domingo, 21 de agosto de 2016

Hay últimos que serán primeros

Es evidente que el dicho de Jesús que figura en el título de esta entrada no se compagina con el espíritu olímpico. En los Juegos Olímpicos de Río que hoy se clausuran, el primero se lleva la medalla de oro y el último se hunde en el olvido. Pero para entender lo que Jesús nos dice en el evangelio de este XXI Domingo del Tiempo Ordinario hay que remontarse aguas arribas en el río de sus palabras. Me temo que este domingo voy a ser más largo de lo habitual. Mi reflexión tiene el tono de una homilía. Paciencia. Espero que la longitud no desanime a algunos de los lectores habituales del blog.

Es muy probable que todos nosotros, en diversos momentos de nuestra vida, hayamos sentido el deseo –incluso la necesidad– de preguntar a Jesús lo mismo que la persona anónima que aparece en el evangelio de hoy: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”.

Si esta pregunta la hubiéramos formulado hace 50 o 60 años, hubiera estado acompañada, con bastante probabilidad, por sentimientos de culpa y hasta de angustia. Muchas personas se formaron en una espiritualidad en la que “casi todo era pecado”. Se veía a Dios como el controlador que tomaba nota de nuestros deslices (sobre todo, en el campo sexual) para amargarnos la vida presente y castigarnos en la futura. En aquella época los escrúpulos eran un fenómeno frecuente en personas preocupadas por su salvación.

Hoy, víctimas de los vaivenes históricos, hemos pasado al extremo contrario. Para muchas personas bautizadas –especialmente jóvenes– “nada es pecado”. La pregunta por la salvación eterna –en el caso de que todavía se crea en una vida más allá de la muerte– carece de importancia. Se trata de disfrutar al máximo de la vida presente; al final, habrá un aprobado general. No merece la pena, pues, romperse la cabeza con este tipo de cuestiones o esforzarse por responder con rectitud.

Ambas posturas –presentadas aquí de forma un poco caricaturesca– son fruto de nuestra manera demasiado humana de ver las cosas. Ambas están muy condicionadas por el clima religioso, social y cultural de cada época. Pero lo que a nosotros verdaderamente nos interesa es escuchar la respuesta de Jesús, tal como se nos ofrece en el Evangelio de este domingo.

Lo primero que llama la atención es que Jesús no responde directamente a la pregunta que le formulan. No afirma si los salvados serán pocos o muchos. No entra en cálculos numéricos. La salvación es siempre una cuestión abierta en la que interviene la gracia de Dios, inequívocamente salvadora (“Dios quiere que todos los hombres sean salvados y lleguen al conocimiento de la verdad” -1 Tim 1,4-) y nuestra libre respuesta, que puede ser de aceptación o de rechazo. La primera lectura, con un lenguaje poético, nos presentaba el sueño de Dios: “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua”. Todo ser humano está llamado a la plena comunión con Dios. Nadie queda excluido. Depende de nosotros aceptar esta invitación o rechazarla.

Jesús no se comporta, pues, como esos Testigos de Jehová que van de casa en casa “amenazando” con una interpretación literalista –y ridícula– del Apocalipsis donde se habla de que los salvados serán solo 144.000. Para Jesús, lo importante se resume en estas palabras: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. Esta frase, leída fuera de su contexto, parece sugerirnos de nuevo un cristianismo basado en la negación y el sufrimiento. Sin embargo, la “puerta estrecha” no es otra que la del amor. Cuando vivimos centrados en nosotros mismos, llenos de soberbia o vanidad, no cabemos por la puerta que conduce a la vida. Lo que Jesús pide es, pues, una actitud de profunda humildad para acoger la salvación que Dios nos ofrece con gratitud y la salida de nosotros mismos hacia aquellos que están en necesidad. Hay un paralelismo entre el texto de Lucas que leemos hoy (Lc 13,22-30) y el pasaje de Mt 25,31-46, en el que Jesús habla del “juicio final”. En ambos, Jesús subraya que lo esencial no es haberlo invocado (“Señor, ábrenos”) o haber compartido con él la mesa (“Hemos comido y bebido contigo”) sino, sobre todo, haberlo reconocido en las personas que viven ya ahora “condenadas” a la exclusión: “En verdad os digo, siempre que lo hicisteis con alguno de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). La actitud que tenemos ante los necesitados es, en definitiva, la actitud ante Jesús mismo y, por tanto, la que decide nuestra suerte final: “Estos [los que no han reconocido a Jesús en los necesitados] irán al eterno suplicio y los justos a la vida eterna” (Mt 25,46). Para nosotros, hombres y mujeres piadosos, las palabras de Jesús nos despiertan de una religiosidad demasiado devocional y nos devuelven al territorio en el que se libra la batalla de la salvación: la vida misma, con sus adhesiones y exclusiones.

