jueves, 3 de noviembre de 2016

El "quinto" evangelio

Hoy a mediodía salgo para Israel en compañía de otros 16 claretianos de varios países. La peregrinación a Tierra Santa forma parte de la experiencia de cuatro meses de formación permanente que ellos están viviendo. Yo voy como guía y acompañante espiritual. Desde el año 1993 al 2000 viajé unas diez veces a Israel con otros grupos. La peregrinación no me resulta, pues, una novedad. Pero, pasados ya muchos años desde la última vez, abordo este nuevo viaje con un deseo especial: conceder menos tiempo a las piedras muertas (restos arqueológicos, templos, basílicas) que conozco bastante bien y más a las piedras vivas; es decir, a las pequeñas comunidades cristianas que sobreviven a duras penas entre dos frentes. 

Para muchos judíos los cristianos de Tierra Santa resultan extraños, casi enemigos, porque la mayoría de los cristianos son árabes; para muchos árabes resultan infieles, casi un estorbo, porque la mayoría de los árabes son musulmanes. Y, sin embargo, los cristianos autóctonos son pobladores multiseculares de estas tierras. No son extranjeros. Están en su casa. Descienden de aquellas primeras comunidades que mantuvieron vivo el recuerdo de Jesús, de su madre y de los apóstoles. Ellos –y no solo la tierra– constituyen ese “quinto” evangelio que ayuda a comprender mejor los cuatro evangelios canónicos porque constituyen su sustrato vital. Por desgracia, el éxodo de los cristianos palestinos a otros países ha sido constante en las últimas décadas. Las visitas de peregrinos de todos los rincones del mundo son un refuerzo moral para ellos y también, en buena medida, un apoyo económico. Sin piedras vivas, las piedras muertas acabarían siendo solo arqueología.

No es necesario viajar a Tierra Santa para enamorarse de Jesús y seguirlo. La mayoría de los cristianos nunca han pisado esta pequeña franja de terreno en la que se acumula “mucha historia en poca geografía”. En el cristianismo, a diferencia del Islam, no hay un precepto que obligue a viajar a los lugares sagrados una vez en la vida. Es verdad que algunos santos (como Francisco de Asís, Ignacio de Loyola o Carlos de Foucauld) tuvieron mucho interés en viajar a Jerusalén como expresión concreta de su amor a la humanidad de Jesús. Pero son la excepción. La mayoría –incluyendo a san Antonio María Claret– no pisaron la Tierra Santa de Israel sino otras muchas “tierras santas” en las que la carne de Jesús sigue siendo mancillada y crucificada (los pobres, los marginados, los emigrantes, los refugiados, etc.). Esta es la peregrinación necesaria que todo creyente debe hacer. Y no solo una vez en la vida sino cada día, porque “cada vez que lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

¿Por qué, entonces, vamos nosotros a Israel y Palestina si no es necesario para ser un buen cristiano y un buen misionero?
  • Vamos porque queremos conocer mejor la tierra que fue escenario de los hechos centrales de la revelación de Dios.
  • Vamos porque, conociendo la tierra (sus paisajes, sus pueblos, sus gentes), queremos comprender mejor la Palabra que se ha producido en ella.
  • Vamos porque conociendo mejor la tierra y la Palabra producida en ella, queremos conocer mejor a Jesús para seguirlo y anunciarlo con más radicalidad.
  • Vamos porque, en definitiva, queremos hacer a la inversa la ruta de la evangelización para que, volviendo a Galilea “donde la cosa empezó” (Hch 10,37), podamos revitalizar nuestra vocación de testigos-mensajeros de la alegría del Evangelio.
No sé si durante los próximos ocho días dispondré de tiempo y medios para compartir mi post diario con vosotros. En una peregrinación uno acaba agotado cuando llega la noche. Pero intentaré hacerlo porque Tierra Santa ofrece tantos estímulos que es casi imposible sustraerse a su provocación. Os pido –eso sí– a los amigos de este Rincón que nos acompañéis con vuestras oraciones.


