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lunes, 9 de mayo de 2016

Oración después de un fin de semana intenso

Anoche me puse al ordenador sin saber muy bien qué quería escribir. He vivido un fin de semana tan intenso que necesito tiempo para digerirlo con calma. Así que decidí entregarle al Señor mi cansancio y darle gracias por su amor manifestado en los mil detalles de estos días.

Han sido cientos de kilómetros, encuentros con muchas personas, celebraciones intensas, reflexiones al hilo de un saludo o una mirada, emociones suscitadas por la fuerza del viento, por la lluvia gallega, por las praderas verdes en torno al convento de Baltar, por el Anima Christi de Frisina repetido como un mantra, por el rosetón de la catedral de Mondoñedo, por las fotos entre amigos, por la eucaristía del domingo con una pequeña comunidad rural...

A veces, solo la oración encauza el torrente de experiencias vividas. No quiero analizarlas o comprenderlas sino solo entregárselas al Señor como le entregamos el pan y el vino de la Eucaristía. Quizá el paso del tiempo me permita rescatar algunas y entender su significado. Otras se las llevará el viento. Confieso que he vivido.
Señor, estoy cansado, pero feliz.
Tu ascensión ha sido, en realidad,
Una descensión al territorio de mi pobreza.
He reconocido los destellos de tu mirada
En rincones donde nunca hubiera imaginado. 
Pero no puedo acumular en cuarenta y ocho horas
Cientos de rostros y sonrisas,
Palabras cargadas de historia centenaria
y ocurrencias que salpican las conversaciones. 
Me pregunto qué sentirían quienes te ignoran
Si pudieran experimentar siquiera un poco
El festín de fe y amistad que he degustado.
Una ordenación episcopal, sí un sacramento,
Ha puesto en danza personas y emociones,
Como si tú quisieras aliviar el peso de nuestra gris rutina
Con el bálsamo de las cosas esenciales. 
Por las calles graníticas de Mondoñedo
Y las verdes lomas de la Galicia asomada al océano
He respirado el aire fresco del Espíritu insumiso,
Removedor de miedos y angosturas,
Impulsor de los sueños que todavía empujan
La posibilidad de vivir de forma más noble, más humana,
Antes de que sea tarde y duela.
Por todo esto y por el cansancio que producen las cosas buenas
Te doy gracias con las teclas de mi ordenador
Ansiosas también de retirarse a descansar.
Cuida de todos los que hemos sido rociados
Con el agua bendita de tu promesa de vida.


sábado, 20 de febrero de 2016

No creer en nada es una putada

No me gusta usar tacos, pero tengo que ser fiel al autor de la frase. Hoy, navegando por “El Mundo” digital, me he encontrado con una entrevista al cantante Coque Malla. Apenas he escuchado de él alguna canción suelta. Pero me ha llamado la atención su sinceridad. A la pregunta “¿A quién reza un ateo como usted?” ha respondido: “A algo intangible que los ateos sufrimos. A veces tenemos ganas de rezar y no tenemos a nadie porque no creemos. Es una putada. Hay veces que tienes tantas ganas de rezar y pedir algo poderoso que cambie las cosas...Yo siempre había sido un ateo convencido, pero llega un momento en que no creer en nada es una putada. Y me inventé esta canción. Dios no voy a decir, Alá tampoco... Así que Santo, Santo”.

¿Quién no ha tenido, a veces, la impresión de que orar es como hablar con las paredes? Hace años que me acompaña esta canción de Luis Alfredo Díaz. Pone letra y música a la sensación de que orar es la actividad humana más inútil: “A veces, me parece que estoy loco, un interlocutor a quien le han colgado el teléfono, un vendedor de feria que se ha quedado sin voz”. 

Cuando he presidido algunos funerales de jóvenes muertos en accidente de tráfico me he estremecido viendo cómo sus amigos lloran desconsolados. Algunos –como Coque Malla– sienten ganas de rezar, pero no saben a quién. Creen que no creen. Su oración está hecha de lágrimas y vacíos. Utilizan un eufemismo para no tener que usar la palabra “cielo”, tan ligada a la fe. Dicen: “allá donde estés”. Es el último resquicio de una fe que, como las brasas cubiertas de ceniza, no ha desaparecido del todo. Y quizá ni siquiera puede desaparecer porque está anclada en nosotros, en nuestro ADN. No encuentro mejor explicación antropológica que la que nos brindó Agustín de Hipona hace dieciséis siglos: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón siempre estará inquieto hasta que no descanse en ti”. Tiene razón Coque Malla: “Llega un momento en que no creer en nada es una putada”. Ni siquiera tienes alguien a quien echarle la culpa del sufrimiento inútil.

Algunos de mis amigos se confiesan ateos. No me asusta. La vida es demasiado compleja como para resolver su misterio de forma rápida o ingenua. Han combatido la batalla por el sentido de la vida y, de momento, no vislumbran ningún Dios en el horizonte. Otros siguen siendo víctimas de una triste educación infantil que les pintó un Dios despótico y ridículo en el que hace falta cuajo para creer. Lo que me desconsuela es encontrar a gente –jóvenes, sobre todo– que despachan el asunto con una indiferencia insultante. La putada, entonces, no es “no creer en nada” sino naufragar en el océano de la superficialidad.