja que parece indicar: vivir así no tiene sentido, no encuentro placer en lo que hago, me siento solo, me aburre la comunicación con los demás, el mundo va de mal en peor, la fe (en el caso de los creyentes) no me sirve para nada cuando más la necesito… Es como si la sociedad en su conjunto fuera una especie de manicomio.  

Cuando alguien dice “Estoy mal” no busca una solución milagrosa. En realidad, la frase “Estoy mal” podría ser cambiada por otra más precisa: “Necesito que me escuches”. En situaciones así, todos necesitamos “el bálsamo de la escucha”. Lo que ocurre es que vivimos tan acelerados, tenemos tantas (hipotéticas) cosas que hacer, que muy pocas personas se ponen en disposición de que alguien responda de verdad a la pregunta: “¿Qué tal estás?”. La mejor forma de mostrar que estamos dispuestos a que la otra persona responda a sus anchas, explayándose todo lo que necesite, es formular la pregunta de tal manera que, por el tono y la inflexión de la voz, la otra persona perciba que no estamos formulando la típica pregunta de cortesía sino que, de verdad, estamos interesados en saber cómo está. No solo eso: que estamos dispuestos a tomarnos todo el tiempo necesario para que ella responda con tranquilidad. Un ejercicio tan sencillo como éste puede cambiar el tono vital de muchas personas. Cuando alguien me pregunta qué puede hacer para poner un poco de serenidad en la tensa situación social que estamos viviendo, mi respuesta es directa: escuchar. ¿Solo eso? ¡Solo! Haz la prueba.