miércoles, 2 de noviembre de 2016

La vida no termina, se transforma

Para muchos de nosotros, hoy es un día lleno de recuerdos. Y quizá también de una oración hecha de pocas palabras, de sentimientos profundos. Tenemos mucho que agradecer y bastante que pedir. Recordar a los difuntos es activar la gratitud (por lo que han significado para nosotros) y desempolvar la fe (para encomendarlos a la infinita misericordia de Dios). ¿Cuántas veces hemos escuchado en las misas de difuntos un prefacio en el que el sacerdote ora así: “Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”? Cada vez que he tenido que presidir un funeral, me he detenido en la fuerza de estas palabras: la vida no termina, se transforma. Están cargadas de esperanza. Por eso, más allá de los sentimientos tristes que nos pueden embargar en esta Conmemoración de los Fieles Difuntos, creo que tendría que dominar una serena alegría, la de quien cree que quienes han muerto en Cristo participan de su vida plena y están en comunión con nosotros.

No siempre es fácil transmitir esta fe con energía. Algún amigo mío párroco me ha confesado que cuando tiene que presidir varios funerales muy seguidos con parecido público casi no sabe qué decir. Le parece que la novedad del Evangelio, a fuerza de ser repetida, pierde intensidad, se puede convertir en rutina. Internet está lleno de homilías para el día de los difuntos y para situaciones semejantes, pero lo que cuenta de verdad es compartir la fe de la Iglesia desde el corazón. Llorar con los que lloran, sí, pero también anunciar la buena noticia de Jesús: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn 15,25). Necesitamos vivir de la fe en los momentos en los que parece que todas las puertas se cierran y que la noche se traga la poca luz que nos queda.

Hace unos días causó un pequeño revuelo en la prensa la publicación de la Instrucción vaticana Ad resurgendum cum Christo acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación. Muchos criticaron su oportunidad y bastantes sus recomendaciones pastorales. Es cierto que desde hace años se han extendido prácticas como arrojar las cenizas de los seres queridos en un monte, en un río, en el mar o conservarlas celosamente en casa. Creo que en la mayoría de los casos estas prácticas obedecen a sentimientos buenos y quizá también a costumbres que se reflejan en películas, series de televisión, etc. Por eso, es necesario ser pastoralmente muy comprensivos y prudentes, no utilizar la instrucción vaticana como un arma arrojadiza sino como oportunidad para el discernimiento y el diálogo sobre la belleza de la fe cristiana en la resurrección. Al mismo tiempo, en un contexto de escucha y respeto, es bueno recordar el criterio que indica el número 3 y que personalmente considero sensato: 
“Enterrando los cuerpos de los fieles difuntos, la Iglesia confirma su fe en la resurrección de la carne, y pone de relieve la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia. No puede permitir, por lo tanto, actitudes y rituales que impliquen conceptos erróneos de la muerte, considerada como anulación definitiva de la persona, o como momento de fusión con la Madre naturaleza o con el universo, o como una etapa en el proceso de re-encarnación, o como la liberación definitiva de la prisión del cuerpo”. 
A juzgar por estas palabras, lo que se pretende evitar es que algunas prácticas extendidas acaben conllevando sutilmente una visión de la vida y de la muerte ajena a la fe cristiana. No se condena, pues, la incineración sino la posible volatización de la novedad cristiana.

En nuestras sociedades modernas, todo lo relativo a la muerte se ha profesionalizado. Las empresas funerarias ofertan servicios elegantes para ahorrarnos el trance de lidiar con un hecho inevitable. Ellos se ofrecen a hacer el trabajo sucio –muy bien remunerado, por cierto– a cambio de que nosotros despachemos el asunto limpiamente y nos veamos libres de su carga cuanto antes. Quizá esto resulta inevitable dado nuestro ritmo de vida actual, sobre todo en las ciudades. Pero no tendría que eximirnos de nuestra responsabilidad. En general, he observado mucha corrección en el trabajo de estos profesionales funerarios, pero a menudo me han venido a la mente los versos de León Felipe en su poema Romero solo:
“No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero”.
Un profesional puede ofrecer correción y buen hacer –que no es poco–, pero nosotros tenemos que poner la dosis de humanidad –y, en el caso de los creyentes, de fepara vivir este hecho como un trance digno y como una puerta abierta a la vida plena en Dios. Hay culturas que nos enseñan modos serenos de afrontar este misterio con fe y esperanza.