Dado que no siempre vemos las cosas de esta manera, Dios mismo –como buen padre– nos va educando en el camino de la vida con algunas pruebas y “castigos”. Este es el mensaje de la segunda lectura de hoy (cf. Hb 12,5-7.11-13). En ella hemos leído: “Hijo mío, no rechaces el castigo del Señor, no te enfades por su represión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos?”. Este lenguaje no suena muy actual y, sin embargo, está lleno de sabiduría. Donde hay verdadero amor, hay corrección. Hoy se dice que muchos padres, en su tarea educativa, no saben poner límites a sus hijos. De este modo, los están condenando, paradójicamente, a una vida sin referencias, a una profunda inseguridad personal y quizá también a respuestas arbitrarias e incluso violentas. Dios no se comporta así. Cuando Dios nos pone límites, cuando permite algunas pruebas (una enfermedad, un fracaso afectivo o económico, una crisis de fe) nunca es para amargarnos la vida sino todo lo contrario: para ayudarnos a “reducir” todo aquello que nos impide entrar por la puerta estrecha que conduce a la vida plena. ¡Lástima que a veces nos comportamos como los niños que tienen de todo y ya no saben apreciar los verdaderos regalos!

La mayoría de los lectores de este blog hemos sido bautizados de niños, hemos crecido en un ambiente cristiano, hemos tenido una buena preparación para la confirmación y la primera comunión, disponemos de muchas facilidades para participar en la Eucaristía ... Y, sin embargo, nos permitimos jugar con estas cosas, incluso despreciarlas. En este contexto de desafección, las palabras de Jesús suenan duras: “Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa del Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que seran últimos”.

Cuando, como misionero, veo la “deserción” de tantos bautizados europeos y, por contra, el entusiasmo de tantos “nuevos cristianos” de África y Asia, pienso que se están cumpliendo al pie de la letra las palabras de Jesús. Necesitamos períodos de crisis para comprender el gran regalo de la fe y de la pertenencia a la comunidad de la Iglesia. Necesitamos que “los últimos” nos enseñen de nuevo cómo ser cristianos a aquellos que nos hemos considerado “primeros”, pero que hemos perdido la vitalidad de la fe.

Es verdad que la palabra de Dios de este domingo parece dura, pero no olvidemos que toda palabra de Jesús es siempre salvífica. Pone el dedo en la llaga para sanarla. En medio de nuestras contradicciones, nuestras crisis, nuestras pérdidas de rumbo, él vuelve a indicarnos con claridad dónde está la puerta que conduce a la plenitud. No es la puerta ancha del hedonismo, sino la puerta estrecha del amor. La primera conduce a un placer inmediato, pero efímero. La segunda exige morir a nuestro egoísmo, pero nos introduce en la misma vida eterna de Dios, porque “Dios es amor” (1 Jn 4,8). ¿Existe otro tipo de salvación por el que merezca la pena arriesgar todo?


