domingo, 22 de febrero de 2026

Palabra contra Palabra


Decía Ignacio de Loyola que el diablo es más peligroso cuando actúa sub angelo lucis; o sea, fingiendo que es un ángel de luz, seduciéndonos con algo que tiene apariencia de bien, pero cuyo objetivo es apartarnos del camino. Todos los años la liturgia del I Domingo de Cuaresma nos propone el relato de las tentaciones de Jesús en sus distintas versiones. Este año le toca a la del evangelista Mateo, que es la prototípica. Jesús se prepara para su misión haciendo un noviciado intensivo en el desierto. Es, como se dice en la jerga de la vida religiosa, el tiempo de “probación”. 

Sirviéndonos de una metáfora musical, podríamos decir también que es el momento para escoger qué clave quiere poner en el pentagrama de su misión evangelizadora. Según la clave escogida (no es lo mismo la clave de sol que la de fa, por ejemplo), así sonarán las notas de los distintos compases. El diablo le propone una clave vistosa, caracterizada por la eficacia inmediata, la espectacularidad y el poder. De esta manera su mesianismo será reconocido por todos. Podrá presentarse como ese rey triunfador que su pueblo esperaba desde hacía siglos. De todos modos, el diablo no es tan tonto como para proponer las cosas abiertamente. Utiliza un argumento de autoridad. Invoca la Biblia. ¿Qué mejor herramienta que la Palabra de Dios convenientemente etiquetada?


Jesús, el hombre de la Palabra, no se deja engañar. Frente a una Palabra adulterada, reacciona con una Palabra auténtica. A diferencia de Adán y Eva, no cae en la trampa de querer hacerse Dios. Se somete voluntariamente al señorío del Padre. El diablo no contaba con este aplomo filial. Se va con el rabo entre las piernas, aunque, en realidad, nunca se va del todo. Siempre está ahí como esa pegajosa voz de doblaje que se superpone al sonido original. 

La tentación no es solo el exordio de la misión de Jesús. Es su compañera permanente. Por eso, necesita atarse a la Palabra de Dios para no dejarse engañar por las palabras manipuladas. Necesita dejarse servir por los ángeles que le anuncian el verdadero sentido de su misión. Su mesianismo no será de poder y dominio, sino de servicio y entrega. No buscará la espectacularidad, sino la humillación. No transformará la realidad a golpe de varita mágica, sino con el poder del amor. 

Colocada esta clave, todas las notas del pentagrama evangelizador van a sonar de otra manera. Tienen el timbre de la escucha, la compasión, la misericordia, el consuelo, el perdón, la paz y la alegría. El diablo no sabe de esto. Él es un especialista en división, amargura, rivalidad, envidia, odio y tristeza, aunque -como buen estratega- use a menudo las armas del realismo, la sensatez y la necesidad de ser eficaces en este mundo competitivo.


Nosotros podemos reproducir la película de Adán y Eva en el paraíso (primera lectura del Génesis) o podemos escoger acompañar a Jesús en el desierto (relato del Evangelio de Mateo). En el primer caso, el guion está servido: “La mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió”. Querer ser como dioses “en el conocimiento del bien y del mal”, tener todo bajo control, es una tentación recurrente. Se puede llamar Patria de la Identidad, Superhombre o Inteligencia Artificial. 
Las formas cambian a lo largo de la historia. La sustancia es la misma: vivir “como si Dios no existiera”. 

El resultado tampoco difiere con el paso del tiempo: “Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos”. La desnudez de nuestra indigencia es el punto al que siempre llegamos cuando jugamos a ser como dioses, cuando sustituimos la humildad de criaturas por el orgullo de aspirantes divinos. ¿No es esta “desnudez” el sentimiento que hoy nos domina, la sensación de haber perdido nuestra verdadera identidad por el vano deseo de rechazar nuestra condición creatural? 

Si, por el contrario, escogemos acompañar a Jesús al desierto, seremos puestos a prueba, oiremos voces lisonjeras que nos propondrán vivir felices “como si Dios no existiera” y nos empujarán a buscar el éxito a toda costa, a disfrutar del sexo y otros placeres, a erigirnos por encima de los demás… porque todas esas cosas -he aquí la sibilina estrategia del diablo revestido de ángel de luz- son indicadores de un ser humano emancipado, libre, moderno y feliz. 

No hay otra forma de no caer enredados en estos mensajes seductores que utilizar, como hizo Jesús, la fuerza desarmante y liberadora de la Palabra de Dios. Frente a las palabras envenenadas que buscan apartarnos del camino, solo la Palabra de Dios auténtica nos recuerda quiénes somos, cuál es nuestra meta y por dónde se llega a ella. Aunque originariamente seamos “hijos de Eva”, es mejor aspirar a ser “discípulos de Jesús” y dejarnos guiar por él. 

Os dejo con el comentario de mi amigo mexicano Heriberto García Arias. Él hace una aplicación del Evangelio de hoy a la vida cotidiana desde otra clave



1 comentario:

  1. Gracias por toda la luz y la fuerza que nos transmites para poder enfocar el camino que nos ha de llevar a la Pascua… Sí, viendo las situaciones de la vida que se van presentando, el camino es “cambiar la clave del pentagrama”, nada fácil, pero no imposible.

    ResponderEliminar

En este espacio puedes compartir tus opiniones, críticas o sugerencias con toda libertad. No olvides que no estamos en un aula o en un plató de televisión. Este espacio es una tertulia de amigos. Si no tienes ID propio, entra como usuario Anónimo, aunque siempre se agradece saber quién es quién. Si lo deseas, puedes escribir tu nombre al final. Muchas gracias.