He pasado un par de días en el centro de congresos Fray Luis de León de
Guadarrama con un grupo de superioras de las Hermanas Hospitalarias. Venían de
varios países: España, Portugal, Reino Unido, Francia, Vietnam, Filipinas,
India, Camerún, Congo, Chile, Colombia, Ecuador… Las Hospitalarias están embarcadas
en un serio proceso de revitalización de su instituto. Quieren seguir haciendo
presente la compasión de Jesús en las fronteras de los enfermos mentales. Por paradójico
que resulte, en estas primeras décadas del siglo XXI han aumentado los
problemas. Los desajustes familiares y la intoxicación digital están haciendo
estragos, sobre todo en adolescentes y jóvenes. Se requiere una nueva forma de presencia y acompañamiento. Aunque estamos en mayo, en la sierra madrileña hacía más bien frío, así que no
pudimos disfrutar mucho del inmenso parque que rodea los edificios brutalistas
del centro Fray Luis de León donde estábamos alojados, un centro que fue
visitado en varias ocasiones por el actual papa León XIV cuando era superior
general de los agustinos. Me emociona comprobar cómo algunos institutos de vida
consagrada se están tomando muy en serio la necesidad de “renacer”. No se
limitan a afrontar la reducción en Europa y América y a gestionar la expansión en Asia y África, sino que quieren aprovechar esta coyuntura para una renovación a fondo.

Esta tarde voy a participar en una rueda de prensa sobre la próxima
visita del papa a España que se producirá dentro de un mes. Espero conocer de
primera mano más detalles de los que se hicieron públicos ayer. El programa previsto
es muy intenso. Solo un papa “joven” (León XIV tiene solo 70 años) puede
someterse a un maratón tan exigente de encuentros, entrevistas y celebraciones en varias
ciudades a lo largo de siete días.
Durante ese tiempo, muchos
españoles podremos verlo de cerca; otros lo harán a través de los medios de
comunicación social. Lo más importante
no es ver al papa, sino que
el
papa nos vea, que se haga cargo de la realidad de un país y de una
Iglesia que han cambiado mucho en las últimas décadas y que
no acaban de
encontrar un camino claro. Por eso, necesitamos todos “alzar la mirada”.

Como toda visita papal, también esta será un test proyectivo.
Cada uno de nosotros proyectaremos en la figura de León XIV nuestros deseos,
temores, expectativas, frustraciones, malestares, preguntas y dudas. Como el objetivo no es
contentar a todos (lo que no es posible ni deseable), sino conocer más de
cerca la realidad plural de la Iglesia y ayudarnos a “alzar la mirada”, lo que
importa es dejarnos interpelar por aquello que confirme nuestra fe y también
por lo que pueda desafiarla.
Yo no espero que el papa nos dé la razón y aplauda
todo lo que hacemos, sino que nos ayude a examinar desde la verdad del Evangelio
lo que estamos viviendo y nos sugiera caminos de futuro. Comprendo que haya
personas –católicos o no– a los que este tipo de visitas les produzca urticaria
(por los gastos que implica, por la sobreexposición mediática, por la alteración de la vida social o por otros múltiples motivos), pero eso no significa que la visita sea inútil o dañina. En las sociedades pluralistas necesitamos un mínimo de tolerancia para aceptar lo diferente e incluso lo que no nos gusta. Más aún: estamos llamados a hacer un esfuerzo por abrirnos a nuevas realidades y rescatar en cada persona y situación aquello que hay de verdadero, bueno y bello. Es el único modo de convivir en paz y de madurar como pueblo.
Hoy se cumplen 76 años de la canonización de san Antonio María Claret. Todos los años, cuando llega esta fecha, recuerdo unas palabras pronunciadas
por Pío XII en la alocución
que dirigió al día siguiente a los peregrinos reunidos en Roma
con motivo de la canonización. Me parece que constituyen uno de los mejores retratos del santo
que se han hecho hasta ahora: “Alma grande, nacida como para ensamblar
contrastes: pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo; pequeño
de cuerpo, pero de espíritu gigante; de apariencia modesta, pero capacísimo de
imponer respeto incluso a los grandes de la tierra; fuerte de carácter, pero
con la suave dulzura de quien sabe el freno de la austeridad y de la
penitencia; siempre en la presencia de Dios, aun en medio de su prodigiosa
actividad exterior; calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y entre
tantas maravillas, como luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la Madre
de Dios”.
Muchas gracias Gonzalo!
ResponderEliminarEsperamos de corazón que el Papa "nos vea " y toque muchos corazones fríos y aumente el ardor de "creer"......
Hoy un bonito día! 76 años de la Canonización de San Antonio Maria Claret Una gran obra para el mundo.