domingo, 25 de febrero de 2024

La otra cara de la moneda


En el monte hace menos calor que en el desierto. El domingo pasado nos alejábamos con Jesús del bullicio para ser empujados por el Espíritu Santo a un lugar solitario en el que las pruebas se hacían más evidentes. Hoy, segundo domingo de Cuaresma, subimos con Jesús y con sus amigos Pedro, Santiago y Juan a un monte alto para experimentar la otra cara de la moneda. Es verdad que a lo largo del camino de la vida somos puestos a prueba para ver cuál es la solidez de nuestras convicciones y valores. Pero también es verdad que, como Jesús, de vez en cuando tenemos algunas experiencias de “transfiguración” en las que vislumbramos quién es él y quiénes somos nosotros. 

Es como si se nos anticipara la meta final en algunas metas volantes de nuestra carrera. De esta forma, podemos seguir el camino con la certeza de que vamos en buena dirección y con la esperanza de que no hay fracaso o muerte que no sean derrotados por la resurrección. Los apóstoles necesitaron la experiencia del monte para no dudar de Jesús -aunque luego dudaron- y para saber que la luz de Dios que lo envuelve es más definitiva que la sangre que lo va a empapar al final de su vida, aunque tardaron tiempo en comprender verdaderamente lo que habían visto.


La pedagogía cuaresmal de la Iglesia nos presenta en las primeras semanas de Cuaresma las dos caras de la experiencia cristiana: la del desierto y la del monte, la de la prueba y la de la confirmación, la de la oscuridad y la de la luz; o sea, las dos caras de la moneda del misterio pascual. Sin ellas no entendemos quién es Jesús y tampoco entendemos quiénes somos nosotros. Tenemos que saber que en la vida tendremos pruebas, que vivir el amor no va a ser área fácil. 

Pero necesitamos también experimentar el consuelo de la transfiguración. Solo después de subir a la cima de este monte (en la que, como los apóstoles, quisiéramos quedarnos para siempre) podemos descender al valle de la vida cotidiana con la certeza de que Dios está con nosotros (segunda lectura) y de que él sigue pronunciando siempre la fórmula de nuestra verdadera identidad: “Tú eres mi hijo amado”. Sin esta experiencia de filiación divina, las cruces de la vida (soledad, enfermedad, traición, pecado) se nos hacen insoportables.

1 comentario:

  1. Ojalá, en esta Cuaresma, lleguemos a comprender la Transfiguración, podamos vivir la experiencia de filiación divina porque escuchamos, en nuestro interior, a través del silencio y la oración que Dios se preocupa de nosotros y nos dice: “Tú eres mi hijo amado”.
    Como los apóstoles, tardamos tiempo en comprender… y muchas veces no tanto tiempo en olvidarlo…
    Gracias Gonzalo por acompañarnos en este camino de Cuaresma.

    ResponderEliminar

En este espacio puedes compartir tus opiniones, críticas o sugerencias con toda libertad. No olvides que no estamos en un aula o en un plató de televisión. Este espacio es una tertulia de amigos. Si no tienes ID propio, entra como usuario Anónimo, aunque siempre se agradece saber quién es quién. Si lo deseas, puedes escribir tu nombre al final. Muchas gracias.