sábado, 20 de agosto de 2016

Roma ciudad cerrada

Los fanáticos del Estado Islámico la han tomado con Roma. Para ellos representa el centro neurálgico de los cruzados, que es como ellos denominan a los cristianos y, por extensión, a los occidentales. Su sueño es colocar la bandera del ISIS en lo alto de la cúpula de san Pedro. Es muy probable que se trate solo de una fanfarronada, pero ya han conseguido parte de su objetivo: hacer que Roma, ciudad abierta –como la denominó Roberto Rossellini en su famosa película Roma, città aperta– se esté convirtiendo en una ciudad blindada. Recuerdo la primera vez que entré en la basílica de san Pedro. Fue en septiembre de 1981. Se accedía sin ningún control de seguridad. Uno entraba en la basílica con la misma facilidad con que entro hoy en la iglesia de mi pueblo. Con el paso del tiempo, se introdujeron los detectores de metales y otras medidas de seguridad. Ahora, con motivo del Jubileo de la Misericordia y ante las amenazas del terrorismo de matriz islámica, la bella Roma se está convirtiendo en un fortín. ¡Hasta el ejército está apostado en muchos sitios estratégicos!

Lo que estamos viviendo es incómodo, produce temor y ansiedad, altera el ritmo cotidiano, pero no es sino el síntoma de un desorden más profundo: la dificultad –casi incapacidad– que los seres humanos tenemos para afrontar los conflictos de manera razonable. Donald Trump, haciendo gala de su estilo desafiante y provocador, ha llegado a afirmar que el Estado Islámico es una creación de Barack Obama y Hillary Clinton. Se trata de una calumnia, pero –quizá en contra de sus pretensiones– pone de relieve que la dinámica acción–reacción no resuelve sino que agrava los conflictos. El sedicente Estado islámico culpa a Occidente de todos los males de Oriente Medio y se arroga el derecho a utilizar el Islam como justificación para luchar contra él. Es obvio que se trata de una manipulación descarada, pero –como en el caso de Trump– pone el dedo en una llaga que nunca fue curada del todo y que, por tanto, nunca cicatrizó bien: la producida por algunas potencias occidentales en la creación y repartición de los artificiales países de Oriente Medio puestos al servicio de sus intereses. La historia no se puede cancelar de un plumazo.

Nunca habrá paz sin justicia por muchos medios coercitivos que se utilicen. El viejo adagio Si vis pacem para bellum (Si quieres la paz prepara la guerra) “resuelve” algunas situaciones conflictivas a corto plazo, pero sienta las bases de futuras explosiones. Crear una cultura del diálogo y la paz lleva tiempo, exige paciencia, capacidad de aceptar los fracasos… pero es la única manera de asegurar la convivencia en las sociedades multiculturales y multirreligiosas cada vez más normales en este mundo globalizado. Si Roma sigue blindada mucho tiempo, dejará de ser Roma, porque la apertura es consustancial al espíritu de esta ciudad eterna.

viernes, 19 de agosto de 2016

La caldereta ecológica

Sucede todos los años el 18 de agosto a partir de las seis y media de la tarde. Casi siempre hace un tiempo agradable, pero a veces llueve o se levanta el viento norte. Todas las familias se ponen en marcha desde sus casas hasta un paraje en medio del pinar de Vinuesa llamado El Regajo. Parece un éxodo bíblico desfilando por la carretera que separa el núcleo urbano del bosque. Hace años las familias portaban sus cestos de mimbre llenos de viandas, acompañados por la banda de música, en un ambiente de regocijo, como colofón de las fiestas patronales. Ahora los coches hacen la función de modernos porteadores, pero el espíritu es el mismo. Llegados al pinar, cada familia suele ocupar siempre el mismo sitio. Es como si se hubiera distribuido la tierra prometida en lotes: uno para cada tribu. Hay familias muy numerosas que son verdaderas tribus de abuelos, hijos, nietos e invitados. Pueden agrupar en torno a 40  personas. Otras son unidades pequeñas de tres o cuatro miembros. No importa el tamaño porque todos se saben parte del mismo pueblo, de la misma comunidad humana.

