
Me ha sorprendido un artículo de El Debate en el que se habla del secreto de un cartujo para encontrar a Dios Padre en nuestra vulnerabilidad. El cartujo es Dom André Poisson (1923-2005), quien ingresó en la Gran Cartuja con 23 años y con 44 fue elegido Prior y Ministro General de la Orden. El libro en el que trata sobre la experiencia de Dios a partir de nuestra vulnerabilidad se titula La oración del corazón.
No he tenido oportunidad de leerlo, pero el resumen del periódico ha encendido una lucecita dentro de mí. Sintonizo con la manera como presenta el verdadero sentido de la oración. Dado que en Cuaresma volvemos con más ahínco a la tríada ayuno-oración-limosna, merece la pena seguir profundizando en uno de sus elementos: la oración.

Muchas personas me confiesan que no saben cómo orar. Apenas transcurren unos minutos en silencio, se aburren. No saben si servirse de fórmulas hechas o dejar que fluyan palabras espontáneas. Han oído muchas veces decir que la verdadera oración va más allá de las palabras, que es una relación de amistad, pero no saben bien qué significa esto. Se sienten perdidas. Las distracciones enseguida se enseñorean de su tiempo. Miran a menudo al reloj. Tienen la impresión de que los minutos duran mucho más de sesenta segundos. Una vez que han despachado sus peticiones habituales, ya no saben qué más hacer.
Les han dicho que la oración es espera y paciencia. Esta fórmula puede valer para unos pocos días, pero cuando se prolonga en el tiempo conduce a una sensación de vacío que se hace insoportable. Algunos expertos la llaman aridez y hacen interpretaciones muy sutiles. Otros se decantan por animar a la perseverancia. Recuerdan las palabras de Jesús: “Buscad y hallaréis”. Sin embargo, muchos orantes tienen la impresión de no hallar nada, ni siquiera esa pequeña dosis de serenidad y consuelo que prometen algunas técnicas de meditación tradicionales y modernas. ¿Qué hacer entonces?

Me parece que el cartujo Poisson, desde su experiencia acendrada, nos ofrece una clave que puede ser útil. Se trata de aceptar que somos frágiles, que no podemos hacer todo lo que nos gustaría, que hay una brecha entre nuestros deseos y nuestras acciones, que nos distraemos cuando pretendemos estar atentos, que reducimos la relación a transacción, que nos cansamos de nuestros propósitos, que buscamos efectos inmediatos… Todos estos indicadores ponen nombre a nuestra vulnerabilidad.
Lo que necesitamos después de haberla explorado es cambiar la clave. El territorio de Dios no es la perfección en la que todas las piezas del puzle encajan y a cada acción le sigue un efecto preciso, sino precisamente la vulnerabilidad. Si algo aprendemos en la historia de Jesús es que él descendió a la experiencia humana, la atravesó por dentro. Nos ayudó a descubrir que Dios se hace presente en los entresijos de nuestras pobrezas y contradicciones. En ellas y desde ella podemos llamar a Dios Abbá (padre). Sabernos hijos amados es lo máximo a lo que podemos aspirar en esta vida.
En algunos casos esta experiencia teologal viene preparada por una amorosa y sana relación con nuestros padres terrenos, que se convierten entonces como en un signo visible y palpable del Padre celestial. En otros casos -más frecuentes de lo que pudiera parecer- las distorsiones afectivas en relación con nuestros padres dificultan y hasta impiden creer (no digo solo sentir) que Dios es el Abbá que nos sostiene, sobre cuyo amor construimos la casa de nuestra existencia.
Necesitamos recordar que por el bautismo se nos ha dado el Espíritu Santo que clama siempre en nuestro interior: Abbá, Padre (cf. Gal 4,6). A veces, no hay mejor oración que la que repite, con el ritmo de la respiración, este susurro del Espíritu: Abbá, Padre. Han sido varias las personas que me han confesado que su oración consiste en esto. Y que esa repetición no es solo un mantra que aquieta las tensiones corporales, sino un camino que los va adentrando en las profundidades de la paternidad divina, de modo que, casi sin darse cuenta, se van experimentando como hijos o hijas de Dios. ¿Será esta la oración del corazón? ¿Oraría Jesús de esta manera cuando se retiraba a un lugar solitario? La Cuaresma es una oportunidad para experimentarlo.
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