Desde hace años,
es una expresión muy usada. Cuando alguien quiere decir que es necesario
cambiar de actitud ante una realidad, que se precisa un nuevo enfoque, se suele
decir que hay que cambiar el chip. La
expresión refleja a las claras el potente influjo de la sociedad de las comunicaciones
en nuestros hábitos lingüísticos. El chip
es, en efecto, una unidad de almacenamiento de información. Pues bien, yo estoy
intentando cambiar el chip. No es fácil habituarse a un ritmo de vida
completamente distinto al que suelo llevar en Roma. Tampoco es automática la conexión con personas
a las que hace tiempo que no ves, cada una de las cuales está viviendo una
situación particular que no siempre se percibe a primera vista. Se requiere
tiempo para que se produzca el milagro de la empatía. Y, a veces, una buena dosis de paciencia. Pero este esfuerzo permite ver la vida desde diferentes perspectivas, salir del pequeño mundo personal y ensanchar horizontes. A la larga, merece la pena.
lunes, 7 de agosto de 2017
domingo, 6 de agosto de 2017
La belleza salvará el mundo
El 6 de agosto de
1978 me encontraba dirigiendo un campamento de verano con un buen grupo de
niños y adolescentes. A primera hora de la tarde nos llegó la noticia de la muerte
del papa Pablo VI en su residencia de Castelgandolfo. Debió de ser a través de
algún transistor porque en aquellos años no existían los teléfonos móviles. En
la oración de la tarde arriamos la bandera y lo encomendamos al Señor. Unos
años antes, en 1945, los estadounidenses habían lanzado la primera bomba atómica
sobre Hiroshima. Para mí, la fiesta de la transfiguración del Señor siempre
está unida a estos dos acontecimientos, a los que años más tarde, se añadió la
muerte de uno de mis abuelos. Es, por lo tanto, una fiesta asociada a la muerte
que puede cambiar de figura. Lo que Jesús y sus tres discípulos amigos (Pedro,
Santiago y Juan) experimentan en la cumbre del monte es que la verdadera figura
de Jesús es un rostro resplandeciente porque es el rostro del Hijo amado en el
que Dios Padre se complace. Será un rostro escupido, ensangrentado, pero
siempre será el rostro hermoso del Hijo: “La
belleza salvará el mundo”.
Por eso, la
fiesta de la Transfiguración es un soplo de esperanza para todas las personas
que tienen el rostro desfigurado por la enfermedad, la desesperación, la pobreza
o la violencia. Subir a la montaña con Jesús supone cargar en nuestras mochilas
todas las situaciones que nos roban la identidad. Pero en la cumbre experimentamos
lo mismo que Jesús: que somos hijos queridos por Dios, que nada ni nadie puede
arrebatarnos nuestra dignidad. Es difícil describir con palabras en qué
consiste esta experiencia de la cumbre. Se trata, en efecto, de un cambio de figura,
de una transfiguración. Al descender al valle de la vida cotidiana es mejor no
contar demasiado lo que ha sucedido. La capacidad de afrontar con serenidad y esperanza
los problemas de la vida cotidiana será la mejor prueba de que Dios ha pasado
por nuestras vidas y, siquiera por unos instantes, nos ha hecho entrever su
misterio de amor.
sábado, 5 de agosto de 2017
El arte de "no hacer nada"
Hay una expresión
italiana que tiene mala fama, pero que yo reivindico como imprescindible en nuestra
sociedad productivista e hiperactiva: il
dolce far niente; es decir, el arte de dejarse llevar, de no hacer nada, de
disfrutar del curso de las horas sin molestar a nadie, convirtiéndose casi en
una persona invisible. Para aquellos que carecen de la finezza italiana, ésta es una forma rebuscada de enmascarar la
pereza. Sería, lisa y llanamente, la actitud de los vagos. Pero no es verdad. El
dolce far niente es la actitud de las
personas creativas que saben que no pueden estar siempre con los motores
encendidos y que, de vez en cuando, los apagan y se dejan llevar. No hay nada
más agotador que las personas que siempre tienen que hacer algo. Es como si el
mundo dependiera de su frenesí. En realidad, lo que a simple vista parece una
actitud responsable, de trabajador comprometido, a menudo esconde la
incapacidad de estar cabe sí, de delegar en otros, de saborear los detalles, de
entrar en la danza de la vida sin romper el ritmo. No es fácil ser un experto
en el arte del dolce far niente. Los
vagos lo intentan, pero no pasan de imitarlo burdamente. Es un arte reservado a
las almas grandes. Admiro mucho a las personas que son capaces de no hacer otra
cosa que escuchar, conversar, descansar, pasear… sin buscar otro objetivo que solazarse
con esas actividades improductivas.
