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sábado, 23 de julio de 2016

Iglesias cerradas, museos abiertos

La iglesia de mi pueblo está abierta todos los días del año desde primera hora de la mañana hasta el anochecer. Cualquiera puede entrar, orar en silencio o contemplar la belleza que atesora. Yo mismo lo hago cuando tengo ocasión. Es un lugar vivo, una casa de puertas abiertas en la que uno no necesita llamar al timbre o pagar una entrada. Con regularidad suenan las campanas, como signo de que es un edificio vivo. De niño se me hacía imposible entender que hubiera iglesias cerradas. Pero, por desgracia, esta es la realidad de muchas iglesias rurales en la vieja Europa y de un buen número de iglesias urbanas. 

A menudo abren unos minutos antes de la misa y enseguida vuelven a cerrar. La imagen que transmiten es deplorable. La iglesia ya no se ve como la casa de todos sino como una expendeduría de servicios religiosos que se atiene a un horario preciso. Las razones que se aducen para tal práctica son comprensibles, pero no justifican la situación. Se habla de problemas de seguridad (sobre todo, en las ciudades), de gastos de mantenimiento (¿por qué gastar luz inútilmente?), de inutilidad (¡total, nadie viene!), etc. El papa Francisco ha hablado repetidamente contra esta práctica que se ha convertido en costumbre, pero tengo la impresión de que no ha sido muy escuchado (como en tantas otras cosas).

Algunas están abiertas, pero parece que han cambiado su finalidad. Si hay algo que me produce una infinita tristeza es comprobar cómo muchas iglesias que durante siglos han sido el espacio donde los hombres y mujeres se encontraban para celebrar la fe, para orar en silencio, para buscar consuelo, para respirar… se han transformado en museos que albergan piezas valiosas del pasado. Cuando esto sucede, la maldición está servida porque, en el fondo, se está transmitiendo un mensaje subliminal: igual que este edifico se ha convertido en museo, la fe es algo que pertenece también al pasado. Fin de ciclo. Pasemos página. No sé qué significa esa lamparita que arde al fondo, pero alguien –con dotes de entendido– dice la obviedad de que la iglesia parece románica, o gótica, o Dios sabe qué.  De repente, los turistas, armados de pantalón corto y calzado deportivo, se convierten en improvisados expertos en arte. No importa si confunden a san Juan Bautista con san Juan Evangelista o si dan por hecho que una talla es románica cuando ha sido esculpida hace un par de siglos. La gente entra, da una vuelta por las naves, hace comentarios, dispara la cámara de sus teléfonos móviles… y sale sin más. Cualquier detalle artístico parece más importante que la presencia misteriosa de Jesús en el sagrario.


Hay una nueva evangelización que comienza por algo tan sencillo como recuperar el espacio simbólico de las iglesias. Hay que abrirlas de par en par todo el tiempo posible, hacer que sean un “lugar de encuentro”, convertirlas en espacios verdes y silenciosos en medio de la contaminación y del ruido urbano. Hay muchas personas jubiladas que podrían prestar un hermoso servicio de voluntariado dedicando algún tiempo a cuidar las iglesias y, sobre todo, a ofrecer un servicio de acogida. Lo que se hemos perdido por desidia o falta de colaboración se puede ganar por la creatividad y la entrega. Nunca es demasiado tarde. Jesús no es una pieza de museo sino una presencia viva: "El Maestro está aquí y te llama".

viernes, 3 de junio de 2016

Las campanas de la iglesia de mi pueblo

Solo un buen fotógrafo capta el alma de las cosas. Para apretar un botón y atrapar una imagen vale cualquiera. Para hacer que las cosas hablen se necesita alguien que sepa escuchar con atención, como el autor de esta foto, a quien admiro por su arte y a quien agradezco la deferencia de permitirme usarla. Jamás había visto así, al alcance de la mano, las campanas de la iglesia en la que fui bautizado. Están tocando a misa, pero a mí me parece que me están convidando al festín de la vida. Solo toca quien espera algo o a alguien, quien cree que la vida merece la pena. 

