domingo, 12 de abril de 2026

Sin haberlo visto, lo amáis


El II Domingo de Pascua nos inunda con un mensaje de paz. Por tres veces Jesús desea la paz a sus discípulos en el fragmento del Evangelio de Juan que se proclama hoy. En el contexto bélico que vivimos en la actualidad, las palabras de Jesús resuenan con más fuerza. Precisamente ayer por la tarde se celebró en la basílica de san Pedro una vigilia por la paz presidida por el papa León XIV. A la misma hora, yo me encontraba participando en la Fiesta de la Resurrección que por cuarto año consecutivo tuvo lugar en la plaza de Cibeles de Madrid. En ella, el cardenal José Cobo, además de bendecir a la multitud, nos leyó el mensaje que el Papa nos dirigía. Hablando de los mártires españoles del siglo XX, el Papa nos dijo: “No estáis llamados solo a recordarlos, sino a apoyaros en su ejemplo para que Cristo vuelva a pasar por vuestras calles, para que la Iglesia recobre ardor, para que la verdad del Evangelio abra esos sepulcros en que se han convertido tantos corazones”.

Los periódicos hablan de unos 85.000 participantes. Lo de menos es la cifra. No se trata de exhibir músculo confesional, sino de celebrar la resurrección de Jesús con el lenguaje de la música y compartir esta experiencia con todos, de tal manera que se cumpla también hoy lo que leemos en la primera lectura de este domingo: “Alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando”. Contagiar la alegría de la fe es el modo mejor de evangelizar. Por encima de la pertenencia a parroquias, movimientos, comunidades religiosas o asociaciones de cualquier tipo, lo que cuenta es visibilizar que “los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones”.


Siempre el II Domingo de Pascua recordamos la historia de fe del apóstol Tomás. Entre el “Hemos visto al Señor” de sus compañeros y el “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo” de Tomás hay un fuerte contraste. Al final, también Tomás va a caer rendido ante el Resucitado: “¡Señor mío y Dios mío!”. Lo que me llama la atención es que las dudas le surgen mientras “no estaba con ellos cuando vino Jesús”. La confesión sucede cuando “a los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos”. El cuadro ilumina nuestros itinerarios de fe actuales. 

A menudo decimos que hoy muchas personas creen en Jesús, pero no aceptan la mediación de la Iglesia. Llevamos décadas mitificando el eslogan “Jesús sí – Iglesia no”, como si fuera un marchamo de autenticidad. La historia de Tomás nos muestra que creemos en Jesús en una comunidad fe, que la adhesión a Él no es un asunto individual, intimista, sino una experiencia personal compartida con otros. También la evangelización es un asunto comunitario: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Este anuncio implica el perdón de los pecados: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.


Puedo estar equivocado, pero lo que observo es que cada vez más personas –sobre todo, jóvenes– no ven ningún atractivo en la privatización de la fe que llevaron a cabo las generaciones anteriores, incluida la mía. Buscan identidad, pero también pertenencia. Quieren creer en Jesús dentro de una comunidad. Sienten en carne propia el atractivo del ideal expresado por los Hechos de los Apóstoles: “Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común”. Una fe vivida solo en el santuario de la conciencia acaba siendo un asunto subjetivista que no se hace cargo del cuerpo de Cristo. 

Las palabras de la carta de Pedro que leemos en la segunda lectura son una guía segura para este tiempo de búsqueda: “Sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas”. Lo que Pedro dice es un bello desarrollo de la bienaventuranza de Jesús dirigida a Tomás: “Bienaventurados los que crean sin haber visto”. 



miércoles, 8 de abril de 2026

Tras las huellas de Jesús


Hoy no dispongo de mucho tiempo para escribir, porque esta misma mañana comenzamos la
55 Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, pero creo que, en el contexto de esta Octava de Pascua, es bueno que volvamos sobre una pregunta que planea sobre creyentes y no creyentes: “¿Existió de verdad Jesús?”. No sé cuantas obras de investigación y divulgación se habrán escrito sobre este asunto. Hoy por hoy, son pocos los historiadores que niegan la existencia de Jesús de Nazaret. 

Otro asunto muy distinto, pero inseparable, es la interpretación acerca de su identidad. Los cristianos lo confesamos como “verdadero Dios” y “verdadero hombre”. Una confesión de este tipo –que desarrolla la confesión de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (cf. Mt 16,16)– no es el resultado de una investigación histórica, sino el fruto de la gracia de Dios y de la respuesta de la fe: “Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17).

Os dejo con un vídeo sencillo que nos pone al día sobre el estado de la cuestión en torno al Jesús histórico. Creo que puede ser muy útil, sobre todo para quienes no están familiarizados con estos temas. Si alguien tuviera interés, del vídeo divulgativo se puede saltar a algunas obras escritas más sistemáticas.



Para completar este itinerario “tras las huellas de Jesús”, os dejo ahora con una canción que mi compañero claretiano Miguel Ángel Gil ha elaborado con una herramienta de Inteligencia Artificial (IA). Cuenta los últimos días de Jesús en esta tierra tomando como punto de referencia la ciudad de Jerusalén. Es sorprendente cómo la IA, siguiendo algunas instrucciones, puede componer una letra más que aceptable, recrear las voces (femenina y masculina) y producir los arreglos. Si algún lector desea escucharla, basta con que pinche aquí. Ya me diréis qué os parece. 

El vídeo de la canción en YouTube, con imágenes que Miguel Ángel ha producido, tiene ya más de 150.000 visualizaciones en solo dos semanas. No está nada mal para un tema de este tipo. Todo sea para que Jesús sea más conocido, amado y seguido


martes, 7 de abril de 2026

La otra cara de la luna (urbana)


Nos atrae mucho poder ver “la cara oculta de la luna”. Quizá por eso seguimos con tanto interés las peripecias de la misión espacial Artemis II. Ya en 1973, mis admirados músicos del grupo Pink Floyd publicaron The Dark Side of the Moon. Las canciones de ese octavo álbum de la banda trataban temas como el conflicto, la codicia, el tiempo, la muerte y las enfermedades mentales. En realidad, el título del disco no era “la otra cara”, sino “el lado oscuro” de la luna. 

La metáfora me sirve para poner nombre a lo que observo cada mañana. Madrid es una ciudad maravillosa, en continua evolución. Me gusta repasar algunas de las grandes obras en curso que son muestra de “la cara visible” de esta urbe cosmopolita: soterramiento de la A-5, bulevar Cibeles-Puerta de Alcalá, parque Castellana, parque Ventas, Ciudad de la Justicia, nuevo complejo médico de La Paz, Ciudad del Deporte, intercambiador de Méndez Álvaro, prolongación de la línea 11 del Metro, circuito Madring de Fórmula 1, renovación de las estaciones de tren de Atocha y Chamartín, renovación del complejo de Azca, nueva estación de Metro Bernabéu, ampliación y renovación del aeropuerto de Barajas, el gran proyecto Madrid Nuevo Norte… y un sinfín de obras menores. 