Todas extienden sobre la hierba, reseca por los calores del estío, su inmenso mantel. No hay mejor mesa que la madre tierra, aunque el progreso y la edad de algunos miembros han empujado a muchas familias a dotarse de mesas plegables. Sobre el mantel, salpicado con acículas de los pinos, se van depositando las viandas tradicionales. Casi nunca falta el pan, la tortilla de patatas, el chorizo, el jamón y el queso. Y, por supuesto, abundante vino y otras bebidas refrescantes. Recostados en el suelo –como si se tratara de triclinios ecológicos– los comensales se reúnen en torno al mantel terrestre o a las mesas. Algunos se ayudan de sillas o piedras, pero la tierra sigue siendo el mejor respaldo. En algún lugar del inmenso comedor al aire libre, el párroco pronuncia la bendición en torno a las siete de la tarde y todos comienzan el banquete –merienda, lo llaman los lugareños– que se prolongará hasta que la noche caiga sobre el pinar y la música convoque al baile.

Cuando la merienda está avanzada, unos mocetones se acercan a cada grupo familiar ofreciendo la carne de toro que ha sido cocinada en las grandes calderas que desde el comienzo de la mañana han estado ardiendo en el lugar dispuesto para ello. La carne procede de los toros lidiados el día anterior en la becerrada popular que este año parece que fue un éxito: por la bravura de los becerros y, sobre todo, por la destreza de los toreros. Comerse comunitariamente las reses ejecutadas conecta a este pueblo con las costumbres más ancestrales. A más de un animalista le puede repugnar esta taurofagia casi sacral. Pero no es tan fácil ir contra las tradiciones. 


El que degusta la caldereta como si fuera un miembro de la tribu de los pelendones es el mismo que, segundos después, consulta su móvil de última generación. Comen carne de toro el leñador con estudios primarios y el doctor en químicas, el visontino de toda la vida y el veraneante que se une a algún grupo familiar. Hay una extraña simbiosis de pasado y presente en este rito comunitario, intergeneracional e interclasista. Cada familia prepara su propia merienda, pero todos comparten un plato común: el toro guisado según receta de la tierra, la famosa caldereta. Las familias pueden ser más o menos numerosas, pudientes, equipadas. Todas comulgan un manjar que ha sido cocinado por un equipo de voluntarios. Y de nuevo se pone de relieve un rasgo de este pueblo que es, al mismo tiempo, muy individualista (muy suyo, dicen algunos), pero también capaz de empresas colectivas que van desde el aprovechamiento comunal de los pinares hasta el consumo de la carne de toro en una merienda ecológica en la que tierra, animal y ser humano entran en comunión.

A medida que la comida y el vino llenan los estómagos y encienden los corazones, las conversaciones se aceleran, suben de volumen, se disparan las risas y comienzan los bailes. Llegados a este punto, cualquiera que se acerque encontrará un lugar en este inmenso banquete que, mirado con ojos de fe, es un hermoso símbolo anticipatorio de ese banquete definitivo en el que todos los seres humanos, sin distinción de razas, credos o ideologías, participaremos de la fiesta del reino de Dios. Un pueblo que sabe comer unido exorciza el demonio del individualismo moderno y urbano, que nos va cerrando en nuestra sacrosanta privacidad y solo nos ofrece entretenimiento para rellenar el vacío. Comer juntos en medio del pinar más de dos mil personas, sin la sofisticación de un restaurante, nos recuerda las vinculaciones más profundas del ser humano: la madre tierra, los vecinos hermanos y Dios, Padre de todos. ¡Que no pare la fiesta!

jueves, 18 de agosto de 2016

Correr, caminar, pasear

Parece el título de una película de Julia Roberts, pero es solo el fruto de una observación cotidiana. Cuando salgo a caminar cada mañana, veo que un pequeño grupo de personas, por lo general ataviadas con ropa deportiva, corretean de una parte para otra con aire circunspecto y como entrenándose para alguna competición de alto nivel. Si yo les digo que están corriendo es posible que se enojen un poco porque lo que hoy se lleva es hacer jogging (o footing, como se decía impropiamente hace algunos años). Los que practican esta disciplina tan vieja como la humanidad no son corredores (que es como se les ha llamado toda la vida) sino runners. Se sentirían humillados si alguien los califica de simples corredores o trotadores. ¡Qué duda cabe que uno se siente mucho más importante practicando el moderno jogging que corriendo como siempre se ha hecho! En fin, la anglomanía llega hasta estos extremos ridículos. Lo que importa es que corriendo parece que uno se siente triunfador. Y ya se sabe que no hay cosa peor en esta sociedad competitiva que te llamen perdedor (perdón, loser).

