
Desde el domingo por la noche seguimos conmocionados por el accidente ferroviario en Adamuz (Córdoba). En el momento de escribir esta entrada, asciende a 41 el número de víctimas mortales. Es probable que aumente a medida que se inspeccionan los vagones precipitados en un talud. Mientras unos ponen el acento en la atención a las personas afectadas, otros se concentran en investigar las causas del accidente. No son tareas incompatibles. Ambas son necesarias, aunque la primera tiene prioridad.
Cada vez que suceden tragedias de este tipo se disparan también las preguntas: ¿Por qué ha sucedido? ¿Qué se puede hacer para evitar catástrofes de este tipo? ¿Cómo ayudar de manera eficaz a quien sufre? En muchos casos las preguntas se disparan contra Dios: ¿Por qué permite un Padre amoroso que muera gente inocente? Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta unidireccional. A menudo, lo único que podemos hacer es aprender a convivir con las preguntas, incluso a soportarlas, a la espera de que la vida misma nos vaya ofreciendo elementos para responderlas en el momento oportuno.

He pasado bastantes veces por el tramo de vía en el que se produjo el accidente. Nunca se me ha ocurrido pensar que el tren pudiera descarrilar. Hemos crecido con la convicción de que tanto el tren como el avión son medios de transporte muy seguros. Estadísticamente, sigue siendo verdad. Hemos avanzado mucho en seguridad, pero eso no significa que podamos evitar todos los accidentes en todas las ocasiones.
Aceptar que la vida está llena de riesgos es una de los aprendizajes que nos ayuda a madurar. No vivimos -y nunca viviremos- en un mundo perfecto. Por otra parte, los avances tecnológicos no siempre van acompañados por avances humanos. A veces, cuando logramos altas cotas de desarrollo material, nos quebramos psicológicamente por cualquier minucia. De una manera u otra, siempre tenemos que lidiar con la imperfección, la fragilidad y la contingencia. No es fácil aceptar este hecho ineludible e integrarlo en nuestro proyecto de vida.

Durante las horas que han pasado desde el accidente en la noche del domingo he pensado mucho en los familiares y amigos de las víctimas, en su desconcierto casi insuperable. He pensando también en las muchas personas que se han volcado en su ayuda, desde los habitantes de Adamuz hasta los distintos servicios de socorro: sanitarios, bomberos, policía, ferroviarios, Cáritas, protección civil, etc. Los seres humanos tenemos un sexto sentido para intuir que la desgracia de cualquiera de nosotros es, en el fondo, nuestra propia desgracia, que nadie es un mero espectador cuando el mal golpea a nuestros semejantes.
Por eso, somos capaces de un altruismo que va desde los gestos más sencillos de solidaridad (proporcionar una bebida caliente o una manta) hasta el heroísmo. En cada uno de nosotros conviven, por decirlo simbólicamente, un lobo y un cordero. Podemos devorarnos movidos por el egoísmo, pero podemos salvarnos impulsados por la fuerza del amor. Siempre saldrá vencedor el “animal” al que más alimentemos a lo largo de la vida.
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