Las próximas elecciones municipales y autonómicas se prevén para la primavera de 2027. En cuanto empiece el nuevo año, se pondrá en marcha una cascada de inauguraciones. Llegaremos a los comicios con muchos deberes hechos y una buena campaña publicitaria en marcha. De eso saben mucho los políticos.


Madrid está de moda. Es evidente. Las grandes transformaciones urbanas van acompañadas por la llegada de un número creciente de ejecutivos, inmigrantes y turistas nacionales e internacionales, hasta el punto de que estamos rozando casi la saturación. No me extrañaría que pronto se intensificaran más las quejas de los vecinos por esta avalancha incontrolada y quizás incontrolable. El auge de los pisos turísticos, por ejemplo, resulta doloroso en un contexto en el que hay escasez de vivienda y los precios de los alquileres no dejan de subir. 

La hermosa luna de Madrid tiene también su “otra cara”. O, por decirlo con la metáfora de Pink Floyd, su “lado oscuro”. Como decía antes, lo compruebo cada mañana en el corto trayecto que separa mi casa del colegio de las Madres Concepcionistas en la calle Princesa en el que celebro la Eucaristía cotidiana. Es un verdadero laboratorio de realidad social. Por lo general, junto a edificios imponentes, me encuentro con tres o cuatro personas sin techo que duermen en los alrededores. No acabo de acostumbrarme a esta realidad, por más que sea tan habitual. 


La primera persona es un hombre de mediana edad que se acurruca en su saco de dormir bajo el alero de la iglesia del Buen Suceso. Cuando se hace de día, pliega los cartones que le han servido de guarida durante la noche y deja libre el espacio. A menudo, solía discutir con el antiguo sacristán de la parroquia. 

La segunda es una mujer muy extraña, enfundada en un anorak, con gafas de sol y una maleta en la mano. A veces, está en una de las marquesinas del autobús; otras, en un banco frente a una residencia de ancianos. Más de una vez, ha defecado en esos lugares. Los servicios de limpieza enseguida los limpian, pero sirve de poco. Vuelve a las andadas. Debe de padecer algún trastorno mental. Algunos días permanece taciturna. Otros días, como hoy, por ejemplo, no paraba de gritar: “¡Asesinos, terroristas!”. Creo que se refería a los policías municipales que le llaman la atención. 

La tercera persona es un viejo poeta sucio y desaliñado que desde hace años vive en un pequeño carrito como si fuera su domicilio. Obligado por las obras de remodelación del hotel Meliá-Princesa, ha debido trasladar su vivienda móvil a la acera de enfrente, muy cerca del palacio de Liria. Pero no renuncia a permanecer de pie en su antigua “parcela” para no perder sus derechos. A él se añaden otros dos vagabundos, siempre con una botella de vino en la mano y mal vestidos, que deambulan de un sitio para otro, aunque no parece que duerman en la zona.


La pregunta es obligada: ¿Cómo somos capaces de hacer obras de tanta magnitud como el soterramiento de la A-5 o el complejo Madrid Nuevo Norte y no podemos resolver el problema del sinhogarismo? Estoy seguro de que el Samur Social ha entrado en contacto con estas personas. Es probable que ellas hayan rechazado las ayudas de los albergues municipales o de los comedores sociales, pero algo hay que hacer. La grandeza de una ciudad no se mide solo por sus grandes monumentos u obras públicas, sino por la capacidad colectiva para prevenir la marginación social y, en su caso, integrar a quienes, por múltiples razones, viven en situaciones precarias. 

Esta “cara oscura” también pertenece a la ciudad. Necesitamos una especie de operación social Artemis II para darla a conocer y encontrar cuanto antes una solución. ¡Ojalá los políticos pusieran tanto interés en estos asuntos sociales como en las inauguraciones de obras!

lunes, 6 de abril de 2026

Las mujeres del alba


El evangelio de este Lunes de Pascua es casi el mismo que proclamamos en la noche de la Vigilia Pascual. En él, las mujeres tienen un gran protagonismo. Son madrugadoras, intrépidas, rápidas. El sepulcro vacío les produce una mezcla de temor y alegría. Pero esta mezcla se disipa cuando el mismo Jesús les hace una abierta invitación a la alegría y al anuncio: “No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

Esta combinación de un verbo en forma negativa (“no temáis”) y otro en forma positiva (“id a comunicar”) describe muy bien la dinámica de la experiencia de la resurrección. En pocos versículos se nos ofrecen claves para afrontar nuestro momento presente. Destaco tres:

1. Las “mujeres del alba” siguen siendo la vanguardia de la experiencia de encuentro con Jesús y de la transmisión de la fe. Ellas (madres, abuelas, catequistas, teólogas, evangelizadoras, consagradas…) siguen teniendo un sexto sentido para saber que Jesús no está muerto, que sigue viviendo, que no está encerrado en el sepulcro de una sociedad indiferente, sino que corre veloz por nuestras calles y hogares. Ellas no se resignan a las encuestas sociológicas, no tiran la toalla cuando todo parece que se desploma, creen en la pacencia del amor. Al final, como buscadoras incansables, acaban encontrando.


2. La invitación del Resucitado es siempre a la alegría y la paz. No nos echa en cara nuestra falta de fe, no nos castiga por nuestras traiciones, no se fija en nuestra inconsistencia. Sabe que para seguirlo necesitamos entusiasmo, el coraje de la fe y la fuerza de la esperanza. También a nosotros nos invita a superar el temor y a experimentar el gozo de su nueva presencia. 

De temores andamos hoy sobrados. La situación del mundo parece un polvorín a punto de estallar. Hay personas que no pueden gestionar este nivel de incertidumbre. Se vienen abajo, desesperan de la condición humana, se abandonan a actitudes irracionales. Donde está Jesús, no hay lugar para el temor. Si algo repite a sus discípulos de todos los tiempos es el estribillo: “No tengáis miedo”. El miedo paraliza, lleva siempre a actitudes defensivas, contrae nuestra creatividad, establece muros por doquier. Solo la alegría tiene la capacidad de crear algo nuevo, de expandir nuestro corazón. Jesús es “la alegría del mundo”. Hay un himno litúrgico que lo proclama con fuerza en este tiempo pascual: “Cristo, alegría del mundo”.