Junto al pequeño grupo de corredores (perdón, de runners), hay algunos que se dedican –nos dedicamos– a caminar. Quisiera hacerlo con más frecuencia, pero no siempre me es posible. En este tiempo de vacaciones comienzo la jornada caminando. Me adentro por los pinares de mi tierra, tomo un café en el bar del camping “Cobijo” y prosigo por sendas que me son familiares desde hace muchos años. Me dejo acariciar por el sol matutino y a veces por una brisa fresca que deja la temperatura en torno a 15 grados. Camino a paso veloz. Procuro no pensar en nada. Dejo que me invadan las sensaciones más elementales: el placer de pisar la hierba mullida, el olor a pino, el silencio apenas interrumpido por el ruido lejano de los vehículos que circulan por el camino forestal… Ni siquiera considero las ventajas fisiológicas del caminar. Pienso, más bien, que empezar el día caminando es un recordatorio de mi condición de homo viator. Somos como el agua. Si permanece retenida, acaba corrompiéndose. Si fluye, se mantiene pura. Caminar, fluir, es una forma de mantenernos vivos.

Pero queda un tercer verbo más interesante que los anteriores, más contracultural y saludable. Cuando salgo de casa, apenas encuentro a unas pocas personas, turistas por más señas. Cuando regreso, hora y media después, noto que la comunidad se ha puesto en marcha, pero sin los sobresaltos que se perciben en las ciudades. Aquí el tempo es siempre adagio o andante; en pocas ocasiones llega a un allegro, siempre matizado por el ma non troppo. En contraste con los lugareños, yo me veo un poco acelerado. Camino deprisa, como si tuviera que apagar un incendio. Soy andariego, acaso porque ya no sé ser paseante. Yo fuerzo el cuerpo. Lo someto a un ritmo rápido. Quien pasea es un contemplativo. Se detiene a observar el detalle de un edificio o de un paraje. No se limita a saludar como a hurtadillas, sino que detiene la marcha y se entretiene a conversar con otros viandantes. En los pueblos pequeños todavía quedan personas –casi siempre mayores– que practican el noble arte de pasear como si no tuvieran otra cosa más importante que hacer en la vida. Se comportan como verdaderos señores. No se dejan dominar por la esclavitud de la prisa o por los horarios ajustados. Pasean con parsimonia, viendo el mundo con una mezcla de sorna y compasión. Yo quiero aprender a pasear.

miércoles, 17 de agosto de 2016

El vino añejo de los viejos amigos

Mi condición de misionero itinerante me ha puesto en contacto con muchas personas de todo el mundo. A la mayoría, después del primer encuentro, no vuelvo a verlas más. Permanecen en algunas fotos y, con el correr del tiempo, se desvanecen. Otras pasan a engrosar la lista grande de los conocidos. Me produce alegría encontrarme con ellas después de un tiempo. Intercambiamos algunas informaciones, pero la cosa no suele pasar del plano de la cortesía. Solo unos pocos, sin saber bien por qué, entran a formar parte del grupo de los amigos. La lista se va incrementando y purificando con el correr de los años. Los amigos de última hora aportan frescura y novedad. Son como un vino de crianza que necesita ir madurando con el paso del tiempo. Los viejos tienen la ventaja de haber superado la prueba del calendario, que siempre coloca cada cosa en su sitio.

Durante estos días me estoy encontrando con varios de mis viejos amigos. Algunos se remontan a la etapa de la infancia y adolescencia. A veces pasan años sin vernos. Pero basta un encuentro para activar el afecto que nos profesamos. No dispongo de ningún termómetro para medir los grados de amistad, pero entre los amigos de la infancia, los nacidos en el mismo pueblo, encuentro características que los convierten en únicos. El hecho de compartir un mismo entorno físico y cultural, hablar el mismo lenguaje, conocer a la misma gente, recordar historias comunes, transitar por las mismas calles… crea una complicidad que no se da con los nuevos amigos. Los viejos son como un vino de reserva o incluso de gran reserva. A medida que pasa el tiempo, ganan en sabor.