Durante los
próximos días voy a entrenarme en este arte hasta donde sea posible, pero sospecho
que muchas personas, temerosas de los efectos negativos que el dolce far niente puede reportarme, me
van a pedir hacer algo. Los sobrinos querrán
que juegue con ellos hasta la extenuación. Los amigos me invitarán a arreglar
el mundo en torno a una cerveza. El párroco me encomendará diversos menesteres, a
los que yo –dicho sea de paso– me presto de mil amores. De Roma me llegará alguna llamada o algún correo
recordándome un asunto pendiente o sirviéndome en vaso frío un problema inesperado.
En definitiva, que el dolce far niente será
más un deseo que una realidad. Pero, por intentarlo, que no quede. Feliz mes de agosto a todos los amigos de este Rincón.
viernes, 4 de agosto de 2017
Desconectar, ¿de qué?
Sí, he comenzado
mis vacaciones. Antes de salir de Roma, varios me han dicho: “Espero que
desconectes”. Es un deseo muy en línea con la sociedad de la comunicación en la
que vivimos. Nos pasamos la vida conectándonos y desconectándonos. Son los
verbos de moda. Algunos catalanes (no tantos como se suele creer) quieren “desconectarse”
del resto de España. Lo dicen así, con fina modernidad, porque eso de la “secesión”
suena a lenguaje prehistórico. Muchas agencias turísticas venden “paquetes
vacacionales” que aseguran la desconexión total en una isla del Caribe o
mismamente en La Gomera. En una de las librerías del aeropuerto de Barajas acabo
de ver el último número de la revista Muy
interesante que trata sobre el tema con un título muy veraniego: “Cerrado
por vacaciones. Claves para conseguir la desconexión total”. Incluso
hay algunos retiros espirituales que se anuncian con estos códigos: “Desconecta de todo lo que te preocupa. Conéctate
con Dios”. Estoy seguro de que cuando llegue a mi lugar de destino, más de
uno, con el móvil en la mano, me dirá: “Ya
ves, aquí estoy, desconectando un poco”. Por supuesto que durante estos días
veré en alguna iglesia el típico cartelito que dice: “Para hablar von Dios no necesitas el móvil. Desconéctalo”.
Es tanta la
insistencia, que no tengo más remedio que preguntarme si de veras quiero
desconectarme y de qué. De Dios ni puedo ni quiero. Más aún: espero dedicar más
tiempo durante estos días a una conexión afectiva sin prisas. De la gente,
tampoco quiero. Somos personas de conexión. Más aún: espero reforzar algunas
conexiones que han estado un poco intermitentes durante el año. ¿De mí mismo? ¡Faltaría
más! Lo que quiero es mantener una conexión permanente que me ayude a ganar
conciencia y lucidez. Entonces, ¿de qué habría de desconectarme? Tal vez las personas
que me quieren bien y me aconsejan esta desconexión se refieren, sobre todo, a
ciertos compromisos laborales que resultan un poco cargantes. O tal vez aluden
a ciertas rutinas romanas que pueden hacer algo monótona la vida. O puede que
se refieran redondamente a que me desconecte de internet y me dedique a navegar
por otros mares que no sean digitales. Estas últimas desconexiones me convencen
más. Dejar las tareas habituales por un tiempo es saludable. Un cierto nivel de
saturación bloquea la creatividad. Desconectarme de internet no me cuesta lo
más mínimo, pero me temo que no podrá ser una desconexión completa, aunque solo
sea porque tengo que colgar mi post
diario en este rincón.