Sobre el fondo de un cielo fosco, de primavera atormentada, se recorta la silueta pétrea y austera de la vieja iglesia. Cuatrocientos años se agazapan en los sillares de piedra castigados por los recios vientos del norte, abrasados por los soles del estío, lamidos a veces por las celliscas del invierno. La espadaña, robusta y sencilla, abre un boquete de luz en la compacta mole de piedra. Desafiando la gravedad, las cigüeñas han depuesto su colosal nido sobre el pináculo. Tres ejemplares montan guardia con su plumaje blanquinegro. ¿Cómo se puede hacer un hogar confortable a base de ramas y materiales de deshecho? La cigüeña es un antídoto contra el consumismo que nos devora, una pionera del reciclaje, una artesana que sabe convertir lo que otros tiran en algo útil y hasta bello. 

Coronando el pináculo se yergue una estructura de hierro añejo. La veleta, la cruz y el pararrayos conforman una suerte de trinidad salvadora. La veleta nos orienta, la cruz nos salva, el pararrayos nos protege. No conviene prescindir de ningún elemento en los vericuetos de esta existencia atribulada.

No, no me olvido del reloj. Su esfera oronda ribeteada de negro y sus grandes números romanos son visibles a distancia. Aquí no se puede decir que “la campana de la Audiencia da la una”, como canta el poeta Machado. El reloj de la torre marca todas las horas, recordándonos con cansina monotonía que tempus fugit (el tiempo huye), que en esta vida –como sentencia el Qohelet–  hay “tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar y tiempo de sanar; tiempo de destruir y tiempo de construir”.

Pero la estampa no sería la misma sin la presencia de las campanas: las grandes, las medianas y las chicas. En algunos pueblos y ciudades los vecinos han protestado contra el clamor de las campanas. Prefieren el ruido contaminante de los vehículos al tañido lenitivo de los badajos que percuten sobre el bronce y el cobre fundidos. Ellos verán. Cada uno es libre de administrar sus filias y sus fobias. 

Desde que era niño, llevo incorporado ese sonido al ritmo de mi vida. Las campanas de la torre nunca son impertinentes o antojadizas. Acompañan el curso de nuestra existencia. Se vuelven tristes y pacatas cuando alguien muere, como queriendo respetar el duelo. “Tocan a muerto”, dice la gente, que conoce bien el toque de difuntos, mientras recuerdan al finado o musitan una oración. Las campanas saben también retozar de júbilo cuando llega la fiesta. Se vuelven saltarinas, alocadas, como si hubieran estado todo el año esperando ese momento. Ahuyentan los demonios de la tristeza y la melancolía. Saben de bodas, bautizos, procesiones, fiestas populares... y también de costumbres cotidianas. Todos los días convocan a misa media hora antes de que empiece. “Suenan las primeras”, aseveran los veteranos, que entienden bien este lenguaje de iniciados, mientras comienzan los preparativos. “Corre, que ya han dado las terceras”, le dice una mujer a otra acelerando el paso. ¿Para qué mirar el reloj cuando las campanas nos recuerdan lo necesario? Si la situación lo exige, saben también tocar a rebato para avisar de un fuego o cualquier otra desgracia. 

Las campanas son un permanente recordatorio de solidaridad popular. No olvido la meditación XVII del poeta inglés John Donne: "La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti". 

Las campanas de la iglesia de mi pueblo, en definitiva, saben de la vida más que este pobre escribidor. Gracias, Eladio, por ayudarme a recordarlo en esta primavera tarda, pero "¡es tan hermosa cuando llega!" (Machado dixit)

jueves, 19 de mayo de 2016

Medio siglo de la Iglesia española

No todos los lectores de este blog provienen de España. En otra ocasión señalé ya cuáles son, por número de visitas, los países más frecuentes: España, Italia, Estados Unidos, Colombia, Alemania, Puerto Rico, Irlanda, Argentina, Portugal, Reino Unido, etc. Es claro que casi el 50% son lectores españoles. Por eso voy a escribir algo sobre el último medio siglo de la Iglesia en España. El tema me lo ha sugerido una interesante conversación que mantuve hace un par de días, durante una cena en mi comunidad, con el cardenal claretiano Fernando Sebastián Aguilar y el periodista Antonio Pelayo, corresponsal de Antena 3 en Roma y colaborador habitual de la revista Vida Nueva. La diplomacia de los manteles sigue siendo muy positiva.

