martes, 10 de febrero de 2026

Qui cantat bis orat


Si esto sigue así algún día más, acabaremos convirtiéndonos en Irlanda. La niebla y una constante lluvia me acompañan desde ayer por la mañana. Ni siquiera se divisa la sierra de Gredos. A través de los cristales veo que la tierra ya no puede absorber tanta agua acumulada. Se van formando arroyuelos y charcos en las pequeñas hondonadas del camino que serpea desde la casa en la que vivo hasta la capilla que se levanta sobre un promontorio que mira a la montaña. Me viene a la memoria el famoso “recuerdo infantil” de Antonio Machado: “Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de lluvia tras los cristales”. 

Esa “monotonía de lluvia tras los cristales” me invita a la meditación. Todo es silencio a mi alrededor. Solo oigo el suave rumor de las gotas que golpean las tejas. Pienso en las personas que viven inmersas en un ruido constante. Comprendo su estrés. El ruido enferma; el silencio cura. En el silencio se disfruta más del canto. Reconozco que esta comunidad del monasterio de la Conversión canta como los ángeles. A menudo, las hermanas acompañan el canto con la cítara, la guitarra y la viola. Tanto cuando cantan al unísono como cuando lo hacen a voces, el resultado es armónico y bello. Me dejo llevar. Aunque me sé algunas de las canciones, procuro no estropear su canto con una voz masculina solitaria.


Oyéndolas, he recordado la frase atribuida a san Agustín: 
“Quien canta ora dos veces”. Ellas son de tradición agustiniana. Pero he recordado también lo que Dietrich Bonhoeffer dice sobre el canto en su conocido libro Vida en comunidad. Como lo tengo a mano, transcribo algunos párrafos. Empecemos por lo que no se debe hacer:
“Existen algunos enemigos del canto al unísono que deben ser eliminados sin contemplación de la comunidad. A través del elemento musical es por donde llegan a introducirse más fácilmente en el culto el mal gusto y la frivolidad. Entre esos enemigos, señalamos en primer lugar la segunda voz improvisada, tan frecuente en los cantos en común y que, intentando dar base y plenitud a la melodía que flota libremente, mata la melodía y la palabra cantada. Otro de los enemigos es la voz baja o alta que se cree en la obligación de llamar la atención de todo el mundo sobre la potencia de su registro cantando una octava diferente. Algo parecido sucede con el solista que quiere hacer valer su magnífica voz cubriendo la de los otros cantores con fortísimos exagerados. Enemigos también, aunque menos peligrosos, son los que «no tienen oído», y por esta razón no quieren cantar, aunque son menos numerosos de lo que pretenden. Más numerosos, en cambio, son los que, a causa de su estado anímico o mal humor, no quieren unirse al canto, rompiendo así la unidad de la comunidad”.

¿Sucede algo de esto en nuestras comunidades? Me temo que Bonhoeffer ha dado en la diana. Pero dejemos que nos anime con algunas reflexiones positivas:
“Cuanto más cantemos, tanto mayor será nuestra alegría; y sobre todo, cuanto mayor sea el espíritu de comunidad, de disciplina y de alegría con que cantemos tanto más rica será la bendición que se derramará sobre la vida comunitaria. Es la voz de la Iglesia la que se hace audible en el canto en común. No soy yo el que canta sino la Iglesia, pero como miembro de la Iglesia puedo participaren su canto. Así, el canto en común debe servir para ampliar nuestro horizonte espiritual, para llevarnos a reconocer nuestra comunidad como un eslabón de la gran comunidad cristiana extendida por toda la tierra, ya unir libre y gozosamente nuestro canto -débil o potente- al canto de la Iglesia”.

Sigue la lluvia impenitente. Se ve que hemos cantado demasiado o que no lo hemos hecho muy bien.  


 

lunes, 9 de febrero de 2026

El ruido y el silencio


De lejos veo las montañas nevadas. El cielo está gris. Cae una lluvia menuda. La temperatura no pasa de los 8 grados. Llegué ayer al monasterio de la Conversión para animar el retiro anual de una joven comunidad agustiniana. Hay hermanas de diez países: España, Yemen, Perú, Hungría, Alemania, Costa Rica, Polonia, Colombia, Irlanda, Italia, México y Ecuador. Me hubiera gustado haber estado en Madrid para hacerme presente en la asamblea sacerdotal Convivium, pero no es posible participar en dos acontecimientos distantes al mismo tiempo. 

Considero un regalo disfrutar de varios días de silencio y oración en un lugar preparado para ello. El monasterio se alza en la ladera de una montaña cubierta de pinos. De frente se yergue la nevada sierra de Gredos. La primera vez que visité este lugar fue el pasado mes de junio en compañía de mi comunidad. El asfixiante calor de entonces ha sido sustituido por un frío que se combate bien con el sistema de geotermia que tienen en el monasterio. 

Dispongo de mucho tiempo para poder escribir con calma después de una semana en que, debido a los muchos compromisos, no he tenido tiempo para hacerlo. Participé en el encuentro de los claretianos de mi provincia de Santiago nacidos entre 1949 y 1965, di mis clases en el ITVR de Madrid y dirigí un taller de sinodalidad con las religiosas concepcionistas que se preparan para la profesión perpetua.


Cabalgando estas tareas, me leí la versión en PDF del libro La scelta que hoy presentará en Milán Alberto Ravagnani y que mañana saldrá a la venta. Don Rava (como es conocido) es un joven sacerdote italiano que, a sus 32 años, ha decidido dejar el ministerio. Su decisión (scelta) ha tenido una enorme repercusión mediática en Italia y otros países (entre ellos España) porque era muy famoso en el ámbito de las redes sociales. Yo no lo conozco personalmente, pero lo he seguido a veces en internet y me he referido a él en este blog en varias ocasiones. 

En el libro de 304 páginas (que me envió desde México un amigo mío que conoce personalmente a don Alberto) explica con mucho detalle lo que, de manera resumida, presenta en un vídeo de siete minutos. Los motivos de su decisión tienen que ver con el deseo de vivir en verdad y libertad, la sensación de sentirse constreñido como sacerdote, sus dificultades para vivir el celibato, la brecha que observa entre la Iglesia y las nuevas generaciones, algunos problemas referidos a la doctrina, la moral y la liturgia, el aislamiento con respecto a sus compañeros y superiores… y otras muchas cosas que no son fácilmente resumibles porque se trata de experiencias vitales únicas. 