En fin, que esto
de la conexión-desconexión tiene su intríngulis. De lo que sí quiero desconectarme,
hasta donde sea posible, es del ambiente tóxico que se respira en los medios de
comunicación. Estoy harto de Donald Trump, del interminable y sangriento conflicto
venezolano, del famoso procés català, de los innumerables casos de corrupción, de las maniobras del ISIS, del fichaje de Neymar por el PSG, de las vacaciones de Cristiano Ronaldo, del cansino Brexit,
de la alcaldesa romana Raggi y de
otras muchas cosas. Me prometo no prestarles atención durante todo el tiempo
posible. Sí, ya sé que puede resultar una frivolidad no conectar con asuntos de
tamaña envergadura, en los que se juegan muchos valores e intereses, pero uno
tiene también su umbral de resistencia. Y yo, francamente, lo he sobrepasado
hace tiempo. Espero volver sobre estos asuntos dentro de unas semanas con un
poco más de serenidad y lucidez. Mientras tanto, vamos a desconectar un poco,
jajajaja.
jueves, 3 de agosto de 2017
Tres libros para vivir
Hace unos días, una amiga
del Rincón me pidió que sugiriera
algunas lecturas para el verano. Podría recomendar algo de literatura, pero es
siempre arriesgado. Los gustos difieren mucho. Lo que a unos les parece una
obra maestra, a otros les resulta un bodrio insoportable. Un ejemplo es El Péndulo de Foucault (1988) de Umberto Eco. A mí me lo recomendaron en su día. No sé si pasé de la página 20. Se me cayó de las manos. Por otra parte, no siempre me fío de la lista de libros
más vendidos. Además, no soy ningún experto en literatura. No paso de simple aficionado. Por
eso, prefiero sugerir algo relacionado con la espiritualidad. Voy a empezar con
Henri Nouwen. Tal vez me anime a seguir con otros autores en las próximas semanas. Para los que no estáis
familiarizados con él, os diré que fue un sacerdote holandés, nacido en 1932 y
muerto de infarto al corazón en 1996, aunque él alguna vez bromeó diciendo que le hubiera gustado morir en 2010.
No llegó a cruzar el umbral del milenio. Fue profesor en varias universidades
norteamericanas antes de incorporarse a la comunidad de El Arca de
Daybreak en Toronto (Canadá), donde vivió con personas con discapacidad. De sus
más de 40 libros publicados, hay tres libros que me gustan y que propongo
hoy. Es probable que muchos lectores del Rincón
los conozcáis No son nuevos. Algunos tienen ya más de veinte años, pero hay
algo que los hace muy recomendables: miles de personas los han leído y se han sentido
iluminadas y estimuladas por ellos. He tenido ocasión de compartir valoraciones
y confidencias.
El primero es El
regreso del hijo pródigo. A partir del famoso cuadro de Rembrandt, que pude
contemplar en el museo del Hermitage de San Petersburgo hace casi veinte años,
Henri Nouwen hace una profunda y bellísima meditación sobre la parábola de
Jesús (cf. Lc 15,11-32). Comienza
profundizando en la figura del hijo menor; luego, pasa al hijo mayor;
finalmente, se centra en la figura del padre. La conclusión del libro es clara:
todos estamos llamados a convertirnos en el padre de la parábola, cualquiera que
haya sido nuestra trayectoria en la vida. No importa si hemos vivido una vida alejada del padre (como el hijo menor) o una vida cercana, pero rígida (como el hijo mayor). El personaje central es el padre al que todos tenemos que parecernos. ¡Atención! Lo que hace Henri Nouwen no es
una exégesis académica sobre el texto lucano o un estudio minucioso sobre la pintura de Rembrandt,
sino una exploración de la condición humana a partir de ambas referencias: el relato y el cuadro. Es
casi imposible no sentirse reflejado en los personajes. En realidad, el libro
de Nouwen es un espejo en el que uno se ve a sí mismo. Estoy seguro de que no os
va a defraudar. Es muy probable que encontréis una explicación clara a muchas de vuestras actitudes y conductas que no acabáis de comprender.
El segundo se titula Tú eres mi amado. El subtítulo aclara
bastante el contenido: La vida espiritual
en un mundo secular. Aquí Henri Nouwen adopta un punto de vista eucarístico.
