
Me gusta el invierno. Nací en enero. Debo de estar marcado por el frío. A mí me resulta más fácil trabajar, comer y dormir con frío que con calor. Si es excesivo, hay muchas formas de combatirlo. Pocas experiencias domésticas hay más placenteras que ver nevar por un gran ventanal mientras dentro de casa uno se calienta junto al fuego y bebe una taza de leche caliente con un poco de café. Parece una estampa de película romántica, pero simboliza algunos ingredientes que necesitamos para vivir: belleza, intimidad, serenidad, acogida y silencio.
Esta estampa se da con cierta frecuencia en mi pueblo natal, pero muy raramente en Madrid. En lugar de nieve, tenemos lluvia, aunque ayer por la mañana cayeron unos cuantos copos que llegaron a formar una fina capa blanca sobre el duro asfalto. Y, en lugar de fuego, nos conformamos con radiadores de agua caliente o eléctricos. El invierno nos invita a hacer ese viaje de la periferia al centro -o de la superficie al fondo- que tanto suele costarnos en la vida cotidiana.

Sin el trabajo escondido del invierno no se produce la eclosión de la primavera. A menudo se usan ambas metáforas para hablar de la situación de la Iglesia y, más en concreto, de la vida consagrada. Se dice que desde años estamos viviendo un invierno. Llegará la primavera, pero todavía son escasos los famosos “brotes verdes”.
¿Qué se puede hacer durante el invierno? Es la estación apropiada para sanear las raíces y hacer algunas podas en las ramas. Es también el tiempo para cultivar la intimidad, el silencio y la espera paciente. No es una estación de muerte, sino de preparación. Cuando comprendemos que este es nuestro tiempo, vivimos sin ansiedad. Nos hacemos cargo de lo que supone una espiritualidad del invierno. No aceleramos la primavera. Nos concentramos en realizar las tareas propias del invierno. La primavera y el verano llegarán en el momento oportuno.

Pocas personas están espiritualmente preparadas para vivir con serenidad el invierno eclesial. Interpretan que el invierno significa la muerte, el final de todo. Vaticinan la desaparición de la vida consagrada en Europa e incluso de la Iglesia. Aducen estadísticas contundentes. Es verdad que hay personas que se han abandonado a la desesperanza, pero hay otras muchas que están viviendo una espiritualidad recia, parecida a la de los ancianos Simeón y Ana, que mantuvieron siempre encendida la lámpara de la fe.
En vez de quejarse del tiempo presente, procuran poner el acento en el núcleo del cristianismo. Cultivan una oración asidua, meditan a diario la Palabra de Dios, se nutren con la Eucaristía celebrada y adorada, procuran hacer el bien sin que sepa la mano izquierda lo que hace la derecha, sin postureos digitales, acogen a los que buscan, practican el arte de la escucha…
No es necesario fustigarse porque no se den signos deslumbrantes, conversiones en masa, abundancia vocacional, muchas iniciativas pastorales. Si esto tiene que llegar, lo hará en el momento oportuno. En cualquier caso, la verdad de la fe no se manifiesta en las grandes obras, sino en la fidelidad sostenida en los momentos de prueba. El invierno es la estación de los fieles.
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