3. ¿Dónde vamos a encontrar al Resucitado? La respuesta es neta: “Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. Galilea es el escenario de la vida cotidiana. A él hemos vuelto en este Lunes de Pascua. Es el lugar donde vivimos, nos relacionamos y trabajamos. Al Resucitado no le gustan los eventos extraordinarios. Prefiere hacerse el encontradizo con nosotros en la trama de nuestros trajines ordinarios. Es cuestión de activar los “ojos de la fe” para reconocer su presencia donde antes nos costaba verlo. Quizás en esto consiste el núcleo de la experiencia pascual. 

Las “mujeres del alba” se convierten en nuestras pedagogas en esta fascinante aventura de ver vida donde antes veíamos solo muerte, de ver alegría en lo que nos producía tristeza, de ver luz en medio de la oscuridad.



domingo, 5 de abril de 2026

Sí sabemos dónde lo han puesto


Hace años que el domingo de Pascua no amanecía tan radiante. La sincronía entre la naturaleza y la liturgia es admirable. El sol de primavera nos ayuda a comprender mejor el misterio del alba. Aleccionados por algunas mujeres (siempre las mujeres en primera línea de evangelización) y por María Magdalena, sabemos que Él no está en el sepulcro. La Magdalena confiesa –como confesamos quienes vivimos en una cultura agnóstica– que “no sabemos dónde lo han puesto”. El amor nos dice que está vivo, pero la realidad, leída con ojos de incrédulo, parece desmentir este presentimiento. Solo la fe nos asegura que Él está puesto en el corazón de Dios y en el de todo ser humano. Por eso, como nos recuerda Pablo en la segunda lectura de hoy: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.

Mientras escribo estas líneas en la mañana de Pascua no puedo olvidar el mazazo que ha supuesto recibir la noticia de que dos claretianos amigos míos –uno uruguayo y otro colombiano– murieron de infarto fulminante el Viernes Santo (el primero en Rosario, Argentina) y el Sábado Santo (el segundo en Crotone, Italia). Cuesta hacerse cargo de estas muertes súbitas. Solo cuando las asociamos al Cristo que muere y resucita comienzan a cobrar sentido. A Él no se le escapa ninguna vida. Él no deja desamparados a quienes hemos aceptado el regalo de seguirlo. La Pascua de este año no solo tiene el brillo del sol de primavera, sino también el desconcierto de algunas muertes inesperadas. Una vez más, como siempre, mors et vita duello, la muerte y la vida están en un duelo constante.

No es necesario multiplicar hoy las palabras. La liturgia de la Vigilia Pascual y la de la Misa del día nos da las claves suficientes para vivir el Misterio de la Pascua con asombro, alegría y gratitud. 

Desde este Rincón quiero felicitaros a todos y a cada uno de quienes habitual u ocasionalmente os acercáis a este blog de Internet. Algunos nos conocemos personalmente. Hemos compartido muchas cosas. A todos sin distinción os deseo una Feliz Pascua. Que el Resucitado os salga al encuentro en la Galilea de vuestra vida cotidiana y que, en medio de los trajines habituales, podáis reconocer su rostro en los pequeños signos con los que Él se nos manifiesta. 

Muchas gracias también por este “camino digital” que desde hace más de diez años estamos recorriendo juntos.


sábado, 4 de abril de 2026

¿No oís ya el susurro de la vida?


La naturaleza se ha vuelto pascual antes de tiempo, como si quisiera vestirse de luz y calor para acoger la noticia de que Cristo ha resucitado. Tras los días ventosos y fríos, la meteorología se ha aliado con la liturgia. Hoy, Sábado Santo, ha amanecido un día radiante y sereno. Por todas partes se respira calma. El silencio con el que terminamos ayer la celebración de la Pasión se prolonga en esta jornada de espera. 

Conviene no llenar de actos devocionales un día que apunta a la solemne Vigilia Pascual de esta noche. Este barbecho litúrgico nos permitirá celebrar con más fruición “la madre de todas las vigilias”, “la noche de las noches”.


Impresiona ver la fotografía del planeta Tierra tomada desde la cápsula espacial Orión. Además de corregir las visiones terraplanistas que aún perviven, nos hace comprender que todos habitamos la misma “casa común”, que las divisiones que hacemos en nuestros mapas (pueblos, ciudades, regiones, países) pueden ser beneficiosas para una convivencia cercana, con tal de que no pierdan esta perspectiva global. Somos todos ciudadanos de un planeta en el que todo está interconectado. Las divisiones políticas (más o menos artificiales) no pueden superponerse a la unidad geográfica más primigenia. 

También esta visión tiene que ver con el Misterio Pascual que estamos celebrando. Leemos en la carta a los Efesios: “Ahora, gracias a Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos estáis cerca por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad” (Ef 2,13-14). La muerte de Cristo ha derribado el muro que separaba a los seres humanos. Su resurrección inaugura la nueva familia de los hijos e hijas de Dios. ¿No es esto lo que celebramos en la Pascua? ¿No es este el “paso” que necesitamos para hacer frente a las guerras y divisiones que nos desangran?


Esta noche nos dejaremos conducir por la pedagogía de los símbolos. Con el fuego comprenderemos que Cristo es la luz que vence toda oscuridad. El agua nos recordará que hemos sido purificados en el Bautismo y hechos hijos de Dios. La Palabra –tan abundante en su variedad de lecturas– nos dará indicaciones precisas para proseguir el camino. Y el pan y el vino consagrados nos alimentarán con la energía del Cuerpo y la Sangre de Jesús. Conviene acercarse a la celebración de esta noche sin prisas. El reloj no cuenta. Manda la liturgia y su secuencia hermosa y distendida. 


Para llegar bien dispuestos, el Sábado Santo es un día de serenidad y descanso, de acompañar a la Madre en la “hora” de su Hijo, de sumergirnos en el sepulcro de las preguntas no respondidas y de las crisis no resueltas. Sin tomar medidas a la profundidad de nuestros sepulcros, nos será difícil percibir la magnitud y belleza de la subida. 

En el Credo apostólico confesamos que Jesús “fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó entre los muertos”. El Sábado Santo subraya ese descenso a los infiernos antes de la resurrección del tercer día. Cristo se acerca a quienes viven ya el infierno en esta tierra para devolverles la esperanza de una salida definitiva. El susurro de la Vida se siente por todas partes.

viernes, 3 de abril de 2026

Hoy es Viernes Santo


Sigue el viento frío, a pesar de que las previsiones apuntan a una clara mejoría. Dentro de unos minutos presidiré el Viacrucis que se tendrá dentro de la iglesia parroquial. Por la tarde tendremos la celebración de la Pasión del Señor. No hay más actos devocionales. En mi pueblo natal la Semana Santa es muy sobria. Tampoco hay apenas procesiones callejeras. Acaso la procesión va por dentro. Veo senderistas por el monte. No sé lo que significa para ellos este día. Es probable que mantengan algunos recuerdos infantiles, pero en sus planes no incluyen los ritos litúrgicos. Han venido a descansar y pasear, no a pasar frío en una enorme iglesia de piedra. 