Considera que la dinámica de la Eucaristía sacramental expresa muy bien la dinámica
de la vida espiritual. Como el pan eucarístico, también nosotros somos “tomados,
bendecidos, rotos y entregados”. En realidad, la traducción española dice “cogidos”
en vez de “tomados”, pero, pensando en algunos amigos argentinos, he preferido
evitar las ambigüedades. Antes del epílogo, el libro termina con esta
reflexión: “¿Tengo miedo a morir? Estoy continuamente seducido por el ruido de
las voces de mi mundo que me dicen que mi pequeña vida es todo lo que tengo, y
me aconsejan que me agarre a ella con toda el alma. Pero cuando consigo que
estas voces se enfrenten con la realidad última y profunda de mi vida, y oigo
allí la voz suave que me llama el amado, sé que no tengo nada que temer, y que
morir es el gran acto del amor, el acto que me lleva al abrazo eterno de mi
Dios, cuyo amor durará para siempre”. Creo que, aunque el libro tiene ya sus años y, por tanto, no refleja el mundo actual, dominado por las tecnologías de la información, hay muchas cosas aprovechables.
El tercero es más reciente. Se publicó en español en 2014. Está escrito por dos amigos de Henri Nouwen
(Michael J. Christensen y Rebecca J. Laird), que han dado forma a textos y
pensamientos de su amigo Henri. Se titula El
discernimiento. Cómo leer los signos de la vida diaria. Nouwen busca discernir
lo que Dios quiere de nosotros prestando atención a la Palabra de Dios que se
escucha en nuestros corazones, en la Biblia, en la comunidad de fe y en la voz
de los desfavorecidos. Lo explica con claridad: “Cuando estamos arraigados en
la oración y la soledad y formamos parte de una comunidad de fe, en el día a
día percibimos ciertas señales a medida que nos esforzamos por hallar respuesta
a cuestiones espirituales. Los libros que leemos, la naturaleza de la que
gozamos, las personas con quienes nos relacionamos, y los acontecimientos que
vivimos contienen en sí mismos señales de la presencia y guía de Dios en el día
a día”. Si algo necesitamos hoy, en medio del laberinto en el que vivimos, es
aprender a discernir las señales que nos llevan por el buen camino. Este libro
nos ofrece pistas muy concretas para no perdernos. No todas las voces tienen el mismo valor y significado.
A partir de mañana tal vez no pueda ser fiel a mi cita diaria. Todo dependerá del curso de los acontecimientos. Procuraré que los posts respondan al pulso de la vida cotidiana en un nuevo contexto muy alejado del romano.
miércoles, 2 de agosto de 2017
A veces también dudo
Durante los cuatro últimos
días he leído en el periódico El Mundo
los artículos que ha ido escribiendo el periodista y escritor Antonio Lucas desde el monasterio
benedictino de Santo Domingo de Silos. La serie de cuatro entregas lleva un
título provocativo: Un ateo en Silos. Están bien
escritos, aunque, a veces, utiliza un lenguaje un poco rebuscado, como
corresponde a un escritor que se está haciendo. Más allá del estilo, me gusta que haya periodistas que emprendan estos viajes exóticos. Este es el balance de su
experiencia en el silencio del claustro: “Una semana después de ingresar en el
Monasterio de Silos, aceptando algunos de los rigores benedictinos, Dios o la
fe siguen sin ser el problema (el escepticismo y la distancia, al salir, son
iguales). La lección es el
descubrimiento de otra forma de silencio y su belleza. De la falta de
impaciencia. De poder uno escucharse en donde no se había oído. Esa manera
continua, sencilla y desquiciante de viajar de ti a ti que, ya lo dijimos, es
el oficio más peligroso”. No todos estamos llamados a ser monjes, pero si nunca
en la vida hemos experimentado “otra forma de silencio y su belleza” es
probable que nunca escuchemos la voz que susurra en nuestro interior. Y, por
tanto, que nunca descubramos a Dios.
Hoy os propongo un viaje muy
especial en cinco etapas. Lo vamos a hacer echando mano de algunas canciones que,
en su momento, me ayudaron a pensar y sentir en qué consiste la aventura de la
fe. No estoy seguro de que este estilo musical guste a todos los amigos del Rincón, pero nadie se ha muerto por escucharlas. Agradezco a Luis Alfredo Díaz, su autor e intérprete, con el que colaboré estrechamente hace unos años, la hondura de sus composiciones:
La primera etapa, cuando somos jóvenes, tiene que ver con esa
sensación de que todo lo que nos han enseñado de niños en relación con Dios es,
en el mejor de los casos, “un hermoso cuento de hadas” (haced click en el enlace anterior para escuchar la canción). ¿Cómo
es posible que Dios creara el mundo en siete días? ¿Hay alguien que se pueda
tragar el asunto del diluvio o el cruce del mar Rojo “a pie enjuto”? ¿Qué significa eso de que Jesús está presente en el pan de la Eucaristía? ¿De verdad vamos a resucitar después de esta vida terrena? Ya se sabe
que los adultos no creemos en estas pamplinas, así que lo mejor es dejarlas
escondidas en el baúl de los recuerdos y, si se tercia, recordarlas con una
suave nostalgia en algunos momentos de bajón sentimental. Estudiar la Biblia y su fuerte carga simbólica, profundizar en el Credo cristiano, no entra en la
lista de nuestras prioridades. Es más fácil cargarse todo de un plumazo que tomarse tiempo para una búsqueda paciente. ¡Que
piensen los otros!