Para alguien itinerante como yo es muy satisfactorio saber que hay personas que siempre están ahí, en el mismo lugar, ligadas a los espacios que han marcado la propia vida. Estoy disfrutando de conversaciones entrañables en los lugares más insospechados: un jardín bajo la luna, la barra de un bar, el atrio de la iglesia, el porche de una casa familiar, los asientos de piedra de una calle… y hasta la sacristía de la iglesia parroquial. Mientras disfruto con estas conversaciones de tú a tú, recuerdo una imagen muy usada por san Antonio María Claret, fundador de mi congregación de misioneros. Es la imagen del compás. Si una de las puntas está bien anclada en el centro, la otra puede girar libremente. El resultado siempre será un círculo perfecto. Pienso que mis viejos amigos (entre los que hay transportistas, ganaderos, leñadores, economistas, ferroviarios, químicos, ingenieros, albañiles, jubilados, etc.) representan ese centro que me ancla a la realidad en la que nací. Eso me permite moverme con mucha libertad, consciente de que ellos siempre me recuerdan quién soy, de dónde vengo y a quién pertenezco. Gracias, amigos.

martes, 16 de agosto de 2016

Carta al perro de san Roque

San Roque es el patrono de mi pueblo y de otros muchos pueblos de la geografía mediterránea. Es difícil saber por qué algunos santos llegan a ser tan populares. Lo mismo sucede con san Martín, san Jorge, san Antón, etc. 
Hace años le escribí una carta personal a san Roque. Hoy, día de su fiesta, he decidido escribirle al perro que siempre lo acompaña. Este can, testigo de tantas penalidades en la vida del santo, se merece un homenaje de gratitud por su discreción y fidelidad. Aunque aparece en las estatuas y cuadros, nunca habla. Su misión es poner un lenitivo en la vida de Roque, ser testigo silente de su aventura humana y espiritual. Siento atracción por él desde que era niño. Creo que ha llegado la hora de decirle algo “de hombre a perro”.


Carta al perro de san Roque

Querido perro de san Roque:

Me hubiera gustado dirigirme a ti usando tu nombre propio, pero lo ignoro. No sé cómo te llamaba el santo de Montpellier. En cualquier caso, tu vida está indisolublemente ligada a la suya. Estoy seguro de que conoces la coplilla castellana:
Por decir ¡viva san Roque!
me metieron prisionero,
y ahora que estoy en prisión,
¡viva san Roque y el perro!
Como ves, las gentes no se olvidan de ti. Y yo tampoco. Tú no eras un can como los que hoy viven en nuestras ciudades. No dormías sobre suelo mullido ni usabas manta de lana en invierno. Roque nunca te llevaba a una peluquería canina ni te daba de comer productos enlatados. Tú fuiste un perro de verdad, curtido por la dureza de la vida. Sabes lo que significa caminar por senderos polvorientos al lado de tu amo. Disfrutabas cuando tu lengua encontraba un riachuelo o, al menos, un manantial. Lengüeteabas como si estuvieras bebiendo el mejor licor. 

Has sufrido los soles del estío y los fríos relentes de las noches de invierno. Tus patas son duras, tu piel resistente. No te has limitado a breves paseítos matutinos y vespertinos atado con una correa. Acumulas cientos de leguas por valles y cañadas. Podrías haber sido un can de palacio sin más obligaciones que comer, dormir y acompañar las soledades de los nobles de Montpellier. Pero preferiste echarte al camino en compañía de Roque, el hombre fuerte como una roca. No quisiste dejarlo solo en su aventura de la fe cuando decidió irse a Italia. 