Los ecos que ha tenido su decisión son amplios y muy variados. Van desde la comprensión más empática (con aplausos por su sinceridad y valentía) hasta el rechazo más crítico (por su infidelidad, su desfachatez y la exhibición abusiva de su decisión), pasando por una ancha gama de matices que acentúan el precio pagado por su sobrexposición mediática y la fuerte dosis de narcisismo y hasta de mercantilismo que encierra. Hay muchas personas que se han sentido engañadas e incluso traicionadas. Don Rava las había animado a vivir la fe con radicalidad, las había invitado a ser fieles a sus compromisos cristianos, y luego... No faltan las alusiones a la oración por él y por el éxito de su inmediato futuro. 

El caso de don Rava ha abierto, una vez más, la reflexión sobre el significado del ministerio ordenado en la Iglesia, sobre la conveniencia de seguir uniéndolo al celibato y sobre otras cuestiones que tienen que ver con los procesos de discernimiento, formación, ejercicio pastoral, etc. No son muchos los sacerdotes que dejan el ministerio y dan tantas explicaciones públicas de su scelta (decisión). Algunos las agradecen por lúcidas y valientes, pero otros hubieran deseado mayor discreción. 


A lo largo de mi vida sacerdotal he sido testigo de la salida de numerosos sacerdotes, algunos muy cercanos a mí. Cada historia es singular y debe ser abordada como tal. Huelga decir que los demás (por mucho que conozcamos de cerca algunos casos) no somos jueces para condenar estas decisiones, aunque no siempre las comprendamos. Como dijo Jesús a los judíos que acusaban a la mujer adúltera: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8,7). El respeto es esencial, pero no juzgar a la persona no significa que no podamos -e incluso debamos- interrogarnos por las causas que suelen conducir a este tipo de decisiones. 

Cada crisis pone al descubierto responsabilidades personales, pero también, en la mayoría de los casos, grietas institucionales. Don Rava se encarga de examinarlas desde su perspectiva singular en un libro que hasta puede resultar casi impúdico por la manera como cuenta sus experiencias más íntimas en relación con la verdad, la libertad, el sexo, las relaciones, el trabajo, etc. Su tesis es que -jugando con las palabras en italiano- una fede che non si sceglie si scioglie (una fe que no se escoge se disuelve).

Estoy convencido de que procesos formativos más sinodales, más encarnados en la realidad pastoral y menos encerrados en estructuras seminarísticas pensadas para otros tiempos, pueden ayudar a los nuevos candidatos a prepararse mejor para vivir su ministerio con alegría en un contexto tan desafiante como el actual (sin el paraguas protector de una sociedad cristiana) y afrontar las crisis que tarde o temprano aparecen. No es la solución mágica a los problemas futuros, pero representa un modo más actual y eficaz de formarse para un ministerio hermoso pero difícil. 

Es cierto que lo esencial es una robusta experiencia espiritual (construir sobre roca, no sobre arena, por usar las palabras de Jesús), pero esta experiencia es inseparable de un buen ajuste psicológico, de relaciones saludables, de trabajo pastoral en equipo, de una preparación específica para gestionar con realismo las frustraciones y de un acompañamiento cordial, lúcido y crítico. No siempre se dan estos elementos en la vida de un sacerdote. Espero que la asamblea Convivium de la archidiócesis de Madrid aborde estas cuestiones con apertura y audacia y no naufrague en espiritualismos que no conducen a nada.

lunes, 2 de febrero de 2026

Tres preguntas inquietantes


Hoy, fiesta de la presentación del Señor, se celebra la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada. En España somos algo más de 30.000 personas pertenecientes a las distintas formas de vida consagrada, la mitad que hace un cuarto de siglo. A este ritmo de descenso continuado, hacia el año 2.050 podría haber desaparecido en nuestro país esta manera peculiar de ser cristianos. Algunos se lo preguntan con preocupación; otros simplemente creen que será así, dado que los fallecimientos se suceden a una media de 900 por año y son muy pocos los jóvenes que ingresan. 

No estoy seguro de que la mayoría de los cristianos sean conscientes de esta realidad. Quizá tienen una idea muy vaga de que la vida religiosa está en crisis desde hace años, pero no adivinan su verdadero alcance. En este contexto de disminución y envejecimiento, de fragilidad y cansancio, la Jornada de este año nos propone tres preguntas: 1) Vida consagrada, ¿a quién llamas?; 2) Vida consagrada, ¿a quién buscas?; 3) Vida consagrada, ¿a quien sirves? Las tres se cobijan bajo el paraguas de una más general: Vida consagrada, ¿para quién eres? Reconozco que las tres (o las cuatro) me han hecho pensar.


Vida consagrada, ¿a quién llamas?

Cuando uno cree que su forma de vida no tiene futuro no llama a nadie. Considera deshonesto invitar a los jóvenes a subir a un barco que está a punto de naufragar. Y, sin embargo, en esta dejación se agazapa una crisis que tiene también su vertiente social: el miedo moderno a ejercer la paternidad y la maternidad. No nos atrevemos a ser padres o madres. Hemos perdido la esperanza en el futuro. Nos cuesta aceptar con alegría el sacrificio que supone engendrar (llamar) a otros y acompañarlos en su proceso de crecimiento. Nos resignamos a ser un grupo de solterones o solteronas que solo piensan en vivir una existencia tranquila y que no quieren complicarse inútilmente la vida. 

El voto de castidad es mucho más que una gestión razonable de los impulsos afectivo-sexuales. Tiene mucho que ver con la capacidad de generar vida, de desgastarnos para que otros crezcan, de hacer de nuestra existencia una oblación a Dios y a los demás. Sin estas actitudes, es imposible llamar a otros con alegría y esperanza. La crisis vocacional es un síntoma de una realidad más profunda: la crisis de sentido, de esperanza y de paternidad y maternidad que existe en nuestra sociedad. 

Vida consagrada, ¿a quién buscas?

La vida consagrada no surgió en la Iglesia para prestar algunos servicios cualificados o para atender necesidades no cubiertas por la sociedad, aunque muchas formas modernas han incluido estos objetivos en su misión. Nació, sobre todo, para “buscar a Dios” (quaerere Deum) por encima de todas las cosas. Cuando esta búsqueda radical es silenciada o sustituida por otros objetivos -por muy nobles que sean- la vida consagrada pierde su razón de ser. Para enseñar en un colegio, atender a los enfermos en una clínica o estudiar teología no es necesario abrazar este estilo de vida. Hay muchos carismas laicales que se orientan en estas direcciones.

La búsqueda de Dios está relacionada con el voto de obediencia. Al fin y al cabo, obedecer significa “escuchar”. Se trata de “escuchar” a Dios para conocer su voluntad. El objetivo de la vida consagrada no es hacernos felices (el “dogma de la felicidad” es un asunto moderno), sino buscar y cumplir la voluntad de Dios. La felicidad, en todo caso, será un fruto añadido. Y siempre en medio de dificultades y renuncias.


Vida consagrada, ¿a quién sirves?

