jueves, 22 de julio de 2021

Cuba está gritando

No es posible pasar de puntillas sobre lo que sucedió en Cuba el pasado 11 de julio. Como muchos de los lectores de este Rincón, seguí los acontecimientos por los medios de comunicación, aunque no dispuse de mucho tiempo por hallarme viajando de un lugar a otro. 

Han pasado más de diez días. Además de las informaciones periodísticas, he podido leer y escuchar la carta que la religiosa cubana María Victoria Olavarrieta dirigió al papa Francisco pidiéndole que “alzara su voz” contra los atropellos que las autoridades cubanas estaban cometiendo en Cuba. El texto es impresionante, pero el audio es todavía más dramático. Después, he tenido ocasión de leer algunos testimonios y reflexiones que me han hecho llegar algunos conocidos cubanos o personas que viven en la isla. Destaco, entre ellas, el artículo de Dagoberto Valdéz Hernández titulado “Escuchar la voz de nuestro pueblo”. Me parece una presentación concisa y objetiva de lo que está pasando en Cuba.

He estado una sola vez en ese país caribeño. Fue en el lejano 2004. Muchas cosas han cambiado desde entonces y, al mismo tiempo, todo sigue igual. Quienes consideran que Cuba constituye un experimento idílico de “socialismo con rostro humano” es probable que nunca hayan visitado un país al que pocos quieren ir (como no sea en calidad de turistas o de aventureros) y del que muchos quieren huir. Achacan al famoso bloqueo norteamericano la causa de todos sus males, olvidando que el problema fundamental (aunque no único) se encuentra dentro, en la perversión de un sistema que, bajo el señuelo de la justicia social, en realidad ha creado una macrocárcel colectiva. 

Que el sistema tenga algunos aliviaderos no significa que no sea un régimen totalitario. Es verdad que Cuba y sus míticos líderes (sobre todo, Fidel Castro y el Che Guevara) suscitan a partes iguales admiración y rechazo en todo el mundo. Cuanto menos se conoce de cerca la realidad cubana, más se mitifican sus logros. Quienes viven en las angosturas del sistema y no forman parte de su élite no tienen la visión idílica de quienes lo contemplan desde lejos con los prismáticos de una ideología comunista.

Tengo la impresión de que, tras más de 60 años de opresión, las cosas han comenzado a cambiar. Los protagonistas principales de este cambio son los propios cubanos. Oír su voz es esencial para saber qué sociedad sueñan y qué tipo de ayuda internacional necesitan. No se trata de ensalzar o demonizar un experimento político o de naufragar en la eterna pugna entre comunismo y capitalismo (“y tú más”), sino de algo más humano y elemental. En palabras de Dagoberto Valdez, el futuro pasa por “escuchar la voz de nuestro pueblo”, no por sustituir un totalitarismo por otro. En este proceso, él mismo pide “que la Iglesia, parte inseparable de nuestro pueblo, participe también: como madre que cuida a sus hijos, como educadora que forma ética, cívica y religiosamente, como mediadora y garante de un proceso de cambios pacíficos y consensuados con participación de todos y, sobre todo, que la Iglesia, que es experta en humanidad, alimente, cultive y fortalezca la vida espiritual de todos los cubanos, especialmente de aquellos que participan activamente en la vida social, política y cultural de la nación, para que los dos pilares de nuestra nacionalidad concebida en el útero de la Iglesia en el Seminario San Carlos, la Virtud y el Amor, sean cimiento y arquitrabe de la Patria y de la Vida que queremos reconstruir entre todos. Que la santidad de Varela y el humanismo de Martí sean la inspiración del alma cubana”.