La segunda etapa se adentra en la crítica pura y dura. Cuando la vida
nos coloca frente a las cuerdas del sinsentido, la injusticia o el sufrimiento
inútil, y no encontramos ninguna explicación plausible, entonces sacamos la
rabia que llevamos acumulada. Necesitamos ajustar las cuentas con alguien. Y si no atrapamos al responsable directo de
nuestros males, siempre nos queda el recurso de “echarle la culpa” al
Dios… en el que no creemos: ¿Por qué has permitido ese terremoto, o ese
accidente de tráfico estúpido, o la muerte de ese niño inocente por una bala perdida o una malaria inmisericorde? ¿Por qué hay tantos que
matan en tu nombre? ¿Por qué nos gastamos el dinero en armas y no resolvemos el
problema del hambre? ¿Por qué se mueren siempre los mejores y continúan vivos los corruptos para seguir medrando? La retahíla de preguntas no tiene fin: son “las
quejas de un ateo” (haced click en el enlace anterior para escuchar la canción). ¿Quién no ha pasado alguna vez por esta prueba? La fe, a veces, reviste la forma de desahogo.
La tercera etapa ensaya una relación medio furtiva. A medida que vamos haciendo el camino de la vida, caemos en la cuenta de que las cosas no son tan claras como las habíamos imaginado de jóvenes. No es fácil despachar el asunto Dios con cuatro tópicos o con cuatro respuestas inteligentes pero que no pasan el filtro del corazón. Cuando somos jóvenes, queremos exhibir músculo intelectual. A medida que pasa el tiempo, la inteligencia funciona de otra manera. Se hace más humilde y profunda. Empezamos a hacernos algunas preguntas inquietantes. Practicamos algunas maniobras de aproximación, pero no queremos que nos tilden de meapilas. En secreto, empezamos a dirigirnos a Él con las oraciones que todavía recordamos de cuando éramos niños: Padre nuestro, que estás en el cielo… Cuando se nos agotan las fórmulas, ensayamos oraciones más personales: Señor, si existes, échame una mano, estoy agotado. Cuando la vida nos coloca frente a las cuerdas de la depresión o el sinsentido, elevamos el tono: Por favor, ayúdame. En muchos casos, no experimentamos nada. Más aún, tenemos la impresión de “hablar con las paredes” (haced click en el enlace anterior para escuchar la canción). Nos sentimos como “un interlocutor al que le han colgado el teléfono, como un enamorado a quien devuelven sus cartas de amor”.
La cuarta etapa se abre camino con experiencias que nos desbordan. Curados por el silencio que acalla los ruidos, hasta las cosas más simples comienzan a hablarnos de él. Y sí, aunque sintamos un poco de vergüenza, comenzamos a creer, pero se trata de una fe vacilante, intermitente. Un día vemos todo claro, nos parece que Dios es lo más evidente que existe y, al día siguiente, nos sumergimos en la oscuridad, regresamos a nuestras convicciones juveniles, cuando, maleducados por los “maestros de la sospecha”, creíamos (¡qué paradoja!) a pie juntillas que Dios era el “opio del pueblo” (Marx), una “neurosis infantil” (Freud) o un “refugio de débiles” (Nietzsche). Nuestro himno en este tiempo es así de titubeante: “Creo, por eso a veces también dudo” (haced click en el enlace anterior para escuchar la canción). Este creer-dudar, ver-no ver, levantarse-caer... forma parte de nuestra dinámica vital.