Sin pobreza no hay vida consagrada creíble. La pobreza implica un estilo de vida austero y sobrio, una cercanía cordial a los más necesitados y una dependencia absoluta de Dios. Hace años nunca hubiéramos imaginado que el voto de pobreza podría implicar también la aceptación serena de la disminución numérica, la fragilidad institucional y la incertidumbre respecto del futuro. Pero este es el tiempo que nos ha tocado vivir. Aceptarlo con sosiego sin sumirnos en la mera resignación es una de las expresiones actuales del voto de pobreza. 

Esta actitud va acompañada por una entrega decidida a quienes hoy necesitan presencia y cuidado. No hemos sido llamados para servir a quienes ya tienen la vida resuelta, sino a quienes buscan, piden, sufren y se sienten excluidos. Buena parte de la vida consagrada actual está sirviendo más bien a los sobrealimentados. Contribuye, sin pretenderlo, a una suerte de obesidad espiritual, mientras no tiene ojos para percibir las nuevas necesidades. Quienes hace tiempo se han desplazado hacia algunas de las periferias de nuestra sociedad no tienen tantos problemas. Servir a los más pobres es siempre una fuente de identidad. Nos recuerda quiénes somos y para quiénes hemos sido enviados.

domingo, 1 de febrero de 2026

La "segunda" conversión


Según la lógica humana, si uno quiere transformar el mundo debe hacerse con el control político, económico, tecnológico, mediático… y militar. De lo contrario, solo conseguirá cambios epidérmicos. De eso saben bastante Donald Trump, Vladimir Putin, Xi Jinping y tantos otros líderes que, a lo largo de la historia, se han impuesto a otros por la fuerza. Algunos de estos líderes son muy visibles; otros actúan en la sombra (por ejemplo, los dirigentes de las grandes corporaciones multinacionales). 

La Iglesia no está exenta de esta tentación, aunque no siempre lo reconozca con humildad. ¿Qué otra cosa persiguen las instituciones religiosas que quieren evangelizar a las élites políticas y económicas, por ejemplo, con la esperanza (¿vana?) de que luego ellas transformen la sociedad según el Evangelio? La tentación del poder como dominio recorre la historia. Ha revestido formas muy distintas, pero todas tienen un denominador común: la convicción de que solo los poderosos pueden cambiar el mundo porque solo ellos tienen las herramientas (conocimiento, dinero, tecnología y armas) para hacerlo.


También Jesús podría haber seguido esta lógica. De hecho, esta fue su gran tentación. En vez de haber nacido en una familia pobre de Galilea, podría haber sido el heredero de un emperador romano. En vez de rodearse de un grupo de pescadores incultos, podría haber sido el general de varias legiones. Podría, en definitiva, haber cambiado las cosas de arriba abajo, como un déspota ilustrado. Y, sin embargo, nada en su vida sigue este guion. Todo está vuelto del revés. 

El mensaje de este IV Domingo del Tiempo Ordinario es contundente. El profeta Sofonías (primera lectura) lo formula así: “Buscad al Señor los humildes de la tierra, los que practican su derecho, buscad la justicia, buscad la humildad, quizá podáis resguardaros el día de la ira del Señor”. Pablo, cuando contempla la comunidad de Corinto (segunda lectura), hace una descripción precisa: “Fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso”. 

Por si hubiera alguna duda respecto de cuál es la lógica de Dios, Jesús, en su sermón del monte, se encarga de presentarla con solemne claridad (evangelio): “Bienaventurados los pobres en el espíritu... los mansos… los que lloran…los que tienen hambre y sed de la justicia…los misericordiosos…los limpios de corazón…”. Las bienaventuranzas son la expresión más clara de quiénes son los protagonistas de la historia, los verdaderos agentes de cambio cuando se dejan guiar por Dios


A lo largo de la historia, la Iglesia ha entendido muy bien este mensaje en los mejores de sus hijos e hijas, pero también lo ha pervertido en quienes se han dejado seducir por la lógica poderosa del mundo. Y así seguimos hoy. Algunos (obispos, sacerdotes, consagrados, laicos) quisieran una Iglesia poderosa, aliada con los grandes de este mundo, capaz de influir en la sociedad con sus universidades, colegios, empresas, hospitales, medios de comunicación, etc., convencidos de que este es el camino más eficaz para evangelizar. Otros (obispos, sacerdotes, consagrados, laicos) sueñan con una Iglesia que sea de verdad una alternativa a este mundo, que parta siempre de abajo arriba, que huya de las esferas del poder y acompañe a los últimos, a quienes Jesús llama “bienaventurados”. 

No es fácil hacer una “segunda conversión” al punto de vista del Evangelio cuando hay muchos intereses personales e institucionales de por medio. Pero no es imposible si nos dejamos conducir por el Espíritu de Jesús. Estas “segundas conversiones” se están dando cada día. Son las que conducen a sus protagonistas a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo” en un contexto en el que el poder quiere robarnos la conciencia y el corazón. La alternativa de Jesús está en buena medida por estrenar. Este es el cristianismo que tiene futuro, aunque estadísticamente sea minoritario.

jueves, 29 de enero de 2026

La estación de los fieles


Me gusta el invierno. Nací en enero. Debo de estar marcado por el frío. A mí me resulta más fácil trabajar, comer y dormir con frío que con calor. Si es excesivo, hay muchas formas de combatirlo. Pocas experiencias domésticas hay más placenteras que ver nevar por un gran ventanal mientras dentro de casa uno se calienta junto al fuego y bebe una taza de leche caliente con un poco de café. Parece una estampa de película romántica, pero simboliza algunos ingredientes que necesitamos para vivir: belleza, intimidad, serenidad, acogida y silencio. 

Esta estampa se da con cierta frecuencia en mi pueblo natal, pero muy raramente en Madrid. En lugar de nieve, tenemos lluvia, aunque ayer por la mañana cayeron unos cuantos copos que llegaron a formar una fina capa blanca sobre el duro asfalto. Y, en lugar de fuego, nos conformamos con radiadores de agua caliente o eléctricos. El invierno nos invita a hacer ese viaje de la periferia al centro -o de la superficie al fondo- que tanto suele costarnos en la vida cotidiana.


Sin el trabajo escondido del invierno no se produce la eclosión de la primavera. A menudo se usan ambas metáforas para hablar de la situación de la Iglesia y, más en concreto, de la vida consagrada. Se dice que desde años estamos viviendo un invierno. Llegará la primavera, pero todavía son escasos los famosos “brotes verdes”. 

¿Qué se puede hacer durante el invierno? Es la estación apropiada para sanear las raíces y hacer algunas podas en las ramas. Es también el tiempo para cultivar la intimidad, el silencio y la espera paciente. No es una estación de muerte, sino de preparación. Cuando comprendemos que este es nuestro tiempo, vivimos sin ansiedad. Nos hacemos cargo de lo que supone una espiritualidad del invierno. No aceleramos la primavera. Nos concentramos en realizar las tareas propias del invierno. La primavera y el verano llegarán en el momento oportuno.