El cardenal ha venido a Roma para presentar esta tarde en la Embajada de España ante la Santa Sede sus Memorias con esperanza. El libro ha dado mucho que hablar. No todos se atreven a poner negro sobre blanco sus experiencias, sobre todo cuando en ellas están involucradas otras muchas personas que todavía viven. Ambos personajes (Fernando Sebastián y Antonio Pelayo) son testigos privilegiados de la evolución de la Iglesia en España en estos últimos 50 años, que coinciden con la historia de la Conferencia Episcopal. El cardenal ha sido uno de sus protagonistas cualificados. El periodista ha contado esta historia a través de diferentes medios. Ambos están muy bien informados y saben contar las cosas con objetividad y humor. Fue una delicia conocer de primera mano anécdotas, personajes y algunos vericuetos desconocidos para mí. Naturalmente, no todo se puede contar en un blog, pero sirve para enmarcar situaciones, comprender claves y tener opiniones fundadas. 

Si yo tuviera 20 años, tendría muchas dificultades para creer que una institución como la Iglesia Católica, tan poco valorada en la actualidad, haya contribuido eficazmente a la transición democrática española y a la reconciliación entre todos los ciudadanos. Lo que veo y oigo en muchas televisiones, en chistes que corren por las redes sociales y en comentarios por la calle, es lo contrario. Mentar a la Iglesia es como desenterrar el hacha de guerra. Puedo comprender algunas reacciones críticas, sobre todo por parte de quienes han tenido experiencias negativas en relación con ella, pero me cuesta aceptar los juicios sumarísimos. A menudo surgen de una ignorancia enciclopédica o de prejuicios no superados. Quienes tienen más trayectoria han sido testigos de los cambios que se han producido en la Iglesia a lo largo de las últimas décadas y del acompañamiento realizado por la Conferencia. Para algunos, se trata de cambios desafortunados, en la línea equivocada. Para otros, siguiendo la ruta marcada por el Concilio Vaticano II, aunque con muchos problemas prácticos para seguirla en un mar tan revuelto como el español.

Como no hay opinión sensata sin una buena información, os invito a ver el vídeo "Aliados de la Vida" que 13tv ha elaborado con motivo del 50 aniversario de la Conferencia Episcopal Española (1966-2016). Es una historia sintética, necesariamente incompleta, de un período caracterizado por rápidos y profundos cambios. 


domingo, 20 de marzo de 2016

Hosanna ahora; luego, ya veremos

Catedral de Wroclaw
Ayer fue un magnífico día. A las 10 de la mañana estaba ya en la catedral de San Juan Bautista de Wroclaw. A esa hora se te congelaban hasta los pensamientos. ¡Y eso que estamos a punto de empezar la primavera! Un poco antes de las 11, comenzó la procesión desde el seminario hasta la catedral: 16 obispos, 250 sacerdotes y una legión de diáconos, acólitos y otros ayudantes. La catedral no es enorme, pero estaba abarrotada. De las columnas que flanquean la nave central colgaban pendones multicolores, como en las películas de la Edad Media. El coro –soberbio, por cierto– entonaba la versión polaca del conocido canto de L. Deiss Pueblo de reyes. Los obispos y presbíteros ocupamos el coro y el presbiterio. A mí me tocó al lado del obispo greco-católico, que probablemente pensaría que mi polaco dejaba bastante que desear. 

El obispo Jacek Kicinski, camino de la catedral
La ceremonia, organizada con gran precisión y boato litúrgico, duró tres horas. Solo las alocuciones que siguieron a la comunión –entre ellas, la mía– se comieron 45 minutos. Pero claro, aquello parecía un desfile de modelos: hubo mensajes del presidente de la República, del secretario de la Conferencia Episcopal, del alcalde la ciudad … Y, por supuesto, de los Misioneros Claretianos y del propio obispo recién ordenado, Jacek Kicinski, que agradeció emocionado la confianza depositada en él y glosó el lema de su escudo episcopal: Ut unum sint ("que todos sean uno"). Me gustó que participaran representantes de varias confesiones cristianas, así como muchísimos religiosos y religiosas, incluyendo algunas hermanas de la Familia Claretiana.