Este es para mí el rostro actual del Viernes Santo, ese desenganche progresivo de una fe que ya no se vive ligada a la vida, que ya no forma parte de nuestras prioridades. La “muerte de Dios” se disfraza hoy de indiferencia. No hay agresividad, sino olvido. No hay razonamiento, sino desconexión. No hay pasión, sino rutina. En esa procesión primigenia que va de la torre Antonia al Gólgota no somos de los que gritan: ¡Crucificadlo! Simplemente, volvemos la mirada hacia otro sitio y proseguimos nuestro camino. Lo de Jesús no tiene nada que ver con lo que mueve nuestra vida real.

A las siete de la tarde comenzaremos la celebración de la Pasión en silencio absoluto. No haabrá saludo litúrgico. Tampoco habrá despedida. El Viernes Santo forma parte del Día que empezamos ayer por la tarde. Leeremos la pasión según san Juan. Permaneceremos un largo rato de pie. Por momentos, perderemos el hilo del relato, pero es muy posible que algunas palabras nos alcancen como dardos rusientes. Es probable que, al narrar el momento de la muerte de Jesús, nos venga el recuerdo de muertes cercanas. 

Después adoraremos la cruz sin saber muy bien qué significa ese beso furtivo. Quizá no se nos ocurra pensar que ese beso implica la aceptación de las cruces que la vida nos vaya presentando. Es una especie de alianza con la cruz de Jesús. Es bueno que conservemos ese beso en nuestra memoria. Necesitaremos volver a él cuando nos visite el sufrimiento y no sepamos cómo afrontarlo. El canto se convertirá en un estribillo contagioso: “Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero”.

Terminaremos participando del pan consagrado ayer. Recordaremos las palabras de Pablo: “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva”.

Saldremos de nuevo a la calle. Los bares estarán abiertos. Las gentes seguirán tomando cerveza, comentando asuntos políticos o haciendo apuestas sobre el desenlace de la misión Artemisa II. Los creyentes nos sentiremos un poco como ciudadanos de otro planeta. No podemos bajar del Calvario y ponernos a hablar de fútbol, como si nada hubiera pasado. Somos hijos de nuestro tiempo indiferente, pero somos, ante todo, seguidores del Maestro. Tal vez el silencio contemplativo sea la mejor reacción. 

Sin palabras que decir, podemos dejar que la Palabra proclamada siga resonando. Solo ella puede hacernos comprender la magnitud de la “muerte de Dios” y la esperanza que se incuba en su sepulcro. No regresaremos a casa desconsolados, sino expectantes. No pensaremos que, muerto Jesús, todo termina, sino que nos prepararemos mejor para el estallido de la resurrección. Solo se hace cargo de la fuerza de la vida quien ha probado en sus carnes el sinsentido de la muerte. Dejaremos que el Sábado Santo incube una esperanza indestructible. Viviremos este tiempo asidos a María, la mujer que entendió sin entender. La noche nos sorpenderá en vela, con la lámpara de la fe encendida.

jueves, 2 de abril de 2026

La cena de los tres amores


Mientras tecleo la entrada de hoy las televisiones siguen hablando de la misión Artemis II, de las procesiones en distintos lugares de España y de las previsiones meteorológicas para el fin de semana. Yo he comenzado la jornada caminando por el pinar a 4 grados y con un viento frío golpeándome la cara. Ha sido una buena manera de “purificarme” para el comienzo del gran día. Tendremos la misa “in coena Domini” a las 7 de la tarde. 

Aunque veo a muchas caravanas por la zona y muchos senderistas cubiertos con gorro de lana, no sé si algunos participarán en la celebración. Espero que sí. Para un cristiano, estos días no son las vacaciones de primavera, sino la Semana Santa. La historia ha ido cargando de ritos y tradiciones estos días santos, pero la esencia es siempre la misma: actualizar el Misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.


Desde niños hemos aprendido a vincular la última cena de Jesús con la Eucaristía, el mandato del amor fraterno y la institución del ministerio ordenado. Las tres realidades están implicadas. Son tres amores indivisos. 

En tiempos de conflicto y división, el mensaje del Jueves Santo nos invita a romper barreras y tender puentes. La humildad del lavatorio de pies, la generosidad del compartir el pan y el vino, y el mandato de amarnos los unos a los otros cobran una vigencia renovada: nos recuerdan que el verdadero sentido de la fiesta no reside solo en el ritual, sino en la capacidad de transformar nuestro entorno desde el respeto y la reconciliación.


Celebrar el Jueves Santo hoy implica buscar la paz y el diálogo en medio de la discordia, practicar el perdón, y comprometernos con la construcción de una sociedad más justa y solidaria. Es una llamada a ser agentes de esperanza, incluso cuando el mundo parece ensombrecido por la guerra y el enfrentamiento, haciendo de la celebración una oportunidad para la renovación personal y comunitaria.

miércoles, 1 de abril de 2026

El verbo del Miércoles Santo


El mes de abril es un mes primaveral. Con frecuencia, la Pascua cae en este mes. Lo hemos comenzado mirando al espacio porque, dentro de unas horas, si el tiempo no lo impide (como en las corridas de toros), despegará la nave Artemis II desde Cabo Cañaveral. Orbitará en torno a la luna. Lo hemos comenzado también mirando a la Tierra y poniendo cifras a la factura de la deuda pública española

Hay otros muchos asuntos que nos preocupan, como los insultos que se produjeron en el partido de fútbol España-Egipto, los frentes bélicos en Irán, Ucrania y otros puntos del globo. Pero el gran asunto del día es que estamos a las puertas del Triduo Pascual. Un año más, reviviremos el Misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.


Hoy, el verbo central es “entregar”. Se repite hasta seis veces en el evangelio de hoy. Entregar equivale a “traicionar” cuando lo conjuga Judas. Pero equivale a “donarse” cuando lo conjuga Jesús. Judas “entrega/traiciona” a Jesús y Jesús “entrega” su vida por el rescate de la humanidad. Este contraste se reproduce también en nuestra vida. Nos movemos entre la “traición” y la “donación”.

martes, 31 de marzo de 2026

Era de noche


Del evangelio de este Martes Santo, las palabras que más me impresionan están como perdidas al final del versículo 30 del capítulo 13. Dicen simplemente: “Era de noche”. Parece un mero apunte cronológico, pero son palabras poderosas. Como canta uno de los himnos litúrgicos de vísperas, la noche puede ser un tiempo de salvación, pero también de traición. Es verdad que “Abrahán contaba tribus de estrellas cada noche”, que “de noche, por tres veces, oyó Samuel su nombre” y que “la noche fue testigo de Cristo en el sepulcro”. Pero también es verdad que “era de noche” cuando Judas Iscariote se dispuso a hacer lo que tenía que hacer. 