Pocas personas están espiritualmente preparadas para vivir con serenidad el invierno eclesial. Interpretan que el invierno significa la muerte, el final de todo. Vaticinan la desaparición de la vida consagrada en Europa e incluso de la Iglesia. Aducen estadísticas contundentes. Es verdad que hay personas que se han abandonado a la desesperanza, pero hay otras muchas que están viviendo una espiritualidad recia, parecida a la de los ancianos Simeón y Ana, que mantuvieron siempre encendida la lámpara de la fe. 

En vez de quejarse del tiempo presente, procuran poner el acento en el núcleo del cristianismo. Cultivan una oración asidua, meditan a diario la Palabra de Dios, se nutren con la Eucaristía celebrada y adorada, procuran hacer el bien sin que sepa la mano izquierda lo que hace la derecha, sin postureos digitales, acogen a los que buscan, practican el arte de la escucha… 

No es necesario fustigarse porque no se den signos deslumbrantes, conversiones en masa, abundancia vocacional, muchas iniciativas pastorales. Si esto tiene que llegar, lo hará en el momento oportuno. En cualquier caso, la verdad de la fe no se manifiesta en las grandes obras, sino en la fidelidad sostenida en los momentos de prueba. El invierno es la estación de los fieles.

lunes, 26 de enero de 2026

Los niveles de la fe


Si uno tiene que hablar de la fe y es ingeniero de profesión, es muy probable que, en vez de usar metáforas poéticas, hable de niveles, grados, etapas, etc. En realidad, dos grandes poetas como Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, también hablaban a su manera de niveles y etapas cuando describían el castillo interior o la subida al Monte Carmelo. 

El fin de semana pasado he tenido un retiro con un grupo de quince laicos. En una de las meditaciones les puse el vídeo que figura al final de esta entrada. Está hecho por un joven laico valenciano, ingeniero de profesión, casado. Su nombre es Alejandro Bo. Tiene un canal en YouTube llamado Alejandro Bo | Cristianismo Relevante. En ese vídeo Alejandro habla de siete niveles de cristianismo. La propuesta dio mucho que hablar entre los participantes en el retiro. Algunos no estaban de acuerdo con la clasificación. Otros iban más lejos. Se cuestionaban que se pudiera hablar de “niveles” de fe. En cualquier caso, el vídeo consiguió provocar la reflexión y dar pie a un diálogo interesante.


Más allá de la conveniencia o no de hablar de “niveles”, es obvio que la experiencia de fe es dinámica. La vivimos en forma de itinerario. No es lo mismo un cristianismo puramente cultural que un cristianismo personalizado y vivido en comunidad. La clasificación de Alejandro ayuda, por lo menos, a discernir dónde estamos, qué dinámica interna sigue nuestra experiencia de fe, hasta qué punto estamos comprometidos con ella o es algo epidérmico. 
Lo interesante es también examinar lo que permite subir de nivel. ¿Cómo se pasa de un cristianismo cultural a otro emocional, por ejemplo? 

Al final de todo, se presenta un desafío. Cuando uno pasa de “creyente” a “cristiano” y busca una comunidad de referencia, ¿dónde puede encontrarla? La respuesta espontánea es: ¡en su parroquia! En el antiguo régimen de cristiandad esto podía ser cierto, pero sabemos muy bien que en la situación actual pocas parroquias pueden ofrecer verdaderas experiencias comunitarias. En muchos casos, se han reducido a expendedurías de servicios sacramentales, sin personas ni espacios para un acompañamiento personalizado que responda a las búsquedas de quienes han (re)descubierto la fe. Es verdad que existen otras muchas alternativas (movimientos, colegios, grupos de fe, comunidades de base, etc.), pero no siempre es fácil descubrirlas y sintonizar con ellas.


Vivimos un momento muy prometedor. La generación Z, hija en muchos casos de padres secularizados (a menudo agnósticos o ateos), está abriéndose a la fe. Lo que parece ya evidente en Estados Unidos, Francia o Reino Unido, se irá notando en los próximos años en España. ¿Estamos preparados para acompañar a esta nueva generación o seguimos pensando con modelos pastorales caducos? 

Los jóvenes creyentes son ahora descaradamente “religiosos”. Muchos sacerdotes y agentes pastorales, educados en un cristianismo social (tan típico del último tercio del siglo pasado), van a interpretar este momento como un giro neoconservador, cuando, en realidad, se trata de una forma nueva de búsqueda de sentido en las sociedades post-religiosas. No es una huida mística de un cristianismo profético, sino una manera original de situarse en la vida. Hay que afinar mucho el análisis y practicar el arte de la observación y la escucha para no errar en el diagnóstico y, por lo tanto, en la propuesta. Las cosas no son tan tópicas como a primera vista pudiera parecer


martes, 20 de enero de 2026

Nadie es un mero espectador


Desde el domingo por la noche seguimos conmocionados por el accidente ferroviario en Adamuz (Córdoba). En el momento de escribir esta entrada, asciende a 41 el número de víctimas mortales. Es probable que aumente a medida que se inspeccionan los vagones precipitados en un talud. Mientras unos ponen el acento en la atención a las personas afectadas, otros se concentran en investigar las causas del accidente. No son tareas incompatibles. Ambas son necesarias, aunque la primera tiene prioridad. 

Cada vez que suceden tragedias de este tipo se disparan también las preguntas: ¿Por qué ha sucedido? ¿Qué se puede hacer para evitar catástrofes semejantes? ¿Cómo ayudar de manera eficaz a quien sufre? En muchos casos las preguntas se disparan contra Dios: ¿Por qué permite un Padre amoroso que muera gente inocente? Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta unidireccional. A menudo, lo único que podemos hacer es aprender a convivir con las preguntas, incluso a soportarlas, a la espera de que la vida misma nos vaya ofreciendo elementos para responderlas en el momento oportuno.


He pasado bastantes veces por el tramo de vía en el que se produjo el accidente. Nunca se me ha ocurrido pensar que el tren pudiera descarrilar. Hemos crecido con la convicción de que tanto el tren como el avión son medios de transporte muy seguros. Estadísticamente, sigue siendo verdad. Hemos avanzado mucho en seguridad, pero eso no significa que podamos evitar todos los accidentes en todas las ocasiones. 

Aceptar que la vida está llena de riesgos es una de los aprendizajes que nos ayuda a madurar. No vivimos -y nunca viviremos- en un mundo perfecto. Por otra parte, los avances tecnológicos no siempre van acompañados por avances humanos. A veces, cuando logramos altas cotas de desarrollo material, nos quebramos psicológicamente por cualquier minucia. De una manera u otra, siempre tenemos que lidiar con la imperfección, la fragilidad y la contingencia. No es fácil aceptar este hecho ineludible e integrarlo en nuestro proyecto de vida.