martes, 1 de noviembre de 2016

Era un hombre bueno

Ha muerto a los 96 años. Una vida cumplida, entregada a Dios. Ha muerto en Victoriaville, en el Quebec canadiense, a 5.740 kilómetros de Vic, Barcelona, su ciudad natal. Murió el pasado 30 de octubre en la residencia de mayores donde estaba alojado. Se llamaba Josep Maria Viñas Colomer. Fue un misionero claretiano cabal, enamorado de san Antonio María Claret. Su casa natal, en la plaza mayor de Vic, estaba a pocos metros del templo-sepulcro del santo. Hoy recuerdo su nombre en este rincón no solo porque fue una persona influyente en mi vida –luego diré por qué– sino, sobre todo, porque siempre me pareció un hombre bueno, uno de esos millones de seres humanos que bendicen con su vida a Dios, uno más en la muchedumbre inmensa de Todos los Santos, cuya solemnidad litúrgica celebramos hoy. La casi coincidencia de su muerte y de esta fiesta es una clave para entender su vida. El P. Viñas vivía la santidad de la vida cotidiana, sin aspavientos. Era un apóstol de la sonrisa y de la ternura cuando estas armas se consideraban demasiado blandas porque eran tiempos de compromisos militantes.

No sé cuándo vi por primera vez al P. Viñas, pero debió de ser a finales de los años 70. Me sorprendieron su barba canosa (infrecuente entre los claretianos) y su sonrisa tímida. Parecía que iba por la vida como pidiendo permiso para no molestar a nadie. Antes de tratar personalmente con él, entré en contacto con sus publicaciones. Él, junto con otros, preparó la edición de la Autobiografía de Claret del año 1959. Pasado el concilio, asumió la tarea de explicar las Constituciones renovadas de los claretianos (que él consideraba –aunque suene un poco extraño– más claretianas que las originales porque no estaban ya sujetas al estricto esquematismo impuesto en el siglo XIX) y de profundizar en el conocimiento de nuestro Fundador dando a conocer su espiritualidad. A esto se han dedicado otros muchos, pero pocos como él han tenido las dotes espirituales y pedagógicas para hacerlo cercano. 

De hecho, debo confesar que hasta el encuentro con él yo no acabé de reconciliarme con la figura de san Antonio María Claret. Me parecía un santo demasiado decimonónico, muy alejado de los intereses que yo tenía hacía años, poco conciliar (por decirlo de una manera objetiva). Él dominaba el arte de la tiza sobre las viejas pizarras negras o verdes. A base de ingenuos pero sugestivos dibujos era capaz de explicar la espiritualidad misionera del santo arzobispo. Sus obras no cuelgan en el Museo del Prado ni siquiera en alguno de los varios museos de Vic, su ciudad natal, pero algunas corren de mano en mano en forma de estampas o láminas. Una de las más conocidas es su famosa Nuestra Señora del Buen Humor que ahora mismo no tengo a mano. Podía explicarse en catalán (su lengua materna), castellano, italiano, francés y un poco en inglés. Él me dijo más de una vez que para un misionero era preferible hablar cuatro lenguas mal antes que una sola, aunque fuese muy bien. Durante la década de los años 80 del siglo pasado colaboramos en la animación de algunos cursos de renovación claretiana. En el de 1989 se produjo un pequeño milagro que condicionó mi vida a partir de entonces. Estábamos en Roma. Nos preguntábamos si habría algún método típicamente claretiano de formación que tuviera sus raíces en la espiritualidad de san Antonio María Claret. Él nos dijo que le parecía que los contenidos y el proceso que él había vivido quedaban expresados en su famosa alegoría de la Fragua, que os transcribo como la cuenta Claret en el número 342 de su Autobiografía:
“En un principio, que estaba en Vich, pasaba en mí lo que en un taller de cerrajero, que el director mete la barra de hierro en la fragua y, cuando está bien caldeado, lo saca y le pone sobre el yunque y empieza a descargar golpes con el martillo; el ayudante hace lo mismo, y los dos van alternando y, como a compás, van descargando martillazos y van machacando hasta que toma la forma que se ha propuesto el director. Vos, Señor mío y Maestro mío, pusisteis mi corazón en la fragua de los santos ejercicios espirituales y frecuencia de sacramentos, y así, caldeado mi corazón en el fuego del amor a Vos y a María Santísima, empezasteis a dar golpes de, y yo también daba los míos con el examen particular que hacía de esta virtud para mí tan necesaria”.
A partir de aquella intuición –que yo llamaría iluminacióncomenzamos a diseñar un itinerario espiritual que ha ido madurando a lo largo de un cuarto de siglo. Quizá algún día pueda compartir más detalles sobre él porque puede ser útil para los amigos de este blog.

