
La primera semana de este año 2026 ha estado marcada en rojo. Nunca imaginé que iba a empezar el nuevo año de una manera tan extraña. Le di la bienvenida rodeado de mi familia en un ambiente hermoso de serena alegría. No habían pasado ni 48 horas cuando, en la fría noche del 2 de enero, recibo una llamada. Sin muchos preámbulos, la voz al otro lado del teléfono me dice: “Ha muerto Luis Alberto Gonzalo”. La noticia ya corría a toda velocidad por las redes sociales.
Para los lectores del Rincón que no saben quién era este hombre, les diré que era un miembro de mi comunidad claretiana de Madrid. Tenía 61 años. Era muy conocido en el ámbito de la vida consagrada de España y Latinoamérica. Durante quince años (2008-2023) había dirigido la revista Vida Religiosa. Hacía pocos días que había vuelto muy cansado de una misión en México. Tras celebrar la Navidad con todos nosotros, estaba pasando las fiestas de fin de año con su familia en Oviedo. La noticia de su muerte repentina me dejó sin palabras. Apenas pude responder. Enseguida me puse en contacto con la comunidad claretiana de Oviedo para coordinar el acompañamiento a la familia y las primeras gestiones con los servicios funerarios.

El sábado 3 viajé con el provincial de Santiago rumbo a Oviedo. Entrados en Asturias, nos acompañó una densa niebla que hacía lenta y arriesgada la conducción. Las más de cuatro horas del viaje se me fueron en responder mensajes y atender llamadas telefónicas. Infinidad de personas querían expresar sus condolencias e interesarse por los detalles de la muerte de Luis Alberto Gonzalo, que era muy conocido entre las personas consagradas.
Pasamos el fin de semana acompañando el cadáver de nuestro hermano, junto a su familia, en el tanatorio El Salvador. Fueron horas de silencio, oración, saludos a conocidos y desconocidos y breves conversaciones. No sabría decir cuántos recuerdos y preguntas pasaron por mi mente mientras contemplaba tras los cristales el ataúd que contenía los restos de mi hermano claretiano.
Vivimos en la misma comunidad los cuatro últimos años. Enseguida me di cuenta de que, aunque compartíamos el nombre, nuestros caracteres y formas de ser (y quizás de pensar) eran muy diferentes. También nuestras trayectorias misioneras diferían bastante, aunque tuvieran algunos puntos en común. Estábamos aprendiendo a vivir juntos y a valorar los dones de cada uno. Tengo la impresión de que esa carrera se quedó a la mitad. Hubiéramos necesitado más tiempo de encuentro y diálogo para deshacer prejuicios y explorar caminos nuevos. Los dos creíamos en el poder de la conversación.

Todos los miembros de mi comunidad estamos “tocados”. En nuestra programación navideña no figuraba participar en el funeral y entierro de un hermano nuestro. Se hizo realidad la lógica de este tiempo litúrgico: la vida y la muerte se entrelazan como eslabones de una cadena misteriosa y salvífica. Mors et vita duello.
A Luis Alberto Gonzalo le gustaba colgar fotos suyas en su cuenta de Facebook. A menudo las acompañaba de pequeños y sugerentes comentarios. Normalmente recibía decenas de “me gusta” porque su red de contactos se extendía por todo el mundo.
En la última foto se lo ve sentado con su único hermano y su cuñada frente a la mesa de un bar. Sobre ella hay copas de vino blanco, un botellín de cerveza y sus gafas plegadas. Luis Alberto Gonzalo, con el rostro un poco hinchado, esboza una leve sonrisa. No se sentía con muchas fuerzas. La foto la colgó solo un día antes de morir. Iba acompañada por estas palabras: “Somos capaces de empezar un año nuevo gracias a quienes son nuestros, para nosotros, a quienes son familia. ¡Feliz día!”. Valoraba mucho las relaciones. Tenía un peculiar sentido de la amistad y la pertenencia.
Mirando con respeto y gratitud su última foto, doy gracias a Dios por su vida y le pido que lo incorpore definitivamente a esa familia que no tiene rincones ni fronteras porque todo el espacio lo ocupa Dios.
En medio de las fiestas navideñas, cuando celebramos LA VIDA que nace, se hace más duro vivir la despedida, inesperada, de alguien con el que nos relacionamos, ya sea familiar, compañero, amigo… aunque, por la fe, podemos dar gracias de su vida… y pedir a Dios, como dices: “… que lo incorpore definitivamente a esa familia que no tiene rincones ni fronteras porque todo el espacio lo ocupa Dios.”
ResponderEliminarGracias Gonzalo por tu reflexión. Me uno a tus oraciones…