Con el himno litúrgico le decimos a Jesús que “de noche esperaremos tu vuelta repentina” mientras recordamos todas las “noches oscuras” que han puesto a prueba nuestra fe a lo largo de la vida. La oscuridad parece también un signo de nuestro tiempo. No vemos el camino. No vemos el futuro. Quizás, por eso, la cantante Rosalía –que anoche tuvo un exitoso concierto en Madrid ante 17.000 espectadores– ha titulado su último disco Lux (luz). Es como si, en medio de la oscuridad presente, desmontados todos los mitos, intuyera que necesitamos la Luz que viene de lo alto. Precisamente la primera lectura de hoy termina con unas palabras que la Iglesia aplica a Jesús: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra” (Is 49,6).


En medio de la noche cultural, Jesús es la luz del mundo, el único que puede curar nuestra ceguera. Este fue el mensaje central del pasado IV Domingo de Cuaresma. Los seguidores de Jesús –Luz del mundo– somos también pequeñas luces del mundo, reflejos de su claridad. Estoy seguro de que los muchos fans que estuvieron ayer todo el día frente al Movistar Arena esperando el concierto de Rosalía salieron satisfechos de la actuación de su ídolo. Rosalía tiene la capacidad de hacer un espectáculo total combinando diversos géneros y cuidando mucho la escenografía. 

Salir satisfecho no significa lo mismo que salir “iluminado”. La noche cultural no se alumbra solo con potentes reflectores y muchos decibelios. Todo esto puede deslumbrar, pero no iluminar. Puede conducir a una experiencia de “exaltación”, pero no de “exultación”, por usar la distinción a la que es tan aficionado el profesor Alfonso López Quintás. Si en algo se distingue la Semana Santa de cualquier otra experiencia es que no se limita a recordarnos la muerte de Jesús o a sacarnos de nuestra rutina con espectáculos dramáticos (como las pasiones vivientes, los viacrucis o las procesiones), sino que actualiza el Misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús en la “noche” de la humanidad.


El verbo “actualizar” tiene una enorme fuerza litúrgica. La definición del diccionario (“hacer actual algo, darle actualidad”) es demasiado genérica, se queda corta. Actualizar significa que el sacrificio de Cristo se hace real hoy, que podemos participar en él. No nos limitamos a recordarlo en calidad de espectadores, sino que somos insertados en él, experimentamos su fuerza salvífica. Entendida así la liturgia de la Semana Santa, no tiene parangón con ningún concierto o espectáculo (ni siquiera con las devociones más sinceras), aunque no produzca en nosotros emociones intensas. 

Puede que la liturgia no nos deslumbre como el concierto de Rosalía, pero ilumina nuestra noche más profunda. Puede que no terminemos “exaltados” después de la Vigilia Pascual (como suelen estarlo los fans después de un concierto), pero podemos terminados “exultados” (inundados por una alegría profunda que solo Cristo puede dar). No en vano el pregón pascual comienza con estas palabras: “Exulten por fin los coros de los ángeles, / exulten las jerarquías del cielo, / y por la victoria de Rey tan poderoso / que las trompetas anuncien la salvación”. ¿Por qué la Vigilia Pascual se celebra en el corazón de la noche?´

lunes, 30 de marzo de 2026

Entre fieles y turistas


Seis y media de la tarde. El cielo está azul, con algunas nubes ralas que rompen la monotonía. Sopla un aire molesto y frío. La Puerta del Sol está llena de turistas y curiosos. Las vallas metálicas han creado un pasillo de unos cuatro o cinco metros de ancho que conecta la sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid con la calle Preciados. Una jirafa de Telemadrid está apostada cerca de la fuente de Carlos III. Sube y baja sobre las cabezas de los presentes. El sonido de una banda venida de Albacete hace presagiar que de un momento a otro entrará el paso de La Borriquita, que ha salido de la catedral tres horas antes portado por los miembros de la Hermandad del mismo nombre. 

Se detiene frente a la sede de la Comunidad. Hay relevo en el equipo de costaleros. Todo transcurre con mucha lentitud y parsimonia. Acostumbrado a horarios precisos y acelerados, se me hace eterna la espera. No sé distinguir entre devotos, turistas y curiosos. Todos estamos apelotonados. Hay algunos aplausos sueltos. Permanezco casi un par de horas de pie. La tarde va cayendo. A esta misma hora discurren varias procesiones por distintos barrios de Madrid. Me alejo por la calle Arenal rumbo a mi casa. El centro está, como de costumbre, atiborrado de gente. No sé si muchos madrileños habrán salido, pero es evidente que muchos turistas han entrado.


Tenía curiosidad por contemplar algunas de las procesiones de la Semana Santa de Madrid, ya que suelo estar fuera en estas fechas. Tal vez no elegí ni el lugar ni el día más apropiados, pero confieso mi decepción. En otros sitios he percibido orden, belleza, emoción y mucha fe. No fue eso lo que sentí ayer en la Puerta del Sol. Todo me pareció una amalgama un tanto rancia y desaliñada de ritos. Parecía más un desfile para contemplación de turistas que una verdadera procesión. 

Como sucede hoy con cualquier evento, los móviles parecían los protagonistas. Casi todo el mundo disparaba el suyo para captar alguna imagen. Yo mismo lo hice para ilustrar la entrada de hoy. Imagino que quienes procesionaban lo hacían con otro espíritu, pero no era fácil captarlo. En esos momentos eché de menos el orden y la bella sobriedad de la liturgia. También ella está sometida al peaje de la rutina, pero conserva su armonía.


Sé que, a partir de una experiencia singular, no se pueden extraer conclusiones universales. Lo aprendí cuando estudiaba Lógica en mis años juveniles. En otros lugares y a otras horas (sobre todo, nocturnas) he participado en procesiones que llegan al alma. En cualquier caso, que en el corazón de una ciudad cosmopolita como Madrid se vean manifestaciones de este tipo es un recordatorio de que existen realidades que van más allá de nuestros desvelos habituales. 