El P. Viñas vivió muchos años en Roma. Los últimos 12 los pasó en Canadá. Allí reposan sus restos, pero hay miles de personas en todo el mundo –soy testigo de ello– que dan gracias a Dios por su vida y que ahora lo encomiendan a su misericordia. Estamos rodeados de hombres y mujeres buenos. Son los santos que el Señor pone en nuestro camino. Basta abrir los ojos del corazón para reconocerlos. Me parece que ellos son el mejor comentario al significado de la solemnidad de Todos los Santos. Ellos son bienaventuranzas hechas vida.  

P.D.: Pocas horas después de publicar el post de hoy, dos visitantes del blog y amigos (uno desde San Petersburgo y otra desde Madrid) me han enviado la estampa a la que aludía antes. Una es en español y la otra en italiano. Aquí tenéis la versión en español, llena de ingenuidad. El Jesús arlequín no tiene desperdicio. Que Ella, Santa María del buen humor, nos ayude a no perder nunca la alegría. Además de ser síntoma de salud mental, es expresión de misericordia.






lunes, 31 de octubre de 2016

La sacudida de los cimientos

7:40 de la mañana de ayer domingo. Amanece un precioso día de otoño. Se nota más claridad que los días anteriores a esa misma hora. No en vano hemos atrasado 60 minutos el reloj durante la noche. Ganamos luz por la mañana y la perdemos por la tarde. Dicen que así se ahorra energía. Estoy en la capilla con mi comunidad para la oración de la mañana. En esos instantes salmodiamos el cántico de Daniel: “Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor”. Yo acompaño el canto con el órgano. De repente noto que todo empieza a tambalearse. La sacudida me sube de la piernas a la cabeza. La corona de luces que circunda el altar comienza una danza que durará casi diez minutos. Nos miramos unos a otros con sorpresa y quizá con miedo, pero seguimos cantando. Que no pare la alabanza. Todos sabemos que se trata de un terremoto. Los segundos se nos hacen eternos. Acabada la oración, nos enteramos de que, en efecto, se ha producido un terremoto de magnitud 6.5 en la escala de Richter. Se trata de la sacudida más fuerte registrada en Italia desde el terremoto de Irpinia en noviembre de 1980, que arrojó un balance de 2.914 muertos y 8.848 heridos. Yo vine a Roma un año después como estudiante. En varias ocasiones visité la zona de los terremotati y acompañé a algunas personas en el pueblo de Sant’Eustachio, una fracción del municipio de Montoro, en la provincia de Avellino.

El de ayer ha sido un terremoto que ha producido unos veinte heridos, pero, gracias a Dios, no ha muerto nadie. El símbolo de la destrucción es la ruinosa catedral de Norcia (Nursia), el pueblo natal de san Benito, patrono de Europa. Estuve allí el pasado 7 de octubre. Se notaban las huellas del terremoto que asoló la zona el mes de agosto, pero nunca imaginé que la catedral se derrumbaría tres semanas después. Algunas zonas de la ciudad estaban cercadas para evitar que los posibles derrumbes produjeran daños personales. La ciudad vive, sobre todo, del turismo y de la industria alimentaria. Ambas fuentes se habían visto muy resentidas. Imagino cómo estarán ahora. Daño sobre daño.

