
Solemos tener una idea muy idealizada de la primitiva comunidad cristiana. Hay algunos sumarios de los Hechos de los Apóstoles que nos dan pie para ello. Por ejemplo, cuando leemos que “los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno” (Hch 2,44-46). O, cuando un poco más adelante, se nos dice que “el grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado” (Hch 4,32-33).
Pero esta visión no refleja bien toda la realidad. De hecho, ya en el capítulo 5 se nos habla de la falta de transparencia de un tal Ananías y de su mujer Safira (cf Hch 5,1-2). Y en la primera lectura de la misa de hoy se reconoce abiertamente que “al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas” (Hch 6,1). Lo que parece un mero problema logístico, revela, en realidad, un problema cultural: las tensiones entre los de cultura judía tradicional y los de cultura helenista. Lo iluminador de este relato no es tanto la descripción del problema, cuanto el modo de afrontarlo. Podríamos decir que se adopta un método sinodal (los Doce convocaron la asamblea de los discípulos) y que se avanza hacia un liderazgo compartido (escogieron a siete “hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría” y les encargaron la tarea de atender a la comunidad de lengua griega).

Hoy vemos tensiones en todas las comunidades: familiares, parroquiales, religiosas, etc. No hay que rasgarse las vestiduras. Donde varios seres humanos convivimos siempre surgen tensiones. Solo donde la rutina marca el ritmo se vive una calma que es más bien apatía. Aceptar la tensión y reconocer su origen es el punto de partida para afrontarla y, en su caso, transformarla. En este proceso es bueno “convocar la asamblea de los discípulos”, es decir, involucrar a las personas afectadas por la tensión, iniciar un proceso de discernimiento compartido en el que todas las voces sean escuchadas. No es saludable que una élite decida por todos.
En los Hechos de los Apóstoles aprendemos también a no prolongar los procesos más de lo razonable. Llega un momento en que es necesario tomar decisiones que “rompan el marco”, que vayan más allá de las condiciones que han producido la tensión o el conflicto. La capacidad de innovación es imprescindible para transformar la energía de los conflictos en energía creativa. ¡Cuántas veces un conflicto bien abordado ha ayudado a una familia o a una comunidad a entrar en una dinámica de crecimiento y maduración! El fruto del discernimiento hecho por la comunidad de Jerusalén fue que “la palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe” (Hch 6,7).

No siempre es fácil reconocer los conflictos, sentarse a la mesa y abrir un proceso de escucha, discernir según criterios objetivos y tomar las decisiones pertinentes. Estamos muy condicionados por presiones ideológicas, heridas afectivas, recuerdos paralizantes, deseos de poder y miedos a la novedad. Se requiere mucha autenticidad, paciencia y pedagogía. A menudo, aunque vislumbremos los beneficios de un proceso de este tipo, preferimos las “ganancias secundarias” que experimentamos escondiendo el conflicto o sufriéndolo con resignación.
En estos casos adquiere mucha importancia un liderazgo sano y emprendedor. En el relato de los Hechos de los Apóstoles vemos que, ante el conflicto surgido entre los cristianos judíos y los griegos, los Doce tomaron la resolución de convocar la asamblea de los discípulos. Es decir, hubo alguien que asumió el coste de su liderazgo, pero que no lo usó para imponer su criterio, sino para involucrar a todos los concernidos, de manera que las posibles vías de futuro (inciertas en el momento del comienzo) fueran el resultado de un camino comunitario, de un reconocimiento de la realidad, una apertura a la Palabra de Dios y una gran flexibilidad para encontrar soluciones nuevas a problemas nuevos. No es fácil encontrar líderes (padres, madres, párrocos, obispos, superiores religiosos, etc.) con estas actitudes y capacidades, pero los necesitamos.
Estoy totalmente de acuerdo contigo cuando escribes: “No es fácil encontrar líderes (padres, madres, párrocos, obispos, superiores religiosos, etc.) con estas actitudes y capacidades, pero los necesitamos.”
ResponderEliminarDifícil es también que las dos partes que se encuentran en el conflicto, admitan su problema y estén dispuestas a solucionarlo.
Gracias Gonzalo por toda la luz que aportas en este tema… A medida que se va leyendo la reflexión que haces, nacen inquietudes. Es necesario tener una ayuda para saber interpretar las Escrituras.