Enfrente de mí tenía a un grupo de turistas indios –probablemente hindúes– que aguantaron de pie todo el tiempo y que, en cuanto aparecían los pasos, no hacían más que disparar sus móviles. Yo me preguntaba qué pensarían. Quizás imaginaban que era algo parecido a los festivales que ellos organizan en torno al dios Ganesh o a cualquiera de sus múltiples divinidades. Notaba que no se sentían a disgusto. En la India son muy frecuentes estas manifestaciones callejeras. Para ellos, religión, cultura y vida social forman una unidad inescindible. Nosotros hace tiempo que hemos privatizado la fe. Algunos desearían incluso que desapareciera todo vestigio público y que, en el mejor de los casos, quedara confinada en la sacristía de la propia conciencia. Vivimos en dos mundos muy diferentes. No tengo nada claro que el europeo sea mejor.



domingo, 29 de marzo de 2026

Signo de contradicción

 

Con el Domingo de la Pasión del Señor (Domingo de Ramos) comienza la Semana Santa. Durante estos días la liturgia y la religiosidad popular no siempre caminan de la mano. A veces, da la impresión de que siguen rutas paralelas. La primera parece reservada a los entendidos, a los cristianos practicantes, mientras que la segunda congrega a personas de todo tipo, incluso a no creyentes. El arte y la emoción de las procesiones suele ganar por goleada a la bella sobriedad de la liturgia. 

Y, sin embargo, ambas –la religiosidad popular y la liturgia– pueden ayudarnos a acoger el misterio del Cristo que padece, muere y resucita. Se suele decir que la religiosidad popular española acentúa más la pasión y la muerte que la resurrección, pero quizá se trata de una impresión superficial. El dolor y la muerte pueden ser representados a través de los hermosos pasos y tronos de las distintas tradiciones populares. La alegría de la resurrección no necesita imágenes: se nota en un estilo de vida gozoso y solidario. La mejor procesión de Resurrección es el día a día vivido con sentido y esperanza.


Este año leemos en el Evangelio del Domingo de Ramos el relato de la Pasión según san Mateo. Nos puede ser útil recordar algunas de sus características principales:
  • Jesús es Señor y Dueño del proceso: A diferencia de otros relatos, Mateo enfatiza que Jesús tiene el control total de los acontecimientos, marchando libremente hacia la cruz que él mismo predijo, no como una víctima pasiva.
  • Cumplimiento de las Escrituras: Mateo resalta cómo cada evento ocurre para cumplir las profecías del Antiguo Testamento, presentando a Jesús como el Mesías sufriente, a menudo usando el motivo del siervo sufriente.
  • Inocencia de Jesús: Mateo insiste en que Jesús es inocente. Se destaca el testimonio de la esposa de Pilato (No tengas nada que ver con ese justo) y el propio Pilato lavándose las manos.
  • Contraste de traiciones: Se narra la traición de Judas por 30 monedas de plata y la negación de Pedro, acentuando la soledad del Salvador, aunque ambos son vistos de manera diferente en sus reacciones al arrepentimiento.
  • Escenario de abandono y pasión: Jesús sufre una profunda soledad, incluso en su oración en Getsemaní, donde los discípulos duermen, subrayando el abandono.
  • Elementos apocalípticos: A la muerte de Jesús, Mateo narra eventos cósmicos como el velo del templo rasgándose, un terremoto y la resurrección de santos, señalando el impacto cósmico de su muerte.
  • Enfoque en la sangre inocente: La Pasión destaca la gravedad de la muerte de un justo y cómo la responsabilidad se enfoca en los líderes que exigen su crucifixión.

El Domingo de Ramos es la obertura de toda la Pasión, el día en que comprendemos más a fondo nuestras contradicciones. Con las manos podemos aplaudir al Cristo que entra en Jerusalén, mientras con el corazón y la boca queremos que lo crucifiquen. La contradicción nos acompaña a lo largo de la vida.



viernes, 27 de marzo de 2026

Viernes de Dolores


Hoy es Viernes de Dolores. Los dolores de Jesús y de su Madre que hoy serán recordados en muchos lugares con viacrucis y procesiones se replican en los muchos sufrientes que pueblan nuestro mundo. En realidad, todos sufrimos el peso de una existencia que cada día se hace más gravosa. Ayer asistimos impotentes y desconcertados al “suicidio asistido” de Noelia Castillo. Para algunos, fue un ejemplo de “muerte digna”. Para otros –entre los que me cuento– una “derrota de la civilización”. 

Resulta imposible meterse en la cabeza de una persona que ya no quiere vivir porque la existencia se le ha hecho insoportable. O en la de una mujer embarazada que quiere deshacerse del hijo que lleva en el vientre. Jamás me atreveré a juzgar las motivaciones de una persona que vive situaciones límite. Creo que la única respuesta correcta es la compasión. Esa era la actitud de Jesús hacia los hombres y mujeres que se cruzaban en su camino. Pero una cosa es hacerse cargo del sufrimiento ajeno y otra muy distinta aprobar leyes que pretendan combatirlo provocando deliberadamente la muerte. Me parece que las leyes que autorizan el aborto o la eutanasia (principio y final de la vida) no son expresión de humanidad y dignidad –como a menudo se presentan– sino fracasos de una sociedad que no sabe –o no quiere– acompañar esas situaciones y volcarse con las personas necesitadas. Cuesta menos tiempo y dinero matar a las personas que cuidarlas con amor


Hoy es Viernes de Dolores. Sobre los hombros de Jesús caen todos los sufrimientos de la humanidad, los provocados por la naturaleza y, sobre todo, los infligidos por los seres humanos. Sus hombros aguantan cánceres incurables, adulterios, feminicidios, abortos, asesinatos, robos, vejaciones de la dignidad humana, corrupciones de todo tipo, abusos sexuales y espirituales, blasfemias, violaciones, guerras, traiciones… El peso es tan intenso que lo conduce a la muerte. No es una metáfora decir que todos hemos matado a Jesús con nuestros pecados. 

Los historiadores investigan la responsabilidad de las autoridades judías y romanas, pero, en realidad, todos los seres humanos hemos contribuido a asesinar al Hijo de Dios. La afirmación es tan grave que tendríamos que sentirnos avergonzados, sin ganas de levantar la mirada. No podemos frivolizar con el pecado hasta convertirlo en cultura. No podemos provocar más sufrimiento a los demás por llevar un estilo de vida egocéntrico, hedonista e irresponsable. Vistas las cosas con ojos humanos, la humanidad está preparando su autodestrucción. Cada día que pasa aumenta la carga de negatividad, por más que a veces, actuando sub angelo lucis, presentemos algunas decisiones como “progresistas” cuando, en realidad, nos retrotraen a etapas históricas superadas.