Es difícil describir la sensación que se tiene cuando se produce un terremoto. La viví en 2001 en Guatemala y en 2009 aquí, en Roma, cuando el terremoto de L’Aquila. Uno tiene la impresión de que navega a bordo de una nave sin control. Mis amigos de Ciudad de México o de Osaka están acostumbrados a estos temblores periódicos, pero yo no, aunque desde que vivo en Italia no son infrecuentes. Todo se mueve sin que uno pueda hacer nada para frenar las sacudidas. 

El terremoto de ayer me trajo a la memoria una conocida obra del teólogo Paul Tillich, titulada The Shaking of the Foundations. Aprovechando el tirón del título, yo mismo escribí hace pocos años un articulito titulado también La sacudida de los cimientos

Un terremoto no es solo un hecho geológico imponente sino también un símbolo para describir lo que sucede cuando se hunden los cimientos de una civilización o, por lo menos, cuando experimentan una fuertes sacudidas. Creo que eso es lo que estamos viviendo hoy con respecto a la civilización occidental, muy marcada por las tradiciones judías, griegas, romanas, anglosajonas y eslavas, todas ellas iluminadas por el cristianismo. Lo que un terremoto muestra es que los edificios resisten no cuando presentan un aspecto superficial hermoso o cuando resultan muy funcionales, sino cuando están bien cimentados y tienen una fuerte estructura antisísmica. Creo que para afrontar el terremoto que afecta a nuestra civilización necesitamos esto mismo: sólidos fundamentos y una fuerte y flexible estructura mental y afectiva que permita absorber las sacudidas sin llegar al derrumbe. 

domingo, 30 de octubre de 2016

Yo soy Zaqueo

Ayer, a las 15:50, con permiso de la autoridad competente y un tiempo otoñal delicioso en Roma, este humilde “Rincón de Gundisalvus” alcanzó el número redondo de 50.000 visitas. Muchas gracias a todos los que os tomáis la molestia de asomaros a este blog. Como habrá algunos incrédulos dudar es una de las características de nuestro tiempo, añado a la izquierda el correspondiente testimonio gráfico para que conste en acta, jajaja. Os advierto que conviene aumentar la foto; si no, no se ve bien el número. Y ahora vamos al grano. Reconozco que soy poco partidario de las campañas encabezadas por el Yo soy. En los últimos años se han hecho famosas las de Je sui Charlie (después del atentado a la redacción de la revista Charlie Hebdo en enero de 2015) y Je suis Paris (tras los atentados de París en noviembre de 2015). 

Hoy estoy de buen humor, así que voy a hacer una excepción. Tras leer el evangelio de este XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, he decidido empezar la campaña Yo soy Zaqueo. Confieso que me encanta la historia que Lucas cuenta en el capítulo 19 de su evangelio. Los personajes centrales son Jesús (no necesita presentación) y un tal Zaqueo (cuyo nombre significa puro), del que sabemos tres cosas: su apariencia física (era bajo de estatura), su profesión (jefe de recaudadores) y su estatus social (rico en una sociedad de pobres). En realidad, sabemos más cosas: que tenía interés por conocer a Jesús, que estaba bastante ágil como para subirse a una higuera, que pagó la comilona a la que Jesús se autoinvitó y que, consciente de lo que había hecho en el pasado, decidió dar a los pobres la mitad de sus bienes y devolver cuatro veces más lo que había robado. O sea, que se comportó como uno de los muchos corruptos que pululan en nuestras sociedades. Bueno, quizá no exactamente.

