lunes, 18 de marzo de 2024

Vete y no peques más


Desde niño me ha impresionado el relato del encuentro entre Jesús y la mujer adúltera que leemos en el Evangelio de este lunes (cf. Jn 8,1-11). De no haber sido auténtico, la Iglesia no se hubiera atrevido nunca a incluirlo en sus escritos primitivos. Lo que todavía no sabemos bien es por qué un texto que encajaría muy bien al final del capítulo 21 de Lucas ha ido a parar al capítulo 8 de Juan. Ni el estilo literario, ni el enfoque teológico están en línea con el cuarto evangelio. Todo apunta al evangelio de Lucas, el de la misericordia. En cualquier caso, la historia es una joya imperdible que nos ayuda a entender el poder transformador del perdón. 

Una de las explicaciones más socorridas es vincular este relato a la referencia al juicio que se hace en Juan 8,15: “Yo no juzgo a nadie”. Sea como fuere, la actitud de Jesús nos desconcierta. Lo que le dice a la mujer –“Tampoco yo te condeno”– es una revelación de la actitud de Dios hacia los pecadores. El perdón no tiene límite. Nadie de los presentes resiste tanta autenticidad y tanta audacia. Todos se van retirando, comenzando por los “presbíteros” (es decir, por los de más edad).


La historia es demasiado nueva para quienes son deudores de una concepción equilibrista de la justicia: “tanto has hecho, tanto mereces”. Jesús no tolera el adulterio. Considera que es una afrenta al amor. Pero sabe también que el mejor modo de ayudar a la mujer adúltera a superar su pecado no es la condena –como querían los biempensantes de su tiempo– sino el perdón que abre las puertas del futuro. 

Por otra parte, en el relato no aparece por ninguna parte el varón. El peso de la ley suele recaer siempre sobre los que menos cuentan; en este caso, la mujer “sorprendida en flagrante adulterio”. Muchos comentaristas y predicadores insisten en que, después de perdonarla, Jesús le pide a la mujer adúltera que no peque más. Temen que el perdón sea una especie de puerta abierta para volver a las andadas.


Podemos entender las cosas de otra manera. Creo que el sentido más profundo es este: “En adelante, con el regalo del perdón recibido, tendrás fuerza para no volver a pecar”. El perdón inaugura un modo nuevo de percibirnos y de relacionarnos con los demás. Cuando somos perdonados de verdad, entonces algo dentro de nosotros se renueva. El perdón nos capacita para ser personas nuevas que viven desde el amor y para el amor. 

Por eso, lo mejor que podemos hacer para ayudar a las personas a cambiar es ofrecerles un perdón gratuito, el mismo que hemos recibido nosotros y que nos ayuda a levantarnos de nuestras caídas y proseguir el camino con Jesús.

3 comentarios:

  1. 𝑯𝒐𝒍𝒂 𝑮𝒐𝒏𝒛𝒂𝒍𝒐.. 𝑻𝒆 𝒓𝒆𝒄𝒐𝒎𝒊𝒆𝒏𝒅𝒐 𝒆𝒔𝒕𝒆 𝒄𝒐𝒎𝒆𝒏𝒕𝒂𝒓𝒊𝒐 𝒅𝒆 𝑭𝒓. 𝑨𝒏𝒈𝒆𝒍 𝑹𝒐𝒎𝒐 𝑭𝒓𝒂𝒊𝒍𝒆. 𝑶𝒕𝒓𝒂 𝒑𝒆𝒓𝒑𝒆𝒄𝒕𝒊𝒗𝒂 𝒊𝒏𝒕𝒆𝒓𝒆𝒔𝒂𝒏𝒕𝒆: https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/hoy/

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  2. Gonzalo, gracias por la frase: “En adelante, con el regalo del perdón recibido, tendrás fuerza para no a pecar”.
    Ayuda a descubrir toda la fuerza y profundidad de la palabra “perdón” y a comprender también lo que expresas cuando escribes: “El perdón nos capacita para ser personas nuevas que viven desde el amor y para el amor.”

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