sábado, 24 de junio de 2017

Un cofre lleno de tesoros

Hoy es la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista, una celebración muy arraigada en los pueblos de tradición cristiana. Como es sabido, solo de tres personajes celebra la liturgia cristiana el día del nacimiento: de Jesús (25 de diciembre), de María (8 de septiembre) y de Juan el Bautista (24 de junio). Aquí en Roma hemos dividido la jornada en dos mitades. Por la mañana celebraremos, en comunión con toda la Iglesia, la fiesta del precursor de Jesús y, por la tarde, la fiesta del Corazón de María. En realidad, este año la fiesta del Corazón de María se ha trasladado al lunes 26, para que no coincida ni con la solemnidad de san Juan Bautista ni con el domingo. Pero nosotros -por razones pastorales- la mantendremos el sábado por la tarde. [No conviene que informéis a ningún liturgista para no recibir el conveniente -y quizá merecido- rapapolvo]. El año pasado (4 de junio) escribí sobre lo que significa vivir en un mundo con Corazón. Meses después, coincidiendo con la fiesta del evangelista mariano, San Lucas, compartí mi corazonada. A María se la puede contemplar desde distintas perspectivas. En este blog nos hemos acercado a ella como la mujer en camino, como la madre que espera, como la inmaculada en un mundo contaminado, como la madre de la segunda búsqueda, como la madre que acompaña a Jesús en el camino de la cruz, como la asunta al cielo… ¡Y hasta como mamá! María es una de casa en este Rincón de Gundisalvus.

Hoy quiero contemplar a María como la mujer que hace de su corazón un cofre. Lucas se refiere en dos ocasiones a este hecho: “María, por su parte, guardaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón” (2,19); “Bajó con ellos a Nazaret, y vivió bajo su tutela. Su madre guardaba todos estos recuerdos en el corazón” (2,51). No sé por qué me atrae tanto esta imagen de María como guardiana. Tal vez porque hoy vivimos tan acelerados que queremos ofrecer respuestas antes de hacernos cargo de las preguntas. No es fácil encontrar a personas que sepan escuchar y guardar. Es como si cada uno fuéramos con nuestro discurso preparado y no tuviéramos ganas de escuchar lo que las otras personas tienen que decir. Algo parecido se observa en los parlamentos, en las tertulias televisivas, en las conversaciones informales… Se amontonan los monólogos, se oponen, se combaten. ¿Cómo vamos a encontrar respuestas nuevas, creativas, si no nos tomamos tiempo para escuchar y ponderar todo en el corazón? Solo quien sabe guardar, meditar, rumiar, degustar… puede decir una palabra sabia y, llegado el momento oportuno, puede ponerse en camino para servir. Esta es la experiencia de María.

No cabe esperar mucho de una persona acelerada, esclava de los últimos estímulos que le llegan, incapaz de atesorar lo bueno que va descubriendo. Las tecnologías de la comunicación nos están acostumbrando a hacer todo deprisa, a mensajes breves e insustanciales. Ayer oí a una madre que contaba cómo había castigado a su hijo adolescente a no usar el teléfono móvil durante tres días. Cuando volvió a abrirlo, encontró acumulados… ¡más de 12.000 guasaps (veo que se va extendiendo esta grafía española)! ¿Alguien puede decirme cómo se puede madurar con tal avalancha de mensajitos robatiempos? Algunas de las cosas que han pasado en el último año (la apuesta por el Brexit, la elección de Donald Trump, el auge de movimientos xenófobos y populistas, etc.) me parecen respuestas viscerales, poco ponderadas, a problemas serios, que exigirían una mayor capacidad reflexiva y de discernimiento. La mentira se ha convertido en una herramienta normal para obtener réditos. Cuando ya es tarde, muchos se arrepienten de haber tomado decisiones equivocadas. No se puede embarcar a todo un pueblo en una travesía incierta solo porque algunos líderes se empecinan en sus obsesiones. Antes de decidir, hay que escuchar.

María tuvo que tomar la decisión más seria que nunca haya tomado un ser humano: decir sí o no a la propuesta de Dios. No lo hizo de manera precipitada. Se tomó tiempo. Hizo preguntas. Al final, tomó una decisión de la que no tuvo que arrepentirse, ni siquiera en los momentos de prueba. Esa actitud inicial la acompañó durante toda la vida. Se fue haciendo experta en “guardar en el corazón”. Y, por eso mismo, también fue mujer de decisiones fuertes y sostenidas. El cofre de su corazón guardaba tesoros que enriquecieron a la iglesia primitiva. Estoy seguro de que muchas de las cosas que sabemos de Jesús provienen de ese cofre a través del filtro de los evangelistas. En realidad, el tesoro que guardaba era Jesús mismo. El misterio eran tan grande que no podía hacerse cargo de él con una mirada superficial. Toda su vida fue un ejercicio de contemplación sosegada, de sabiduría tranquila. Los frutos son evidentes: percibe las necesidades de la gente y está al pie de la cruz. Que ella nos ayude a no desorientarnos en este mundo complejo. Que nos estimule a saborear la Palabra de Dios sin las prisas de quien siempre tiene otra cosa más urgente que hacer. Que nos empuje a ser creativos sacando de nuestro cofre -como el padre de familia de la parábola de Jesús- “lo viejo y lo nuevo” (cf. Mt 15,32).   


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