Ironías aparte, la historia de Zaqueo es una hermosa e interpelante historia de transformación personal. Detrás de ella adivino una pregunta: ¿Puede una persona cambiar cuando ya es adulta? Voy a formularla de manera más mordiente: ¿Puede cambiar una persona rica? Añado un poco más de sal: ¿Puede cambiar una persona corrupta? Creo que las tres formulaciones nos confrontan con el asunto de la conversión. La respuesta, por difícil que parezca, es sí. Un sí como un rascacielos de Dubai. Eso es precisamente lo que Lucas quiere transmitir a los lectores de su Evangelio, incluidos nosotros. Siempre es posible cambiar cuando uno se encuentra con Jesús. Lo de Zaqueo fue un flechazo a primera vista. Si Lucas menciona su nombre y no se refiere a él simplemente hablando de un publicano es porque se trataba de un personaje conocido, quizá incluso de alguien influyente en la primitiva comunidad cristiana. Es verdad que él quería ver a Jesús. Se nota por su parte admiración, curiosidad y deseo. Pero es más verdad todavía que es Jesús quien se dirige a él: «Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa.» El mismo Jesús que había dicho «es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico se salve» es el que ahora declara salvado a Zaqueo, un hombre rico de haberes y placeres, pero insatisfecho de verdaderos amores; un hombre perdido, en definitiva. 

Esta es la experiencia que yo deseo para mí y para muchos de mis amigos que andan demasiado enredados en sus cosas. Deseo que todos escuchemos algo parecido a esto: «Juan, Rafael, Emilio, Álvaro, Jesús, Marta, Lourdes, María… deja por un momento lo que estás haciendo porque hoy –es importante subrayar este adverbio: hoy– necesito estar contigo, hablarte al corazón.» ¿Quién se puede resistir a una necesidad de Jesús? Tal vez nosotros, tan chulos, creamos que no necesitamos de él. Pero él dice que necesita de nosotros. Lucas dice que «Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús.» Me gusta el cómo de la reacción de Zaqueo: aprisa y con alegría. Es como si la mirada y las palabras de Jesús hubieran acelerado los latidos de su corazón, como si el Maestro le hubiese puesto pilas nuevas. Pero, ¡atención! no se trata de una historieta de amor a primera vista, sino de un amor que tiene consecuencias prácticas. El rico Zaqueo se vuelve solidario. Se libera de las ataduras de su riqueza y experimenta la libertad que le da el abrirse a los más pobres. ¿Hace falta añadir algo más para explicar en qué consiste un verdadero proceso de transformación personal? Aquí no se habla de zen, de meditación trascendental o de otras zarandajas de moda. Se habla de un encuentro con Jesús, de una comida y de un compromiso con la gente.

Yo quisiera tener una experiencia como la de Zaqueo. Yo quisiera que mis amigos tuvieran una experiencia como la de Zaqueo. Yo oro para que Jesús pase cerca de nosotros, nos mire encaramados en los árboles de nuestras ocupaciones y nos lance sin anestesia una palabra de salvación. Eso es, al fin y al cabo, lo que Jesús dice cuando todos lo criticaban por haberse ido a comer a casa de un pecador público: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.» Jesús no ha venido a dispensar diplomas de buena conducta a los que siempre están en regla sino «a buscar y salvar lo que se había perdido.» Os aseguro que yo pertenezco a esta categoría de los perdidos; por eso me suenan tan liberadoras las palabras de Jesús. Espero que a vosotros también.

Bueno, además de recomendaros el habitual vídeo de Fernando Armellini (al que siempre se le ocurren otros puntos de vista), os añado una recentísima versión (2016) del Aleluya de Leonard Cohen (1984) en las voces del quinteto Pentatonix. Os aseguro que es muy resultona. 