Sabes de sus penalidades, de su caridad sin límites y de su resistencia. Tú, que lo viste como enfermero de tantos apestados, te convertiste en su propio enfermero cuando él cayó infectado de muerte. Cuando nadie quería acercarse a él por temor al contagio, tú lamías sin miedo sus heridas. Cuando todos lo dejaban solo, tú acompañaste sus horas interminables. Cuando él oraba a Dios, tú te unías a él en una especie de plegaria cósmica que engloba a todos los seres vivientes. Y cuando Roque murió, tú montaste guardia junto a su cadáver y acompañaste su tumba durante días. 

Si los perros fueran canonizados, tú, querido amigo, serías san Perro de Montpellier, un ejemplo admirable de resistencia, compasión y fidelidad hasta el final. Gracias. Sin ti, Roque no hubiera sido el santo que veneramos hoy.

Cofradía de san Roque de Vinuesa (Soria)

lunes, 15 de agosto de 2016

Salve, Virgen del Pino

Anoche volví a emocionarme. La ceremonia dura menos de media hora. La iglesia, abarrotada de gente, se viste de gala. Al filo de las 10 de la noche, los gaiteros anuncian la llegada de la mayordoma que porta la vela encendida. El párroco la toma, la coloca al pie del camarín de la Virgen del Pino y la deja encendida hasta que se consuma. Inmediatamente comienzan los primeros acordes de la Salve Regina de Hilarión Eslava. Durante diez minutos, el coro popular, formado por voces intergeneracionales, interpreta esta composición –a veces, mística; otras, casi zarzuelera– que los lugareños y visitantes perciben como un dardo directo al corazón.  El acorde inicial en sol menor marca el carácter íntimo de un canto mariano que lleva ejecutándose en la villa de Vinuesa desde hace unos 80 años. No es, pues, ancestral, pero sí muy popular. Cuando el coro ataca el Ad te, ad te clamamus, todos, sin entender latín, dirigen a la Virgen sus anhelos más profundos, le presentan sus necesidades irresueltas. Es como si el coro pusiera voz a los clamores de los hombres y mujeres que se dirigen a la Madre implorando consuelo y misericordia. Sea cual fuere nuestro tenor de vida, en el fondo todos somos conscientes de vivir in hac lacrimarum valle (en este valle de lágrimas) y aspiramos a que “después de este destierro”, la Madre nos muestre a Jesús, “fruto bendito de su vientre”. 

Os dejo un vídeo que preparé hace un par de años. El fondo musical es una versión de la Salve Regina de Hilarión Eslava. Las imágenes ilustran el texto de esta clásica antífona mariana.



El evangelio de este día 15, solemnidad de la Asunción de María, nos ofrece el canto del Magnificat, que es un resumen poético de la experiencia de Dios que tiene María, una experiencia que es manantial de gozo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi alma en Dios mi salvador”. Es un Dios que se fija, sobre todo, en los humildes: “Porque ha mirado la humillación de su eslava; desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada”. Es un Dios que vuelve del revés este mundo injusto que hemos construido los seres humanos: “A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. Es, por último, un Dios que tiene memoria, que no olvida su compromiso de amor con su pueblo: “Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia”. Cada vez que somos seducidos o confundidos por otras imágenes de Dios es saludable volver al Magnificat. María da testimonio del Dios verdadero. Ella se convierte en nuestra guía por los inextricables senderos de la fe. Quizá eso explique por qué millones de hombres y mujeres en todo el mundo la invocan con devoción. Lo resume bien una canción popular: “Estrella y camino, prodigio de amor, de tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

Yo, por mi parte, he tenido el atrevimiento de componer este soneto a María, bajo la advocación de Virgen del Pino, en el día en que mi pueblo natal celebra con júbilo su fiesta. Este año tengo la suerte de celebrarla junto con mis familiares y paisanos.
Busco, Virgen del Pino, tu mirada
entre tantos destellos luminosos
que deslumbran mis fatigados ojos,
sin encender mi vida disipada.

Busco solo tu cara enamorada
en ese camarín de luces y oros,
anhelo la alegría de los coros
que cantan con la voz arrodillada.

Siete siglos te contemplan coronada
de los cantos, plegarias y sollozos
de mi vieja Vinuesa, villa amada.

La alegre letanía de los gozos
los dolores de esta vida tan probada
se reflejan en la gloria de tus ojos.