La quinta etapa es el momento de la rendición; o sea, el momento del amor. Cansados de jugar al ratón y al gato, curados de nuestra autosuficiencia juvenil, probados por las heridas de la vida, caemos en la cuenta de que le amamos más de lo que estamos dispuestos a admitir, de que, en el fondo, incluso cuando lo hemos negado, hemos estado pendientes de su voz, hemos querido buscar su rostro. Ya no hay argumento que pueda destruir la certeza de que somos amados y de que lo amamos. Nos importa poco lo que piensen los demás, lo políticamente correcto, lo que se lleva o no se lleva. Cuando Dios se hace cargo de nuestra miseria y nos sentimos perdonados, acogidos, aupados… entonces solo podemos proferir dos palabras, las dos palabras más importantes del vocabulario humano: “Te amo” (haced click en el enlace anterior para escuchar la canción). No se trata de un I love you empalagoso y huero, fruto de una emoción efímera, sino de una verdadera confesión. Entonces, como cuando éramos niños, Dios vuelve a ser nuestro amigo. Mejor: nosotros volvemos a disfrutar de la vida siendo amigos suyos. ¡Disfrutar de la fe es lo máximo que le puede suceder a un ser humano! No es infrecuente que se nos escapen algunas lágrimas.
La tercera etapa ensaya una relación medio furtiva. A medida que vamos haciendo el camino de la vida, caemos en la cuenta de que las cosas no son tan claras como las habíamos imaginado de jóvenes. No es fácil despachar el asunto Dios con cuatro tópicos o con cuatro respuestas inteligentes pero que no pasan el filtro del corazón. Cuando somos jóvenes, queremos exhibir músculo intelectual. A medida que pasa el tiempo, la inteligencia funciona de otra manera. Se hace más humilde y profunda. Empezamos a hacernos algunas preguntas inquietantes. Practicamos algunas maniobras de aproximación, pero no queremos que nos tilden de meapilas. En secreto, empezamos a dirigirnos a Él con las oraciones que todavía recordamos de cuando éramos niños: Padre nuestro, que estás en el cielo… Cuando se nos agotan las fórmulas, ensayamos oraciones más personales: Señor, si existes, échame una mano, estoy agotado. Cuando la vida nos coloca frente a las cuerdas de la depresión o el sinsentido, elevamos el tono: Por favor, ayúdame. En muchos casos, no experimentamos nada. Más aún, tenemos la impresión de “hablar con las paredes” (haced click en el enlace anterior para escuchar la canción). Nos sentimos como “un interlocutor al que le han colgado el teléfono, como un enamorado a quien devuelven sus cartas de amor”.
La cuarta etapa se abre camino con experiencias que nos desbordan. Curados por el silencio que acalla los ruidos, hasta las cosas más simples comienzan a hablarnos de él. Y sí, aunque sintamos un poco de vergüenza, comenzamos a creer, pero se trata de una fe vacilante, intermitente. Un día vemos todo claro, nos parece que Dios es lo más evidente que existe y, al día siguiente, nos sumergimos en la oscuridad, regresamos a nuestras convicciones juveniles, cuando, maleducados por los “maestros de la sospecha”, creíamos (¡qué paradoja!) a pie juntillas que Dios era el “opio del pueblo” (Marx), una “neurosis infantil” (Freud) o un “refugio de débiles” (Nietzsche). Nuestro himno en este tiempo es así de titubeante: “Creo, por eso a veces también dudo” (haced click en el enlace anterior para escuchar la canción). Este creer-dudar, ver-no ver, levantarse-caer... forma parte de nuestra dinámica vital.
La quinta etapa es el momento de la rendición; o sea, el momento del amor. Cansados de jugar al ratón y al gato, curados de nuestra autosuficiencia juvenil, probados por las heridas de la vida, caemos en la cuenta de que le amamos más de lo que estamos dispuestos a admitir, de que, en el fondo, incluso cuando lo hemos negado, hemos estado pendientes de su voz, hemos querido buscar su rostro. Ya no hay argumento que pueda destruir la certeza de que somos amados y de que lo amamos. Nos importa poco lo que piensen los demás, lo políticamente correcto, lo que se lleva o no se lleva. Cuando Dios se hace cargo de nuestra miseria y nos sentimos perdonados, acogidos, aupados… entonces solo podemos proferir dos palabras, las dos palabras más importantes del vocabulario humano: “Te amo” (haced click en el enlace anterior para escuchar la canción). No se trata de un I love you empalagoso y huero, fruto de una emoción efímera, sino de una verdadera confesión. Entonces, como cuando éramos niños, Dios vuelve a ser nuestro amigo. Mejor: nosotros volvemos a disfrutar de la vida siendo amigos suyos. ¡Disfrutar de la fe es lo máximo que le puede suceder a un ser humano! No es infrecuente que se nos escapen algunas lágrimas.
martes, 1 de agosto de 2017
¿Me quitarán los robots mi trabajo?