Hoy es Viernes de Dolores. Contemplamos a Jesús y a su Madre como víctimas del “exceso de mal” que hemos producido los seres humanos a lo largo de la historia. Miles de personas se emocionarán contemplando imágenes que transmiten el sufrimiento de Jesús y su madre con la belleza del arte. Esa conmoción sirve para despertarnos del letargo, pero no es suficiente para llegar a la fe. Si algo tiene de transgresora y contracultural la fe cristiana es que, reconociendo sin maquillajes la realidad del pecado y de la muerte, no queda atrapada en ella. No se vende a lo “políticamente correcto” en cada tiempo. Proclama con fuerza indestructible que Jesús “padeció, murió y resucitó”. Los tres verbos son inseparables. Constituyen un verdadero triduo pascual. 

Contemplándolo a él, entendemos mejor la realidad inexplicable de nuestros padecimientos (a veces insufribles) y de nuestra muerte (inevitable), pero mantenemos incólume la esperanza en la vida eterna. No hay nada más revolucionario que la verdad de la resurrección. Eso es lo que anticipa este Viernes de Dolores. Disponemos de una semana entera para dejarnos iluminar y curar por la fuerza de la liturgia cristiana.

jueves, 26 de marzo de 2026

Las tres caras de la vida


Examino algunos de los mensajes recibidos en mis redes sociales en los últimos días. Los provenientes de personas menores de 40 años suelen rezumar optimismo. A la pregunta acerca de cómo están, responden con fórmulas de este tipo: “Muy bien, gracias a Dios”, “Estoy supercontento”, “Todo bien”… Y expresiones por el estilo. Es muy probable que, detrás de estas fórmulas de cortesía, se agazapen problemas personales, pero no sienten la necesidad de externarlos. Los mensajes de las personas mayores tienen otro tono: “Vamos tirando”, “La vida sigue”, etc. A menudo, contienen pequeños partes médicos: “He estado unos días con catarro”, “Me van a operar el martes”, “No sé qué hacer con mi hija”. Estos mensajes ponen el acento en “la otra cara” de la vida, la que nos hace ver su fragilidad y contingencia. 

Nos movemos entre el “todo bien” y el “vamos tirando”. Hay etapas de la vida (por lo general, las primeras) en las que predomina una especie de optimismo biológico que tiene más de buen funcionamiento orgánico que de actitud virtuosa. Cuando la salud nos acompaña, las dificultades ordinarias de la vida no suelen asustarnos. Experimentamos un sentimiento de omnipotencia que a menudo nos impide empatizar con las personas que están en otra situación. Pero, cuando la salud se quiebra (no importa a qué edad), cuando el cuerpo no parece obedecer a nuestras órdenes, cuando no podemos hacer lo que queremos, cuando el optimismo biológico ya no funciona por defecto, entonces necesitamos otros agarraderos para no sucumbir.


La celebración de la Semana Santa nos confronta desnudamente con “las dos caras de la vida”. Me atrevería a decir que con tres: la cara de la cotidianidad, la del sufrimiento y la de la vida plena. Jesús vivió las tres a cabalidad. Por eso, mirándolo a él, aprendemos cómo vivir las nuestras. 

La cara de la cotidianidad fue tan normal, tan escondida, que los evangelistas la despachan con cuatro frases. No se sienten obligados a contarnos con detalle que Jesús fue un niño que disfrutó de su infancia, un adolescente que se abrió al mundo y un joven curioso y trabajador. El evangelio de Lucas se limita a decir que “el niño iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él” (Lc 2,40). Y, un poco más adelante, que “él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos…Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,51-52). Cuando no se dicen muchas cosas, quiere decir que la vida transcurre con serenidad y belleza. No new, good news.


Los evangelios se dedican a contar en profunidad la cara del sufrimiento. (Se suele decir que el evangelio de Marcos es la historia de la pasión y muerte de Jesús con una larga introducción para hacerla comprensible). Las predicciones se repiten de manera calculada: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará” (Mc 9,31). A los evangelistas les lleva tiempo explicar cómo sufre Jesús y, sobre todo, por qué. Son conscientes de que esta cara rompe todas las expectativas humanas. Saben que la cruz es un escándalo para los judíos y una necedad para los griegos, pero no pueden ocultarla. Insisten mucho en que el sufrimiento no es un mero accidente, sino la consecuencia de una vida planteada desde el amor y la entrega. 

Por eso, es un sufrimiento redentor: “Sus heridas nos han curado” (Is 53,5, 1 Pe 2,24). Quienes leemos la historia sufriente de Jesús aprendemos que, unidos a él, podemos vivir nuestro sufrimiento con sentido, no como la derrota de toda esperanza. Con Jesús, no basta decir: “Vamos tirando”. Hay algo más profundo: “¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (Mc 14,36). 

La rendición a la voluntad del Padre es la única manera de dar sentido a esa cara de la vida que parece su negación. Solo así descubrimos la tercera cara: la cara de la vida plena que nos está reservada en el cielo. Aquí la atisbamos, la celebramos, pero no la gozamos en plenitud. La cara definitiva solo es posible vivirla en esperanza.



miércoles, 25 de marzo de 2026

Cubrir y descubrir


Ayer estuve dando una charla cuaresmal en la parroquia castrense de Santa María de la Dehesa. Al entrar en la iglesia, me sorprendió ver algunas imágenes cubiertas con paños morados. Creo que, desde niño, no había vuelto a ver esa costumbre. No sabría bien describir mis sentimientos. Por una parte, todo resultaba un poco sombrío; por otra, se percibía algo de misterio. Así es como los fenomenólogos de la religión describen a Dios, como un misterio “tremendo y fascinante”, como algo que nos sobrecoge y nos seduce a un tiempo. 

Di mi charla en la capilla del Santísimo. El espacio estaba lleno con unas 60 personas, la mayoría mayores. El párroco me había pedido que hablara sobre el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, tal como lo narra el capítulo 4 del evangelio de Juan. No me entretuve en comentar el texto, sino en tratar de iluminar desde él lo que nos está pasando hoy en la Iglesia. Nadie se durmió, a pesar de que la hora invitaba a ello. Mientras tratábamos de aplicar la Palabra de Dios a cada uno de nosotros, caí en la cuenta de que también los textos de la Escritura –como los paños morados de las imágenes– cubren y descubren. Por una parte, los vocablos humanos (en el griego original o en su versión española) cubren una realidad que es inefable. No hay palabra que pueda expresar acabadamente el misterio de Jesús. Pero, por otra, solo con palabras podemos descubrir la verdad. Podríamos decir que, mediante la fe, las palabras se hacen carne.


