miércoles, 9 de enero de 2019

El rigorismo posmoderno

Leo un artículo de El País sobre la conversión de La Pasionaria al catolicismo al final de su vida. Es probable que los lectores no españoles no sepan quién es el personaje que se esconde tras ese apodo un poco incendiario. Se trata de una mujer llamada Dolores Ibárruri. Nació en Gallarta (Vizcaya) en 1895 en el seno de una familia minera. Murió en Madrid en 1989 a la provecta edad de 93 años. De 1942 a 1969 fue secretaria general del Partido Comunista de España. Después, hasta su muerte, fue su presidenta. Tras la guerra civil española, se exilió a la Unión Soviética. Regresó a España en 1977. Hay muchas cosas interesantes y controvertidas en su dilatada vida, pero no quiero escribir hoy sobre esta mujer, sino sobre un fenómeno que se extiende como la espuma y que, a falta de otro nombre mejor, denomino “rigorismo posmoderno”. También podríamos llamarlo “fariseísmo digital”. No le tengo especial simpatía a esta mujer luchadora, pero reconozco su carácter aguerrido y la fidelidad a sus convicciones. Parece demostrado que, al final de sus días, regresó, de una manera discreta, al seno de la Iglesia católica a la que había pertenecido de niña. Su vuelta, no muy bien vista por muchos camaradas comunistas, fue el resultado de un lento proceso de conversión cuyos detalles ignoro, aunque algo cuenta el jesuita Pedro Miguel Lamet en su libro Azul y Rojo, la biografía del P. Llanos. ¿Por qué una mujer comunista y atea durante un largo período de su vida no puede redescubrir el don de la fe? ¿Por qué no puede cambiar? La vida de cualquier hombre o mujer evoluciona. No estamos irremediablemente atados a nuestro pasado, aunque nos condicione mucho. Es verdad que todo santo tiene un pasado, pero es más verdad que todo pecador tiene un futuro.

La Iglesia es muy severa a la hora de canonizar a alguien. Escruta su vida hasta los más mínimos detalles. Procura no dar gato por liebre. Y, sin embargo, no ha tenido empacho en canonizar a san Agustín (que tuvo una juventud turbulenta), a san Francisco de Asís (hijo de un rico comerciante y muy disoluto en sus años mozos), a san Ignacio de Loyola (que fue un soldado pendenciero) o en beatificar a Carlos de Foucauld (que vivió desenfrenadamente una etapa de su vida). Con los criterios rigoristas que hoy se aplican, ninguno de ellos hubiera pasado el filtro. Jesús mismo se rodeó de discípulos y discípulas que no siempre habían llevado una vida intachable, pero que, tras el encuentro con él, cambiaron de raíz. La Iglesia, acusada con frecuencia de ser muy puritana y rigorista, cree en la conversión de las personas, ofrece siempre una nueva oportunidad. O, mejor dicho, cree que la gracia de Dios es soberana y que, por tanto, ella no debe interponerse. No es más perfecto quien no tolera ninguna imperfección, sino quien acepta la realidad como es y contribuye a transformarla desde el amor.

Pues bien, ahora resulta que, en el mundo civil esto ya no es posible. Se habla a diversos niveles de “tolerancia cero” en relación con muchas conductas impropias (lo cual está bien) y en relación con algunas personas (lo cual es más discutible), de la necesidad de tener un expediente académico y profesional inmaculado y de no presentar la más mínima mácula ética en el propio currículo. Para mí, este rigorismo moderno no es signo de excelencia moral (de hecho, se utiliza con frecuencia como arma arrojadiza), sino de una espléndida hipocresía. A menudo, quienes más exigen a los otros este pedigrí ético son quienes menos motivos tienen para hacerlo porque ellos mismos esconden expedientes inconfesables. He aquí una nueva forma de fariseísmo que pretende enredarnos. ¿Qué ser humano, por íntegro que parezca, ha llevado desde su infancia una vida intachable? ¿Quién puede jactarse de no haber cometido nunca un fallo o de no haber sido mentiroso o tramposo? Hoy, basta un desliz del pasado o una apariencia de desliz (sea sexual, económico, tributario, académico, etc.), suficientemente aireado por los medios de comunicación, para que se trunque el futuro de una persona que tal vez ha superado sus debilidades y se encuentra en una etapa de honradez y seriedad. Pareciera que está volviendo la práctica del sambenito.

