domingo, 26 de julio de 2026

El arte del discernimiento


Hasta Ciudad de México no me llega el humo de los incendios que asolan algunas partes de España, pero sí me llegan el dolor y la solidaridad. La naturaleza y los seres humanos formamos parte de la misma casa común. Nos herimos y nos ayudamos recíprocamente. Las noticias de hectáreas quemadas, personas desalojadas de sus casas, técnicos luchando sin tregua contra el fuego y vecinos solidarios me emocionan. Constituyen el contrapunto doloroso a una semana excepcional vivida en los Altos de Jalisco, una región del México marcado por la revolución cristera de la que ahora se cumple un siglo. 

Por todos los lugares por los que he pasado me han felicitado por el triunfo de la selección española en el Mundial de fútbol hace una semana. La ola de simpatía refuerza aún más los vínculos históricos, fraternales, entre España y México. No me gusta tanto que a veces esta simpatía se nutra del rechazo a la selección argentina y, por injusta extensión, a otro país hermano. A veces el fútbol sirve para visibilizar algunas tensiones escondidas que nacen del desconocimiento mutuo y de la falta de respeto a la diversidad. Nada extraordinario en la compleja madeja de los sentimientos humanos y de la lucha de identidades. Si algo aporta la fe cristiana es una visión de largo alcance que relativiza todas estas tensiones desde la experiencia fontal de fraternidad.


Mientras suceden todas estas cosas, el XVII Domingo del Tiempo Ordinario nos invita a practicar el arte del discernimiento. La primera lectura nos hace ver que, a diferencia de lo que la mayoría de nosotros solemos pedir a Dios (la célebre tríada salud-dinero-amor), el joven rey Salomón le pide “un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien”. Pablo, escribiendo a la comunidad de Roma, afirma que “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. 

Es el primer criterio para practicar el discernimiento: contemplar todo desde la experiencia del amor de Dios. Solo así, incluso lo que a primera vista parece negativo, puede llegar a tener sentido en la perspectiva amplia de la historia de salvación. Pero para ver las cosas de esta manera se necesita “un corazón dócil”; es decir, un corazón que se abra a Dios desde la humildad y que busque sinceramente conocer y cumplir su voluntad.


En el Evangelio de hoy, Jesús nos transmite el mismo mensaje sirviéndose de tres figuras: el tesoro, la perla y la red barredera. Cada una pone de relieve algún aspecto del arte del discernimiento. El tesoro y la perla acentúan la centralidad de Dios y su reino. Cuando vivimos a Dios como nuestro tesoro o como la perla preciosa, somos capaces de relativizar y jerarquizar todas las demás realidades. Pasamos de la idolatría a la adoración. Este es el ejercicio más radical de discernimiento: distinguir a Dios de los ídolos y optar claramente por Él. 

La imagen de la red nos previene contra un discernimiento apresurado, hecho de intuiciones, prejuicios y dogmatismos. La red de la vida recoge todas las realidades. Solo con el paso del tiempo y un tacto fino podemos distinguir el bien del mal, lo que va en línea del Reino y lo que se aparta de él. Y, en cualquier caso, el juicio definitivo no es prerrogativa nuestra: le corresponde solo a Dios. Por eso, el discernimiento va asociado a horizontes amplios, respeto a las diferencias y paciencia histórica. ¿No son estos los ingredientes que necesitamos hoy para no perdernos en la intrincada red de puntos de vista y opciones?

1 comentario:

  1. Hoy, nos ayudas a aclararnos con el tema del discernimiento… Nos dices que “… cuando vivimos a Dios como nuestro tesoro o como la perla preciosa, somos capaces de relativizar y jerarquizar todas las demás realidades… distinguir a Dios de los ídolos y optar claramente por Él”.
    Gracias Gonzalo, por la fuerza con que nos has transmitido el tema del discernimiento siendo conscientes por quien optamos.

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