Durante las horas que han pasado desde el accidente en la noche del domingo he pensado mucho en los familiares y amigos de las víctimas, en su desconcierto casi insuperable. He pensando también en las muchas personas que se han volcado en su ayuda, desde los habitantes de Adamuz hasta los distintos servicios de socorro: sanitarios, bomberos, policía, ferroviarios, Cáritas, protección civil, etc. Los seres humanos tenemos un sexto sentido para intuir que la desgracia de cualquiera de nosotros es, en el fondo, nuestra propia desgracia, que nadie es un mero espectador cuando el mal golpea a nuestros semejantes. 

Por eso, somos capaces de un altruismo que va desde los gestos más sencillos de solidaridad (proporcionar una bebida caliente o una manta) hasta el heroísmo. En cada uno de nosotros conviven, por decirlo simbólicamente, un lobo y un cordero. Podemos devorarnos movidos por el egoísmo, pero podemos salvarnos impulsados por la fuerza del amor. Siempre saldrá vencedor el “animal” al que más alimentemos a lo largo de la vida.

viernes, 16 de enero de 2026

Sin humildad no hay futuro


Se habla mucho de la progresiva decadencia del imperio estadounidense y de la emergencia del imperio chino (y quizás ruso). Hace más tiempo que se viene reflexionando también sobre la decadencia de Europa y, más ampliamente, de Occidente. Abundan los indicadores, pero no es fácil hacer interpretaciones consistentes cuando los acontecimientos están en curso. Solo desde una larga perspectiva histórica se podrán comprender los fenómenos actuales. Así como las expansiones imperiales suelen ser muy rápidas, las decadencias conservan una fuerza inercial que puede durar siglos y se solapan con la emergencia de nuevas fuerzas hegemónicas.

Por otra parte, las interpretaciones están muy ligadas a nuestro concepto del tiempo. Un occidental tiende a ser cortoplacista. Espera los resultados de una acción en el menor tiempo posible. Un oriental (y, más concretamente, un chino) tiende a ver el tiempo de forma más dilatada. Piensa en términos de medio y largo plazo. Sabe que lo esencial es hacer una buena siembra. No tiene prisa por recolectar la cosecha. Llegará abundante en el momento oportuno.


Además de la diferente concepción del tiempo, hay una actitud que acelera la decadencia. Es el orgullo. Europa, que ha dejado hace tiempo de ser un actor de primer nivel en el tablero mundial, sigue conservando un orgullo histórico. Se considera ejemplo de racionalidad, ciencia, democracia, defensa de los derechos humanos, etc. No valora en su justa medida lo que está sucediendo en Asia y África; por lo tanto, no aprende. Se siente a gusto en su papel de maestra, pero no de discípula. El resultado es que se está quedando rezagada en investigación científica, avance tecnológico, innovación empresarial, etc. Pretende vivir de sus rentas históricas, de la comodidad que proporciona la sociedad del bienestar, de la seguridad garantizada por el aliado estadounidense. Quiere progresar sin mucho sacrificio y sin largos procesos de transformación. 

Para salir de su postración Europa necesita una sobredosis de humildad. Necesita aprender de lo que hoy se está gestando en algunos lugares de América, África y, sobre todo, Asia (cuna de grandes civilizaciones y laboratorio de nuevas propuestas). De no hacerlo, acabará siendo víctima de su propia grandeza. El pasado se convertirá en un fardo pesado que le impedirá abrirse al futuro. Comodidad y porvenir suelen ser malos aliados.


No sé si esto se puede aplicar también a la Iglesia en general y a la vida consagrada en particular. Creo que sí. Hay muchas lecciones que podemos aprender. A la iglesia europea, por ejemplo, se le está haciendo cuesta arriba abrirse a la sinodalidad, cuando hay otras iglesias que llevan décadas caminando desde esta clave. Las congregaciones religiosas fundades en Europa siguen defendiendo a capa y espada que ellas son las depositarias auténticas del carisma y que tienen que enseñar a las nuevas comunidades que surgen en otros continentes, sin dejarse cuestionar a fondo por ellas. 

En el origen de estas y parecidas prácticas suele haber una actitud radical de orgullo y autosuficiencia. Nos cuesta aceptar con humildad que podemos (y debemos) aprender de otros, que el Espíritu no solo actúa en la vieja Europa, sino en cualquier rincón del mundo, que necesitamos, en definitiva, dejarnos espolear y acompañar por cristianos de otras latitudes. Sin humildad no hay futuro. Jesús lo decía de otra manera: Si no os hacéis como niños, no podréis entrar en el reino de los cielos.

miércoles, 14 de enero de 2026

Halcones y palomas


El lunes pasado comenzamos el tiempo ordinario. La liturgia nos invita a ir siguiendo el camino de Jesús en la trama de la vida cotidiana. Hay días serenos y luminosos en los que todo parece encajar como una obra de marquetería japonesa. Otros, por el contrario, están repletos de sobresaltos y contratiempos. Cuesta reconocer que Dios siga siendo nuestro aliado. Tenemos la impresión de que nos deja “solos ante el peligro”, pero sin la fortaleza de Gary Cooper. Los altibajos son normales en la superficie de la vida. Lo que importa es que la paz no se vea perturbada en el fondo. 

Mientras en las últimas semanas se multiplican las noticias sobre el auge católico en nuestra España descreída, abundan más las que se refieren a los cambios en el tablero geopolítico del mundo. Como siempre, no es fácil formarse una opinión objetiva cuando dependemos tanto de los medios de comunicación, la mayoría de los cuales sirve a intereses particulares y editorializa las noticias según ellos. En lo que todos parecen coincidir es en que hemos empezado un 2026 muy caliente. Se habla de Venezuela, Irán y Ucrania, pero los focos de fuego están repartidos por otras regiones del mundo. 

Frente a la partitocracia burocrática, están creciendo las propuestas autoritarias. Su atractivo es evidente. Para muchos ciudadanos, estos líderes fuertes afrontan los problemas, al menos en el corto plazo, con más realismo, rapidez y eficacia. Personajes como Trump, Bukele, Meloni, Orban, Putin, Erdogan o Milei representan un giro que ha desconcertado a los partidos tradicionales, convertidos muchos de ellos en sistemas clientelares casi mafiosos que viven para servirse de la política, no para servir a los ciudadanos desde la política. No es extraño, pues, que estos líderes tengan tirón popular y, al mismo tiempo, sean rechazados por parte de la clase política tradicional, que no tolera outsiders incontrolables en sus filas.