¿A qué obedece este rigorismo posmoderno, este continuo “rasgarse las vestiduras” por cosas que hasta hace poco se vivían con más naturalidad? Hoy, por ejemplo, no se puede ser cazador y mucho menos matador de toros (supone un maltrato indignante de los animales), no se debe lanzar un piropo a una mujer (es una muestra casposa de machismo), no se puede acariciar a un niño (puede indicar una conducta pedófila), no hay que comer hamburguesas o pasteles (constituyen una amenaza para la salud), el humor debe ser siempre de guante blanco (para no herir sentimientos religiosos, nacionales, monárquicos, republicanos, etc.). La lista es interminable. Los periódicos digitales están llenos de artículos del tipo: "Los 8 alimentos que usted no debe probar", "Las 20 cosas que usted hace mal cuando conduce", "Los 12 errores que no puedes cometer en tu dieta", "Los 7 errores  más frecuentes a la hora de cocinar la pizza", "12 cosas que hacemos mal cuando viajamos en avión", etc. El decálogo del Éxodo ha sido sustituido por infinidad de nuevos (y, a menudo, estúpidos) mandamientos que regulan hasta los aspectos más nimios de la existencia. ¡Qué horror! Salimos de Guatemala y nos metemos en Guatepeor. ¡Que Dios nos pille confesados!

No tengo muy claro cuál es el origen de este movimiento rigorista que nos ha invadido en los últimos años, pero sospecho que tiene algo que ver con la incapacidad de perdonar y ser perdonados, con la falta de fe en la regeneración de las personas, con una visión demasiado protestante y anglosajona de la vida. Yendo más al fondo, implica una falta de fe en Dios. Dado que no podemos perdonarnos a nosotros mismos (sería una mera ficción) y no existe un Dios que nos perdone y nos renueve, tratemos de ser buenos chicos. O, por lo menos, de aparentar que lo somos. Pongamos muchas normas para que así mostremos lo mucho que nos preocupan las personas y las cosas (los animales entran en una categoría aparte). Hay detrás de todo esto un pesimismo metafísico que parece retrotraernos a los períodos en los que la humanidad era vista como una massa damnata sobre la que la gracia de Dios no tenía poder regenerador alguno, sino que actuaba solo de forense. Espero que no se imponga esta miope visión de las cosas porque significará una cárcel ética de la que nos costará salir. Naturalmente, no estoy reivindicando que cada uno haga lo que quiera, y mucho menos quiero justificar comportamientos censurables o, por lo menos, cuestionables. Lo que pido es que no vendamos la libertad de ser nosotros mismos por el plato de lentejas de la plausibilidad social, que otorguemos siempre el beneficio de la duda cuando no tengamos pruebas razonables, que no nos carguemos con preceptos inútiles y, sobre todo, que creamos en la capacidad del ser humano de evolucionar, cambiar, arrepentirse, pedir perdón, reaprender, comenzar de nuevo… Que el pasado se convierta en aprendizaje, sí, pero no en un estigma que marque a los seres humanos para siempre impidiéndoles cambiar, emprender una nueva vida, convertirse (en el mas genuino sentido del término). Jesús no actuó así ni siquiera con algunos personajes siniestros. A todos les ofreció una nueva oportunidad, desde Zaqueo y Pedro hasta la mujer adúltera. ¿Vamos a ser nosotros más papistas que el Papa?

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