sábado, 29 de octubre de 2016

Más historias, menos sermones

El otro día, un obispo amigo mío, compañero de estudios, me dijo esto: “Mira, cuando cuelgo en Facebook algunos pensamientos (incluso del papa Francisco), veo que no suscitan demasiado interés, pero cuando pongo fotos de mi familia o comento algún asunto personal, aumentan muchísimo los Me gusta y los comentarios”. Sus palabras me hicieron pensar. Ya sé que las declaraciones de un amigo –por muy obispo que sea– no pueden competir con el sesudo estudio que alguna universidad americana habrá ya hecho sobre el asunto y con las publicaciones de las revistas especializadas. O sea, que no se puede sacar conclusiones de una opinión individual. Sin embargo, creo que se acerca bastante a la realidad que yo mismo percibo. Vivimos un tiempo en el que –para bien o para mal– muchas personas se cansan de reflexión, no aguantan los sermones. Todo les suena a algo que tiene que ver poco con la vida real. Las historias, por el contrario, son vida hecha palabra. Tienen la autenticidad, la belleza y la capacidad interpelante de la vida misma. Da igual que sean historias tristes o alegres, pacíficas o cruentas, dramáticas o cómicas. Si están bien contadas, siempre enganchan. Cuando uno lee, por ejemplo, los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) no se encuentra con un Breve tratado sobre el Reino de Dios,  con una Aproximación metodológica a la realidad de los pobres o discursos por el estilo. Se encuentra, ante todo, con una colección de historias de Jesús que cada evangelista ha ido engarzando según algunas ideas-fuerza y teniendo en cuenta las necesidades de los destinatarios a quienes se dirige. Por eso los Evangelios siguen atrayendo a millones de personas. 

Yo soy un poco reacio a contar historias personales porque me parece que no tienen especial interés para otras personas, pero reconozco que lo personal es lo que más nos llega. De hecho, yo también leo con fruición textos en los que el autor se moja y no se limita a hacer reflexiones sin sujeto. Los periodistas lo saben muy bien; por eso buscan siempre personas de las que se pueda contar alguna historia. El argumento es casi secundario. Se puede hablar del Oscar ganado por una actriz de cine, de un plato preparado por un cocinero de moda o de los recuerdos del servicio militar de un viejo de pueblo. Los políticos (sobre todo los de Estados Unidos) suelen contar historias en sus discursos. Barack Obama es un maestro consumado y hasta Chelsea Clinton –la hija de Bill y de Hillary usó este recurso cuando se dirigió a la Convención del Partido Democrático. Es la manera de llegar al corazón de la gente. El papa Francisco es otro gran cuentista (espero que no se me malinterprete). Lo importante es que haya una persona, un hecho y un contexto. ¿Por qué las historias nos interesan tanto? Lo he dicho antes: porque es vida hecha carne. Las ideas se las lleva el viento. A menudo proceden de personas cuyas existencias van en dirección contraria a lo que piensan o escriben. Las ideas se manipulan, se tergiversan, se desgastan. Las historias siempre están ahí. Pueden ser también tergiversadas, pero la verdad de la vida acaba abriéndose paso. Decían los clásicos que contra factum non est argumentum (o sea, que los hechos son tozudos, indiscutibles). Robert, un buen amigo keniano, se definía a sí mismo como un story-teller; es decir, como un cuentista en el más noble sentido de la palabra. Aspiro a eso, pero me siento muy lejos de la meta. Mi formación académica todavía me empuja demasiado al mundo de las abstracciones. Tendré que seguir intentándolo.

viernes, 28 de octubre de 2016

¿Quién manda hoy en el mundo?