Hay momentos en la historia en que no se puede mirar para otro lado. Me parece que este es uno de ellos. La libertad del pueblo cubano no significa carta blanca para que la isla se convierta en una finca de algunos poderosos oligarcas cubanos residentes en Miami o un satélite de los Estados Unidos. Lo que el pueblo pide es poder decidir libremente lo que quiere ser sin las amenazas y represalias a las que está acostumbrado. Esta voz no puede ser desatendida.


miércoles, 21 de julio de 2021

La vida con filtro


Durante los días pasados he hecho bastantes kilómetros en coche. Ha sido la ocasión perfecta para escuchar muchas canciones, desde clásicos como Carole King, Paul Simon o Mercedes Sosa, hasta las composiciones indie de Siloé, algunos viejos temas de Brotes de Olivo y, por supuesto, mucha música contemporánea desconocida para mí. He tenido un buen introductor en esta vasta jungla. 

Entre tantas horas de audición, hubo un tema que me pareció un fiel retrato de lo que nos está pasando. Se titula “Para que el mundo lo vea”. Está compuesto por un cantautor catalán llamado Arnau Griso. Si queréis conocer algo de su filosofía vital, podéis echar un vistazo al Manifiesto que cuelga en su página web. Es probable que a alguno de los lectores le escandalice. No es necesario compartirlo, pero me parece que pone palabras, con una pizca de ironía y desmadre, a lo que muchos de su generación viven. Me interesa escuchar voces como estas (“out of the box”) sin juzgarlas. De no hacerlo, resulta difícil establecer un diálogo franco con una generación que no se identifica con los grandes relatos, pero que explora nuevos caminos.


La canción ironiza sobre el “postureo” que se practica en las redes sociales. Después de narrar algunos casos, concluye con un estribillo que es una especie de proclama digital: “Posturea para que el mundo lo vea / Que la vida con un filtro no es tan fea / Y si no te sientes guay / Es porque tu autoestima se mide en likes”. Para muchas personas, y no solo para los jóvenes, la realidad es una construcción personal. Hace ya muchos años que la revista satírica Hermano Lobo acuñó una frase que se adelantó varias décadas a la explosión del postureo mediático actual: “Hazte una foto y, si sales, es que existes”. 

Lo que importa es la imagen que proyectamos. Si ya no podemos ser éticamente virtuosos, podemos ser, por lo menos, estéticamente atractivos. Basta que sepamos manejar unas sencillas técnicas de “postureo”. Al final, nosotros mismos acabaremos creyendo que somos lo que aparecemos. El verbo “ser” se confunde con el “aparecer”. La célebre frase cartesiana “Pienso, luego existo”, podría modificarse así: “Aparezco en las redes, luego soy alguien”. Arnau Griso lo dice con palabras sin anestesia: “La vida con un filtro no es tan fea”. Si no podemos cambiar nuestra realidad, basta que sepamos “filtrarla” adecuadamente para que seamos lo que nos gustaría ser sin el largo recorrido del esfuerzo transformador. Bastan unas pocas y sencillas habilidades técnicas.


Ya sé que la vida es más compleja que el hábil manejo de los filtros. Ya sé que no todo se ventila en las redes sociales. Ya sé que los mismos que suben a Instagram o Facebook fotos de postureo suelen tener más valores que los que esconden sus imposturas. En el fondo, estos “postureos” digitales son más inocuos que las hipocresías sociales a las que estábamos acostumbrados antes de Internet. Nunca ha sido fácil combinar con acierto el “ser” y el “aparecer”. 

Jesús mismo, que es infinitamente misericordioso con las debilidades humanas, no transige con la hipocresía. Él busca personas auténticas, aunque sean débiles y pecadoras, no personas con apariencia de bien, pero esclavas de una doble vida. Las redes sociales no han hecho sino ofrecer un atractivo marco tecnológico para difundir algo que es tan viejo como el ser humano: una imagen “retocada” de nosotros mismos que nos ahorre el esfuerzo de ser nosotros mismos y que suscite una cohorte de “friends” y “followers” cuando no es posible crear verdaderas relaciones interpersonales. Arnau Griso se ha aprendido el cuento y ha ironizado sobre él. Es un aviso a navegantes. 

Os dejo con la letra y con un simpático vídeo. Espero que nos haga pensar un poco. Creo que ninguno estamos exentos de la tentación del “postureo”.