No sé qué rumbo tomarán los acontecimientos a lo largo de este año, pero las luces rojas están encendidas. La historia nos enseña que, por lo general, las propuestas autoritarias prosperan cuando las democracias se corrompen y debilitan, cuando dejan de servir a los ciudadanos y se enrocan en enfrentamientos estériles. El problema, pues, hay que afrontarlo en su raíz. Lo urgente no es combatir a la “ultraderecha” -como sostienen algunos líderes agotados y corruptos- sino fundamentar con solidez y regenerar la vida democrática. 

No hay democracia sin demócratas. No hay democracia sin honradez. No hay democracia sin participación real. Desplazar el acento a quienes critican el sistema es taparse los ojos. Lo que ocurre es que muy pocas personas competentes y honradas quieren asumir el riesgo de entrar en política. No quieren acabar consumidos por el sistema sin haber logrado algunos cambios imprescindibles. Eso hace que se abran camino los cachorros de los partidos, la mayoría de los cuales no han hecho otra cosa que vivir a costa de la política, sin experiencia de gestión o de actividad profesional en el ámbito de la sociedad civil.


Mi esperanza es que la crisis actual signifique un revulsivo para repensar a fondo la democracia y no dar por descontado que consiste en lo que se ha venido haciendo hasta ahora. Modelos que fueron eficaces después de la segunda guerra mundial se están revelando inútiles para este primer tercio del siglo XXI. No es lo mismo la sociedad industrial que la digital. No se maneja igual la lógica de la guerra fría que el multilateralismo. 

Hay ya pensadores que están sugiriendo vías nuevas, pero estas no acaban de llegar a la política. Una vez más, los intereses son más poderosos que los principios. Abundan en internet vídeos en los que se afirma sin pestañear que siempre ha sido así, que el mundo se mueve a base de equilibrio de fuerzas y que la guerra ha sido el verdadero motor de cambio en la historia. De ahí a una tercera guerra mundial hay solo un paso. En este contexto, las lúcidas y valientes palabras del papa León XIV al cuerpo diplomático parecen papel mojado. Los halcones (casi) siempre vencen a las palomas.

domingo, 11 de enero de 2026

Aviso para navegantes


Termina hoy el tiempo litúrgico de Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor. Se completa así el belén que hemos ido montando a lo largo de casi tres semanas. A los personajes principales (Jesús, María y José), a los secundarios de lujo (ángeles, pastores y magos) y a los malvados (Herodes y compañía), se unen hoy las dos figuras esenciales, sin las cuales nunca entenderíamos de qué va esta película, quién es de verdad este Niño que ha nacido en Belén. Son personajes misteriosos que aparecen en escena de manera simbólica: uno en forma de paloma y otro como voz

El primero es el Espíritu Santo (paloma) y el segundo el Padre (voz). Junto con Jesús forman la Trinidad Santa. Mientras los dos personajes permanecen invisibles, Jesús aparece como el signo visible de Dios, su verdadero “sacramento”. Esta manifestación de su identidad más profunda está ligada al rito del bautismo en el Jordán. La adoración de los magos, las bodas de Caná y el bautismo en el Jordán son tres momentos esenciales de la “epifanía” (manifestación) del Verbo de Dios hecho carne humana.


En nuestra sociedad racionalista no estamos preparados para captar el significado profundo de estos símbolos. Nos parece que no pasan el control empírico al que sometemos las realidades que consideramos “verdaderas”. Pero la fe no se deja domesticar por el método de las ciencias naturales. Lo desborda por la derecha y por la izquierda. La fe va derecha al corazón de la realidad, no a sus indicadores medibles. Iluminados por la Palabra de Dios, hoy aprendemos que Jesús no es solo un hombre extraordinario, dotado de altas cualidades morales y con grandes dotes de persuasión. No es solo un taumaturgo o un líder revolucionario que moviliza a las masas. 

Jesús es el Hijo amado en el que el Padre se complace. Jesús es también el ungido por el Espíritu Santo “que manifestará la justicia a las naciones” (Isaías) y “que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos de los Apóstoles). No se puede entender a Jesús sino en referencia al Padre y al Espíritu con los que constituye la Trinidad Santa. Esta identidad profunda, revelada al comienzo de su misión, será sometida a prueba a lo largo de su vida. Las “tentaciones” formarán parte de su itinerario existencial, pero nunca podrán destruir la realidad. (También nosotros estamos sometidos a la tentación de reducir a Jesús a un hombre interesante).


Con el trasfondo del Bautismo de Jesús, meditamos sobre nuestro propio bautismo como experiencia de identidad. ¿Quiénes somos cada uno de nosotros? La identidad más profunda no viene determinada por nuestro sexo, etnia, lengua, extracción social o lugar de nacimiento. Por el bautismo hemos sido incorporados a Dios como hijos en el Hijo. Nuestra identidad más profunda consiste en ser hijos o hijas de Dios, ungidos por el Espíritu Santo que clama en nuestro interior: “Abbá, Padre”. Esta identidad radical nos cura de las falsas identidades que se han ido inoculando en nosotros y que constituyen barreras con los demás. Solo cuando tomamos conciencia de nuestra identidad radical como hijos o hijas de Dios, podemos ver a los demás como hermanos en Cristo. 

Esta fraternidad universal es el fundamento y la salvaguardia de la paz y la justicia. Por eso, en un momento en el que parece que el mundo arde y que se está subvirtiendo el “(des)orden mundial”, necesitamos saber quiénes somos en verdad, por qué los otros son dignos de respeto, por qué los hijos de Dios (todos sin excepción) son dignos e inviolables, aunque no siempre podamos justificar sus obras. La paz mundial nunca será el resultado de un mero acuerdo horizontal, sino el fruto de una verdadera fraternidad que nace como reflejo de la filiación: “Somos hijos, luego somos hermanos”. La fiesta del Bautismo de Jesús con la que cerramos el ciclo de Navidad es más que una mera conmemoración. Es un aviso para navegantes.



sábado, 10 de enero de 2026

¿Para qué sirve la fe?


Ha pasado una semana desde la muerte del padre Luis Alberto Gonzalo Díez (1964-2026), miembro de mi comunidad, en Oviedo. Durante estos días hemos recibido infinidad de mensajes de condolencia. Gonzalo era muy conocido en el ámbito de la vida consagrada hispanoamericana. Muchas personas lo recuerdan como alguien que les ayudó a abrir caminos. Sus reflexiones eran -en palabras de la colombiana Liliana Franco- “oxígeno para la vida consagrada”. A medida que pase el tiempo se comprenderá mejor el alcance de sus intuiciones. Él era muy consciente de la crisis que vivimos. Sabía que muchas cosas tienen que cambiar. Mantenía una inquebrantable esperanza en la fuerza de esta forma de vida cristiana, a la vez que alentaba cambios que no fueran epidérmicos, sino que brotaran de las raíces. 

