viernes, 26 de marzo de 2021

Es un don, no una posesión

Hoy es Viernes de Dolores. En realidad, casi todo el 2020 fue un “año de dolores”. Recuerdo la angustia que nos atenazaba el alma el año pasado por estas fechas. Hoy seguimos teniendo en Italia altas cifras de contagios y de fallecidos (ayer se diagnosticaron 23.696 nuevos casos y se registraron 460 muertos), pero parece que hemos aprendido a “convivir” curioso verbo utilizado por epidemiólogos y políticos con el virus de la discordia. La lección es clara. En la vida no siempre podemos derrotar a nuestros enemigos; muy a menudo tenemos que aprender a “convivir” con ellos en una especie de guerra de baja intensidad. 

Es verdad que estamos depositando muchas esperanzas en las vacunas, pero eso no significará el fin de la amenaza a corto plazo. Por otra parte, en Europa llevamos un ritmo de vacunación más lento del programado. Será difícil lograr la famosa inmunidad de rebaño prevista para el mes de septiembre. Algunos de mis compañeros, en un alarde de buen humor, comienzan a hablar ya de “Vacuna-Matata” jugando con la expresión “Hakuna-Matata”, que en suajili (lengua materna de algún miembro de mi comunidad) significa “no hay problema”.

Mientras vamos acostumbrándonos a “convivir” con el virus, leo con emoción los veinte folios que un compañero mío ha escrito después de haber pasado dos semanas en la clínica Jiménez Díaz de Madrid infectado de COVID 19. Después de narrar con sensibilidad de miniaturista los días trascurridos en la clínica, empieza su reflexión sapiencial con estas palabras:

“La presencia de este virus aplasta, anula el cuerpo entero. No puedes hacer nada, todo se vuelve inútil. El coronavirus está dejando una estela de dolor y muerte por todos los rincones de este mundo. No tiene fronteras. No hay exclusiones. Te asalta cuando menos esperas.

El virus se adueña de uno mismo. Somos dominados por algo invisible que está poniendo al mundo entero de rodillas. Se pierde el control de uno mismo. Tienes que aprender a dejarte curar, a ser pasivo, a aceptar lo que está sucediendo sin pataleos y protestas inútiles. La vida no es posesión, es don y el don hay que cuidarlo y dejar que otros lo cuiden.

Somos seres indefensos, frágiles, en construcción, inacabados. Sin embargo, ten-demos a alzarnos por encima de nosotros mismos, jugando a ser héroes, conquistadores, pequeños dioses empeñados en dominar a los demás y a la realidad, que miden a los otros desde lo alto de nuestras situaciones, desde torres de orgullo, envidias, vanidades y celos”.

Hay un par de frases que me han llamado la atención y que constituyen una pista clara para vivir la espiritualidad este tiempo: “Tienes que aprender a dejarte curar, a ser pasivo, a aceptar lo que está sucediendo sin pataleos y protestas inútiles. La vida no es posesión, es don y el don hay que cuidarlo y dejar que otros lo cuiden”. Pasar de una concepción de la vida en la que creemos llevar las riendas de todo a otra en la que “nos dejamos llevar” no es nada fácil. Jesús le dijo a Pedro: “En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras” (Jn 21,18). 

Ese “otro” está siendo ahora el virus. Nos está llevando adonde no queremos ir, pero quizá es el momento de caer en la cuenta de que la vida no es posesión sino don que hay que cuidar y dejar que otros cuiden. Cada vez que decimos eso de “mi cuerpo es mío y hago con él lo que me da la gana” o “soy el dueño de mi vida y, por tanto, puedo ponerle fin cuando me parezca oportuno” estamos haciéndonos dueños y señores de algo que hemos recibido no en propiedad, sino como un don que debemos administrar con prudencia. No, no somos los dueños de la realidad (ni siquiera de la nuestra), sino sus custodios y administradores. Aprender esta lección en este tiempo de pandemia significa volver del revés el estilo de vida que ahora llevamos. No será nada fácil porque no se trata de un cambio cosmético, sino de una verdadera conversión. Y, la verdad, parece que no estamos preparados para muchas conversiones, ni siquiera en tiempo de Cuaresma. 


2 comentarios:

  1. Estoy experimentando un viernes de dolores… no todo es COVID-19, hay otras enfermedades también que pueden ser tanto o más letales… Hay neumonías graves, con mucha infección y que no son resultado ni de gripe ni de coronavirus… Alguien muy cercano lo está sufriendo y está en lucha para poder respirar… Este acto, que no requiere una atención explícita, como cambia cuando sabes que hay alguien que no puede hacerlo sin una máquina y que su vida depende de poder ir abandonando la máquina o no.
    Contemplando los estados de enfermedades, como es también el cáncer que, actualmente está proliferando, me ayuda a preguntarme: ¿Qué es la vida? Y verla como dices como DON. Somos totalmente frágiles… Cualquier virus o disfunción, por pequeño que sea, nos deja tumbados en una cama, sin fuerzas y nos agota… No hay que luchar contra “un gigante”…
    También nos ayuda a valorar la oración como don, cuando en momentos difíciles, se nos hace imposible orar… Alguien tiene que ayudar a volver a “encender la luz”.
    Gracias Gonzalo, por toda la reflexión.

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  2. El Covid-19 nos ha obligado -y ayudado- ciertamente a "bajarnos de nuestros caballos de conquistas". Quizás sea esta la ocasión que nos haga ver que la vida está llena de esos "otros virus" que buscan también ponernos de rodillas como creyentes (p.e. hoy la cultura estatal que endiosa la soberanía absoluta del individuo respecto del sentido humano de responsabilidad colectiva). Y me prgunto si también tendríamos que arrodillarnos ante esos "otros virus" con ánimo fatalista y derrotista (y esto no es digno). Quizás de lo que se trate es de ir aprendiendo a poner la "lucha y el combate" en la auto-donación amorosa de la vida (y eso es digno). Es aprender a entregar la vida sabiendo que "mi dignidad" no vendrá fruto de una conquista personal e individual, sino como un don recibido de forma total y absoluto, y de la donación absoluta de la propia vida. Algo que sobrepasa nuestras fuerzas naturales, y que será imposible sin la gracia.

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