
A lo largo de un par de semanas hemos ido completando todas las figuras del belén. Las centrales son, por supuesto, Jesús, María y José. El 25 de diciembre la liturgia se centra en el pequeño Niño que nace en Belén. Celebramos la Natividad del Señor. El 1 de enero el foco se proyecta sobre María, la Madre de Dios.
Pero en el ciclo navideño hay también muchos otros personajes secundarios que completan el belén. Algunos vienen de los cielos (como los ángeles que anuncian el nacimiento del Salvador). Otros viven a ras de suelo (como los pastores periféricos que se acercan a Belén para adorar al Niño). Unos pocos son siniestros (como Herodes y sus huestes asesinas). Y hay otros (los magos) que vienen de muy lejos. No pertenecen al pueblo de Israel. Son buscadores del Mesías y peregrinos que dejan su tierra y se ponen en camino. Esto es lo que celebramos hoy en la solemnidad de la Epifanía.

Escribo la entrada de hoy después de haber visto por internet la ceremonia de clausura de la Puerta Santa en la basílica de san Pedro. Se termina el Jubileo de la Esperanza, pero no se termina la misericordia de Dios. Dios sigue manifestándose en las encrucijadas de la vida. Estamos llamados a salir de nuestra comodidad y ponernos en camino.
A Jesús no lo podemos comprar en ningún supermercado. No es un “producto” consumible. Es la “epifanía” (manifestación) gratuita de Dios. Por eso, no hay ningún poder humano que pueda manipularlo o controlarlo. Está a disposición de quienes son capaces de seguir la estrella y mirar dónde se detiene. Hay muchos “magos” modernos que han emprendido búsquedas espirituales semejantes a los magos de Oriente. Es probable que a veces la estrella desaparezca por un tiempo, pero, si perseveramos en la búsqueda, acabará apareciendo de nuevo.

Los días transcurridos entre la solemnidad de María, madre de Dios y la solemnidad de la Epifanía han estado llenos de sobresaltos. Algunos son de impacto mundial, como el incendio que costó la vida a decenas de personas en Suiza. O como todo lo sucedido en Venezuela. Otros han tenido un alcance más íntimo, como la muerte repentina de un miembro de mi comunidad mientras pasaba unos días con su familia en Oviedo.
No siempre es fácil reconocer la “epifanía” de Dios en acontecimientos que no estaban previstos en nuestra agenda natalicia. Cada uno hacemos nuestros planes para estos días, pero la vida se encarga de conducirnos a menudo por otros derroteros. No depende de nosotros el curso de los acontecimientos, pero sí la actitud de buscar en todos ellos la estrella que nos lleva a Jesús. Solo postrándonos ante él, entregándole los regalos humildes de nuestra turbación, duda y búsqueda, podemos llegar a vislumbrar la luz.
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