Puesta de sol, échale otra foto

No sea que la veas con tus propios ojos

Solo comes platos posteables

Ahora mi cena me hace sentir miserable

Es viernes, el deber me llama

Obligación social, aunque me pille en pijama

Filmaré mi noche y la subiré a Instagram

Ahora entiendo mi resaca

Todo me male sal

Todo me male sal

Me gustaría ser lo que aparento

Dejar atrás la esclavitud de lo perfecto

Mucho macho en Tinder

Pero seamos sinceros

Ni tu eres esa rubia, ni yo aquel moreno

Posturea para que el mundo lo vea

Que la vida con un filtro no es tan fea

Y si no te sientes guay

Es porque tu autoestima se mide en likes

Y posturea para que el mundo lo vea

Que la vida con un filtro no es tan fea

Y si no te sientes guay

Es porque tu autoestima se mide en likes

Disculpa, sigue esta cadena

Si no compartes este tema

Morirá un gatito por tu culpa

¡Es una pena!

Hogares donde se conecta el wifi solo

Siendo ateos somos religiosos

Facebook me recuerda que es el cumple de mi madre

Y a los desconocidos se les llama amistades

Antes era un fiestero, ahora soy un runner

Del deporte también se sale

Has visto mis sixpack en todas las portadas

Quiero ser campeón de fitness de semana

Fitness de semana

Sé tanto de ti que has perdido mi interés

No quiero ver dormir a tu bulldog francés

Vas a pillar torticulis inmerso en tu pantalla

La vida en 4K cuando subes la mirada

Posturea para que el mundo lo vea

Que la vida con un filtro no es tan fea

Y si no te sientes guay

Es porque tu autoestima se mide en likes

Y posturea para que el mundo lo vea

Que la vida con un filtro no es tan fea

Y si no te sientes guay

Es porque tu autoestima se mide en likes

Disculpa, sigue esta cadena

Si no compartes este tema

Nacerá un tronista por tu culpa

¡Es una pena!

Y posturea para que el mundo lo vea

Que la vida con un filtro no es tan fea

Y si no te sientes guay

Es porque tu autoestima se mide en likes

Y posturea para que el mundo lo vea

Que la vida con un filtro no es tan fea

Y si no te sientes guay

Es porque tu autoestima se mide en likes

Dame un like, dame un like

Quiero ser guay, quiero ser guay

Has caído en mis redes

Parapapapapa

Dame un like, dame un like

Quiero ser guay, quiero ser guay

Has caído en mis redes

Parapapapapapa paparaaaa

Parapapapapapa parabaaa

Parapapapapa paaa para.

 



martes, 20 de julio de 2021

Somos muy diversos

La explotación comercial del espacio está aquí. Ya hay tres empresas que han comenzado a explorar el mercado de los viajes fuera de la Tierra: Blue Origin, de Jeff Bezos, el creador de Amazon; Virgin Galactic, de Richard Branson, y Space X, de Elon Musk. Confieso que me gustaría una aventura de ese tipo, pero ya tenemos suficientes desafíos en nuestro planeta como para buscar otros en el espacio. 

Uno de ellos es, sin duda, el respeto a la diversidad. Si algo me llama la atención de la India, por ejemplo, es la variedad casi infinita de tipos humanos, lenguas, culturas, expresiones religiosas, etc. Es verdad que a veces los políticos atizan las ascuas y se producen estallidos de violencia, pero, en general, la gente está enseñada a respetar y celebrar la diversidad. 

Cuando contemplo el bosque en mis paseos matutinos caigo en la cuenta de que la naturaleza es un tapiz polícromo en el que hay seres diminutos y grandes animales o plantas. Se mezclan los colores, texturas y sonidos. 

