martes, 14 de febrero de 2017

Las lenguas están para entendernos

Litúrgicamente, hoy, 14 de febrero, celebramos la fiesta de los santos Cirilo y Metodio, declarados por san Juan Pablo II patronos de Europa en 1980. Pero casi todo el mundo asocia esta fecha al recuerdo de san Valentín, que –por arte del comercio– se ha convertido en patrono de los enamorados, a pesar de que el amor romántico puede arruinar la salud del más pintado. En Italia hay un dicho bastante malicioso: “San Valentino, la festa di ogni cretino” (permítaseme traducirlo con un poco de libertad buscando la rima: “San Valentín, la fiesta de todo tontín”). Así que para evitar conflictos, no voy a hablar ni de los dos santos hermanos –a los que admiro por ser evangelizadores de los eslavos– ni del día de los enamorados –que me parece secuestrado por el comercio– sino del valor económico del español y, de paso, de la importancia de las lenguas en nuestra comunicación diaria.  Se calcula que hacia 2050 unos 750 millones de personas hablarán español con la rica variedad de acentos y expresiones que caracterizan a la lengua de Cervantes y Borges, de García Lorca y de García Márquez, de Lope de Vega y de Gabriela Mistral. Desde luego, bastantes menos que chino, pero representa un número muy significativo.

No voy a hacer una apología de mi lengua materna, porque no la necesita y porque tengo un gran respeto por todas las lenguas con independencia del número de hablantes. Para cada persona su lengua materna es su patria, el territorio en el que se siente en casa. Tampoco me parece muy sensato discutir qué lengua es la más hermosa, la más complicada, la más lógica o la más eufónica. ¡Ojalá todos pudiéramos hablar la lengua del lugar en el que hemos nacido, del país o estado al que pertenecemos y, al mismo tiempo, entendernos en una lengua universal! Hoy por hoy, hasta que el dominio chino se consolide, el inglés es la lingua franca que permite comunicarse en cualquier aeropuerto del mundo. Es la lengua del comercio y de los medios de comunicación, del cine y de las relaciones diplomáticas. Esto no quiere decir que sea mejor ni peor. Es –guste o no– el resultado del predominio británico y norteamericano en los últimos 150 años. Yo reconozco que el inglés me ha sido muy útil, pero este blog lo escribo en español porque me expreso mejor y conecto con muchos lectores de España y Latinoamérica. Me alegro de que el español sea una lengua hablada en más de 20 países y de que esto facilite los intercambios de todo tipo, incluyendo los informáticos y económicos.

Siempre me han aburrido las guerras lingüísticas o el uso ideológico de las lenguas. Y mucho más la imposición autoritaria. Siempre he creído que las lenguas están para entendernos, nunca para autoafirmarnos. Se trata de que unos y otros nos facilitemos al máximo la comunicación. En mi vida misionera nunca he olvidado el sabio consejo que me dio un viejo claretiano fallecido hace poco: “Es preferible que un misionero hable cuatro lenguas, aunque sea mal, antes que una sola, aunque la domine muy bien”. Cuantas más lenguas habla uno, más respetuoso se vuelve del rico patrimonio mundial, más ensancha su mente y su corazón… y más ama su lengua materna, pero sin idolatrarla y sin imponerla a otros. La lengua siempre debería ser puente, nunca barrera. Las cosas valiosas se defienden solas, no es necesario arrogarse el papel de guardaespaldas. Esto se puede aplicar a una lengua, un país, una ideología, una afición o una fe. No hay nada más satánico que convertir un valor (del tipo que sea) en un arma arrojadiza para atacar a los demás o en un escudo para defendernos de ellos. Aunque ya lo puse hace unos meses, creo que hoy nos viene bien este vídeo del colombiano Juan Andrés Ospina y su hermano para divertirnos un poco a propósito del español:


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