Mientras me perdía en el mar de parlamentos incomprensibles, pensaba que una catedral y una ceremonia como esa simbolizaban la idea de una liturgia solemne, redonda; de una Iglesia luz de las gentes, reconocida quizá también un poco temida por la mayoría. Era como un viaje en el túnel del tiempo que produjo en mí dos sentimientos encontrados: por una parte, gratitud y admiración (no se llega a esto sin un largo viaje multisecular); por otra, preocupación e incertidumbre (¿y si todo esto representara los últimos coletazos de un modelo de Iglesia que ya no existe?).

(Por cierto, ayer también se ordenó presbítero en la catedral de Osaka, en Japón, el joven claretiano Ken Masuda).

Hoy es Domingo de Ramos. Comienza la Semana Santa. O las vacaciones de primavera, como les gusta decir a quienes les produce urticaria cualquier vestigio cristiano en las sociedades pluralistas. Lo que Jesús vivió en los últimos días de su vida fue una tesis (aclamación como Mesías por las calles de Jerusalén), una antítesis (despedida, juicio y condena a muerte) y una síntesis (resurrección y vida nueva). Pero no se trata de un ejemplo de dialéctica hegeliana, sino del núcleo del misterio pascual. En el Hosanna del Domingo de Ramos están ya implícitas la muerte y la victoria. Los mismos que gritan hoy Hosanna gritarán más adelante Crucifícalo. No lo buscan a él: persiguen sus sueños. Primero lo necesitan como rey liberador; luego lo prefieren colgado del madero. No lo buscan a él: se preocupan de su seguridad.

El arzobispo emérito de Wroclaw, cardenal Gulboniwicz, 
bendice al obispo auxiliar Jacek Kicinski
en presencia del arzobispo titular Józef  Kupny
Lo mismo sucede con la Iglesia. Tras los tiempos de triunfales hosannas, siempre pasa por el desierto de la persecución y la muerte. Y siempre renace, no porque sea un ave fénix, sino porque es la comunidad del Resucitado. Lleva dentro las semillas de la vida plena. Contemplando el misterio de Jesús, uno comprende mejor lo que le aguarda a la Iglesia en todos los tiempos y lugares. Por eso, la magnificencia de la celebración de ayer, aquí en Wroclaw, me pareció solo un momento –bellísimo, eso sí– de las distintas formas de ser Iglesia. Mientras contemplaba el desfile interminable de obispos, presbíteros y fieles, pensaba en las comunidades pobres, sin apenas creyentes, que a duras penas pueden celebrar la Eucaristía. ¡Qué contraste! Y, sin embargo, en ambas situaciones lo que importa de veras es la presencia de Jesús en medio de los que se reúnen en su nombre. 

Os dejo con una versión increíble del célebre tema You Raise Me Up, que comentaremos con calma algún día de Pascua. Es también una bonita forma de empezar la primavera, aunque aquí, en Wroclaw, hace un frío invernal.


martes, 23 de febrero de 2016

Como una gallina reúne a sus polluelos

Durante muchos años he vivido en grandes ciudades: sobre todo, en Madrid y Roma. Sin embargo, tengo alma rural. Las ciudades acaban pareciéndome siempre un supermercado, no un hogar. Y eso que, según se escribe, "el futuro de la humanidad se juega en las ciudades". Sé que hay gente que no soporta el control que se ejerce en los pequeños pueblos, su dosis de chismorreo y, a veces, su horizonte romo. Muchos escogen la libertad que proporciona el anonimato urbano. Lo comprendo. La vida rural tiene sus limitaciones y miserias, pero a mí me encanta. Prefiero saludar a las personas antes que ignorarlas, me gusta saber quién es quién, contemplar piedras cargadas de historia, reconocer cada esquina, respirar aires saludables, celebrar fiestas centenarias como La Pinochada, escuchar los sonidos del viento norte o los jilgueros en primavera, distinguir un roble de un pino, saborear una ración de níscalos (lactarius deliciosus) –o "amizcles", como se dice por allá– en otoño o caminar por la nieve dejándome embaucar por su magia. Todas estas cosas constituyeron mi primera –y quizá más incisiva– universidad.

