miércoles, 22 de noviembre de 2017

El poder de la armonía

África es un continente convulso. En muchos lugares hay tensiones y conflictos. La situación en Kenia tampoco es tranquila. Sin embargo, estamos en un recinto que simboliza la armonía. Soy consciente del privilegio que supone. Cuando comparo la belleza, serenidad, orden y limpieza de este lugar con muchos otros sitios que he visitado, me hago cargo de la diferencia. Se podría decir que estamos en una burbuja, en un oasis, en un espacio que se parece muy poco a los cinturones urbanos donde se hacinan millones de personas. Pienso en Lagos, Kinshasa o aquí mismo, en Nairobi. ¿Cómo se le puede pedir a una persona que sea madura, solidaria, pacífica y optimista cuando vive rodeada de basura, en un espacio de pocos metros cuadrados, sin apenas comida y expuesta a las inclemencias del clima? Somos, en buena medida, lo que el contexto en el que vivimos nos empuja a ser. Por eso es tan importante contribuir no solo a la educación de las personas sino también a la humanización de los contextos. El papa Francisco lo ha presentado con mucha claridad en la encíclica Laudato si’ sobre “el cuidado de la casa común”.

Acabamos de tener nuestra oración de la mañana al aire libre, rodeados de vegetación, escuchando el canto matutino de los pájaros. Ha sido una oración “a la africana”, llena de símbolos. Sobre unas telas de colores colocadas sobre el tupido césped del jardín, estaba el cirio pascual encendido y un recipiente lleno de sal. Somos, en verdad, “luz del mundo” y “sal de la tierra”. Jesús no dice lo que debemos ser, sino lo que somos. De una olla de barro salía el humo blanquecino del incienso, mientras uno de nuestros hermanos cameruneses libaba una jarra de agua sobre la madre Tierra. El canto de los salmos, la procesión danzada con la Biblia y las plegarias espontáneas han sido otros momentos hermosos de esta oración que alaba a Dios por las dos grandes palabras que él nos ha regalado: la naturaleza y la Biblia. Es probable que alguien, desde fuera, se sintiera un poco extraño ante una oración de este tipo. No es ningún rito sincretista y tampoco una concesión al folclorismo que a veces acompaña nuestras liturgias. Es llanamente una oración cristiana africana, hecha “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu”.

Comparto con los amigos del Rincón algunos espacios de esta Subiaco Retreat House, de Karen, una zona de la gran Nairobi. Son sencillos y hermosos; por eso, ayudan tanto a la armonía de las personas y de los grupos que por aquí desfilan. Se nota el toque benedictino. Ayer le pregunté a uno de los jardineros que cuánto tiempo empleaba para mantener en tan buen estado las masas de arbustos que conforman palabras. Me dijo que en la estación de las lluvias, las recorta un par de veces por semana. Son detalles que hablan de los esfuerzos que hay que hacer para lograr un mantenimiento tan perfecto. Pero ese esfuerzo no es en balde. Quienes acudimos a lugares como estos nos contagiamos de la armonía que se respira. El propio lugar se convierte en pedagogo: nos ayuda a vivir la armonía con nosotros mismos, con la naturaleza, con los demás y con Dios. Creo que para las personas que se deshumanizan en contextos de pobreza, fealdad y violencia, no hay mejor terapia que vivir en un contexto tan armónico como éste. ¡Cómo me gustaría que quienes se consumen en los barrios pobres de las grandes ciudades pudieran experimentar alguna vez el poder terapéutico de la naturaleza y de la comunidad!


1 comentario:

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