Las sociedades contemporáneas son cada vez más plurales. Paseando hace días por el centro de Madrid, caí en la cuenta, una vez más, de que la gran ciudad es un mosaico de etnias, creencias y estilos de vida. Tienen derecho a caminar por Gran Vía una afroamericana obesa enfundada en unos pantalones cortos ajustadísimos y un escuálido muchacho marroquí que vende bisutería en un puesto ambulante. Hay sitio para el ejecutivo con traje y corbata y para el mendigo que se asienta en un revoltijo de mantas sucias. La calle es del cura ensotanado y del joven con trenzas y sandalias. 

Dios nos ha querido diversos. La vida es diversidad. No somos piezas extraídas de un único molde o seres humanos clonados. Cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles. Entre los miles de millones de hombres y mujeres que han existido a lo largo de la historia no ha habido ninguno como yo. Dios me ha querido distinto y me ha confiado una misión única. Nadie puede ser por mí. Es como para estremecerse.

Cuando tomamos conciencia de un hecho que parece obvio, pero que a menudo olvidamos, entonces la vida adquiere una gran intensidad. Nos animamos a construir una historia inédita y aprendemos a respetar la singularidad de los demás. No obligamos a nadie a que sea como nosotros, sino que promovemos su peculiaridad. Los padres no se empeñan en que sus hijos sean fotocopias suyas. Los profesores promueven la creatividad de sus alumnos. Los responsables de las comunidades cristianas valoran la variedad carismática con que el Espíritu enriquece a la Iglesia. Los políticos respetan a las minorías y no tratan de imponer un pensamiento único. 

Donde hay Espíritu hay siempre unidad en la diversidad. Por el contrario, donde no hay Espíritu, campan a sus anchan los totalitarismos de todo signo o el caos destructor. Creo que en las últimas décadas hemos avanzado muchísimo en el respeto de las diferencias. Hemos aprendido a integrar lo diverso. Pero sigue habiendo muchos tics que denotan nuestra tendencia a la identidad monolítica, a confundir verdad con doctrina, fidelidad con rigorismo, radicalidad con rigidez. Necesitamos que de vez en cuando el Espíritu nos dé una sacudida para alegrarnos de la belleza de la diversidad y aprender a sacar partido de ella.  


lunes, 19 de julio de 2021

Hay vida más allá de la red

Varios lectores y amigos de este Rincón me han enviado mensajes en los últimos diez días interesándose por mi estado de salud. El hecho de que el blog llevase varios días “muerto” les resultaba bastante extraño. Pensaron que tal vez me había pasado algo. ¡Y claro que me ha pasado algo! Pero no se trata de una enfermedad, un accidente u otra desgracia. Simplemente he disfrutado diez días de desconexión no programada. Creí que, a pesar de todo, sería capaz de escribir mi entrada diaria, pero he vivido tal torbellino de viajes, encuentros, conciertos y celebraciones que no he dispuesto de la tranquilidad necesaria para hacerlo. Tal vez tendría que haberlo previsto y comunicado (como hacen las tiendas cuando ponen el cartelito de “Cerrado por vacaciones”), pero todo ha sucedido tan rápidamente que me ha faltado tiempo para esa deferencia con los lectores. Perdón por no avisar y muchas gracias por el interés mostrado.

En estos diez días han sucedido muchas cosas que, en circunstancias normales, me habrían sugerido un comentario: la victoria de Italia en la Eurocopa, la operación del papa Francisco, las protestas en Cuba y su violenta represión por parte de las autoridades del régimen comunista, las graves inundaciones en Alemania, el avance de la quinta ola de Covid-19 en algunos países europeos, la celebración del 172 aniversario de la fundación de los Misioneros Claretianos, el motu proprio Traditionis custodes del papa Francisco y la carta que lo acompaña, la inminencia de unos Juegos Olímpicos atípicos, y mucha cosas más que han ocupado las portadas de los periódicos en estos días del mes de julio. Confieso que, aunque me he enterado de todas ellas, no les he prestado mucha atención. Durante estos días, lo personal se ha antepuesto a lo social. He vivido viajes, encuentros y conversaciones que permanecerán durante mucho tiempo en mi memoria. Y, por si esta empieza a fallarme, he consignado todo a mi diario de a bordo. Para eso sí he encontrado algunos minutos cada día.