Mientras muchos de sus amigos y conocidos damos vueltas a estas ideas, en todos nosotros se abren preguntas de más calado. Ante la irreversibilidad de un hecho serio como la muerte, es perentorio preguntarse: ¿Para qué sirve la fe en estos momentos? Cuando los miembros de mi comunidad compartimos el pasado jueves nuestras experiencias en una reunión fraterna, cada uno abordaba la realidad de manera muy personal. Coincidiendo en la sustancia, divergíamos en los acentos y matices.


Solo sabemos si creemos de verdad cuando tenemos que vivir de la fe, cuando las experiencias nos confrontan con la realidad, no con los mapas mentales que tenemos sobre ella, cuando pasamos de cartógrafos a exploradores. Ante la tentación de abandonarnos a nuestras ideas y sentimientos por considerarlos criterios de verdad -en línea con el principio cartesiano “Pienso, luego existo”- la liturgia cristiana de la muerte nos ofrece la luz y el consuelo de la Palabra de Dios. No se trata tanto de sentir (elemento subjetivo), sino de creer (elemento objetivo). Lo que cuenta de verdad no es la manera como nosotros concebimos la vida y la muerte, sino el punto de vista de Dios. 

No hemos sido creados para la nada. Cada ser humano es un proyecto divino. La palabra definitiva no es la debilidad, sino el amor. La vida traspasa la muerte. A ninguno se nos ocurren estas cosas por mera intuición. Y mucho menos por deducción lógica. La Palabra de Dios nos regala la verdad divina. Abiertos a ella, confiados en ella, dejamos que nos trabaje por dentro, evangelice nuestros miedos, cure nuestras heridas, habite nuestros silencios y responda a nuestras preguntas. La fuerza de la Palabra no está sujeta a programaciones o calendarios. En cada uno de nosotros actúa de una manera misteriosa, encarnándose en nuestro perfil psicológico, conectando con nuestro itinerario vital, respetando nuestros ritmos. 


En clave puramente utilitarista, la fe no sirve para nada. Es el producto más inútil que uno puede adquirir en el supermercado de actitudes y opciones humanas. Pero la visión utilitarista no es la única en la vida. Cuando contemplas el ataúd en el que yace el cadáver de un hermano u observas a los sepultureros descolgarlo con sogas en una tumba en la que yacen otros misioneros que se han desgastado por el Evangelio, comprendes que hay una sutil pero esencial frontera entre la nada y la plenitud, entre el absurdo y la fe. 

En esos momentos de vacilación, cuando todo parece que se sepulta para siempre bajo una losa de mármol blanco con algunos nombres grabados en letras negras, se activan, como por arte de supervivencia, las palabras eternas de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre” (Jn 11,25-26). La pregunta posterior que Jesús dirige a Marta me la dirige hoy a mí: “¿Crees esto?”. Como no hay respuesta humana que esté a la altura de la pregunta divina, le pido prestadas a Marta sus palabras de fe: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (Jn 11,27). ¿Para qué sirve la fe? La respuesta que hoy me brota del corazón es directa: para vivir con esperanza. ¿Hay algo más necesario en la vida?

jueves, 8 de enero de 2026

La última foto


La primera semana de este año 2026 ha estado marcada en rojo. Nunca imaginé que iba a empezar el nuevo año de una manera tan extraña. Le di la bienvenida rodeado de mi familia en un ambiente hermoso de serena alegría. No habían pasado ni 48 horas cuando, en la fría noche del 2 de enero, recibo una llamada. Sin muchos preámbulos, la voz al otro lado del teléfono me dice: “Ha muerto Luis Alberto Gonzalo”. La noticia ya corría a toda velocidad por las redes sociales. 

Para los lectores del Rincón que no saben quién era este hombre, les diré que era un miembro de mi comunidad claretiana de Madrid. Tenía 61 años. Era muy conocido en el ámbito de la vida consagrada de España y Latinoamérica. Durante quince años (2008-2023) había dirigido la revista Vida Religiosa. Hacía pocos días que había vuelto muy cansado de una misión en México. Tras celebrar la Navidad con todos nosotros, estaba pasando las fiestas de fin de año con su familia en Oviedo. La noticia de su muerte repentina me dejó sin palabras. Apenas pude responder. Enseguida me puse en contacto con la comunidad claretiana de Oviedo para coordinar el acompañamiento a la familia y las primeras gestiones con los servicios funerarios.


El sábado 3 viajé con el provincial de Santiago rumbo a Oviedo. Entrados en Asturias, nos acompañó una densa niebla que hacía lenta y arriesgada la conducción. Las más de cuatro horas del viaje se me fueron en responder mensajes y atender llamadas telefónicas. Infinidad de personas querían expresar sus condolencias e interesarse por los detalles de la muerte de Luis Alberto Gonzalo, que era muy conocido entre las personas consagradas.

Pasamos el fin de semana acompañando el cadáver de nuestro hermano, junto a su familia, en el tanatorio El Salvador. Fueron horas de silencio, oración, saludos a conocidos y desconocidos y breves conversaciones. No sabría decir cuántos recuerdos y preguntas pasaron por mi mente mientras contemplaba tras los cristales el ataúd que contenía los restos de mi hermano claretiano. 

Vivimos en la misma comunidad los cuatro últimos años. Enseguida me di cuenta de que, aunque compartíamos el nombre, nuestros caracteres y formas de ser (y quizás de pensar) eran muy diferentes. También nuestras trayectorias misioneras diferían bastante, aunque tuvieran algunos puntos en común. Estábamos aprendiendo a vivir juntos y a valorar los dones de cada uno. Tengo la impresión de que esa carrera se quedó a la mitad. Hubiéramos necesitado más tiempo de encuentro y diálogo para deshacer prejuicios y explorar caminos nuevos. Los dos creíamos en el poder de la conversación.


Todos los miembros de mi comunidad estamos “tocados”. En nuestra programación navideña no figuraba participar en el funeral y entierro de un hermano nuestro. Se hizo realidad la lógica de este tiempo litúrgico: la vida y la muerte se entrelazan como eslabones de una cadena misteriosa y salvífica. Mors et vita duello. 

A Luis Alberto Gonzalo le gustaba colgar fotos suyas en su cuenta de Facebook. A menudo las acompañaba de pequeños y sugerentes comentarios. Normalmente recibía decenas de “me gusta” porque su red de contactos se extendía por todo el mundo. 