En los medios digitales se habla mucho del futuro presidente (o presidenta) de Estados Unidos, de la reconquista de Mosul, de los diálogos de reconciliación en Venezuela, de las previsibles consecuencias del Brexit, de la guerra (olvidada) en el Este de Congo, la previsible investidura de Rajoy en España y hasta de la independencia de Cataluña. La agenda internacional nos brinda infinidad de temas que tienen que ver con el poder, la justicia, la paz y el futuro de la humanidad. Información no falta, pero es difícil interpretarla. ¿Cuántas veces nos hemos preguntado quién mueve realmente los hilos en este gran teatro de marionetas que es nuestro mundo? Hace un par de días me topé con un interesante artículo de Leonardo Boff que aborda esta cuestión. Lo titula Dónde está hoy el poder en el mundo. En él cita la respuesta sintética de un experto en el tema, el economista brasileño Ladislau Dowbor:
“El poder mundial realmente existente está en gran parte en manos de gigantes que nadie eligió, y sobre los cuales cada vez hay menos control. Son billones de dólares en manos de grupos privados cuyo campo de acción es el planeta, mientras que las capacidades de regulación global van a gatas. Investigaciones recientes muestran que 147 grupos controlan el 40% del sistema corporativo mundial, siendo el 75% de ellos, bancos. Cada uno de los 29 gigantes financieros genera un promedio de 1,8 billones de dólares, más que el PIB de Brasil, octava potencia económica mundial. El poder ahora se ha desplazado radicalmente”.
Dowbor cita también los datos provenientes de dos grandes instituciones que se ocupan de los gigantes corporativos: el Instituto Federal Suizo de Investigación Tecnológica y el Credit Suisse, el banco que dirige las grandes fortunas del mundo. Según estas instituciones, el 1% más rico del mundo controla más de la mitad de la riqueza del planeta. 62 familias ricas tienen un patrimonio igual al de la mitad más pobre de la población de la Tierra. 16 grupos controlan casi todo el comercio de productos básicos (cereales, minerales, energía, tierra y agua). Algo tan básico como los alimentos depende, por desgracia, de las leyes del mercado. Sus precios oscilan de acuerdo a intereses especulativos, sin tener en cuenta el derecho de las poblaciones pobres a una alimentación suficiente y saludable. Un dato más para “aclarar/enturbiar” las cosas. Las 29 corporaciones más grandes del mundo –de las que el 75% son bancos, desde el Bank of America hasta el Deutsche Bank– son considerados “sistémicamente importantes”. Su eventual quiebra (como la que afectó a Lehamn Brothers en 2008) tendría consecuencias nefastas para toda la humanidad.

¿Quién regula el funcionamiento de estos gigantes? Nadie. Las regulaciones son siempre nacionales, pero ellos actúan en todo el mundo aprovechándose de la globalización. Carecemos de una gobernanza mundial que vigile los mercados financieros y, sobre todo, que se preocupe del destino social y ecológico de la vida y del propio planeta Tierra. En este contexto, las luchas nacionalistas por asegurar la “independencia” de pequeños territorios, aunque sentimentalmente significativas para muchos,  resultan casi anacrónicas. El verdadero desafío para la humanidad consiste en encontrar fórmulas de gobierno que respondan al mundo globalizado en el que hoy vivimos. Las Naciones Unidas, surgidas tras la segunda guerra mundial, no resultan ya eficaces para la situación que vivimos en estos primeros decenios del siglo XXI, marcada por una globalización que tiende a uniformar todo. De no crear nuevas instituciones para la gobernanza mundial (basadas en criterios de ecología integral) serán las grandes corporaciones las que seguirán aumentando su poder y controlando, directa o indirectamente, no solo la economía sino las políticas de los todavía llamados países soberanos. El mundo quedará reducido a un gran supermercado¿Qué significa la democracia en este nuevo contexto mundial? ¿Cómo ir más allá de la ley del máximo beneficio con el mínimo costo cuando ésta descarta a millones de personas en todo el mundo?

No me olvido de que hoy, 28 de octubre, es la fiesta de san Simón y de san Judas Tadeo, dos de los doce apóstoles de Jesús (no confundir Judas Tadeo con Judas Iscariota, el que lo traicionó). Quizá en ningún lugar del mundo se celebre con tanto entusiasmo esta fiesta como en el templo de san Hipólito y san Casiano de Ciudad de México. Miles de personas se dan cita desde antes del amanecer hasta bien entrada la noche en una sucesión ininterrumpida de celebraciones. 

Desde aquí envío un saludo cordial a mis hermanos mexicanos que atienden pastoralmente este templo del siglo XVI. Aunque recibe el nombre de dos mártires, todo el mundo lo conoce como el templo de san Judas. Saludo también a los claretianos que trabajan en la Liga de San Judas en Chicago y en el Santuario de San Judas de Santiago de Chile. ¡Feliz fiesta a todos! A ver si san Judas -el patrono de los casos difíciles- nos echa una mano para afrontar los problemas de este complicado mundo.