domingo, 5 de febrero de 2017

Salados y luminosos

Las lecturas de este V Domingo del Tiempo Ordinario son cortas y muy enjundiosas. Os recomiendo vivamente leer el comentario de Fernando Armellini para comprender el rico significado de las imágenes de la sal y la luz aplicadas por Jesús a sus discípulos. Así, poco a poco, casi sin daros cuenta, os iréis familiarizando con muchas claves bíblicas que os ayudarán a comprender y saborear el Evangelio para vivirlo mejor. El domingo pasado Jesús nos presentó las bienaventuranzas; es decir el camino de la felicidad “según Dios”. Hoy, teniendo en cuenta ese trasfondo, nos dice quiénes somos sus discípulos. ¡Atención! No nos manda lo que deberíamos ser, sino que nos anuncia lo que realmente somos ya si creemos en él: “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt 5,13); “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14). Jesús nos revela nuestra verdadera identidad. Siendo lo que ya somos por gracia, contribuimos a dar sabor al mundo y a iluminarlo. ¡Esta es una verdadera revelación, una sorpresa, una bomba de efecto retardado!

La sal sirve para dar sabor a las cosas, preservarlas de toda corrupción y también para sellar pactos de amistad. Negarle a uno el pan y la sal significa ignorarlo. La sal se disuelve en el agua y en los alimentos, se pierde. Es una imagen que habla de discreción y humildad, en línea con el mensaje que Pablo dirige a la comunidad de los corintios (segunda lectura). Si nosotros somos la sal del mundo significa que, viviendo el Evangelio, aportamos sabor a la existencia humana, impedimos que se corrompa y la vivimos como un pacto de amor. Para ello no es necesario que hagamos nada especial: basta que nos mezclemos con las personas, que nos perdamos en el mundo del trabajo, de las relaciones de amistad, de la familia, de la economía. El Evangelio se difunde por sí mismo, contiene dentro la energía suficiente para hacer de la vida humana un camino de sentido y felicidad.

La luz sirve para iluminar a condición de que no se esconda sino que se muestre. Cuando Jesús aplica esta imagen a los cristianos no está defendiendo una suerte de exhibicionismo que traiciona el principio de la discreción: “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt 6,3). Tampoco nos está animando a hacer una publicidad descarada e invasiva. Nos pide solo que no escondamos el tesoro que hemos recibido porque nuestra pequeña luz contribuye a iluminar el mundo. ¿Cuándo se enciende la luz que somos cada uno de nosotros? Isaías, en la primera lectura, responde con claridad: Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía (Is 58,9-10). La ayuda a las personas necesitadas, la salida de nosotros mismos, es el interruptor que da acceso a la luz.

Cuando uno visita Galilea se da cuenta de que muchos pueblos están colocados en la cima de las colinas. Jesús vivió en ese ambiente. Quizá por eso habla también de que “no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte” (Mt 5,14). Del mismo modo, un cristiano no puede ocultar el tesoro del Evangelio. Lo ha recibido para compartirlo.

Tomadas las dos imágenes juntas, nos ayudan a comprender que los discípulos de Jesús somos salados y luminosos. Cuando hablamos del perfil del creyente hoy no solemos utilizar estas palabras. Nos servimos de otras más modernas como místico, comprometido, coherente, compasivo, profético, etc. Pero hoy Jesús nos invita a caer en la cuenta de la sal y la luz que hemos recibido para salar el mundo e iluminar la tierra. En sí mismas, las imágenes nos hablan de una desproporción. Se necesita poca sal para dar sabor a un alimento. Es más, el exceso de sal puede echarlo a perder. Una pequeña luz es suficiente para iluminar una estancia entera. Quizá los cristianos seamos siempre una minoría. Ciertamente lo somos en las sociedades secularizadas y multirreligiosas. Pero eso no quiere decir que seamos insignificantes. Las imágenes que usa Jesús nos ofrecen una clave muy sugerente para entender el sentido de nuestra vocación cristiana. Lo único que se nos pide es –yendo contra la química– que la sal recibida no se vuelva sosa y que no escondamos la luz debajo del celemín.

¿Cuántas veces he cantado esta antigua canción de Brotes de Olivo? Me sigue gustando y emocionando. Los niños que la cantaban hace 40 años ahora son adultos hechos y derechos. La ingenuidad de entonces se ha convertido ahora en madurez probada por la vida.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

En este espacio puedes compartir tus opiniones, críticas o sugerencias con toda libertad. No olvides que no estamos en un aula o en un plató de televisión. Este espacio es una tertulia de amigos. Si no tienes ID propio, entra como usuario Anónimo, aunque siempre se agradece saber quién es quién. Si lo deseas, puedes escribir tu nombre al final. Muchas gracias.