Necesitaba salir del trajín de Roma y de la rutina de innumerables encuentros online. ¡Y a fe que lo he conseguido! Nunca hubiera imaginado tanta intensidad en tan poco tiempo, incluida la participación en la ordenación presbiteral de un joven claretiano que ha tenido que posponerla dos veces: la primera (en marzo de 2020), a causa del Covid; la segunda (en junio de ese mismo año), por un cáncer grave. Finalmente, el pasado 16 de julio recibió el sacramento del Orden en Madrid. Muchos hermanos y amigos nos reunimos con él para acompañarlo, dar gracias a Dios por su curación y pedirle que lo fortaleciera con su Espíritu en el ministerio que ahora emprende. A través de las redes, su familia pudo seguir el desarrollo de la celebración desde Paraguay.

Hoy lunes regreso a este Rincón. No he escrito sobre un tema en particular. Me he limitado a explicar el silencio de los diez días pasados. Quizá lo que he aprendido en este corto tiempo es a disfrutar de la desconexión en un tiempo de hiperconexión. Puedo vivir perfectamente sin escribir una entrada diaria y los lectores también pueden prescindir de ella con toda tranquilidad. No se hunde el mundo. La vida tiene sus mecanismos de compensación. Nada es comparable a vivir. Cuanto más vivimos, más “espirituales” somos porque creemos en un Espíritu que es “señor y dador de vida”.  He tenido múltiples ocasiones de comprobarlo. Por eso, me siento muy agradecido. Mañana espero reanudar un ritmo más o menos regular, hasta que me desconecte de nuevo.

jueves, 8 de julio de 2021

Un cansancio infinito

En los tres días que llevo en Madrid he tenido ocasión de hablar con varias personas (hombres y mujeres) que padecieron el Covid en los últimos meses. Todos me dicen que, aunque clínicamente lo han superado, siguen acusando un cansancio persistente, como si el virus les hubiera disminuido la capacidad de recuperación y, de paso, las ganas de vivir. Supongo que se trata de secuelas no generalizables, pero ahí están. El Covid-19 es un virus decididamente ultramoderno. Parece tener las principales características de nuestro tiempo. Es global, interclasista, mutante, sinuoso y escéptico. 

A veces pienso que la naturaleza se ha empeñado en darnos un veneno hecho con nuestros propios ingredientes. Es la forma desesperada de hacernos ver a dónde conduce un estilo de vida desnortado. Ya sé que es una hipérbole hablar de la naturaleza en estos términos antropomórficos, pero a veces es la única forma de darnos cuenta de lo que está pasando. Si el virus “se queda” en nuestro organismo en forma de cansancio infinito ¿no será un recordatorio del infinito cansancio vital que llevamos décadas arrastrando?

Cuanto más sabemos sobre la vida y el universo, menos sabemos cuál es nuestro puesto. Y, por supuesto, menos creemos en Dios. Nos alejamos tanto de él que, al final, nos parece un puntito insignificante en el horizonte de nuestra vida. Recuerdo a este respecto la historia del padre que le preguntó a su hijo pequeño de qué tamaño era el avión que en ese momento estaba surcando el cielo. El niño, llevándose la mano a las cejas para protegerse del sol, lo miró y dijo: “Papá, un avión es una cosa muy pequeñita que vuela entre las nubes”. Pocos días después, el papá lo llevó a un aeropuerto y lo puso delante de un Airbus-340. “¿De qué tamaño es el avión?”, le preguntó de nuevo. “Es enorme”, respondió el niño asombrado. 

La moraleja en relación a Dios es clara. Cuanto más lejos estamos de él, más pequeño e insignificante nos parece hasta el punto de poder incluso negar su existencia. Es solo una especie de nube en el horizonte. Cuanto más lo buscamos y nos acercamos a él, mayor nos parece su misterio.

