
Acabo de leer una interesante entrevista al cardenal Gianfranco Ravasi. Las fotos que la ilustran muestran a un hombre mayor de 83 años, pero todavía lúcido y enérgico. Recuerdo haberme encontrado varias veces con él en Roma cuando, calzado con zapatillas deportivas y a veces en chándal, hacía largas caminatas por el entorno del Vaticano.
La entrevista está relacionada con una conferencia que ha dado en Barcelona sobre el templo expiatorio de la Sagrada Familia, al que ha definido como “poesía en piedra”.
Extraigo algunas afirmaciones que me han llamado la atención: “En una ciudad como Barcelona, profundamente secularizada, el hecho de que su perfil más característico sea un templo es muy sugestivo. Es una presencia que interpela sin imponer. Pero eso exige coherencia y calidad”.
Interpelar sin imponer. Creo que aquí está la clave de la evangelización en el momento actual y también el sentido de una vida consagrada estadísticamente minoritaria, pero llamada siempre a interpelar, despertar, abrir boquetes de trascendencia en nuestro mundo.

Para interpelar hay que salirse del marco, como hizo Antoni Gaudí cuando no se limitó a diseñar un templo neogótico (como muchos imaginaban los verdaderos templos católicos en la Europa del XIX), sino que creó algo nuevo. Si nos plegamos al discurso cultural dominante, si pensamos y hacemos lo que todo el mundo piensa y hace, entonces no hay lugar para la provocación.
El cardenal Ravasi lo dice con claridad italiana: “Si la Iglesia se vuelve genérica, si simplemente sigue la ola cultural del momento, pierde su mordiente. La sal debe salar. El cristianismo, cuando es auténtico, no es decorativo; es una voz que despierta, que cuestiona, que propone otra medida de las cosas”.
Es evidente que los cristianos constituimos ya una minoría en la Europa secularizada, aunque el cristianismo cultural siga siendo envolvente. Esto no es un drama, sino una oportunidad histórica que el Espíritu nos regala. En este crisol caerá la ganga acumulada. Se verá con más claridad qué significa seguir la costumbre y qué significa creer, quiénes están dispuestos a arriesgar y quiénes se limitan dejarse llevar por la corriente.
Lo más peligroso para la fe cristiana -como el mismo Ravasi reconoce- no es el cuestionamiento o la duda, sino la indiferencia, la cultura que mide con el mismo rasero la verdad y la mentira, la justicia y la injusticia, la belleza y la fealdad.

¿Cómo puede provocar hoy la fe cristiana? Como lo hizo al comienzo: ¡Mostrando un estilo de vida alternativo que nace de la fe en Jesús y de la luz de su Evangelio! Frente a la idolatría del dinero y del consumo, los cristianos podemos mostrar que es posible ser feliz viviendo con sobriedad y solidaridad. Frente a un contexto hipererotizado, estamos llamados a vivir relaciones respetuosas y transparentes, que no buscan la propia satisfacción, sino el bien de las demás personas. Y, frente al subjetivismo que crea verdades a la medida de las propias necesidades e intereses, los cristianos estamos llamados a ser humildes buscadores de una Verdad que nos supera y nos sostiene, que es fuente de libertad y de fraternidad.
Los votos religiosos de pobreza, virginidad y obediencia no hacen sino radicalizar y visibilizar estos caminos que son comunes a todos los cristianos. La evangelización no va a proceder imponiendo nada, sino atrayendo, interpelando, mostrando una alternativa de vida que sea verdadera, buena y bella.
Los seres humanos no podemos llegar a ser lo que estamos llamados a ser por los caminos de la mentira, la maldad y la fealdad, aunque vengan pavimentados con el alquitrán del consumo y difundidos con los altavoces de las redes sociales o de las directrices políticas.
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