miércoles, 14 de enero de 2026

Halcones y palomas


El lunes pasado comenzamos el tiempo ordinario. La liturgia nos invita a ir siguiendo el camino de Jesús en la trama de la vida cotidiana. Hay días serenos y luminosos en los que todo parece encajar como una obra de marquetería japonesa. Otros, por el contrario, están repletos de sobresaltos y contratiempos. Cuesta reconocer que Dios siga siendo nuestro aliado. Tenemos la impresión de que nos deja “solos ante el peligro”, pero sin la fortaleza de Gary Cooper. Los altibajos son normales en la superficie de la vida. Lo que importa es que la paz no se vea perturbada en el fondo. 

Mientras en las últimas semanas se multiplican las noticias sobre el auge católico en nuestra España descreída, abundan más las que se refieren a los cambios en el tablero geopolítico del mundo. Como siempre, no es fácil formarse una opinión objetiva cuando dependemos tanto de los medios de comunicación, la mayoría de los cuales sirve a intereses particulares y editorializa las noticias según ellos. En lo que todos parecen coincidir es en que hemos empezado un 2026 muy caliente. Se habla de Venezuela, Irán y Ucrania, pero los focos de fuego están repartidos por otras regiones del mundo. 

Frente a la partitocracia burocrática, están creciendo las propuestas autoritarias. Su atractivo es evidente. Para muchos ciudadanos, estos líderes fuertes afrontan los problemas, al menos en el corto plazo, con más realismo, rapidez y eficacia. Personajes como Trump, Bukele, Meloni, Orban, Putin, Erdogan o Milei representan un giro que ha desconcertado a los partidos tradicionales, convertidos muchos de ellos en sistemas clientelares casi mafiosos que viven para servirse de la política, no para servir a los ciudadanos desde la política. No es extraño, pues, que estos líderes tengan tirón popular y, al mismo tiempo, sean rechazados por parte de la clase política tradicional, que no tolera outsiders incontrolables en sus filas.


No sé qué rumbo tomarán los acontecimientos a lo largo de este año, pero las luces rojas están encendidas. La historia nos enseña que, por lo general, las propuestas autoritarias prosperan cuando las democracias se corrompen y debilitan, cuando dejan de servir a los ciudadanos y se enrocan en enfrentamientos estériles. El problema, pues, hay que afrontarlo en su raíz. Lo urgente no es combatir a la “ultraderecha” -como sostienen algunos líderes agotados y corruptos- sino fundamentar con solidez y regenerar la vida democrática. 

No hay democracia sin demócratas. No hay democracia sin honradez. No hay democracia sin participación real. Desplazar el acento a quienes critican el sistema es taparse los ojos. Lo que ocurre es que muy pocas personas competentes y honradas quieren asumir el riesgo de entrar en política. No quieren acabar consumidos por el sistema sin haber logrado algunos cambios imprescindibles. Eso hace que se abran camino los cachorros de los partidos, la mayoría de los cuales no han hecho otra cosa que vivir a costa de la política, sin experiencia de gestión o de actividad profesional en el ámbito de la sociedad civil.


Mi esperanza es que la crisis actual signifique un revulsivo para repensar a fondo la democracia y no dar por descontado que consiste en lo que se ha venido haciendo hasta ahora. Modelos que fueron eficaces después de la segunda guerra mundial se están revelando inútiles para este primer tercio del siglo XXI. No es lo mismo la sociedad industrial que la digital. No se maneja igual la lógica de la guerra fría que el multilateralismo. 

Hay ya pensadores que están sugiriendo vías nuevas, pero estas no acaban de llegar a la política. Una vez más, los intereses son más poderosos que los principios. Abundan en internet vídeos en los que se afirma sin pestañear que siempre ha sido así, que el mundo se mueve a base de equilibrio de fuerzas y que la guerra ha sido el verdadero motor de cambio en la historia. De ahí a una tercera guerra mundial hay solo un paso. En este contexto, las lúcidas y valientes palabras del papa León XIV al cuerpo diplomático parecen papel mojado. Los halcones (casi) siempre vencen a las palomas.

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