No estoy viendo que el “cansancio infinito” producido por el Covid -y que quizá sea solo la expresión somática del cansancio existencial que arrastramos desde hace tiempo- esté llevando a muchas personas a una renovada búsqueda espiritual. Lo que observo es una cierta parálisis y languidez, como si no estuvieran los tiempos para grandes aventuras. Todo me parece un compás de espera.  Todavía no sabemos si saldremos mejores o sencillamente acabaremos lastrados. Un día nos ilusionamos con el avance de las campañas de vacunación (y hasta exhibimos ufanos nuestro “certificado digital”) y al día siguiente nos asustamos con la “quinta ola” que viene. “Esto no acaba nunca” me decía hace un par de días con un deje de tristeza una persona querida. 

Nos cansamos de esperar el final del túnel porque el Covid mismo se ha encargado de agotarnos más para que la espera se nos haga infinita. Se requiere, pues un temple sereno. La humanidad ha pasado por otras encrucijadas en las que parecía que todo podía colapsar. Sin embargo, la vida ha encontrado nuevas formas de expresión. Se ha abierto paso como el agua que se filtra por entre las hendiduras de las rocas. También esta vez será así, pero debemos moderar las expectativas, mantener la calma y apoyarnos unos a otros para que el cansancio no acabe dejándonos exhaustos y aislados.

miércoles, 7 de julio de 2021

Ibéricos y transalpinos


En el Corriere della sera de ayer, el periodista italiano Aldo Cazzullo escribía un simpático artículo sobre “el derbi infinito entre falsos hermanos”. Según él, la hermandad entre el pueblo ibérico y el transalpino es un malentendido. Ambos han luchado y se han odiado durante siglos, siendo España la potencia hegemónica. Nos conocemos y nos respetamos, pero seguimos siendo diferentes. Cazzullo lo explicaba así: “El malentendido tal vez provenga de la percepción distorsionada que Italia tiene de España, y viceversa. Si los españoles piensan en Italia como un inmenso Nápoles, con el sol, la pizza, la mandolina y los espaguetis, nosotros pensamos en España como una gran Andalucía, con toros, corridas, playas y gazpacho. La España verde, atlántica, silenciosa, desconfiada, nos es ajena; son lugares a los que no se va de vacaciones y que no se ven en la televisión”.

El partido de ayer (largo, intenso, emocionante) simboliza esta fraternidad mediterránea un poco a la greña. Como algunos temían, al final todo se decidió en la lotería de los penaltis. No se hunde el mundo. La relación entre dos países no se dirime en un partido de fútbol, por apasionante que sea. Italia y España se parecen mucho y se diferencian bastante más de lo que a simple vista parece. España tiende a ser extremista; Italia propende a la conciliación, aunque se encienda dialécticamente con mucha facilidad. Si hay una persona que en las últimas décadas ha servido de puente entre ambos países, esta ha sido, sin duda, Raffaella Carrà, como se ha podido comprobar viendo las reacciones ante su muerte. 

Yo confieso que me siento un poco a caballo entre los dos pueblos. Procuro tomar lo mejor de cada uno y esquivar sus excesos, pero reconozco que es un ideal imposible. Sigo siendo español. En Italia he aprendido el arte de buscar puntos de convergencia donde parece que no existen. Es verdad que se corre el riesgo de naufragar en fáciles componendas, pero es preferible ese riesgo calculado a las guerras fratricidas.

He escrito varias veces sobre Italia en este Rincón. Son muchos los lectores españoles y americanos que adoran el país transalpino. Yo formo parte de ese grupo, por más que a menudo me queje del deterioro de una ciudad como Roma o del burocratismo impenitente. Es tanto lo que Italia ha aportado a la cultura occidental que sería ridículo no reconocerlo. Anoche, durante y después del partido, intercambié algunos mensajes de WhatsApp con varios amigos italianos. Todos mostraron una actitud caballerosa. La cortesía y la amabilidad son la cara visible de las almas grandes. En fin, no quisiera filosofar demasiado sobre un juego que, dicho sea de paso, es un sustitutivo de la guerra. Si los enfrentamientos deportivos evitan los bélicos, bienvenidos sean.

