
Tras un par de días en el Santuario de Nuestra Señora del Henar haciendo el retiro de fin de curso con mi comunidad, celebro el XII Domingo del Tiempo Ordinario en un Madrid que puede alcanzar hoy los 40 grados. Estamos ante la primera ola de calor del verano recién inaugurado. Para evitar golpes peligrosos, he salido a caminar a las 7 de la mañana, cuando los barrenderos estaban poniendo guapa la ciudad y algunos noctámbulos regresaban a sus casas tras una noche de fiesta.
Me gusta pasear por Madrid antes de que el sol del mediodía la convierta en una sartén. Para sofocos ya tenemos suficientes con los que nos brindan a diario los periódicos. Y con los infinitos comentarios, análisis, bulos y chascarrillos que circulan por las redes sociales como si fueran granizos hirientes de una tormenta mediática interminable. En este contexto de temperatura elevada (la meteorológica y la social), Jesús nos invita en el evangelio de hoy por tres veces a “no tener miedo”. Es uno de sus consejos más repetidos.
No debemos tener miedo a los hombres. Todo lo que hoy parece escondido llegará a desvelarse. Si siempre hemos sentido la impresión de que hay fuerzas oscuras que controlan el mundo, ese sentimiento se ha reforzado en estos tiempos de revolución digital. Hay un miedo razonable a que quienes controlan las distintas Inteligencias Artificiales manipulen a la humanidad por encima de los gobiernos nacionales y de los organismos internacionales. La invitación de Jesús a no tener miedo a los hombres es una afirmación de la primacía de Dios. No hay poder humano, por omnipotente que parezca, que pueda competir con Dios. La fe nos cura de un miedo insano a los poderosos de este mundo.
No debemos tener a los que matan el cuerpo. La violencia puede acabar con nuestra vida física. Por desgracia, esto sucede a diario en los lugares donde hay guerras abiertas, narcotráfico, terrorismo y crimen organizado. Pero lo más grave es el veneno cultural que envenena el alma y la priva de su conexión con Dios. No hay mayor daño que privar a una persona, por superioridad intelectual y moral, por odio o por ignorancia, del tesoro de la fe. Esto está sucediendo de manera sutil en nuestras sociedades hiperconectadas. Por eso, debemos reforzar nuestra confianza en la providencia de Dios que no nos deja de su mano. Esta confianza es un antídoto contra el veneno que inoculan en nuestros corazones los asesinos del alma.

No debemos temer al futuro. La incertidumbre es uno de los rasgos que caracteriza a nuestro mundo. No sabemos lo que nos van a deparar los próximos años. No estamos seguros de caminar hacia tiempos mejores. Se dice que en los jóvenes actuales se ha instalado la convicción de que van a vivir peor que sus padres y abuelos. Puede ser. De lo que estamos seguro es de que si nos dejamos vencer por el miedo no vamos a estar en condiciones de construir algo valioso.
Las grandes obras son fruto del entusiasmo, no del miedo. La historia, incluida la historia del incierto siglo XXI, no se le escapa a Dios de las manos. Como los indicadores sociales parecen apuntar en otra dirección, necesitamos que la palabra de Dios nos señale siempre, como GPS infalible, la dirección correcta. Feliz (y caluroso) domingo.

Realmente, cono nos dices: “necesitamos que la palabra de Dios nos señale siempre, como GPS infalible, la dirección correcta.”
ResponderEliminarGracias por recordarnos que: … “debemos reforzar nuestra confianza en la providencia de Dios que no nos deja de su mano.”
Gracias Gonzalo por animarnos a no dejarnos sucumbir por el miedo, que en estos momentos se está esparciendo por muchos espacios, y que suele ser fruto de la droga.