
Si uno tiene que hablar de la fe y es ingeniero de profesión, es muy probable que, en vez de usar metáforas poéticas, hable de niveles, grados, etapas, etc. En realidad, dos grandes poetas como Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, también hablaban a su manera de niveles y etapas cuando describían el castillo interior o la subida al Monte Carmelo.
El fin de semana pasado he tenido un retiro con un grupo de quince laicos. En una de las meditaciones les puse el vídeo que figura al final de esta entrada. Está hecho por un joven laico valenciano, ingeniero de profesión, casado. Su nombre es Alejandro Bo. Tiene un canal en YouTube llamado Alejandro Bo | Cristianismo Relevante. En ese vídeo Alejandro habla de siete niveles de cristianismo. La propuesta dio mucho que hablar entre los participantes en el retiro. Algunos no estaban de acuerdo con la clasificación. Otros iban más lejos. Se cuestionaban que se pudiera hablar de “niveles” de fe. En cualquier caso, el vídeo consiguió provocar la reflexión y dar pie a un diálogo interesante.

Más allá de la conveniencia o no de hablar de “niveles”, es obvio que la experiencia de fe es dinámica. La vivimos en forma de itinerario. No es lo mismo un cristianismo puramente cultural que un cristianismo personalizado y vivido en comunidad. La clasificación de Alejandro ayuda, por lo menos, a discernir dónde estamos, qué dinámica interna sigue nuestra experiencia de fe, hasta qué punto estamos comprometidos con ella o es algo epidérmico. Lo interesante es también examinar lo que permite subir de nivel. ¿Cómo se pasa de un cristianismo cultural a otro emocional, por ejemplo?
Al final de todo, se presenta un desafío. Cuando uno pasa de “creyente” a “cristiano” y busca una comunidad de referencia, ¿dónde puede encontrarla? La respuesta espontánea es: ¡en su parroquia! En el antiguo régimen de cristiandad esto podía ser cierto, pero sabemos muy bien que en la situación actual pocas parroquias pueden ofrecer verdaderas experiencias comunitarias. En muchos casos, se han reducido a expendedurías de servicios sacramentales, sin personas ni espacios para un acompañamiento personalizado que responda a las búsquedas de quienes han (re)descubierto la fe. Es verdad que existen otras muchas alternativas (movimientos, colegios, grupos de fe, comunidades de base, etc.), pero no siempre es fácil descubrirlas y sintonizar con ellas.

Vivimos un momento muy prometedor. La generación Z, hija en muchos casos de padres secularizados (a menudo agnósticos o ateos) está abriéndose a la fe. Lo que parece ya evidente en Estados Unidos, Francia o Reino Unido, se irá notando en los próximos años en España. ¿Estamos preparados para acompañar a esta nueva generación o seguimos pensando con modelos pastorales caducos?
Los jóvenes creyentes son ahora descaradamente “religiosos”. Muchos sacerdotes y agentes pastorales, educados en un cristianismo social (tan típico del último tercio del siglo pasado) van a interpretar este momento como un giro neoconservador, cuando, en realidad, se trata de una forma nueva de búsqueda de sentido en las sociedades post-religiosas. No es una huida mística de un cristianismo profético, sino una manera original de situarse en la vida. Hay que afinar mucho el análisis y practicar el arte de la observación y la escucha para no errar en el diagnóstico y, por lo tanto, en la propuesta. Las cosas no son tan tópicas como a primera vista pudiera parecer.
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