
Se habla mucho de la progresiva decadencia del imperio estadounidense y de la emergencia del imperio chino (y quizás ruso). Hace más tiempo que se viene reflexionando también sobre la decadencia de Europa y, más ampliamente, de Occidente. Abundan los indicadores, pero no es fácil hacer interpretaciones consistentes cuando los acontecimientos están en curso. Solo desde una larga perspectiva histórica se podrán comprender los fenómenos actuales. Así como las expansiones imperiales suelen ser muy rápidas, las decadencias conservan una fuerza inercial que puede durar siglos y se solapan con la emergencia de nuevas fuerzas hegemónicas.
Por otra parte, las interpretaciones están muy ligadas a nuestro concepto del tiempo. Un occidental tiende a ser cortoplacista. Espera los resultados de una acción en el menor tiempo posible. Un oriental (y, más concretamente, un chino) tiende a ver el tiempo de forma más dilatada. Piensa en términos de medio y largo plazo. Sabe que lo esencial es hacer una buena siembra. No tiene prisa por recolectar la cosecha. Llegará abundante en el momento oportuno.

Además de la diferente concepción del tiempo, hay una actitud que acelera la decadencia. Es el orgullo. Europa, que ha dejado hace tiempo de ser un actor de primer nivel en el tablero mundial, sigue conservando un orgullo histórico. Se considera ejemplo de racionalidad, ciencia, democracia, defensa de los derechos humanos, etc. No valora en su justa medida lo que está sucediendo en Asia y África; por lo tanto, no aprende. Se siente a gusto en su papel de maestra, pero no de discípula. El resultado es que se está quedando rezagada en investigación científica, avance tecnológico, innovación empresarial, etc. Pretende vivir de sus rentas históricas, de la comodidad que proporciona la sociedad del bienestar, de la seguridad garantizada por el aliado estadounidense. Quiere progresar sin mucho sacrificio y sin largos procesos de transformación.
Para salir de su postración Europa necesita una sobredosis de humildad. Necesita aprender de lo que hoy se está gestando en algunos lugares de América, África y, sobre todo, Asia (cuna de grandes civilizaciones y laboratorio de nuevas propuestas). De no hacerlo, acabará siendo víctima de su propia grandeza. El pasado se convertirá en un fardo pesado que le impedirá abrirse al futuro. Comodidad y porvenir suelen ser malos aliados.

No sé si esto se puede aplicar también a la Iglesia en general y a la vida consagrada en particular. Creo que sí. Hay muchas lecciones que podemos aprender. A la iglesia europea, por ejemplo, se le está haciendo cuesta arriba abrirse a la sinodalidad, cuando hay otras iglesias que llevan décadas caminando desde esta clave. Las congregaciones religiosas fundades en Europa siguen defendiendo a capa y espada que ellas son las depositarias auténticas del carisma y que tienen que enseñar a las nuevas comunidades que surgen en otros continentes, sin dejarse cuestionar a fondo por ellas.
En el origen de estas y parecidas prácticas suele haber una actitud radical de orgullo y autosuficiencia. Nos cuesta aceptar con humildad que podemos (y debemos) aprender de otros, que el Espíritu no solo actúa en la vieja Europa, sino en cualquier rincón del mundo, que necesitamos, en definitiva, dejarnos espolear y acompañar por cristianos de otras latitudes. Sin humildad no hay futuro. Jesús lo decía de otra manera: Si no os hacéis como niños, no podréis entrar en el reino de los cielos.
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