
El II Domingo de Pascua nos inunda con un mensaje de paz. Por tres veces Jesús desea la paz a sus discípulos en el fragmento del Evangelio de Juan que se proclama hoy. En el contexto bélico que vivimos en la actualidad, las palabras de Jesús resuenan con más fuerza. Precisamente ayer por la tarde se celebró en la basílica de san Pedro una vigilia por la paz presidida por el papa León XIV. A la misma hora, yo me encontraba participando en la Fiesta de la Resurrección que por cuarto año consecutivo tuvo lugar en la plaza de Cibeles de Madrid. En ella, el cardenal José Cobo, además de bendecir a la multitud, nos leyó el mensaje que el Papa nos dirigía. Hablando de los mártires españoles del siglo XX, el Papa nos dijo: “No estáis llamados solo a recordarlos, sino a apoyaros en su ejemplo para que Cristo vuelva a pasar por vuestras calles, para que la Iglesia recobre ardor, para que la verdad del Evangelio abra esos sepulcros en que se han convertido tantos corazones”.
Los periódicos hablan de unos 85.000 participantes. Lo de menos es la cifra. No se trata de exhibir músculo confesional, sino de celebrar la resurrección de Jesús con el lenguaje de la música y compartir esta experiencia con todos, de tal manera que se cumpla también hoy lo que leemos en la primera lectura de este domingo: “Alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando”. Contagiar la alegría de la fe es el modo mejor de evangelizar. Por encima de la pertenencia a parroquias, movimientos, comunidades religiosas o asociaciones de cualquier tipo, lo que cuenta es visibilizar que “los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones”.

Siempre el II Domingo de Pascua recordamos la historia de fe del apóstol Tomás. Entre el “Hemos visto al Señor” de sus compañeros y el “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo” de Tomás hay un fuerte contraste. Al final, también Tomás va a caer rendido ante el Resucitado: “¡Señor mío y Dios mío!”. Lo que me llama la atención es que las dudas le surgen mientras “no estaba con ellos cuando vino Jesús”. La confesión sucede cuando “a los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos”. El cuadro ilumina nuestros itinerarios de fe actuales.
A menudo decimos que hoy muchas personas creen en Jesús, pero no aceptan la mediación de la Iglesia. Llevamos décadas mitificando el eslogan “Jesús sí – Iglesia no”, como si fuera un marchamo de autenticidad. La historia de Tomás nos muestra que creemos en Jesús en una comunidad fe, que la adhesión a Él no es un asunto individual, intimista, sino una experiencia personal compartida con otros. También la evangelización es un asunto comunitario: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Este anuncio implica el perdón de los pecados: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

Puedo estar equivocado, pero lo que observo es que cada vez más personas –sobre todo, jóvenes– no ven ningún atractivo en la privatización de la fe que llevaron a cabo las generaciones anteriores, incluida la mía. Buscan identidad, pero también pertenencia. Quieren creer en Jesús dentro de una comunidad. Sienten en carne propia el atractivo del ideal expresado por los Hechos de los Apóstoles: “Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común”. Una fe vivida solo en el santuario de la conciencia acaba siendo un asunto subjetivista que no se hace cargo del cuerpo de Cristo.
Las palabras de la carta de Pedro que leemos en la segunda lectura son una guía segura para este tiempo de búsqueda: “Sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas”. Lo que Pedro dice es un bello desarrollo de la bienaventuranza de Jesús dirigida a Tomás: “Bienaventurados los que crean sin haber visto”.













































