martes, 8 de agosto de 2017

Los temas calientes

Estos días de descanso me están permitiendo encontrarme con amigos a quienes no veía desde hacía tiempo. Como no estamos apurados, podemos hablar con calma de muchas cosas, incluso de algunos posts publicados en este Rincón. Es inevitable que, en un momento u otro de la conversación, salgan a relucir algunos temas calientes. No tienen por qué ser rabiosamente actuales. Algunos son de naturaleza ética: la regulación de los nacimientos, la maternidad subrogada, la convivencia prematrimonial, la inseminación artificial, la investigación con células madre, la homosexualidad y, en general, la actitud cristiana ante los LGTB, la situación de los divorciados vueltos a casar civilmente, la eutanasia, el suicidio asistido, etc. Otros tienen que ver con la pastoral: las dificultades para la educación cristiana de los hijos, la lejanía de los jóvenes de la Iglesia y viceversa, el papel de la mujer en la Iglesia, los nuevos ministerios, etc. Sobre cada uno de estos temas suele haber una postura clara del magisterio de la Iglesia. Sin embargo, no siempre la postura oficial se percibe como una verdadera respuesta pastoral. Para muchos creyentes, se trata, más bien, de imposiciones que no se hacen cargo de la complejidad de cada situación y que no toman en serio los avances científicos que se han producido en las últimas décadas en relación con muchas de las cuestiones debatidas.

En torno a una cerveza o a un tinto de verano no siempre es fácil abordar con la profundidad requerida estos temas complejos. Pero, por otra parte, no se pueden esquivar porque forman parte de la trama de la vida. Si la fe no está en condiciones de iluminarlos, ¿para qué sirve? Es posible que en el otoño me anime a ir abordando, con más o menos regularidad, algunos de los temas apuntados. Eso me obligará a estudiarlos a fondo y ponerme al día. No en todos me siento competente. Necesito escuchar mucho antes de poder compartir mi opinión. Pero hay un par de criterios que un creyente debe tener en cuenta y que siempre me han acompañado en mi vida personal y pastoral. El primero es conocer bien lo que el magisterio de la Iglesia nos propone. Una decisión u orientación magisterial es casi siempre el resultado de un largo proceso de consulta, reflexión, oración y diálogo. En condiciones normales, no es imaginable que cualquiera de nosotros, a título individual, tenga un grado de información superior al que posee el magisterio de la Iglesia. Por otra parte, es un ministerio que Jesús ha querido en su Iglesia para acompañar a toda la comunidad en el conocimiento de la verdad. El magisterio tiene una especial asistencia del Espíritu Santo, que no puede ser ignorada o menospreciada de forma un tanto infantil y autosuficiente. Reconozco que esta actitud la he encontrado incluso en teólogos profesionales.

El segundo criterio es adiestrarnos en el arte del discernimiento espiritual. En general, los creyentes tradicionales han sido educados en la virtud de la obediencia. Según ellos, el buen creyente es el que obedece lo que el magisterio de la Iglesia propone, aunque no lo comprenda y aunque no lo comparta. Los creyentes liberales (por denominarlos con un término muy usado en los Estados Unidos) han crecido en ambientes en los que la libertad y la conciencia individuales parecen ser el valor supremo. Uno tiene que hacer lo que subjetivamente considere mejor, coincida o no con las orientaciones de la Iglesia. Creo que ni unos ni otros afinan el verdadero sentido del discernimiento cristiano. La cuestión es averiguar, cribar (eso es lo que significa discernir) lo que viene del Espíritu de Dios y lo que procede de otros “espíritus”: la moda, la tiranía de los medios de comunicación social, las presiones de los grupos de poder, el propio subjetivismo, etc. No es imaginable que el mismo Espíritu de Jesús ilumine al magisterio de la Iglesia en una dirección y a mí en la opuesta. Si así fuera, algo ha fallado en el discernimiento. Otra cosa diferente es que el Espíritu me impulse a aplicar las orientaciones del Evangelio y de la Iglesia a la situación particular que yo vivo y que, en consecuencia, el mismo valor pueda expresarse de maneras diferentes. Para los tradicionales, esto supone una traición. Para los liberales, es demasiado poco. Sin embargo, es la expresión de una fe madura a la que el Señor nos llama. Tendremos ocasión de volver sobre este tema más adelante.

1 comentario:

  1. Me haces reflexionar muy en serio y tanto que lo primero es negarme a mi mismo para tratar de facilitar el encuentro con la Verdad. Parece que el dolce far niente y el cambio de chip no están influyendo para la profundidad de tus mensajes. Un abrazo

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