Nací en un pequeño pueblo de montaña, flanqueado por el río Duero. De niño y también ahora,  siempre que me es posible, camino junto al río por la senda que conduce al pueblo cercano. Desde allí contemplo la silueta de Vinuesa, la antigua Visontium. Respiro hondo, me sumerjo en el mar de pinos y dejo correr la imaginación. Me veo formando parte de la tribu celtibérica de los pelendones o trabajando la lana como muchos visontinos del siglo XVI. 

Pero si hay algo que me llama la atención es que, se mire desde donde se mire, siempre aparece en el horizonte la torre, alta y robusta, de la iglesia de Nuestra Señora del Pino, como si quisiera rivalizar –o mejor, armonizar– con los extensos pinares que circundan el pueblo. Es el centro en torno al cual ha ido creciendo el caserío. Primero hubo una iglesia románica, con su cementario anejo. Después, en tiempos de prosperidad económica, a finales del siglo XVI, comenzó a construirse la actual iglesia de estilo gótico renacentista: un edificio soberbio para un pueblo pequeño. Sé que a algunos esta presencia sobresaliente –acompañada por el tañido regular de las campanas– les incomoda. Les parece el símbolo de una institución oscurantista y opresora que ha mantenido acogotada la conciencia de la gente durante siglos. Se respeta como monumento artístico, pero de ahí no pasa.

Creo, sin embargo, que la mayoría de las personas –creyentes, agnósticos y no creyentes– no piensa así. Ve en esa iglesia el hogar de todos, la verdadera “casa del pueblo” en la que miles de personas han sido bautizadas a lo largo del tiempo o han encontrado momentos de sosiego, fraternidad y contemplación. Allí se ha vibrado con la alegría de los matrimonios y se ha despedido con serenidad y esperanza a los muertos. Allí se han celebrado encuentros de cofradías y conciertos, horas santas y vísperas, ... Se ha rezado y se ha llorado, se ha escuchado en el silencio de sus naves imponentes la "música callada" del Misterio que contrasta con los ruidos de la vida moderna.

En mi tierra castellana no se concibe una población sin iglesia, hasta el punto de que en algunos pueblos minúsculos sus habitantes se esfuerzan en restaurar sus templos antiguos porque intuyen que, mientras haya una iglesia abierta, el pueblo seguirá vivo. Contemplando la iglesia de mi pueblo desde la distancia, me parece –por utilizar la imagen de Jesús sobre Jerusalén– como una gallina que quiere reunir en torno a sí los polluelos (cf. Mt 23,37) para protegerlos como madre amorosa. La iglesia no es una madrastra amenazadora sino una madre acogedora y paciente. ¡Hay tanto que se podría hacer para que esta imagen se correspondiera con la realidad, para que todos sintieran que ésta es su casa de verdad! Más allá de las piedras muertas, hay una comunidad de "piedras vivas" que es necesario revitalizar.

En las urbanizaciones modernas, todo son hileras de casas apiladas, a menudo sin una referencia común, sin un punto de encuentro. ¿No explica, en parte, este urbanismo impersonal el anonimato e individualismo en que viven muchos habitantes de las ciudades? He tenido la suerte de subir al 101 de Taipei y al rascacielos más alto de Shanghai. Admiro la combinación de acero y vidrio, disfruto con las vistas mareantes, pero no experimento la misma emoción que cuando contemplo la silueta de la iglesia de Nuestra Señora del Pino en lontananza. Los mejores arquitectos (confieso que la arquitectura es una de mis pasiones) diseñan ya otras formas modernas que se inspiran más en los esquemas populares –y humanizadores de los pueblos antiguos. A esto me apunto.