domingo, 29 de abril de 2018

Unidos a la vid

Me sorprendió pasar de una Roma con 25 grados a una Sevilla con 15. En la ciudad hispalense soplaba un fuerte viento fresco que hizo caer las temperaturas más de diez grados de viernes a sábado. Cuando sonó la típica fanfarria con la que Ryanair castiga a sus pasajeros cada vez que aterriza uno de sus aviones, el pasaje –en su mayoría italiano– rompió en un aplauso cerrado. La verdad es que el aterrizaje se pareció más a una caída brusca que a un posado suave sobre la pista. Todo quedó compensado por la visita posterior a Carmona en compañía de dos amigos muy queridos. No me imaginaba yo tanta belleza encaramada sobre el altozano desde el que se divisa la fértil depresión del Guadalquivir. Si a eso se une una cena delicada y una conversación entrañable, hay que reconocer que no hubo forma mejor de comenzar el último domingo de este variable mes de abril. De no haber sido hoy domingo, se hubiera celebrado la memoria de una santa italianísima, santa Catalina de Siena, la mujer que supo cantarle las cuarenta al papa Gregorio XI para que pusiera un poco de orden en aquella caótica Iglesia del siglo XIV. 

Hoy, además, cumple 100 años el más anciano de mi Congregación. No bate ningún récord, porque cada vez abundan más los centenarios, pero es un día muy significativo para él, su familia, su comunidad y todos nosotros. Se llama Pedro Fuentes. Hace menos de dos semanas que tuve la oportunidad de saludarlo. Lo encontré sentado en su silla de ruedas, algo apagado, pero siempre lúcido y sonriente. No puedo pasar por alto el día de su “cumplesiglo”. Toda su vida ha practicado la pastoral de la sonrisa. Si algún día tuviera que poner un epitafio sobre su lápida, me inclinaría por uno de estos dos: “Artífice de paz” o “Testigo de alegría”. Es verdad que algunas de estas cualidades tienen una base genética, cultivada luego a través de una educación acorde, pero esto no es suficiente para explicar su constancia y, sobre todo, su poder contagioso. Personas luminosas como el P. Pedro sólo existen si están “unidas a la vid”. Del tronco que es Jesús reciben la savia que las mantiene vivas y vivificantes. Este es precisamente el mensaje central del V Domingo de Pascua. Jesús lo dice con claridad meridiana: “Sin mí no podéis hacer nada”. No dice que sin él podemos hacer algo, un poco o bastante. El término nada no se presta a medias tintas. Por contra, “el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante”. 

En cualquier orden de la vida admiramos a las personas que “hacen cosas”. Para distinguirlas de los meros charlatanes, utilizamos un refrán discernidor: “Obras son amores y no buenas razones”. Pero Jesús no solo nos invita a “hacer cosas” para sentirnos eficaces, para creer que cambiamos el mundo y que somos importantes. Nos invita a algo mucho más profundo y transformador: a dar fruto. No es lo mismo fabricar productos que producir frutos. En el primer caso, se requiere destreza y medios materiales; en el segundo, se necesita algo más: calidad de vida personal. Según Jesús, esta calidad solo se alcanza si los sarmientos (es decir, nosotros) estamos unidos a la vid (es decir, a él). No se trata de una unión artificial sino vital. El evangelista Juan coloca varias veces en labios de Jesús el verbo permanecer, que equivale a estar en comunión de vida. Quizás esto explique por qué algunas personas que hacen muchas cosas apenas dan fruto y otras, con menos acciones, con menos nerviosismo, consiguen llegar al corazón de las personas y transformarlas. 

Naturalmente, esta unión con Jesús no es algo automático. Se trata de un proceso de crecimiento. Solo se crece cuando se cortan los sarmientos secos y se podan los vivos para que crezcan con más fuerza. A primera vista, parece algo doloroso, pero el objetivo no es “castigar” a la vid, sino ayudarla a crecer sana y vigorosa. Feliz domingo desde la ciudad del Guadalquivir.

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