He terminado la entrada de hoy sin decir nada de san Fermín. Se están perdiendo las tradiciones. 

martes, 6 de julio de 2021

A la vuelta de la esquina


En mitad de una conferencia Zoom, derrotado por el calor de Madrid, me entero de la inesperada muerte de Raffaella Carrà a los 78 años. Los lectores italianos y españoles no necesitan ninguna explicación porque, desde hace muchos años, Raffaela parecía una más de casa. Cada día nos llegan noticias que nos sorprenden, desconciertan o entristecen. No son muchas las que nos alegran la vida. Por eso, nosotros mismos debemos convertirnos en reporteros de “buenas noticias”. Eso es, al fin y al cabo, lo que significa la palabra “evangelizador”: persona que anuncia una buena noticia. Cuando atravesamos periodos de serenidad, todo nos parece admirable. Cuando, por el contrario, navegamos por aguas turbulentas, hasta el más mínimo detalle puede alterarnos. 

Ayer, mientras sobrevolaba el Mediterráneo a la altura de Mallorca, pensaba en lo maravilloso que resulta comprobar que cada jornada hay día y noche. Los movimientos de rotación y traslación del planeta Tierra en el que habitamos son un prodigio de relojería sideral. Por más que lo sepamos, nos hace bien detenernos de vez en cuando en esta maravilla. Y lo mismo sucede con el “milagro” de la respiración humana, los cambios de estaciones, la reproducción y tantos otros fenómenos vitales y cósmicos. Vivimos tan rodeados de “milagros” que, a menos que nos detengamos un poco, nos pasan desapercibidos. Cuando nos paramos para tomar conciencia, entonces las “buenas noticias” aparecen en cascada.


Si algo me gusta del tiempo de vacaciones es la posibilidad de contemplar las cosas con calma, incluso aquellas que me resultan muy familiares. La actitud contemplativa desvela sin ninguna violencia el misterio de las cosas. Aprendemos a entrar en una profunda comunión con todo y con todos, superamos los estrechos confines de nuestro yo neurótico, vemos que la vida siempre se abre paso, relativizamos nuestras heridas, desarrollamos una fuerte actitud compasiva hacia los demás, domeñamos el orgullo que nos mata porque descubrimos que somos una parte ínfima del todo, reaprendemos el arte de la sonrisa, no miramos a nadie por encima del hombro. 

En realidad, solo las personas contemplativas pueden ser portadoras de “buenas noticias” (es decir, evangelizadores) porque solo ellas acceden a la verdad, bondad y belleza de las personas y las cosas. No es lo mismo ser un hombre o una mujer con capacidad de hacer cosas, que ser un evangelizador.

Ayer fue un día muy caluroso en Madrid. Hoy, por el contrario, tenemos una temperatura agradable. El tiempo nos da una tregua antes del subidón de temperaturas pronosticado para el fin de semana. El cielo está cubierto, aunque no se esperan lluvias. Por la ventana abierta de mi cuarto madrileño, en el quinto piso de un edificio robusto, entra una suave brisa matutina. Repaso los compromisos que me aguardan. Me hago el firme propósito de ser portador de “buenas noticias”, pero no porque vaya a revelar nada espectacular, sino simplemente porque voy a intentar descubrir la belleza de las cosas más sencillas: desde un desayuno vegetariano hasta una buena conversación en torno a un café con hielo. 

No necesitamos nada extraordinario para ser felices, sino la fuerza “extraordinaria” para descubrir que Dios nos ha dejado infinidad de mensajes de amor en las realidades más cotidianas. Si conseguimos leerlos y descifrarlos, entonces no necesitamos anhelar nada más. Solo Dios basta. Esta obviedad, patente para los hombres y mujeres contemplativos, puede constituir la más agradable sorpresa que un ser humano puede experimentar tras muchos años de búsqueda insatisfecha.