Pues esto es precisamente lo que celebramos hoy en la fiesta de la Anunciación del Señor, que el Verbo “se hace carne” en el seno de una muchacha virgen. El relato del evangelio de Lucas que leemos en la Eucaristía de hoy –y que leímos también en la solemnidad de la Inmaculada– nos deja estupefactos. Acostumbrados a que todo encaje con nuestra forma de percibir la realidad, que todo tenga consistencia “científica”, las palabras de Lucas suenan a cuento de hadas. Nos parecería una forma hermosa de contar una historia a los niños –como cuando les decimos (o les decíamos) que los bebés los trae la cigüeña de París– pero nos da rubor hablar en estos términos con personas adultas. Puede que en los tiempos precientíficos fuera normal, pero ¿quién habla hoy de arcángeles y de vírgenes encintas? 

Y, sin embargo, en este texto que parece cubrir con un lenguaje fabuloso (midráshico, dirían los expertos) la historia real es donde descubrimos que todo lo que tiene que ver con Dios excede nuestros criterios razonables, los límites de nuestro conocimiento. También María expresa su turbación. Tiene que aprender a creer más allá de su piedad israelita. Las palabras que Lucas pone en boca del ángel condensan la novedad de Dios e invitan a la confianza: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”.


Cuando dentro de unos días se retiren los paños morados que cubren las imágenes de la parroquia de Nuestra Señora de la Dehesa, los feligreses volverán a ver su Cristo de siempre, pero puede que este año lo vean con ojos nuevos. El hecho de que haya permanecido cubierto varios días les habrá ayudado a recordar que la fe supone fiarse de Dios aun cuando no lo vemos. Es probable que alguno recuerde lo que leemos en la carta a los Hebreos: “La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve” (Hb 11,1). 

En esta fiesta de la Anunciación del Señor, además de asombrarnos ante el misterio de la Encarnación, nos dejamos animar por la fe de María. También ella creyó y esperó sin ver. El misterio cubierto le suscitó temor y perplejidad, pero confió en que el poder del Espíritu Santo lo iría descubriendo poco a poco. Sin saberlo, se anticipó a las palabras de su Hijo: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena” (Jn 16,12-13). Esa verdad plena solo se puede percibir cuando, como María, nos rendimos con humildad y confianza a la gracia de Dios: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).



martes, 24 de marzo de 2026

La tercera revolución


Hace poco más de una semana leí un reportaje del periódico El País sobre las mujeres en la Iglesia. Por él desfilaban algunos de los rostros y nombres de mujeres conocidas en ambientes eclesiales. La mayoría eran partidarias de la ordenación sacerdotal de las mujeres. Los argumentos bíblicos, teológicos, históricos y pastorales en contra que hasta ahora se han esgrimido les parecían endebles. 

Soy consciente de que este es un asunto controvertido. En la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis (22 de mayo de 1994), Juan Pablo II escribió con rotundidad: “Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”. Son palabras graves que parecen cerrar cualquier discusión al respecto. Y, sin embargo, la cuestión sigue abierta. Más aún, hay un feminismo eclesial que no cesa de reivindicar este “derecho” porque considera que la exclusión de la mujer atenta contra los derechos humanos y no actualiza la intención de Cristo.


Como cristiano sacerdote, me siento llamado a obedecer al magisterio de la Iglesia, tanto cuando sintonizo espontáneamente con él, como cuando experimento dudas o alguna perplejidad. Nunca he pensado que mi criterio personal deba erigirse por encima del magisterio auténtico, lo cual no significa que no pueda pensar, discernir y dialogar. En este esfuerzo compartido, siempre me ha llamado la atención un texto de la carta de Pablo a los Gálatas: “Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,26-28). 

El texto no se refiere ni remotamente a la ordenación sacerdotal de las mujeres, pero expresa un criterio teológico radical que puede iluminar muchas situaciones complejas. La historia nos muestra que lleva tiempo sacar las consecuencias prácticas del hecho de que todos somos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. 


Lo de “no hay judío y griego” se sustanció en el siglo I. El apóstol Pablo se batió con energía para que no predominara la visión judaizante. La asamblea de Jerusalén (cf. Hch 15), después de invocar al Espíritu y hacer un serio discernimiento, concluyó que “no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios; basta escribirles que se abstengan de la contaminación de los ídolos, de las uniones ilegítimas, de animales estrangulados y de la sangre” (Hch 15,19-20). 

De no haber sido por esa decisión trascendental, tal vez el cristianismo no hubiera pasado de ser una secta dentro del judaísmo, no la propuesta universal que es hoy. La Iglesia comprendió que la fe en Jesús no exige hacerse judío, que es una invitación abierta a todos los seres humanos, más allá de su etnia, lengua o religión. Esta catolicidad, que hoy nos parece normal, no se percibía con tanta claridad en los orígenes.


Lo de “no hay esclavo y libre” siguió un curso más complicado. Es verdad que el mismo san Pablo ordenaba a un amo cristiano que tratase a su esclavo cristiano “no como esclavo, sino [...] como un hermano [...] en el Señor” (Flm 16), pero, de hecho, la institución de la esclavitud siguió presente entre los cristianos durante siglos. Ya en 1500, la reina castellana Isabel la Católica, impulsada por la Iglesia, prohibió la esclavitud de los indígenas en América, considerándolos súbditos de la corona. 

Posteriormente, hubo condenas explícitas por parte del magisterio. El papa Gregorio XVI promulgó la bula In supremo apostolatus en 1839, condenando la esclavitud y la trata de negros por considerarlas contrarias a la dignidad humana. León XIII reafirmó la condena a la esclavitud en 1888, congratulándose por la abolición en Brasil. A pesar de las bulas, la Iglesia enfrentó resistencias y la abolición efectiva en territorios católicos (como España y Cuba) fue un proceso lento que se consolidó hacia finales del siglo XIX. 

Hoy, el Catecismo de la Iglesia Católica define la esclavitud como un pecado contra la dignidad humana: “El séptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conducen a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a la condición de objeto de consumo o a una fuente de beneficio” (n. 2414). Hoy, aunque sigue habiendo formas modernas de esclavitud, nos parece intolerable.


¿Qué pasa con la tercera expresión paulina que habla de que “no hay hombre ni mujer”? ¿Qué consecuencias prácticas tiene? ¿Se refiere solo a la dignidad esencial o afecta también a otras dimensiones de nuestra vocación cristiana, incluido el ejercicio pleno de la ministerialidad? Tengo más preguntas que respuestas, pero es bueno dejarse iluminar por la historia. ¿No estaremos ante la “tercera revolución” cristiana? ¿Hacia dónde nos está impulsando el Espíritu de Jesús?