En la última foto se lo ve sentado con su único hermano y su cuñada frente a la mesa de un bar. Sobre ella hay copas de vino blanco, un botellín de cerveza y sus gafas plegadas. Luis Alberto Gonzalo, con el rostro un poco hinchado, esboza una leve sonrisa. No se sentía con muchas fuerzas. La foto la colgó solo un día antes de morir. Iba acompañada por estas palabras: “Somos capaces de empezar un año nuevo gracias a quienes son nuestros, para nosotros, a quienes son familia. ¡Feliz día!”. Valoraba mucho las relaciones. Tenía un peculiar sentido de la amistad y la pertenencia. 

Mirando con respeto y gratitud su última foto, doy gracias a Dios por su vida y le pido que lo incorpore definitivamente a esa familia que no tiene rincones ni fronteras porque todo el espacio lo ocupa Dios.

martes, 6 de enero de 2026

Se completa el belén


A lo largo de un par de semanas hemos ido completando todas las figuras del belén. Las centrales son, por supuesto, Jesús, María y José. El 25 de diciembre la liturgia se centra en el pequeño Niño que nace en Belén. Celebramos la Natividad del Señor. El 1 de enero el foco se proyecta sobre María, la Madre de Dios

Pero en el ciclo navideño hay también muchos otros personajes secundarios que completan el belén. Algunos vienen de los cielos (como los ángeles que anuncian el nacimiento del Salvador). Otros viven a ras de suelo (como los pastores periféricos que se acercan a Belén para adorar al Niño). Unos pocos son siniestros (como Herodes y sus huestes asesinas). Y hay otros (los magos) que vienen de muy lejos. No pertenecen al pueblo de Israel. Son buscadores del Mesías y peregrinos que dejan su tierra y se ponen en camino. Esto es lo que celebramos hoy en la solemnidad de la Epifanía.


Escribo la entrada de hoy después de haber visto por internet la ceremonia de clausura de la Puerta Santa en la basílica de san Pedro. Se termina el Jubileo de la Esperanza, pero no se termina la misericordia de Dios. Dios sigue manifestándose en las encrucijadas de la vida. Estamos llamados a salir de nuestra comodidad y ponernos en camino. 

A Jesús no lo podemos comprar en ningún supermercado. No es un “producto” consumible. Es la “epifanía” (manifestación) gratuita de Dios. Por eso, no hay ningún poder humano que pueda manipularlo o controlarlo. Está a disposición de quienes son capaces de seguir la estrella y mirar dónde se detiene. Hay muchos “magos” modernos que han emprendido búsquedas espirituales semejantes a los magos de Oriente. Es probable que a veces la estrella desaparezca por un tiempo, pero, si perseveramos en la búsqueda, acabará apareciendo de nuevo. 


Los días transcurridos entre la solemnidad de María, madre de Dios y la solemnidad de la Epifanía han estado llenos de sobresaltos. Algunos son de impacto mundial, como el incendio que costó la vida a decenas de personas en Suiza. O como todo lo sucedido en Venezuela. Otros han tenido un alcance más íntimo, como la muerte repentina de un miembro de mi comunidad mientras pasaba unos días con su familia en Oviedo. 

No siempre es fácil reconocer la “epifanía” de Dios en acontecimientos que no estaban previstos en nuestra agenda natalicia. Cada uno hacemos nuestros planes para estos días, pero la vida se encarga de conducirnos a menudo por otros derroteros. No depende de nosotros el curso de los acontecimientos, pero sí la actitud de buscar en todos ellos la estrella que nos lleva a Jesús. Solo postrándonos ante él, entregándole los regalos humildes de nuestra turbación, duda y búsqueda, podemos llegar a vislumbrar la luz.

jueves, 1 de enero de 2026

Novedad, paz, maternidad


2026 ha empezado con niebla, temperatura gélida y calor familiar. El primer día del año tiene tres puntos de referencia: el paso del tiempo, la promoción de la paz y, sobre todo, la celebración de la maternidad divina de María

El primer punto es universal. Todos celebran a su modo el paso de un año a otro. Cada cultura tiene sus ritos. Abundan los fuegos artificiales, los baños en el mar, la ingesta de doce uvas, la quema de objetos viejos, el uso de vestidos especiales… y algunas supersticiones que pretenden atraer la suerte sobre aquellas personas que las practican. Las televisiones nos sirven en bandeja imágenes espectaculares desde Sidney hasta Ciudad de México o Los Angeles. En muchos lugares las personas se reúnen con sus familiares y amigos para cenar y desearse un nuevo año feliz. Las redes sociales estallan con gifs, vídeos y mensajes de todo tipo. A menudo no son creaciones personales, sino reenvíos interminables de materiales reciclados. Las llamadas telefónicas han dejado paso al envío masivo de mensajes cortos en los que apenas se nota la huella personal. El denominador común es un deseo difuso de bienestar, la convicción de que el paso del tiempo puede hacernos mejores, aunque comprobemos una y otra vez que las intenciones apenas se traducen en resoluciones. 


La segunda referencia es la paz. Con motivo de la LIX Jornada Mundial de la Paz, el papa León XIV nos ha dirigido un mensaje titulado “La paz esté con todos ustedes: hacia una paz desarmada y desarmante”. Extraigo algunas palabras: “Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino. Aunque sea combatida dentro y fuera de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella”. 

Este Papa está muy preocupado por la paz. Sus informaciones privilegiadas le hacen temer un conflicto de proporciones globales. Por eso, no pierde ocasión para animarnos a todos, creyentes y no creyentes, a cuidar este don precioso sin el cual no podemos desarrollarnos como personas. El cuidado empieza en el santuario de la propia conciencia, allí donde maduran nuestras actitudes y decisiones.


Por último, el punto central de este primer día del año para un cristiano es la celebración de la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. A ella, que ha dado a luz a Jesús, le pedimos que, con la fuerza del Espíritu Santo, engendre en nosotros a Dios. El dogma de la maternidad divina de María tiene mucho que ver con nuestro itinerario de fe. Se refiere, en primer lugar, al alumbramiento de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, pero también a la gestación de Dios en cada uno de nosotros mediante la fe. En un contexto en el que muchas personas dudan de Dios y otras se declaran ateas, la presencia materna de María señala el camino. Ella sigue engendrando hijos en su corazón. 

Por otra parte, en un contexto tan descorazonado como el actual, ella nos enseña a “conservar todo en el corazón” para permitir que Dios llegue hasta nuestro centro personal y nos transforme. Vivir con corazón implica valorar la intimidad y la profundidad frente a la superficialidad, cultivar la cordialidad frente a la indiferencia, vivir la fe frente al miedo. 

En este primer día del año le pedimos a la Madre de Dios que nos ayude a no dejarnos llevar por la prisa, sino a atesorar todo en el corazón para que podamos ser hombres y mujeres de paz y de este modo el año 2026 sea una nueva oportunidad de crecer en la comunión con Dios y en la entrega a los demás.

A todos los amigos de El Rincón de Gundisalvus os deseo de corazón un...