¿Se puede hablar de cosas
serias en agosto? Me temo que no mucho, así que voy a empezar el mes jugando un
poco. Hoy se habla mucho de las consecuencias que tendrá sobre el mercado
laboral la progresiva introducción de robots. El domingo escribía mi admirada
Rosa Montero sobre este asunto en un artículo titulado El camino
al futuro. Parece que un estudio de la Universidad de Oxford − ¡qué raro
que no se trate de una universidad estadounidense! − calcula que se destruirán
1.600 millones de puestos de trabajo en los próximos 18 años. La cosa se pone
seria, así que he decidido averiguar qué va a ser de mí, no sea que cualquier
día un robot entre en mi despacho o en la iglesia y me robe el puesto.
¿Cómo
puedo saber si la robótica amenaza mi puesto? ¡Muy fácil, navego en internet!
Ya se sabe que en internet lo mismo se encuentran soluciones para un roto que
para un descosido. Sobre el asunto que nos ocupa hay una página web que os
recomiendo. El único problemilla es que hay que relacionarse con ella en
inglés. La página en cuestión es https://willrobotstakemyjob.com.
Pues bien, en la casilla donde pone “Enter
your job” (es decir, escriba su trabajo), yo he puesto “clergy” (clérigo) que es una palabra genérica muy usada en inglés. ¿Queréis
saber el resultado? Pinchad aquí: https://willrobotstakemyjob.com/21-2011-clergy.
Como veis, las posibilidades de que me quede sin trabajo en los próximos años
son del 0,81%; es decir, que es completamente improbable. El mío, según la
página web, es un trabajo “totally safe”
(totalmente seguro). En lo que la máquina no acierta es en el salario medio
anual, que estima en 45.700 dólares. ¡Qué más quisiera yo! Bueno, en realidad
no aspiro a eso, seamos sinceros.
De esta sesuda investigación
extraigo algunas conclusiones:
Primera: mi puesto de trabajo no está amenazado; más aún: goza de un grado de
seguridad que ya quisieran para sí otros trabajos de relumbrón. Sin embargo, son
muy pocos los que se apuntan a él. Quizá Jesús se adelantó ya a esta situación
precaria con un eslogan publicitario que el tiempo no ha hecho sino convalidar:
“Muchos son los llamados, pocos los
escogidos”. Naturalmente, Jesús se refería a otra cosa, pero no está mal
aplicar sus palabras al caso que nos ocupa. Como dicen los
italianos, se non è vero, è ben trovato.
Segunda: Estoy convencido de que a muchos de vosotros os ha entrado la curiosidad de
averiguar si vuestro trabajo tiene futuro o no. ¡Adelante, estamos en agosto,
no pasa nada por jugar un poco! La mejor manera de salir de dudas es entrar en
la página, teclear vuestra profesión… y esperar el veredicto de la página web. Por
ejemplo, si ponéis “albañil-cantero” (stonemason),
las probabilidades de perder vuestro empleo son del 89%. Y si sois “ganaderos”,
las probabilidades descienden a un miserable 4,7%; o sea, que quienes os dedicáis
a esta noble tarea, tenéis futuro. En el caso de que seáis “abogados”, las probabilidades
descienden un poco más: 3,5%. Bueno, no sigo porque, si no, os arruino el
juego.
Tercera: Más allá de estas predicciones bastante arbitrarias, la cuestión de fondo
es seria. Concuerdo con la opinión de Rosa Montero cuando escribe: “Está claro
que no se puede desinventar lo inventado. No podemos olvidar lo que sabemos. La
tecnología es una herramienta maravillosa: la cuestión es usarla de manera
adecuada. Estamos en un momento fascinante, al mismo tiempo prometedor y
peligroso. Tendremos que encontrar nuestro camino al futuro, y para eso me
parece que nos hace falta más debate, más imaginación, más información y más
pensamiento.”
Lo dicho. Que agosto os
sea leve. ¡Y que los robots no arruinen vuestro futuro laboral!
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